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Acción y juicio en Hannah Arendt: la estética como alternativa a la violencia |
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Una versión corregida y ampliada de este texto apareció en Revista Al Margen. No. 21-22. Pp. 279-302. |
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Resumen: La idea de este
trabajo es mostrar cómo la propuesta de Hannah Arendt de una superación
de la violencia, enmarcada en los múltiples intentos por parte de la
filosofía del S. XX de salir de la lógica de la metafísica y del
pensamiento tradicional del universal, va de la mano con una estetización
de la política, que rescata a la acción como una actividad artística
performativa y creadora de sentido, y al juicio como una alternativa para
pensar nuevamente y rcuperar el espacio de lo político. La estética, así,
se muestra en Arendt como una nueva manera de actuar, por un lado, y una nueva manera de pensar, por el otro, que restablece, en medio de
ambas, el mundo común de las relaciones humanas –olvidado por la
filosofía política tradicional y pasado por alto en el mundo moderno y
contemporáneo– cuya
aparición excluye y supera a la violencia. Abstract: The idea in this work is to show how Hannah Arendt’s proposal to surmount violence -framed within the different attempts in the philosophy of XXth century to go beyond the logic of metaphysics and the traditional thinking from and within universals- comes together with an aesthetization of politics which rescues action as an artistic performing and sense-creator activity and brings the aesthetic judgment as an alternative to rethink and recover the space of politics. Thus, aesthetics appear in Arendt’s thought as a new way of acting, on one hand, and a new way of thinking, on the other, which reestablish, within both, the common world of human relationships –forgotten by traditional political philosophy and ignored in the modern and contemporary world- and help to exclude and surmount violence. |
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La belleza debería revelarse como una condición necesaria de la humanidad. Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre. |
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1.
Algunas
aclaraciones preliminares La
estetización de la política es un término que puede llevar a un
malentendido propio de la discusión contemporánea acerca de la política.
Como lo recoge muy bien Jacques Taminiaux en Le
théâtre des philosophes, la relación entre las reflexiones política
y estética viene dada, desde la filosofía griega, por dos tradiciones
enfrentadas. Por un lado, está lo que se conoce como el “modelo poiético”
aplicado a la política, establecido por Platón desde la República.
En esta obra, como lo destaca Taminiaux, se recogen en un solo lugar las
críticas a la poesía y a la concepción tradicional de la política
ateniense: ninguna de las dos proporciona conocimiento, pues las dos se
encuentran totalmente alejadas de una concepción platónica de la acción,
enmarcada en un esquema técnico-artesanal, que, subordinada y dirigida
por un conocimiento filosófico, contemplativo de las ideas, logra una
reproducción más o menos fiel de las formas en el mundo sensible. La
ciudad, dice Platón, es en sí el drama más verdadero, pues imita ese
teatro de la verdad que son las ideas, produciéndose
permanentemente a sí misma tal y como el artesano logra producir un
utensilio a la luz de la idea verdadera de éste. La acción (praxis) es desplazada de esta manera por la producción (poiesis),
en la medida en que en la primera no hay techné,
no hay ningún tipo de conocimiento teórico y, por lo tanto, ningún
medio de imprimir seguridad y orden en los asuntos humanos (cf.
Taminiaux 1995: 24ss). Por
el otro lado, está la tradición aristotélica, que en su réplica a Platón
en la Poética y en la Ética a Nicómaco,
rescata el sentido de la estética y la política que Platón había
desechado en la construcción de su ciudad: la acción es el elemento más
importante en la poesía, así como también es aquello a través de lo
que queda determinado el carácter de un hombre. Es justamente en esta
impredecibilidad de la acción, que no puede ser reducida a la imitación
de una idea, que se lleva a cabo el mundo de los asuntos humanos y a través
del cual se responde a la pregunta acerca de cómo debemos vivir. Las
acciones no pueden ser consideradas, pues, como en la tradición del
modelo poiético, como medios
para un fin; porque la acción, como la vida misma de los hombres, es un
fin en sí misma. De la misma manera, la acción no puede quedar
subordinada a un tipo de pensamiento teórico: la praxis
necesita de otro tipo de comprensión diferente al modelo contemplativo
platónico, que haga justicia a la particularidad de cada una de las
acciones humanas y a la imposibilidad de definirlas y determinarlas a
priori, fuera de su contexto y circunstancias propias (cf.
Taminiaux 1995: 34ss). Es
importante, pues, aclarar desde un principio que el proyecto de estetización
de la política en Arendt se diferencia de ese paradigma
poiético que, como lo destaca Esposito en sus críticas a esta
tradición –tradición que sobrevive, para él, a lo largo de la
historia de la filosofía política desde Platón hasta Heidegger–,
consiste en considerar al Estado como una obra de arte en sentido
artesanal, por lo que toda acción política debe estar dirigida a adecuar
la realidad al paradigma que se tiene del Estado perfecto (cf.
Esposito 1996: 160-1) y a reducir la política, por lo tanto, a una técnica
o conocimiento aplicado. Arendt, como se verá más adelante, está
completamente en contra de pensar en la polis a partir de un modelo que
está siendo construido: ni la polis es una realidad objetivable (cuando
lo es, desaparece), sino el espacio abierto e indeterminado de las
relaciones humanas, ni la acción política hace parte de un proceso, pues
es un fin en sí misma. El modelo poiético
lleva, para Arendt, en el mundo moderno, al fenómeno del totalitarismo (cf.
Villa 1996: 257), resultado de la identificación del artista con la obra
de arte: el estado es considerado como una obra de arte que se auto-efectúa,
y que excluye de sí todo aquello que no se adecue a la idea que tiene de
sí mismo. El Nacional Socialismo no fue otra cosa, en este sentido, que
un Nacional Esteticismo (cf. Id.: 251). Es
por esto que cuando se hable de la acción en Arendt, entendida desde la
perspectiva estética, no debe entenderse ésta como un proceso mediante
el que un artista realiza su obra de arte, la cual es considerada como
producto (modelo artesanal): éste es justamente el modelo poiético
que considera a la acción como un medio para un fin. La acción, por el
contrario, como se verá, tendrá que ser vista más desde la perspectiva
de un “performance”: la obra
que es ella misma su propio fin y que no deja ningún producto como
resultado, la praxis pura. De la
misma manera, en el rechazo al modelo poiético
de la política se rechaza también la subordinación del pensamiento de
la praxis a un pensamiento teórico.
El pensamiento de la acción no debe buscar abarcarla y predeterminarla,
sino comprenderla en su particularidad. Se verá cómo aquí Arendt retoma
esa relación entre estética y política para pensar las acciones de la
segunda a partir del mismo sentido en el que juzgamos las manifestaciones
de la primera. 2.
Violencia,
acción y política El
pensamiento de Hannah Arendt puede entenderse desde la perspectiva de
aquellos pensadores que, como lo enuncia Vattimo, se han preocupado en el
S. XX por superar o salir de la lógica de la metafísica por razones éticas
más que epistemológicas (cf.
Vattimo 1992: 63). En efecto, de poder ser clasificada, Arendt estaría
entre aquellos que encuentran en el pensamiento tradicional de la
totalidad, en la filosofía del universal encarnada en la política y en
nuestra manera de contemplar y aprehender la historia, los fundamentos de
la violencia: la violencia del universal sobre los particulares (Ogilvie),
del sujeto que cree poder dis-poner de un mundo (Heidegger), de la búsqueda
de un origen y un fin de la historia que justifiquen todas las acciones
humanas (Foucault). La violencia, en fin, como lo destaca Vattimo en sus
análisis del pensamiento de Heidegger, de la búsqueda de un fundamento
fijo y absoluto sobre el que puedan edificarse todo conocimiento y toda
acción humana, un fundamento que proporcione, en última instancia, el
sentido y el valor de la existencia del hombre. El
análisis de Arendt, guiado por esta necesidad de superar la violencia,
tiene, entre todos estos pensadores, sus propias particularidades. Arendt
sitúa el origen y la razón de ser de la violencia en dos elementos cuya
historia constituye, para ella, el equivalente de lo que para Heidegger
sería la historia del olvido del ser: la desaparición de la acción,
por un lado, y la desaparición del mundo
común donde dicha acción aparece, constituyen en el pensamiento de
Arendt la historia del olvido del hombre en su ser más propio.
Reconstruir las razones de esta pérdida, y encontrar en el presente
aquellos lugares en donde aún sobreviven los restos de estos dos
elementos, ha sido la tarea de gran parte de la obra de Arendt[1],
y hace parte de sus intentos por superar o dejar de lado a la violencia. Así,
en primer lugar, Arendt muestra las nefastas consecuencias del proceso de
‘instrumentalización’ de la acción llevado a cabo desde la aparición
de la filosofía. Debido, como lo dice en La
Condición Humana, “al general desprecio que los filósofos desde
Platón han tenido por la esfera de los asuntos humanos” (A 208), la
acción, entendida como práxis
por los griegos, ha tenido que sufrir, desde el punto de vista del
pensamiento, pero como consecuencia de ello también en la práctica, una
conversión paulatina en un mero producir,
en un hacer, que se juzga casi
exclusivamente según sus resultados. Esta inserción progresiva de la
acción en la lógica medios-fines es lo que conduce, para Arendt,
directamente a la violencia: “La sustancia misma de la acción violenta
está determinada por la categoría de medios-y-fin, cuya característica
principal, en cuanto a los asuntos humanos, es que el fin está en
constante peligro de dejarse abrumar por los medios que justifica y que
son precisos para alcanzarlo” (SV, 9). La violencia es instrumental por
naturaleza (cf. SV, 70) y
resulta de la consideración de la acción como un simple medio para
conseguir algo que va más allá de ella. Este intento de ejercer control
sobre el resultado de las acciones humanas –la única manera de hacerlo
era convertirlas en “quehaceres productivos”, pues la acción
considerada por sí misma es impredecible y completamente contingente–
no sólo conduce a la desaparición de la libertad del hombre dentro de
esta lógica del determinismo, sino a utilizar justificadamente la
violencia –el opuesto absoluto de la acción, para Arendt– como medio
legítimo de consecución de los fines propuestos.
Todo esto se combina, en la época moderna, con lo que Arendt denomina una ‘fe paradójica en el progreso’. La confianza, encarnada por el historicismo y las filosofías de la historia, en que cada acción no es sólo un medio para la consecución inmediata de un fin, sino que puede introducirse en la cadena infinita de eventos que constituyen la historia, y que están encaminados a la consecución-realización de un futuro o fin ulterior, posiblemente desconocido, pero mejor que cualquier presente. El progreso, en efecto, ‘facilita’ pensar en la razón de ser de las acciones humanas, allí donde han entrado en crisis esas “ideas últimas” que proporcionaban sentido a la vida humana: “el progreso no sólo explica el pasado sin romper el continuo temporal, también puede servir de guía para actuar hacia el futuro” (SV, 30). La idea de progreso, al igual que sucedía con la lógica medios-fines, permite justificar, ahora a gran escala, la violencia como medio para la consecución de esa meta ulterior de la historia, que le da sentido, justifica y define la vida humana. Es esto justamente lo que sucederá en el S. XX. Es esta lógica la que desemboca, como se han dedicado a mostrarlo no sólo Arendt, sino Foucault, Adorno, Lévinas y Vattimo, por mencionar algunos, en los campos de concentración de la segunda guerra mundial. En
segundo lugar, y de la mano con la conversión de la acción en un mero
hacer, Arendt destaca la pérdida del auténtico espacio común de aparición
de los hombres, y advierte de las consecuencias que ello trae para la
comprensión de la política en el presente. Para ello se dedica a hacer
un análisis de los términos que se utilizan en el campo de lo político,
y a rescatar los sentidos que se han ido perdiendo junto con la
instrumentalización de la acción. La violencia se ha convertido en algo
tan obvio para el mundo presente, que ha llegado a equipararse con el
poder: la política es entendida, así, como dominación, postulando como
su esencia más propia la dicotomía mandar-obedecer. La violencia es legítima
siempre y cuando se utilice como medio para mantener el poder. Esto, por
supuesto, tiene que ver con la comprensión de la ley exclusivamente como
mandato, con la violencia del universal que se impone sobre las
particularidades y contingencias de la realidad, controlando cualquier
desviación del esquema o idea original a partir de la que se gobierna
sobre lo real. Para Arendt, esto es resultado, sobre todo, de la
desaparición del espacio común, público, en el que los hombres actúan
unos con otros, unos ante otros, fortaleciendo los vínculos sociales; de
la desaparición, justamente, de lo que, para Arendt, significa el
“poder”. Éste “corresponde a la capacidad humana no sólo de
actuar, sino de actuar de concierto. El poder no es nunca propiedad de un
individuo, pertenece al grupo y existe sólo mientras éste no se
desintegra” (SV, 41). Allí donde tal espacio común está presente, no
hay cabida para la violencia: “violencia y poder son términos
contrarios, donde la una domina por completo, el otro está ausente”
(SV, 52). Al
final, en los análisis de Arendt, la violencia siempre termina mostrándose
ligada a la desaparición de la posibilidad de la acción –a su conversión
en un hacer, en un medio dirigido y justificado por un fin ulterior– y,
con ella, a la desaparición del espacio público, de los vínculos políticos,
donde dicha acción se hace posible. Ambas cosas son el resultado de las
consideraciones impuestas sobre la práctica por la metafísica, por la
filosofía política que nunca ha podido enfrentarse a la tarea paradójica
que le impone su misma naturaleza: pensar lo particular, comprender
aquello que no puede aprehenderse con los esquemas del pensamiento,
hacerle justicia a aquello visible que no puede ser objeto de representación.
La
salida de la violencia implica, por lo tanto, una salida de la metafísica,
del pensamiento totalizador de la razón que se impone, tanto en la teoría
como en la práctica, a través de categorías e imperativos, y que, al
contrario de resultar en una comprensión del mundo y en una acción libre
del hombre, termina distanciándonos completamente de todo aquello que nos
rodea y paralizando toda verdadera acción. Allí donde no hay espacio común,
donde no hay política, no hay acción, y no hay, propiamente hablando,
vida humana: “Una vida sin acción ni discurso [...] está literalmente
muerta para el mundo; ha dejado de ser una vida humana porque ya no la
viven los hombres” (A 201). Lo que queda, tras de ello, y como reacción
lógica a su ausencia, es la violencia. En
medio de estas consideraciones, surgen las preguntas que trae consigo todo
intento de superación de la metafísica: ¿es posible salir de la lógica
del pensamiento racional?, ¿cómo escapar a un modo de pensamiento que no
sólo domina a lo largo de la historia, sino que, además, nos constituye
en nuestra propia historicidad?, ¿no vuelve todo intento de superación
de la metafísica a caer nuevamente en la apelación a un fundamento?, ¿es
posible, en últimas, escapar de la violencia? La estética, entendida aquí,
por un lado, como una “forma de apegarse a la existencia” (Villa 1996:
79), y, por el otro, como una nueva manera de pensar, como una “nueva
racionalidad” alternativa a la metafísica, es en Arendt el punto de
vista desde el que todas estas preguntas pueden ser respondidas. Estetizar
la política: tal es la tarea a la que se enfrenta Arendt en su intento
por salir de la violencia. Tal y como lo describe George Kateb: “Arendt
se propone transformar, en el más alto grado posible, los fenómenos políticos
en fenómenos estéticos” (Kateb 2001: 121). La
estética entendida, en primer lugar, como actitud frente a la existencia.
Esta perspectiva es desarrollada por Arendt en el campo de la acción, y
recibe sus influencias, entre otros, de la filosofía nietzscheana (cf.
Villa 1996: Capítulo 3). Como lo muestra Vattimo, el anuncio en Nietzsche
de la muerte de Dios, de la desaparición de todas las verdades, no lleva
a todos los hombres a la detención de la acción, a la resignación o a
la desesperación. Hay algunos que, tras el anuncio de la ausencia de todo
fundamento, deciden enfrentar la vida de otra manera, con la valentía
temeraria de quedarse en la apariencia, rescatando al hombre como sujeto
artísticamente creador. En Nietzsche, señala Vattimo, la vida artística
se muestra como una alternativa para salir de la metafísica sin caer en
el nihilismo y en la negación de toda existencia. La voluntad de poder se
transforma, en últimas, en voluntad de arte; no es la alternativa
para sucumbir al pensamiento, sino para pensar, entender, y actuar
en el mundo de otra manera (cf.
Vattimo 2002). La
estética entendida, en segundo lugar, como una “nueva racionalidad”.
Esta perspectiva es desarrollada por Arendt a partir de sus análisis de
la Crítica del juicio kantiana,
conducentes al restablecimiento del espacio común, de lo político, de
los vínculos sociales que desaparecen a partir de la separación radical,
establecida por la filosofía moderna, entre el sujeto y el objeto, el
hombre y el mundo, la práctica y la teoría. Ya desde Kant la estética
se presentaba justamente como el puente entre esas dos esferas. Como lo
muestra Peter Bürger, el problema que lleva a Kant a ocuparse de la estética
es el de recuperar “la posibilidad de pensar el mundo como uno” (Bürger
1997: 196), de recuperar al mundo como espacio común en el que pueda
realizarse la libertad. El juicio es para Kant, y mucho más claramente
para Arendt según la interpretación que
realiza del primero, el puente que conecta ambas esferas de lo
humano, la teoría y la praxis,
logrando lo que para la filosofía política tradicional se volvió una
imposibilidad: pensar el particular.
Nietzsche
y Kant, acción y juicio, actor y espectador: estas dos perspectivas, la
de aquel que comprende su vida como una puesta en escena, como una aparición
frente a otros, y la de quien, desde la distancia, contempla el escenario
del mundo, ya no para imponerse desde afuera sobre lo que en él se lleva
a cabo, sino para comprenderlo y asumirlo en su particularidad, son
desarrolladas por Arendt a lo largo de su obra. Su teoría política
muestra, de hecho, a lo largo de su vida, el tránsito de la primera a la
segunda[2].
Al final, lo que queda es el esbozo de una posibilidad de entenderlas a
ambas en su reciprocidad, en un ir y venir de la una a la otra, de la vida
activa a la contemplativa, de la acción a la vida de la mente, como la única
manera de asumir nuevamente la existencia en medio de la ausencia de
verdades y sentidos, como el medio para recuperar y realizar la dignidad
humana en el espacio que le es propio: la vida común de la polis
restablecida, en el presente, gracias al punto de vista proporcionado por
la estética. 3.
La
perspectiva del actor: la acción como performance En
el quinto capítulo de La condición
humana, Arendt no sólo realiza una “deconstrucción” del concepto
de acción en la historia del pensamiento y la praxis
humana, sino que se dedica a dar una descripción positiva de aquello que
alguna vez fue considerado –entre los griegos de la polis– como
verdadera acción política. Esta descripción, en efecto, puede leerse
como una propuesta de estetización de la acción humana, en la medida en
que en ella la praxis política aparece compartiendo las mismas características
bajo las que normalmente consideramos a una obra de arte. Como lo destaca
Kateb (cf. 2001: 123-5), la acción
política en Arendt, como el arte, (i) es siempre una acción
absolutamente espontánea, que busca introducir algo nuevo en el curso de
los asuntos humanos, (ii) en esa medida, su única pretensión es la de
aparecer frente a otros, es decir, supone de alguna manera, siempre, algo
–o más bien alguien– que en ella se revela; finalmente, y por estas
razones, (iii) no puede ser considerada más que como fin en sí misma; el
criterio por medio del cual le asignamos o no un valor, un significado,
debe ser intrínseco a ella. Tales
son, para Arendt, las características que debe cumplir la acción humana
para poder ser llamada de tal forma. Allí donde la acción no obedece más
que a leyes externas o internas que la determinan de antemano, haciéndola
predecible; allí donde deja de estar ligada al discurso, es decir, deja
de revelar-comunicar a aquel que la realiza; allí donde, finalmente, es
valorada exclusivamente, e incluso,
parcialmente, según sus resultados (productos), no puede hablarse ya de
acción propiamente dicha, no puede hablarse ya ni de política, ni de
vida humana. Y todas estas son las carencias que describen aquello en lo
que la acción se ha convertido en la modernidad, debido a las
pretensiones –e incapacidades– de la filosofía política, que
pretende ponerle fin, regular y controlar la espontaneidad,
impredecibilidad y contingencia de la praxis
humana. En
efecto, dice Arendt, “actuar, en su sentido más general, significa
tomar una iniciativa, comenzar” (A, 201). Actuar, es, ante todo,
espontaneidad, en la medida en que la verdadera acción es aquella que
inicia, por sí misma, algo enteramente nuevo: [...]
en términos filosóficos, actuar es la respuesta humana al hecho de haber
nacido. Ya que todos llegamos al mundo por virtud del nacimiento como
principiantes y recién llegados, podemos empezar algo nuevo [...] Ninguna
facultad, aparte del lenguaje, ni razón ni conciencia nos distingue tan
radicalmente de las demás especies animales. (SV, 73) Empezando
algo nuevo es como nos introducimos en el mundo, como logramos realizar,
en cada acto, aquello que nos distingue, como especie, de todos los demás
seres en la naturaleza: la libertad. Para Arendt, libertad y acción son
equivalentes: por un lado, sólo en la acción nos hacemos libres, por el
otro, libertad no es más que el acto mismo, espontáneo, por medio del
cual recuperamos, una y otra vez, la dignidad, lo que nos distingue como
propiamente humanos. La acción, como el arte, es la manifestación de la
libertad en la apariencia, libertad que sólo es tal en cuanto
espontaneidad. Si
la acción es la respuesta al hecho de haber nacido, es por la acción que
nos distinguimos, no sólo como
hombres, sino de los hombres. La espontaneidad, por ello, en Arendt, va ligada a
la revelación de aquel que en ella realiza su libertad: “Mediante la
acción y el discurso, los hombres muestran quiénes son, revelan
activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el
mundo humano” (A, 203). La acción es la aparición de un quién ante
otros: introducirse en el mundo implica decirse a sí mismo, mostrarse,
revelarse a través de las propias acciones. Sin tal revelación, dice
Arendt, la acción pierde “su específico carácter y pasa a ser una
forma de realización entre otras” (A, 204). Sólo porque a través de
mis acciones aparezco ante otros, sólo porque en ellas se revela quién
soy, es que puedo considerarme un actor auténtico en el mundo de los
asuntos humanos. Ello es lo que le da valor a mi acción, lo que permite
que a través de ella me distinga de los otros, lo que permite que los
otros, en este acto de distinción, reconozcan en mis actos quién soy.
Es
por esto, finalmente –porque la acción vale únicamente en cuanto que,
en su espontaneidad, aparece quien actúa–, que la acción sólo puede
entenderse como un fin en sí misma. Como lo propone Villa, si de
comparaciones se trata, quien actúa es como el artista que, en lugar de
plasmar su obra en un lienzo, entiende que la obra de arte está en el
proceso mismo de su creación. La obra no vale por el producto terminado
–éste sólo es un mero reflejo de la acción que lo produjo–, sino
por aquello que hizo posible que tal producto apareciera: la acción, en
estricto sentido, es como un performance,
cuyo valor y significado aparecen en el acto y desaparecen en cuanto éste
se termina: [...]
esta insistencia en los actos vivos y en la palabra hablada como los
mayores logros de que son capaces los seres humanos, fue conceptualizada
en la noción aristotélica de energeia
(“realidad”), que designaba todas las actividades que no persiguen un
fin (son ateleis) y no dejan
trabajo tras de sí , sino que agotan su pleno significado en la actuación.
(A, 229) Por
esto, el actor por excelencia es el héroe, y entre todos los héroes,
Aquiles, quien “entrega en las manos del narrador el pleno significado
de su acto, de modo que es como si no hubiera simplemente interpretado la
historia de su vida, sino que también la hubiera ‘hecho’ al mismo
tiempo” (A, 217). Héroe es sólo aquel que consigue que sus acciones se
tornen, en sí mismas, valores, sentidos, significados. Sus acciones no
necesitan de interpretación, porque ellas mismas han agotado toda
interpretación posible, no dejando tras de sí más que el recuerdo, la
huella, el reflejo, de lo que en ellas se reveló. La grandeza del héroe no está en asumir su destino, como si de
obedecer preceptos se tratara, sino en la manera como logra hacer de su
vida su propio destino: ese destino, el destino de Orestes, de Edipo, de
Antígona, lleva sus nombres, y es ello, más que otra cosa, lo que los
hace grandes, lo que los hace verdaderos actores. Como
descubre también el héroe trágico en Nietzsche, tras descender al
abismo de lo dionisíaco, y contemplar la verdad de la no verdad, la
ausencia de fundamento, la muerte de Dios: la vida sólo tiene el sentido
que a ella queramos darle; cada acto es un acto de creación, en el que
afirmamos la existencia, una y otra vez, como una metáfora abierta, que
se interpreta permanentemente a sí misma. El hombre vale sólo en tanto
que sujeto artísticamente creador. Quiénes somos sólo puede ser
respondido a partir de cómo asumamos la ausencia de sentido, y la
capacidad, que con ello se abre, de crearlo nuevamente, de darle nuestro
nombre, de introducirnos a través de ello en la cadena de eventos, para
distinguirnos, para realizarnos, para lograr, de una vez por todas, la
autenticidad que sólo esta libertad de la no verdad puede concedernos. Pero
con ello, claro, se corre un peligro. Como le sucede al personaje mítico
de Pigmalión, el artista puede terminar enamorado de su obra, querer
conservarla sólo para él, olvidar que, en un principio, la hizo para que
otros la vieran. Es el peligro que, según Luc Ferry, corre toda ética de
la autenticidad: “El problema con las éticas de los contemporáneos y
con la consagración de lo auténtico como tal es que la referencia a la
idea de límites parece desvanecerse, deslegitimada por las demandas
imperiosas hechas por el auto-cultivo individual y por el derecho a la
diferencia” (Ferry 1993: 258). En efecto, la acción, entendida en estos
términos, corre el peligro de convertirse, en términos de Kateb, en
autocomplacencia, de quedar justificada, como ha sucedido con una
corriente de interpretación de Nietzsche, como expresión auténtica de
un vitalismo, de una afirmación de la vida, sin importar sus
consecuencias. Se corre el peligro de que desaparezcan todos los límites,
de que todo quede al servicio de la expresión de la propia vitalidad. La
misma Arendt lo señala en su análisis del heroísmo de Aquiles: “sin
duda, este concepto de acción es muy individualista, como diríamos hoy
en día. Acentúa la urgencia de la propia revelación a expensas de los
otros factores” (A, 217). En
efecto, el que la acción sea espontánea, reveladora de sentido y
considerada exclusivamente como un fin en sí misma; es decir, en últimas,
el que la acción sea valorada como performance,
desde un punto de vista puramente estético, excluyendo toda consideración
moral, puede conducir a un subjetivismo absoluto, en el que aquello que se
quería recuperar, el espacio común en el que los hombres aparecen con
sus acciones, desaparezca de manera definitiva. Si el criterio para juzgar
la acción humana es la “grandeza”, el “heroísmo”, la capacidad
de “distinguirse de los otros”, esto puede traer consigo, en últimas,
“una celebración inmoralista de la grandeza” (Villa 1996: 55) que ha
sido ligada, en el mundo contemporáneo, a los fenómenos del
totalitarismo político: “la vacuidad moral de la “grandeza” deja al
concepto arendtiano de la acción política demasiado vulnerable a los
cargos de subjetivismo y arbitrariedad” (Id.,
59). Arendt tendrá que rescatar la importancia del espectador, para
evitar que la acción política termine convertida en un proceso de
“autosatisfacción”. Un
segundo peligro viene con esta propuesta de estetización de la acción,
que, junto con el primero, amenaza con hacer desaparecer el interés de
Arendt por la recuperación de la política como espacio deliberativo: tal
y como lo teme Adorno, la perspectiva de la acción como performance
acerca demasiado el mundo al hombre, le quita al arte toda su autonomía,
toda distancia con lo real[3].
La visión de la acción como realización efectiva de la libertad en el
mundo, es decir, en últimas, como reconciliación entre el sujeto y el
objeto, entre significado y significante, entre acción e interpretación,
trae consigo la desaparición de la posibilidad de la crítica, y, por lo
tanto, la desaparición de la posibilidad de transformar la realidad con
vistas a la creación de un mundo común. Arendt tendrá que mostrar, así,
junto con la perspectiva del espectador, la posibilidad que ésta otorga
de una distancia crítica frente al mundo, que garantice, en últimas, el
espacio de la política[4].
4.
La
perspectiva del espectador: el juicio como sensus
communis Entra
aquí a jugar un papel determinante el análisis que Arendt realiza, sobre
todo al final de su vida, de la Crítica
del juicio kantiana[5].
La obra de Kant presenta la misma “dicotomía” que las reflexiones de
Arendt acerca de la “estetización” de la acción y la política: por
un lado, y en primer lugar, están las consideraciones acerca del
espectador y de la contemplación estética en general, por el otro, y
jugando un papel secundario, se encuentran las reflexiones acerca del
genio y la obra de arte, es decir, en términos de Arendt, acerca del
actor. Es
a partir de las consideraciones de Kant sobre el genio que Arendt
justificará el paso a las consideraciones acerca del espectador. En
efecto, el genio juega un papel secundario no sólo porque, en el caso de
Kant, la belleza artística sea considerada como “inferior”, o al
menos “menos pura” que la belleza natural, sino porque, como lo
destaca Arendt, mientras el espectador es autónomo y no depende de nada más
para su existencia, para la posibilidad de ejercitar su juicio, el actor,
el genio, presupone siempre y depende de la presencia de otros. Arendt
llama la atención sobre la necesidad de invertir la manera como
usualmente consideramos las relaciones entre estos dos “personajes”:
“Estamos inclinados a pensar que para juzgar un espectáculo primero
debe existir éste; que el espectador presupone al actor. Solemos olvidar
que nadie en su sano juicio montaría un espectáculo sin estar seguro de
contar con espectadores para contemplarlo” (J, 459). En la estética
kantiana, y, por extensión, en la propuesta que Arendt quisiera formular
a partir de sus análisis, es el actor el que siempre presupone a los
espectadores, nunca al contrario. “Nos interesa lo bello”, dice Kant,
“sólo cuando estamos en sociedad” (J, 463)[6].
Esto
ya lo resaltaba Arendt en escritos anteriores, al acentuar el carácter
esencialmente político de la acción. Ya se veía cómo, en sus
descripciones de la acción en La
condición humana, uno de los caracteres esenciales era el de la
aparición de un quién frente a otros. Aunque el acento, en el caso de la
perspectiva del actor, se hace en el quién, los otros ya aparecen allí
como condición de posibilidad de la revelación del agente: sin los
otros, sin el espacio de lo político, no hay acción, porque se hace
imposible la revelación, el reconocimiento. Como dice Arendt en Sobre
la Violencia, “la facultad de acción convierte al hombre en un ser
político; lo capacita para reunirse con su congéneres, actuar en
concierto y tratar de alcanzar metas y empresas en las que nunca hubiera
pensado si no fuera por ese don suyo: el don de lanzarse a algo nuevo”
(SV, 73). Todas las características de la acción, tal y como fueron
descritas en el apartado anterior, quedan supeditadas a esta “conversión
del hombre en un ser político”. En
la Crítica del juicio, la creatividad del genio queda limitada por el
gusto, está supeditada a la posibilidad de comunicabilidad de la obra
entre los espectadores, es decir, a la capacidad que tiene el artista de
hacerse comprender por los otros. Arendt parece querer trasladar, por
analogía, el caso del genio al caso de la acción: “La condición sine qua non de la existencia de los objetos bellos [y por lo tanto
de la producción de los mismos] es la comunicabilidad; el juicio del
espectador crea el espacio sin el cual tales objetos no podrían aparecer.
El ámbito público lo constituyen los críticos y los espectadores, y no
los actores y productores” (J, 460). Aquí, al contrario de correr el
peligro de una caída en el subjetivismo, Arendt se pasa al lado
aparentemente opuesto: al contrario de lo que parecía suceder en el caso
de la descripción positiva de la acción, lo público ahora está
constituido por los espectadores ante quien el actor hace su aparición.
El espacio de la política, de las relaciones humanas, le debe su
existencia al juicio más que a la acción; aunque, por supuesto, el
juicio versa sobre la acción, por lo que aquí se presenta una especie de
interdependencia, esencial para entender, como se verá más adelante, el
espacio público como mediación y encuentro entre ambas perspectivas. Arendt
se ha dado cuenta –y ciertos acontecimientos de su vida (ya se
mencionaba el caso del juicio de Eichmann), incluyendo su propia actividad
teórica, se lo han revelado aún con más claridad– de los peligros que
corre su propuesta de una recuperación de la acción política en toda su
magnitud originaria. Su apelación a la Crítica
del juicio está guiada por la preocupación por terminar cayendo en
un individualismo puro, por terminar diluyendo de manera definitiva los ya
desaparecidos lazos políticos de las relaciones humanas. Como lo destaca
Ferry (cf. 1993: 246), y como lo
verá claramente Arendt en su análisis de los escritos estéticos
kantianos, el análisis del gusto, en Kant, se convierte en un medio para
restablecer, desde la teoría, los vínculos sociales perdidos con la
modernidad. Los conceptos de “intersubjetividad” (que Ferry propone
transformar en “interindividualidad” en la época contemporánea, a raíz
de la desaparición del sujeto), “mentalidad ampliada” y “sensus
communis”, jugarán un papel primordial en la posibilidad del
restablecimiento de una relación con los otros, de una recuperación de
un espacio común, gracias a y no a expensas de una libertad en el
pensamiento y en el juicio. Como lo dice Arendt, “dado que Kant no
escribió su filosofía política, la mejor forma de descubrir lo que
pensaba al respecto es regresar a la ‘crítica del juicio estético’”
(J, 459). Mientras las preguntas por ‘qué debo hacer’ y ‘qué me
está permitido esperar’ interesan individualmente, la pregunta por ‘cómo
juzgo’ concierne a la pluralidad de la condición humana: el mundo del
juicio estético es también el mundo de la publicidad o de la política (cf.
Villa 1996: 63). Así,
en efecto, la crítica del juicio kantiana puede entenderse desde dos
perspectivas que terminan ofreciéndole a Arendt aquello que parecía
faltar en sus escritos anteriores[7]:
(i) la propuesta positiva de una “nueva racionalidad” capaz de pensar
la política, gracias al carácter particular del juicio, y (ii) la
posibilidad del restablecimiento, desde la teoría, de los vínculos con
los otros en el espacio común, de una concepción y puesta en práctica
de una política deliberativa. Es decir, el juicio estético le ofrece al
espectador tanto (i) la posibilidad de
comprender la acción en su particularidad, sin necesidad de violentarla
subsumiéndola a categorías universales, como (ii) la posibilidad de convertirse él mismo en un actor político, que
restablece, mediante sus juicios, el espacio de lo común desechado por la
filosofía política tradicional. El análisis del juicio le permite a
Arendt justificar, desde un punto de vista teórico, la práctica
manifiesta en sus obras: el intento de pensar la política sin caer
nuevamente en el pensamiento de la violencia. 4.1.
El
juicio como pensamiento de la política La
interpretación que Arendt realiza de la facultad de juzgar kantiana, y, más
específicamente, del juicio de gusto, está orientada a mostrar cómo es
posible encontrar, entre las facultades racionales del hombre, una que sea
capaz de ofrecerse como alternativa a ese pensamiento del universal,
incapaz de pensar el particular en cuanto tal, que, desde la filosofía
política, le ha hecho tanto daño y ha ejercido tantos perjuicios sobre
el mundo de las acciones humanas. En el análisis de Kant, la facultad de
juzgar, en cuanto a su actuación particular en los casos de los juicios
estéticos (facultad de juzgar reflexionante estética), se diferencia de
todas las otras operaciones de la razón (entendiendo aquí razón en el
sentido más amplio que cobija lo que Kant denomina las tres “facultades
superiores de conocimiento”: entendimiento, facultad de juzgar y razón)
en la medida en que, tal y como Arendt lo pone en sus propios términos,
es “la facultad que combina, de manera misteriosa, lo particular y lo
general” (J, 469). En
efecto, el juicio de gusto no es ni un juicio de conocimiento, ni un
juicio que enuncia principios prácticos, es decir, ni hace uso de los
conceptos del entendimiento, ni de las ideas de la razón, en su trabajo
de lograr el puente con el objeto. Dentro de sus funciones comunes, la
facultad de juzgar reflexiva logra, a partir de particulares, encontrar un
concepto general que le permita aprehender, comprender y hacer claros para
el entendimiento o la razón un conjunto de objetos dispersos en la
realidad: el entendimiento le proporciona a la imaginación un concepto
bajo el que ésta es capaz de subsumir la multiplicidad de la experiencia.
Sin embargo, en el caso del juicio de gusto, es decir, en el caso de la
experiencia de objetos bellos, la imaginación es capaz de llevar a cabo
la síntesis sin la necesidad de conceptos. Como lo destaca Arendt,
mientras en todas las otras operaciones de la mente la imaginación está
supeditada al entendimiento, en el caso de la experiencia estética, y sólo
en ella, es el entendimiento el que queda al servicio de la imaginación
(I, 125). En la medida en que la representación del objeto, en este caso
del objeto bello, no es comparable con ninguna experiencia similar, no es
agrupable ni subsumible bajo ningún concepto y, por lo tanto, no puede
ser universalizable, el juicio debe ser pronunciado en su particularidad,
como juicio singular: la representación del objeto bello ha logrado
despertar lo que Kant describe como un “juego libre” de las
facultades, que permite realizar eso que Arendt denomina una “combinación
misteriosa” entre lo general y lo particular, y que, en la Critica
del juicio, recibe el nombre de “armonía” de las facultades. El
juicio sobre lo bello es el único juicio en el que el objeto no es
subsumido por un concepto, es decir, en el que continúa siendo
particular: El
juicio de gusto es emitido absolutamente siempre como juicio singular
acerca del objeto. El entendimiento, por comparación del objeto con el
juicio de otros en punto a lo complaciente, puede hacer un juicio general;
por ejemplo, que todas las tulipas son bellas; pero no es éste, en dicho
caso, un juicio de gusto, sino uno lógico, que hace de la relación de un
objeto con el gusto el predicado de cosas de una cierta clase en general; sólo
aquél, en cambio, a través del cual encuentro bella una única tulipa
dada [...] es el juicio de gusto. (CJ §32: 142) [Las cursivas son mías] Es
por esto que Arendt encuentra en el juicio de gusto una nueva alternativa
para pensar la acción, para pensar la política. En la medida en que las
acciones, como en el caso de los objetos bellos, no pueden renunciar a su
particularidad, es decir, no son comparables ni universalizables, sino que
permanecen en su unicidad (ése es justamente el problema al que tuvo que
enfrentarse la filosofía política, optando por reducir la acción política
a un producir, para hacerla más fácilmente pensable), necesitan de un
pensamiento que sea capaz de aprehenderlas en su singularidad. El juicio
se presenta como la alternativa para pensar el ámbito de lo político,
porque no pretende hacer de la acción humana ni un objeto determinable
por leyes prácticas de la razón, ni por leyes teóricas del
entendimiento, sino que puede comprender cada acto como un acto heroico,
cuyo fin está en sí mismo, y que en sí mismo logra la creación de su
propio sentido, la ejemplaridad. Para ello se vale Arendt de la noción de
“validez ejemplar”, a la que Kant alude para justificar el tipo de
necesidad que manifiestan los juicios de gusto: [...]
esta necesidad [la necesidad de los juicios sobre lo bello] es de singular
especie: no una necesidad teórica objetiva, en que se puede conocer a
priori que cada cual sentirá esta complacencia en el objeto que yo he
llamado bello; y tampoco una necesidad práctica, donde esta complacencia
es, a través de conceptos de una voluntad racional pura que sirve de
regla a seres que actúan libremente, la necesaria secuela de una ley
objetiva, y que no significa sino que debe actuarse absolutamente de un
cierto modo. En cambio, como necesidad que es concebida en un juicio estético,
sólo podrá llamársele ejemplar, es decir, la necesidad del asentimiento
de todos a un juicio que es considerado como ejemplo de una regla
universal que no puede ser aducida. (CJ §18: 63) Cada
acción es, ella misma, “ejemplar”, en la medida en que ella misma
constituye el ejemplo de una regla a la que, sin embargo, es imposible
aducir, en cuanto no es posible la apelación a conceptos bajo los que la
acción pueda ser subsumida: “Este ‘ejemplar’”, dice Arendt, “es
y continúa siendo un particular, que en su misma particularidad revela la
generalidad que no podría determinarse de otro modo. El valor es como
Aquiles, etc...” (J, 470). Kant abre la posibilidad de pensar lo
particular, justamente porque, en este pensamiento, lo particular
permanece en cuanto tal con nombre propio. Como ya se describía en la
comparación con el performance,
la acción humana, el acontecimiento de la aparición de cada hombre
frente a los otros, es regla de sí misma y trae consigo su propio
significado. Al
separar el juicio de los ámbitos de lo práctico y lo teórico, al
desechar del pensamiento sobre lo bello toda posibilidad de verdad, Kant
deja abierta la puerta a una racionalidad que no se interesa por encontrar
absolutos, verdades ni fundamentos a los cuales hacer referencia siempre
que nos referimos al mundo. Aplicado al campo de lo político, esto
significa, para Arendt, la posibilidad de un pensamiento que rescata
aquello que ya desde Platón queda excluido de la filosofía, y que sin
embargo, como logrará mostrarlo Aristóteles, constituye el elemento
primordial de lo político: el mundo de la opinión. El juicio estético,
trasladado al ámbito de lo político, ofrece la posibilidad de recuperar
un espacio político deliberativo, en el que, más que verdades
universales, se busquen y se rescaten las opiniones. La estetización del
pensamiento, tal y como se encuentra en la propuesta de Arendt, abre la
posibilidad de hacerle justicia a lo particular, es decir, de salir de la
violencia del universal, sin caer en la arbitrariedad de la
irracionalidad. Así, dice Arendt concluyendo una de sus lecciones sobre
el juicio estético: “La mayoría de los conceptos de las ciencias históricas
y políticas son de esta naturaleza restringida; tienen su origen en un
acontecimiento histórico particular y es enseguida que nos proponemos
hacerlo ‘ejemplar’ –recoger en
lo particular aquello que va más allá de la unicidad del acontecimiento”
(I, 126) [Las cursivas son mías]. 4.2.
El
juicio como restablecimiento del espacio de lo político Por
el otro lado, y de la mano con esta posibilidad de salir de la violencia
del universal, la estetización del juicio logra contrarrestar de manera
definitiva el peligro de la caída en el subjetivismo. Aunque el
pensamiento no puede, desde la teoría, ponerle límites a priori a la
acción (no podría hacerlo, si se quiere salvaguardar su concepción
estetizante), sí puede hacer algo que, en el campo de la reflexión de
Arendt, es tan importante como la acción misma: restablecer el mundo común
de las relaciones humanas, el espacio de lo político. El juicio de gusto
trae consigo ya, desde el pensamiento, la presencia de otros[8].
Tal y como lo resalta Arendt: “Kant destaca que al menos una de nuestras
facultades mentales, la facultad de juzgar, presupone la presencia de
otros” (J, 468). Es
esto, precisamente, lo que está presente en el segundo momento de la Analítica
de lo bello, y a lo que Kant hace referencia como la “universalidad
subjetiva” del juicio, o la “intersubjetividad”: Sería
ridículo si alguien que se imaginase de buen gusto creyera justificarse
diciendo: este objeto es bello para
mí. Pues no debe llamarlo bello
si le place meramente a él. Muchas cosas pueden tener para él atractivo
y agrado, de eso nadie se cuida; pero cuando él declara bello a algo, le
atribuye a otros precisamente la misma complacencia; no juzga sólo para sí,
sino para todos. (CJ §7: 20) Hay,
así, y eso es lo que parece estar señalando Kant, algo no subjetivo en
aquello que, aparentemente, sería lo más subjetivo de todo: el gusto. En
mis juicios sobre lo bello no hablo, como en el caso de lo agradable, únicamente
de mí, de mis sensaciones y mi experiencia, sino que, al contrario, me
pronuncio desde la idea de una voz
universal, es decir, esperando el acuerdo por parte de los otros, a
quienes, con mi afirmación “esto es bello”, ya he incluido en el
juicio. Esto
es, precisamente, a lo que Kant se refiere cuando habla de la
“intersubjetividad” subyacente a los juicios: la aspiración al
acuerdo de los otros no podría darse si no se tiene la confianza de que
“hay un fundamento que es a
todos común” (CJ §19: 64). El juicio no sólo apela a los otros como
sus posibles oyentes o espectadores, sino que, en el hecho mismo de
pronunciarse, y de pretender, con ello, que los otros “hagan parte” (mitteilen)
de lo que en él se asiente, el juicio restablece un espacio posible
compartido, en el que los otros participan de mi pensamiento, en el que mi
pensamiento y el de los otros encuentra un ámbito común. La
intersubjetividad, la existencia de ese “sentido común a todos”,
presupuesto ya en mis juicios, es el medio por el cual, desde la estética,
Kant abre la posibilidad de restablecer, como muy bien lo ve Arendt, los vínculos
con los otros, el ámbito de las relaciones humanas: el sentido común es
aquello que nos “capacita para integrarnos en una comunidad” (J, 466),
y es, a la vez, aquello que hace presente tal comunidad a nuestro
pensamiento. Esto
tiene que ver, por otro lado, con el hecho de que “en el gusto”, dice
Arendt citando a Kant, “se supera el egoísmo” (J, 463). En la medida
en que mis juicios incluyen la apelación al acuerdo de los otros, he
abandonado, en lo posible, mis propias condiciones e intereses subjetivos.
El juicio de gusto, para Kant, es y debe ser desinteresado,
de lo contrario no aspiraría a elevarse por encima de la propia
particularidad, a ir más allá del para
mí de lo agradable. Por esto, Kant pone en relación ese “sentido
común” compartido por todos, con lo que para Arendt se convierte en un
elemento esencial en su análisis: el sensus
communis[9],
o la “ampliación de la mentalidad”: Por
sensus communis hay que
entender, no obstante, la idea de un juicio común a todos, esto es, de
una facultad de juzgar que en su reflexión tiene en cuenta, en
pensamiento, el modo representacional de cada uno de los demás, para
atener su juicio, por así decirlo, a la entera razón humana [...] esto
último sucede por atener el propio juicio a otros juicios, no tanto
efectivamente reales, como más bien meramente posibles, y ponerse en el
lugar de los otros, en la medida en que simplemente se hace abstracción
de las restricciones que están asociadas de modo casual a nuestro propio
enjuiciamento. (CJ §40: 157) De
esta manera, si la imaginación, en su papel activo, acerca el pensamiento
a las acciones de tal manera que éstas puedan seguir siendo consideradas
en su particularidad, por el otro lado logra acercarse a los otros de tal
forma que, al pronunciarse, pueda pretender universalidad. Esta cercanía
con los otros no hace otra cosa que restablecer la posibilidad de un diálogo
activo entre mi pensamiento y el de aquellos con quienes comparto un
mundo, presupuesto necesario, para Arendt, en todo pensamiento que
pretenda llamarse a sí mismo crítico: El
pensamiento crítico sólo puede realizarse cuando las perspectivas de los
demás están abiertas al examen. De ahí que el pensamiento crítico,
aunque siga siendo una ocupación solitaria, no se haya desvinculado de
los otros. Mediante la fuerza de la imaginación hace presentes a los
otros y se mueve así en un espacio potencialmente público, abierto a
todas las partes [...] Pensar con una mentalidad amplia quiere decir que
se entrena la propia imaginación para ir de visita (J, 455). La
imaginación, en el juicio, es así capaz de ir y venir, de los otros a mí
mismo, de mí mismo hacia los otros, reproduciendo el espacio común de un
diálogo, que garantiza la validez de mi opinión. Quien juzga tiende a
“ponerse en el lugar de cada uno de los otros”, logrando un “pensar
amplio”, es decir, logrando “empinarse por sobre las condiciones
subjetivas privadas del juicio” y reflexionar “sobre su propio juicio
desde un punto de vista universal” (CJ §40: 160). Arendt
reivindica el carácter político de la teoría, del pensamiento, e
incluso, como lo destaca Jennifer Nedelsky, de la autonomía. El
restablecimiento de los vínculos comunes en el juicio no implica, ni en
Kant ni en Arendt, que inmediatamente éste ha perdido toda distancia
frente a los otros. El juicio de gusto es, ante todo, un juicio autónomo:
ni se deja “imponer interiormente la aprobación ni por cien voces que
elogien el objeto” (CJ §33:139), ni “menos aún puede una prueba a
priori determinar el juicio sobre belleza según reglas determinadas”
(CJ §33: 141). Quien pronuncia el juicio se pronuncia desde sí mismo,
pues la facultad de juzgar crea, en este sentido, sus propias reglas. Y,
sin embargo, el gusto, es decir, la autonomía de mis juicios, debe poder
ser formado, debe aprender de otros, no para convertirse en un mero
imitador, sino para, a partir de sus predecesores, buscar en sí mismo los
principios y tomar su propio camino (cf.
CJ §32: 195). Así, no es que los otros se conviertan en el fundamento de
determinación de mis juicios, sino que en el diálogo con los otros formo
mi propia capacidad de distanciarme y de juzgar autónomamente. Arendt,
junto con el Kant de la Crítica del juicio, plantea la posibilidad de una autonomía
relacional (cf. Nedelsky
2001: 11), que, por un lado, no cae en el aislamiento de la autonomía de
la razón práctica kantiana (en la que la referencia a otros queda
completamente excluida), pero que, por el otro, rescata, en medio de la
introducción y la cercanía a un mundo común, la posibilidad de
distanciamiento y de crítica. Así,
a través de sus análisis de la Crítica
del juicio, Arendt reivindica la posibilidad de un pensamiento de la
política, de una posición teórica que, sin caer en el aislamiento,
sino, al contrario, restableciendo desde sí misma un mundo común,
permanece crítica frente a lo real. Quedan de lado, pues, al menos por
ahora, tanto las críticas al inmoralismo de la acción, como las que
acusarían a la concepción de Arendt de impedir, en últimas, la
verdadera crítica, y, con ello, una acción política transformadora de
lo social. 5.
La
salida de la dicotomía actor-espectador No
obstante, hay algo que queda aún por solucionar. Como la misma Arendt lo
destaca a lo largo de su análisis del juicio, este “se trata de una
perspectiva desde la que [...] reflexionar sobre los asuntos humanos. Sin
embargo, no nos dice cómo actuar”
(J, 456). En efecto, y como se señaló desde el principio, el pensamiento
de Arendt parece hablar desde dos perspectivas diferentes, incluso
opuestas, y el cambio de la una a la otra se da progresivamente a lo largo
de su obra. Por un lado, está la perspectiva de la acción, el acento en
la vida como un performance en
el que, a través de sus actos, el hombre se muestra a los otros: la
revelación de quién se es resulta aquí lo primordial, aquello que hace
la acción verdaderamente humana y le devuelve al mundo de las relaciones
políticas su carácter particular. Por el otro lado, está la perspectiva
del espectador, el acento en el juicio como un pensamiento desde el cual
es posible restablecer los vínculos con los otros: es la comunidad de
espectadores, más que la de actores, la que revive el espacio común de
lo político. La pregunta que surge es, inevitablemente, la de la relación
entre las dos perspectivas: si quedan, como tales, separadas una de la
otra, el pensamiento de Arendt no hace más que volver a caer en una
dicotomía entre la teoría y la práctica, entre el pensamiento y la acción,
y con ello, ni la acción puede evitar terminar cayendo en el
individualismo del que se le acusa, ni el pensamiento puede hacer nada en
cuanto al restablecimiento del mundo común. Sin
embargo, y aunque Arendt no da una respuesta definitiva a este problema,
hay elementos que pueden llevar a pensar en posibles conciliaciones de las
dos perspectivas. Por un lado, actor y espectador, más que contrapuestos,
parecen ser los dos aspectos primordiales e indisolubles de toda vida que
clame ser verdaderamente humana. Como lo destaca Kateb, al contrario de lo
que sucede con el genio kantiano, cuya capacidad poco común de creación
debe ser compensada por una consideración hacia los espectadores, en el
caso de los asuntos humanos todos podemos ser, en potencia, actores políticos
(Kateb 2001: 130). Existe en este espacio una reciprocidad a la que no se
puede hacer alusión en el caso del gusto,
y sobre la que Arendt ya hacía énfasis en La
condición humana: “debido a que el actor siempre se mueve entre y
en relación con otros seres actuantes, nunca es simplemente un
‘agente’ sino que siempre y al mismo tiempo es un paciente. Hacer y
sufrir son como las dos caras de la misma moneda.”(A 213), de la misma
manera que lo son, por ejemplo, la acción y la libertad. Por eso la polis
es el espacio en el que “yo aparezco ante los otros como los otros
aparecen ante mí” (A 221); es decir, el espacio en el que pensar en una
dicotomía actor-espectador pierde sentido. Por
el otro lado, está la cuestión de la idea del sensus
communis rescatada por la estética. Como lo afirma Kant, citado por
Arendt, “si cada uno”, tanto actor como espectador, “espera y exige
que los demás tengan consideración a la general comunicación del
placer, del goce desinteresado; entonces habremos alcanzado un punto donde
es como si existiera un pacto originario, dictado por la humanidad
misma” (Kant en J, 468). El sensus communis se presenta, bajo la fórmula del als
ob kantiano, como una idea regulativa. Constituye el punto de llegada
ideal de todo juicio de gusto, pero es, a la vez, el punto de llegada
ideal de toda acción creativa: tanto el espectador espera, desde su
juicio, lograr que su punto de vista adquiera una perspectiva general que
logre el acuerdo, como el actor anhela ser comprendido por todos,
revelarse y dejar su huella propia en el espacio común de la polis. El
punto de vista de ambos, en últimas, es el mismo: el del restablecimiento
de un mundo político. Así, dice Arendt, “actor y espectador se llegan
a unir; la máxima del actor y la máxima –la ‘pauta’– a partir de
la cual el espectador juzga el espectáculo del mundo se convierten en
una” (J, 469). Esto
no debe entenderse, en todo caso, como una teleología, como una especie
de meta que le da sentido, desde afuera, a toda acción y pensamiento
humano. El consenso, como lo advierte Villa, no puede entenderse aquí,
como en Habermas, en este sentido. Esto implicaría caer nuevamente en la
instrumentalización de la acción, y con ello, dirigirse nuevamente a la
posibilidad abierta de la violencia (cf.
Villa 1996: 77). La intersubjetividad no es, pues, en Arendt la meta, sino
la condición de posibilidad de la política, un horizonte que debe ser
entendido más como proyecto que como télos.
En contra de lo que sugiere Cascardi (cf.
Cascardi 1979: 110), el sentido común no es la manera arendtiana de
continuar con la idea de progreso kantiana. La cuestión es, más bien,
crear un espacio abierto de posibilidades donde sea posible tanto la acción
como la convergencia de las opiniones, donde se restituya el valor a lo
humano y se le haga justicia a lo particular, desde la perspectiva de un
mundo común. Pero tal espacio no debe entenderse como una realidad
tangible, objetivada; es, más bien, la “trama de las relaciones
humanas” que describe Arendt en La condición humana: algo que “no es tangible, puesto que no hay
objetos en los que pueda solidificarse; el proceso de actuar y hablar
puede no dejar tras sí resultados y productos finales. Sin embargo, a
pesar de su intangibilidad [...] no es menos real que el mundo de cosas
que visiblemente tenemos en común” (A, 207). Y es aquello que se
encuentra presente siempre que, de una u otra forma, logramos manifestar,
en nuestras acciones o en nuestros juicios, nuestra humanidad, aquello que
tanto Kant como Arendt describen como nuestra “dignidad”, y que no es
otra cosa que la libertad de pensar y actuar entre los hombres. Al
final se tiene, gracias a la estetización de la acción, por un lado, y a
la referencia al juicio estético kantiano, por el otro, una racionalidad
que puede rescatar lo particular pero siempre desde la perspectiva del
espacio común compartido, espacio que se constituye en la condición de
posibilidad de todo actuar verdaderamente humano. La estética o, mejor,
la analogía estética-política, le permite a esta última restablecerse
en un mundo que la había olvidado, rescatar al hombre en su
particularidad, pero convertir esta particularidad, esta distinción, en
aquello que responde a la condición propia de ser humano: la vida en común,
el compartir y aparecer frente a otros. La política como estética es en
Arendt, a la vez, la acción y la posibilidad de su interpretación. Teoría
y práctica, crítica y transformación, no quedan radicalmente separados;
son, más bien, las dos caras de la misma moneda: una completa a la otra
restituyéndole al hombre, como actor y espectador, su libertad. La
propuesta de Arendt se ofrece, así, en su apelación a la estética, como
una alternativa a la violencia. Es, en primer lugar, la invitación a la
puesta en práctica de una verdadera acción que retome la praxis
sobre la poiesis, el actuar
sobre el producir; una acción que convierta la vida humana en una
revelación permanente y rescate el ser del hombre en cuanto creador de
sentido; una acción que logre, en últimas, salir de la lógica de la
instrumentalización, y por lo tanto, de la caída nuevamente en la
posibilidad de la violencia. La estética se presenta, además, como la
alternativa para pensar la política, cuya comprensión implica en sí
misma la restitución del espacio común de la polis, y la salida de la
violencia del universal, incapaz de hacerle justicia a la particularidad
de lo humano. La estetización de la política, en Arendt, abre la
posibilidad de salir de las dicotomías, de pensar por fuera de la metafísica,
sin caer en la arbitrariedad de lo irracional, de rescatar la
contingencia, sin renunciar por ello a la posibilidad de la crítica y de
un pensamiento capaz de apelar al acuerdo, a la conciliación. No es una
propuesta exenta de problemas, pero es un ejemplo más, entre aquellos que
Arendt se dedicó a destacar en sus obras, de la supervivencia, en el
mundo contemporáneo, de la posibilidad de devolverle al hombre el mundo
que parecería haber perdido para siempre. BIBLIOGRAFÍA[10]
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“Dialéctica, diferencia y pensamiento débil”: 18-42. (2002)
Las aventuras de la diferencia. Barcelona: Península. (2002).
“La voluntad de poder como arte”: 131-166. [1] Aunque, como se irá mencionando a lo largo del trabajo, entre Arendt y Heidegger hay grandes diferencias, Dana Villa destaca que justamente en este método particular de ‘deconstrucción’ de la historia del pensamiento como historia del olvido del ser, Arendt le debe mucho a la filosofía-genealogía heideggeriana (cf. Villa 1996: 245). Al final, Heidegger optará por dejar de lado la acción a favor de una especie de “revelación poética”, pero su destrucción de la historia será la primera en revelar con claridad el paradigma teleológico de la acción que reina sobre toda la historia del pensamiento, paradigma que será mucho más detalladamente analizado y trabajado por la obra de Arendt. [2] Como lo destacan algunos intérpretes, entre ellos Robert Dostal, la participación de Arendt en el juicio de Eichmann la condujo a pensar en la importancia de la vida de la mente, del pensamiento, más allá de toda acción. El problema de Eichmann era que para él parecía haber una ausencia de reflexión, de posición crítica, de capacidad de juzgar la realidad (cf. Dostal 2001: 156). [3] Como lo describe Bürger, la defensa que Adorno propugna de la autonomía del arte, y la crítica que, por consiguiente, profiere contra los manifiestos estéticos de las vanguardias de principios del siglo pasado, caracterizados por querer hacer de la vida y el arte una misma cosa, va justamente de la mano con este temor a la desaparición de la posibilidad de una distancia crítica frente a lo real (cf. Bürger 1997: 81-99). Siendo la obra de arte uno de los últimos espacios en donde puede mantenerse la distancia absoluta con lo real, ella, por esto mismo, revela una verdad acerca de la sociedad (cf. Id.: 107). [4] Esta es la crítica que se le hace, en general, a las propuestas que optan por un pensamiento débil. El mismo Vattimo, en una de sus reflexiones, acepta los peligros que se corren al hacer desaparecer toda distancia con el mundo a partir de la aplicación de la hermenéutica al espacio de lo político: “No cabe duda de que, si los rasgos constitutivos del ser y de la verdad son concebidos de esta forma, en términos de una ontología débil, el pensamiento –nos referimos al pensamiento filosófico, al pensamiento del ser– no podrá ya reivindicar esa posición de soberanía que la metafísica –acudiendo muchas veces al engaño ideológico– le había atribuido, en relación a la política y a la praxis social […] Pero, llegados aquí, surge la pregunta: ¿implica esta concepción también una debilidad que lleve a aceptar lo que ya existe y el orden establecido, y, por consiguiente, una incapacidad de crítica, tanto teórica como práctica? […] Hay que reconocer que el problema existe” (Vattimo 1998: 40). Lo interesante aquí, como se verá, es que aunque la tarea de Arendt coincide en gran parte con la tarea que se propone un pensamiento débil, su apelación a la estética le permitirá ofrecer una alternativa que sea capaz de combinar el acercamiento entre el hombre y el mundo gracias a su concepción estética de la acción, y, por el otro lado, la posibilidad de distancia frente al mundo, gracias a la tarea que, en el juicio estético, cumple la imaginación. [5] Las conclusiones de este análisis tendrían que haber sido publicadas en el tercer volumen de “La vida de la mente”, que nunca llegó a ser escrito por la autora. Se tienen sólo, entonces, las lecciones que dictó al respecto para la New School of Social Research acerca de lo que ella misma denominó la “filosofía política de Kant”. Es importante advertir aquí, antes de empezar la exposición del análisis de Arendt, que se dejará de lado –a excepción de ciertos comentarios a pie de página– si la interpretación que realiza de la Crítica del Juicio es o no acertada. La idea es entender la interpretación por sí misma, y no desde su comparación con Kant, como un intento de formulación de una propuesta propia. Tal y como lo destaca Beiner: “Si uno lee las Lecciones sobre la filosofía política de Kant con la intención de recibir una exposición de la Crítica del juicio, probablemente quedará con una más bien confusa imagen de la estética kantiana. Pero si uno lee el libro –como debería– como un desarrollo crucial del proyecto filosófico propio de Arendt, como una exploración de una serie de preocupaciones políticas e intelectuales [...], entonces el libro se convierte en una expresión ricamente iluminadora del pensamiento de Arendt” (Beiner 2001: 98). [6] Esto, por supuesto, Kant lo dice en un contexto muy diferente al que Arendt parece querer situarlo. El problema aquí para Kant es el del interés por lo bello, que sólo aparece como costumbre social. El verdadero y puro juicio de gusto debe ser “desinteresado”, y, para Kant, nunca puede quedar determinado culturalmente, por las condiciones sociales o culturales que rodean a quien juzga. Sin embargo, la interpretación de Arendt no se aleja del todo de las consideraciones kantianas: el espíritu de la Crítica del juicio, aunque concentrado en la autonomía del sujeto que juzga sobre lo bello, relacionará la posibilidad de tal autonomía con la existencia de otros (esto se analizará con más cuidado más adelante: ver infra, p. 13 de este texto). Incluso, en sus consideraciones sobre la teleología de la naturaleza, Kant hará aún más explícita esta posición al postular que la “razón de ser” del mundo (aquello que hace razonable, y no meramente lógico, que el mundo exista) es el hombre. [7] Esto, por supuesto, no es del todo cierto. Los escritos anteriores de Arendt ya contenían en potencia las consideraciones que se hacen explícitas en el análisis del juicio kantiano. Pero sí es cierto, como destacan algunos intérpretes, que esta nueva perspectiva del espectador le proporciona a Arendt la posibilidad de “completar” su teoría, de ofrecer un sentido “positivo” del pensamiento de la política y de restablecer las relaciones entre dos propuestas que parecían contradecirse: el énfasis en la acción, cercano a un punto de vista nietzscheano, y el interés en rescatar un concepto deliberativo de la política, más cercano al de Aristóteles. [8] Habría que mencionar, como lo destacan algunos intérpretes (cf., por ejemplo, Paul Guyer y Eva Schaper), que Kant llega incluso, en la Crítica del juicio, a ir más allá de lo que ya había mencionado en la Crítica de la razón pura, al afirmar que la comunicabilidad (la palabra en alemán es Mitteilung y se refiere a la posibilidad de que otros entiendan y sean partícipes de mis juicios) no es una simple consecuencia de la existencia de una objetividad en el conocimiento, sino que es, incluso, una condición de posibilidad de que se dé tal conocimiento: “Los conocimientos y juicios, junto con la convicción que los acompaña, deben poder ser comunicados universalmente, pues de otro modo no les correspondería ninguna concordancia con el objeto [lo que para Kant significa que, en últimas, no serían conocimiento]; serían, en su conjunto, un simple juego subjetivo de las fuerzas representacionales, exactamente como quiere el escepticismo” (CJ §21: 65). Kant estaría enfatizando en la importancia que tiene para él, en el espíritu de la Crítica del juicio, la existencia de otros con quienes pueda compartir mis juicios, e incluso mis conocimientos. [9] Introduzco aquí el sensus communis como algo diferente al “sentido común” introducido por Kant desde el cuarto momento de la Analítica del gusto. Mientras el segundo es una especie de sentimiento que comparten, o podrían compartir, todos los sujetos capaces de experiencia estética, el primero es caracterizado en Kant más bien como una facultad que, en analogía con lo que sería el sensus communis logicus, estaría orientada a ampliar el modo de pensar. Así, mientras aquél es el presupuesto de todo juicio de gusto, éste último es más bien la idea reguladora a la que todo juicio debería tender. [10] Las traducción de las citas de los artículos en inglés y en francés es mía. |
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