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Ciertamente
el problema de las relaciones entre el mundo de la belleza y el
mundo moral es un problema que desde los mismos orígenes
del pensamiento filosófico ha sido un tema de constante
preocupación. Tanto que no cabe pensar la belleza sin algún tipo
de relación, positiva o negativa, con el bien del hombre. En la
antigüedad, si cabe hablar de un modo tan extremadamente genérico,
lo bello y lo bueno no sólo parecen traslaparse continuamente,
sino a menudo su identidad parece ser francamente indiscernible.
En Platón -sobre todo en sus obras del periodo medio-
no sólo encontramos una clara depreciación de la belleza
artística en función de un juicio de carácter moral, sino también
una permanente referencia a la identidad entre belleza y bien. Ya
el propio hecho, semánticamente relevante, de que Platón hable
de kalós kaí agahthós
como expresiones equivalentes e incluso acuñe la expresión
sincopada kalokagathía -la integración de lo bello y
lo bueno- es un claro indicio de este tránsito y
conmutabilidad entre los valores estéticos y los morales. También
el propio Aristóteles, ya más consciente de la especificidad del
mundo del arte, no duda en calificar constantemente en la Ética
a Nicómaco las acciones como
bellas y buenas, como si ambas determinaciones dijeran lo
mismo. Más todavía, Aristóteles al momento de definir la virtud
como mesotés no vacila en compararla con la obra del
artista: el artista, lo mismo que el hombre virtuoso, busca en la
obra la integridad del término medio, es decir, que no falle ni
por exceso ni por defecto. Ciertamente se podría redundar casi
ilimitadamente en ejemplos de esta transición y convertibilidad
permanente entre los valores estéticos y los morales a lo largo
de toda la filosofía griega. No sólo Heráclito, Jenófanes y
Platón, con su condenación a Homero, sino también Aristóteles
cuando lo elogia como maestro de la buena vida, y su
correspondiente censura a Eurípides, son una muestra de una
perspectiva que se extenderá, con diversos grados y matices, a
través muchos siglos. Es verdad que esta perspectiva predominante
moral no impedirá, por una parte, llegar a resultados
genuinamente estéticos y, por otra, hará sin duda justicia a la
propia integridad de la vida humana. Sin embargo, también parece
cierto que habrá que esperar hasta la época moderna para que se
constituya formalmente una perspectiva estrictamente estética.
Las condiciones
bajo las cuales se logra configurar paulatinamente un enfoque
rigurosamente estético no son difíciles de rastrear. Pero será
sin duda Kant quien consolidará a la estética como una
disciplina plenamente autónoma. Esta autonomía es, sin embargo,
simultánea al descubrimiento de una facultad específica: la
facultad de juzgar (Urteilskraft). La Crítica del
Juicio es ciertamente una crítica del juicio estético. Lo
que está en juego no es pues tanto la pregunta acerca de la
naturaleza de los objetos estéticos – la “esencia” de
bello- como la pregunta acerca de cómo juzgamos estéticamente.
En otras palabras, de lo que se trata es de las condiciones de
posibilidad de los juicios estéticos. Resultan significativos
los contenidos tanto de la Primera Introducción a la “Crítica
del Juicio” – por mucho tiempo perdida y ahora parte del Nachlaß
– como la Introducción definitiva de la misma.
Allí se insiste en temas tales como la filosofía como
sistema, el sistema de facultades de espíritu humano, la distinción
de los juicios estéticos, etc. De hecho ambas introducciones prácticamente
se concluye en una división de las facultades: la facultad
cognoscitiva (Erkenntnißvermögen), el sentimiento de placer o displacer (Gefühl der Lust und Unlust)
y la facultad apetitiva (Begehrungsvermögen). Como
es sabido el juicio estético radica en el sentimiento de agrado o
desagrado. El juicio estético consiste en referir la representación
(Vorstellung) por medio de la imaginación (Einbildungskraft)
al sujeto y al sentimiento (Gefühl) de placer o displacer
de éste. Gran parte de la estrategia de Kant para dar con lo
específico del juicio estético se puede resumir en lo siguiente:
a partir de una división sistemática de las facultades compara
las distintas operaciones y objetos de éstas. Se trata de
clasificar orgánicamente las facultades y a partir de allí
comparar el juicio estético con las restantes facultades. Lo que
resulta de allí son una serie de definiciones certeras y
lapidarias: “agradable es lo que place a los sentidos en la
sensación”,
“Bueno es lo que place, por medio de la razón, por el mero
concepto”,
“Gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de
representación por una complacencia o displacencia sin interés
alguno”,
“Bello es lo que place universalmente sin concepto”,
etc. Estas definiciones, como hemos dicho, surgen de una comparación
y contraposición entre las distintas facultades del espíritu. Lo
que está, pues, en el fondo es, por una parte,
la exigencia de la filosofía como sistema y, por otra, la
de un sistema de
facultades superiores del conocimiento.
Esta exigencia
sistemática pareciera constituir el origen mismo de la KU.
La KU, en efecto, no surge aparentemente por un
interés directo por los problemas estéticos, sino por la propia
necesidad de acabamiento arquitectónico del sistema. De hecho,
como sabemos, Kant inicialmente no pensaba posible que en el
dominio del sentimiento estético fuese posible una crítica del
gusto. Todavía en la KRV piensa
que los sentimientos de agrado o desagrado, en tanto que
sentimientos puramente empíricos por su origen, no pueden servir
en modo alguno como leyes a priori.
Como lo han puesto de
relieve diversos autores,
se puede afirmar que
es la ampliación del concepto de experiencia, por un lado, y
extensión de subjetividad trascendental, por otro, lo que conduce
a Kant a una crítica del gusto. Este pondus sistemático
se percibe claramente en la conocida carta a Reinhold: “Me
ocupo ahora - afirma Kant en esta Carta fechada el 28 de
diciembre de 1787- de la crítica del gusto, con motivo
de la cual se descubre otra clase de principios a priori
que los anteriores. Las facultades del ánimo son, en efecto tres:
la facultad de conocimiento, el sentimiento de placer o displacer
y la facultad de apetecer. Los principios a priori de la
primera fueron descubiertos por mí en la Crítica de la razón
pura (teórica), los de la tercera en la Crítica
de la razón práctica. Me preocupe también de buscar los del
segundo, y aunque siempre reputé imposible encontrar estos
principios a priori, la sistemática que el análisis
de las facultades investigadas con anterioridad me había hecho
descubrir y cuya admiración y cuya fundamentación, de ser
posible, me dará materia sobrada para el resto de mi vida, me ha
traído a este camino, de tal modo que reconozco ahora tres partes
de la filosofía, cada una de las cuales tiene sus principios a
priori que es posible enumerar, pudiendo también determinarse
con certeza el volumen de conocimiento que por esta vía se puede
adquirir: estas tres partes son la filosofía teórica, la
teleología y la filosofía práctica, la segunda de las cuales,
es evidentemente, la más pobre en fundamentos determinantes
apriorísticos”. Respeto de este texto una conclusión: no
es, al menos directamente, el interés por lo bello lo que conduce
a Kant a una crítica del gusto, sino
el propio desarrollo sistemático del análisis de
las facultades y de los principios a priori. Es verdad que
este desarrollo sistemático no puede entenderse, como lo sostiene
Cassirer,
como una mera exigencia de “simetría” en la consideración de
las distintas facultades, pero tampoco cabe minimizar el papel que
juegan las exigencias metodológicas; finalmente la crítica del
gusto constituye una ampliación y un desarrollo de la “sistemática
trascendental” de las facultades.
En
particular lo que resulta claro en esta “sistemática
trascendental” es la necesidad unificar y conciliar aquello que
las dos críticas anteriores había quedado separado: el mundo de
naturaleza y el mundo de la libertad. Si la Crítica de la razón
pura había establecido las condiciones trascendentales del
entendimiento (Verstand) en el dominio de la naturaleza y
la Crítica de la razón práctica las condiciones
trascendentales de la razón (Vernunft) en el dominio la
libertad, la Crítica del juicio viene a unificar, a través
de las condiciones trascendentales del
juicio (Urtheilskraft) en el dominio del arte,
aquello que en las dos críticas anteriores había quedado
separado. Kant expresamente reconoce esta separación y necesidad
de unificación: “Pero si bien se ha abierto un abismo
infranqueable (unübersehbare Kluft) entre la esfera del concepto
de la naturaleza (Naturbegriffs) como lo sensible y la esfera del
concepto de libertad (Freiheitsbegriffs) como lo
suprasensible (Übersinnlichen), de tal modo que del primero al
segundo (por medio del uso teórico de la razón) ningún tránsito
es posible, exactamente como si fueran otros tantos mundos
diferentes, sin poder el primero tener influjo alguno sobre el
segundo, sin embargo, debe éste tener un influjo sobre aquél, a
saber: el concepto de libertad debe realizar en el mundo sensible
(Sinnenwelt) el fin propuesto por sus leyes, y la naturaleza, por
tanto, debe poder pensarse de tal modo que al menos la conformidad
a leyes que posee forma, concuerde con la posibilidad de los
fines, según leyes de libertad, que se han de realizar en ella.
Tiene, pues, que haber un fundamento para la unidad de lo
suprasensible (Einheit des Übersinnlichen), que yace a la base de
la naturaleza, con lo que el concepto de libertad encierra de práctico”.
Para Kant, por consiguiente, las esferas de la naturaleza y la
libertad, del mundo sensible fenoménico y el mundo moral
inteligible, están destinados unificarse: la libertad finalmente
ha de poder expresarse y aparecer en el mundo sensible. Como es
sabido Kant encuentra el enlace trascendental entre naturaleza y
libertad, entre la esfera teórica y la práctica, entre la razón
y el entendimiento, en la facultad de juzgar y el principio de
finalidad. Sin entrar en el complejo problema del juicio reflexivo
y menos todavía en la relación entre el juicio estético y el
juicio teológico en sentido estricto, al menos cabe decir lo
siguiente: el problema de la unidad entre naturaleza y libertad no
sólo fue expresamente reconocido por Kant, sino también tiene su
lugar sistemático propio de solución.
Por
otra parte, sin embargo, es necesario también admitir que la
recepción de esta solución a menudo no fue reconocida. La crítica
del idealismo posterior, en particular la de Hegel, resulta
significativa. Ciertamente
Hegel admite que Kant no sólo sintió la urgencia de llevar a unión
la oposición entre espíritu y naturaleza, sino que, además, la
reconoció y la llevo a representación. Sin embargo, señala
Hegel, Kant finalmente reincide en las oposiciones fijas entre
pensamiento subjetivo y objetos objetivos (objektive Gegenstände).
La forma de esta reincidencia no es otra que la resolución de
esta unidad bajo la forma de las ideas subjetivas de la razón y
no como efectivamente real. Finalmente Kant considera los objetos
bellos sólo desde el punto de vista de la reflexión que los
enjuicia subjetivamente, con lo cual la unidad propuesta se
mantiene como una unidad puramente subjetiva.
Esta misma crítica, con modulaciones diversas, será también
reeditada contemporáneamente por Gadamer. La esencia de esta
recepción crítica de la estética kantiana reside, por una
parte, en la oposición radical de las facultades en aras del
aislamiento y autonomía del juicio estético y, por otra, la
resolución de su unidad bajo la forma de una unidad puramente
subjetiva. Gadamer destaca que el concepto de gusto (Geschmack)
posee originariamente un sentido moral, antes que estético.
La aparición del gusto en el siglo XVII pertenecería a una
línea de la filosofía que puede incluso rastrearse hasta
la antigüedad: la ética griega,
llega a afirmar Gadamer, es “en su sentido más
profundo y abarcante una ética del buen gusto”
Con Kant se operaría, en cambio, una transición del concepto de
gusto hacia valores puramente estéticos: “(...) Estamos
determinados –señala Gadamer- por la filosofía moral de
Kant, que limpió a la ética de todos sus momentos estéticos y
vinculados al sentimiento. Si se atiende al papel que ha desempeñado
la crítica kantiana de la capacidad de juicio en el marco de las
ciencias del espíritu habrá que decir que su fundamentación
filosófica trascendental de la estética tuvo consecuencias en
ambas direcciones y representa en ellas una ruptura. Representa la
ruptura con una tradición, pero también la introducción de un
nuevo desarrollo: restringe el concepto de gusto al ámbito en el
que puede afirmar una validez autónoma e independiente en calidad
de principio propio de la capacidad de juicio; y restringe a la
inversa el concepto de conocimiento al uso teórico y práctico de
la razón. La intención trascendental que le guiaba encontró su
satisfacción en el fenómeno restringido del juicio sobre lo
bello (y lo sublime), y desplazó el concepto más general de la
experiencia del gusto, así como la actividad de la capacidad de
juicio estética en el ámbito del derecho y de la costumbre,
hasta apartarlo del centro de la filosofía”. Lo que reprocha,
pues, Gadamer a Kant no es sólo restricción del concepto de
gusto en beneficio de la autonomía del juicio estético, sino
también la restricción
del concepto de verdad al dominio exclusivo del conocimiento
conceptual, excluyendo de este modo cualquier participación del
arte en la verdad. De allí la perentoria pregunta de Gadamer: “¿No
es obligado reconocer igualmente que también la obra de arte
posee verdad?”.
Sea como sea que se juzguen estas criticas lo cierto es que
representa en buena parte el modo como la Crítica
del juicio será posteriormente recibida por la reflexión estética,
particularmente por parte del idealismo alemán.
El
aspecto esencial de esta recepción reside en lo que podemos
denominar el aislamiento del
juicio estético a partir de una confrontación con las
diversas facultades. Como es sabido para
Kant el juicio estético
consiste en referir una representación, por medio de la
imaginación, al sujeto y al sentimiento de placer y de displacer
de éste. Lo decisivo de esta definición del juicio estético
reside en que no se trata aquí de referir una representación,
a través del
entendimiento, al objeto con fines de conocimiento, sino
simplemente al sujeto y su sentimiento vital. El juicio estético,
dirá Kant, es “aquél
cuyo fundamento de determinación (Bestimmungsgrund) no puede sino ser subjetivo”.
El resultado de este fundamento subjetivo es una rigurosa separación,
mantenida de manera implacable, entre el juicio
de gusto (Geschmacksurtheil)
y el juicio de conocimiento
(Erkenntnißurtheil),
entre el juicio lógico y el juicio estético. A partir de esta
separación Kant aislará y purificará al juicio estético de
todo residuo y elemento ajeno que permita confundirlo con
otras orientaciones de la conciencia. Esto es
particularmente patente en el caso de la facultad de desear (Begehrungsvermögen).
Si, en efecto, el interés – entendido como la
complacencia ligada a representación de la existencia (Vorstellung
der Existenz) de un objeto- es el
fundamento de determinación de la facultad de desear, el juicio
de gusto será, en cambio, una
complacencia completamente desinteresada. Cuando nos preguntamos
si algo es bello no debe importar para nada si el objeto existe o
no, sino simplemente cómo lo juzgamos en la
pura contemplación (Betrachtung).
La definición del juicio de gusto como
complacencia desinteresada conduce a Kant a excluir no sólo la
complacencia en lo bueno (Gute)
y lo agradable (Angenehme),
sino también toda relación con el encanto (Reiz)
y la emoción (Rührung).
De allí la categórica afirmación de Kant: “El
gusto sigue todavía siendo bárbaro donde sea que requiera de la
mezcla (Beimischung) de
encantos y emociones (Reize und Rührungen) con la complacencia y,
más aún, haga de éstos la medida de su aprobación”. Lo que Kant llama el
juicio puro de gusto (reines
Geschmacksurtheil) debe estar, pues, enteramente depurado de
cualquier determinación extrínseca a la simple contemplación
desinteresada de la forma. Toda determinación exterior a la
contemplación de la pura forma, sea empírica o conceptual, no
hace sino enturbiar el juicio estético. Aun allí donde Kant
parece ampliar el concepto de belleza a través de la distinción
entre belleza libre (freie
Schönheit, pulchritudo
vaga) y belleza
adherente (anhängende Schönheit, pulchritudo adhaerens),
finalmente sigue operando el mismo criterio: al tanto la belleza
libre es una belleza en sí subsistente, independiente de un
concepto de fin, la belleza adherente es una belleza condicionada
a la concepción de un
fin y a lo que el objeto deba ser. Los ejemplos de Kant y
las formas de belleza que privilegia, no pueden sino resultar
sorprendentes. Los dibujos à la grecque, las follajerías
de los marcos o los tapices de papel, al no significar nada, son
bellezas libres; la belleza de un hombre o de un edificio, como
una iglesia o un palacio, al suponer el concepto de un fin y
perfección del objeto, son bellezas adherentes. Nuevamente, pues,
la condición es la misma: sólo la belleza libre, independiente
de un concepto, permite un juicio puro de gusto.
El
resultado de este riguroso aislamiento y depuración del juicio
estético no podrá sino ser, según la reflexión estética posterior,
enteramente ambiguo: por
una parte Kant es plenamente consciente de la necesidad de mediar,
a través de juicio estético, naturaleza y libertad, lo sensible
y lo suprasensible, pero por otra, la propia búsqueda de la
determinación del juicio estético lo conduce al aislamiento
radical de ese mismo juicio respecto de las restantes facultades.
El descubrimiento de la estética como un dominio peculiar de la
reflexión filosófica, el encuentro de la especificidad y autonomía
del juicio estético, se habría pagado al precio del rompimiento
de la unidad e integridad de la experiencia humana. La herencia de
Kant respecto de la estética posterior se jugará ciertamente en
la mantención de la propia especificidad y autonomía del juicio
estético, pero sobre todo, y a la par, en la restauración de la
unidad e interpenetración de las distintas facultades. Si hay una
pregunta permanente e insistentemente reiterada
en la estética
pos-kantiana esta no es otra que la pregunta por la unidad, en la
obra bella, entre naturaleza y libertad, entre lo sensible y lo
inteligible, entre conocimiento teórico y práctico. La autonomía
del juicio estético y la necesidad de establecer un puente entre
naturaleza y libertad será una herencia genuinamente kantiana. El
problema reside en cómo hacer las dos cosas al mismo tiempo: cómo,
manteniendo la especificidad e independencia del juicio estético,
podemos pensar la unidad entre naturaleza y libertad. Ciertamente
el lugar de esta unidad será la belleza, como pensaba Kant, pero
es precisamente su carácter y lugar preciso el que será
desplazado. Este desplazamiento consiste en lo fundamental en el
abandono de la perspectiva del juicio y la resolución del
problema de la unidad en la unidad subjetiva del juicio reflexivo,
en beneficio de la perspectiva de la obra bella y de su
unidad objetiva. En adelante la estética, como critica del
juicio, se convertirá sobre todo en Filosofía del arte.
Schiller, Schelling y Hegel son una muestra de este desplazamiento
desde una estética, como determinación de las condiciones
trascendentales de posibilidad del juicio estético, hacia
una filosofía del arte como determinación de las condiciones de
la obra bella.
El abandono de la sistemática
trascendental de las facultades no significa, como hemos
dicho, ni el abandono de la autonomía y especificidad del dominio
de la belleza frente a otros dominios, ni el abandono de la
necesidad de mediar a través de la esfera de la belleza los órdenes
de la naturaleza y la libertad. Pero sobre todo lo que se retiene
de Kant es lo siguiente: la necesidad de que belleza manifieste
sensiblemente lo inteligible y que la libertad se exprese de algún
modo en la naturaleza. Esta concepción de la belleza como expresión
de la libertad en la naturaleza, será precisamente un tema
kantiano que Schiller desarrollará y radicalizará con particular
profundidad. Sin embargo, el lugar preciso de esta radicalización
no lo realizará Schiller a partir del lugar sistemático de
solución kantiano – el juicio teleológico reflexivo-, sino a
partir de ciertos momentos donde en tema de la transición y el
influjo de la libertad en la naturaleza se hace particularmente
agudo. Por ello si bien es cierto que Kant autonomiza el juicio
estético al punto de negar cualquier forma de relación con otras
facultades –y en particular con el dominio práctico-moral-
también es cierto que hay en la Crítica del juicio una
serie de momentos donde los intentos de una transición son
perfectamente discernibles. Finalmente, aunque el juicio estético
sea completamente independiente de la facultad de conocer y
desear, la libertad ha de expresarse de algún modo en la
naturaleza. Estos lugares de transición hacia el dominio
moral son claramente reconocibles en la Crítica del juicio:
la analítica de lo sublime (§23), el ideal de la belleza (§
17), el interés empírico e intelectual en lo bello (§ 41 y §
42), la teoría del genio (§ 46), son una buena muestra
de estos intentos de configurar alguna forma
de articulación entre la esfera estética y la moral. Hay,
sin embargo, un parágrafo particularmente significativo para
nuestros efectos y que será justamente el lugar donde Schiller
hará pie para su particular prosecución y rectificación de la
estética kantiana. Nos referimos al § 59, titulado “De la belleza como símbolo de la moralidad”
(Von den Schönheit
als Symbol del Sittlichkeit). Volveremos enseguida sobre
este parágrafo clave.
Para
Kant, como hemos dicho, resulta perentorio establecer algún tipo
de relación entre la belleza y la moralidad. Sin embargo, es
también evidente que esta relación no puede ser directa. La
propia autonomía del juicio estético, perseguida coherente y
sistemáticamente a través de toda la Crítica
del juicio, quedaría en entredicho con cualquier forma de
relación directa e inmediata con la esfera práctico-moral. No
puede darse de ninguna manera una relación directa entre belleza
y moralidad, so pena de borrar de un plumazo gran parte de lo
escrito. El problema se puede, pues, resumir en lo siguiente: cómo
establecer algún tipo de relación entre el dominio estético y
el moral sin poner en cuestión la autonomía del primero. La
dificultad de una adecuada solución a este problema se percibe
con claridad cada vez que Kant quiere establecer algún enlace y
tránsito entra la esfera estética y la moral. Antes de
detenernos en la tesis de la belleza como símbolo de la
moralidad, atendamos a algunos
ejemplos de esta dificultad. En el
§ 17 Kant se pregunta por lo que denomina el ideal
de belleza de la belleza. Kant define el ideal
como “la representación
de un ser singular en cuanto es adecuado a una idea (Vorstellung
eines einzelnen als einer Idee adäquaten Wesens)”.
Como no existe ninguna regla objetiva que pueda determinar por
conceptos lo que es bello, es necesario buscar ese ideal. Lo
primero que es necesario hacer es distinguir la idea
normal estética del ideal
de belleza. La idea normal
es simplemente una regla o un canon extraído comparativamente de
la experiencia, en cambio el ideal
supone la idea de la razón en cuanto principio de enjuiciamiento. Ahora bien,
el ideal no puede
residir en la belleza vaga,
sino sólo en la belleza
fijada. Y ello por cuanto en cualquier juicio sobre lo ideal
debe existir alguna idea de la razón según conceptos que
determine a priori el
fin sobre el cual se funde la posibilidad interna del objeto. Así
no es pensable un ideal
de flores bellas o un bello amoblado, pero sí resulta pensable un
ideal de hombre. En definitiva, sólo el hombre, en cuanto tiene la finalidad de su existencia en sí mismo y
racionalmente puede determinar sus fines, es susceptible de un ideal
de belleza. Sólo, pues, en la figura
humana (menschlichen
Gestalt)
es
posible un ideal de belleza. Pero, observemos,
no la figura en cuanto pura forma exterior, sino en cuanto “expresión de lo moral (Ausdrucke
des Sittlichen)”.
Esta definición de la belleza ideal del hombre como expresión de lo moral parece
finalmente articular, a través del ideal de belleza, el mundo estético
y el moral. Sin embargo, pese a las apariencias, Kant reincide en
la completa autonomía y pureza del juicio estético: “el enjuiciamiento según una medida semejante nunca puede ser puramente
estético, ni el enjuiciamiento según un ideal de belleza un puro
juicio de gusto”.
Después de todo el ideal de
belleza, propiamente hablando, no es un ideal de
belleza. Análoga conclusión negativa encontramos también en los parágrafos 41 y 42. Allí
Kant se pregunta por el interés
empírico e intelectual por lo bello. El gesto allí parece
ser el mismo: intentando avanzar en una relación entre el dominio
estético y el moral, Kant debe finalmente retroceder en beneficio
de la pureza del juicio estético. Entiende Kant por interés empírico
en lo bello aquel que va asociado a una
inclinación a la sociedad. Se trata de un interés empírico en lo bello puesto que surge de una inclinación de la
naturaleza humana – la sociabilidad – y no de una determinación
pura de la voluntad. Los ejemplos son claros: un hombre
abandonado, afirma Kant, no asearía por sí solo su cabaña y a sí
mismo, no buscaría flores ni menos las plantaría para adornarse
con ellas. Sólo en sociedad surge un interés por lo bello. Pero
lo que a Kant le interesa, antes que el interés empírico, es el interés
intelectual por lo bello. Éste surge no por una inclinación
de la naturaleza humana, sino por la voluntad en cuanto
determinada a priori por
la razón. Kant aquí admite que el tomar interés por lo bello es
un signo (Zeichen) de un buen carácter moral. Para Kant, sin embargo, este
interés en lo bello, como signo
de un alma buena, no concierne a lo bello
del arte, sino a
lo bello de la naturaleza.
Se produce pues aquí una suerte parentesco o afinidad (Verwandtschaft)
entre el juicio estético y el sentimiento moral (moralischen
Gefühl). El interés
por lo bello en la naturaleza es un signo
del sentir moral. Pero hay más. Esta analogía entre el juicio de
gusto y el juicio moral, manifiesta también la necesidad de que
las ideas de la razón tengan realidad objetiva, se exterioricen
en la naturaleza: “Pero como a la razón también le interesa – afirma Kant- que
las ideas (…) tengan a la vez realidad objetiva (objective
Realität); es decir, que la naturaleza muestre al menos una
huella (Spur) o dé una seña (einen Wink gebe) de que contiene en
sí algún fundamento para suponer una concordancia conforme a fin
de sus productos respecto de nuestra complacencia libre de todo
interés, tiene la razón que tomar interés en cada exteriorización
de la naturaleza (Äußerung der Natur) de una concordancia
semejante a ésa; por consiguiente, no puede el ánimo meditar
sobre la belleza de la naturaleza
sin hallarse, al mismo tiempo, interesado en ella”.
Observemos hasta donde ha llegado Kant: la naturaleza bella es una
huella
(Spur) o una seña (Wink)
del mundo moral. O dicho directamente, la naturaleza bella
es una exteriorización o
manifestación de lo inteligible-moral. De allí a la determinación
hegeliana de la belleza como “aparición
sensible de la idea”, no
parece existir mucho trecho. Sin embargo, Kant a reglón seguido
parece desandar lo andado: “Según su afinidad (Verwandtschaft),
sin embargo, es moral este interés; y quien lo tome a propósito
de lo bello en la naturaleza, sólo puede tomarlo en éste en la
medida en que ya previamente ha fundado bien su interés en lo
bueno moral (Sittlich-Guten)”.
En otras palabras, finalmente el interés intelectual por lo bello
es moral y no estético. Después de todo ya al inicio del § 41 Kant ya había precisado que tanto el interés
empírico como intelectual por bello es algo que se deriva del juicio estético, pero que de ninguna manera pertenece a
él. Una vez dado el juicio estético puro puede, indirectamente,
enlazarse con un interés, pero su fundamento
de determinación (Bestimmungsgrunde)
deberá estar exento de todo interés. Con ello el juicio estético,
pese a las apariencias, se mantiene intacto en su pureza.
Paradojalmente, el
interés en lo bello, tanto empírico como intelectual, no es algo
que pertenezca, propiamente, al juicio sobre lo bello. La relación
del juicio estético con el dominio moral sigue siendo, pues,
predominantemente negativa.
Donde
sí Kant parece alcanzar una determinación más positiva de las
relaciones entre el dominio estético y el moral es, como hemos
dicho, en el § 59 (De la
belleza como símbolo de la moralidad). Así al menos lo ha
creído Schiller, quien en gran medida desarrolla su idea de
belleza y educación estética a partir de aquí. Como lo hemos señalado,
el problema reside en una doble exigencia: establecer una relación
entre el dominio estético y el moral manteniendo, simultáneamente,
la autonomía del juicio estético. Esta doble exigencia de relación
y autonomía sólo podrá cumplirse bajo la forma de un vínculo
indirecto. Este vínculo indirecto lo provee el concepto de símbolo.
El símbolo es para Kant la llave maestra que opera el tránsito
entre el mundo estético y el moral. Como sabemos la palabra “símbolo”
proviene del griego sýmbolon, cuyo significado originario es el de “marca” “seña”,
“contrato”. La expresión se construye a partir de la partícula
sún, junto con, y
el tema bálo, lanzar o
despedir. Como es sabido el término se usaba en griego para
designar una especie de “tablilla de recuerdo” como muestra de
hospitalidad. El anfitrión rompía la tablilla en dos, guardaba
una mitad y le regalaba la otra al huésped - la llamada tessera
hospitalis-, a
efectos que después de muchos años si algún descendiente volvía
a la casa, pudieran reconocerse juntando los dos pedazos. Esta
función del símbolo como un juntar o reunir en un cierto todo
dos realidades inicialmente separadas, no será en absoluto extraño
a Kant. De hecho, como veremos enseguida en Kant, finalmente el símbolo
establece un enlace entre lo visible y lo invisible entre lo
sensible y lo suprasensible.
A efectos de precisar el concepto de símbolo Kant lo distingue de
los ejemplos y los esquemas. Lo común a los
ejemplos, los esquemas y los símbolos es que todos ellos implican
una suerte de representación (Darstellung) o sensibilización
(Versinnlichung) de los conceptos y, por lo mismo, se
requiere siempre de una intuición (Anschauung). Lo que
cambia fundamentalmente es la relación de los conceptos con la
intuición: mientras los ejemplos responden a conceptos empíricos,
los esquemas responden a conceptos puros del entendimiento. Ahora
bien, de los conceptos de la razón - es decir, de las ideas- no
es posible dar con ninguna intuición adecuada ellos. Por lo
mismo, la sensibilización correspondiente no puede sino
ser simbólica. Estamos, dice Kant, ante una representación simbólica
“cuando se le
supone una tal a un concepto que sólo la razón puede pensar, y
al que ninguna intuición sensible (sinnliche Anschauung) puede
ser adecuada, con lo que el procedimiento de la facultad de juzgar
coincide de modo meramente analógico con aquello que ésa observa
en la equematización, es decir, con él simplemente según la
regla de ese proceder, no según la intuición misma y, por lo
tanto meramente según la forma de la reflexión y no el
contenido”.
En esta enmarañada definición lo primero que es necesario tener
en cuenta es que en el símbolo, a diferencia del esquema, sólo
expresa indirectamente el concepto. Y lo expresa
indirectamente puesto que la coincidencia no concierne al
contenido mismo de la intuición sensible, sino meramente a las
reglas del proceder o la forma de nuestra reflexión.
En otras palabras, en el símbolo hay simplemente una analogía
entre las reglas que rigen nuestra reflexión en el “símbolo”
y en la idea simbolizada. Podemos decir, por ejemplo, que una máquina
es la representación simbólica de un Estado despótico. Sin
embargo, es evidente que, en cuanto al contenido, no hay ninguna
semejanza entre un molinillo y un Estado despótico; sólo la hay
en el modo de reflexionar sobre ambos – por ejemplo, el
principio de cohesión que aplicamos a ambos-.
En el símbolo, en cuanto mera expresión analógica de un
concepto, no hay pues
intuición directa alguna, sino sólo una suerte de traslado de la
reflexión sobre un objeto de intuición a otro concepto
totalmente distinto. En este sentido se puede afirmar que el
fundamento de la simbolización reside la necesidad de representar
sensiblemente un dominio suprasensible; dominio que por su carácter
peculiar sólo es concebible propiamente por el pensamiento. Hay
que observar, sin embargo, que para Kant el símbolo – como hipotiposis, a diferencia de lo que denomina caracterismos- no se
identifica con el signo convencional. Los signos convencionales o caracterismos,
afirma Kant, son “designaciones
(Bezeichnungen) de los conceptos a través de signos sensibles
acompañantes (begleitende sinnliche Zeichen) que no contienen
nada perteneciente a la intuición (Anschauung) del
objeto (…)”. A diferencia de los
signos convencionales, el símbolo no es simplemente un medio que
apunte fuera de sí y agote su esencia en su carácter
referencial; no sólo remite al significado, sino que algún modo
el objeto está presente en
su propia representación simbólica. Mientras el signo, en cierto
sentido, invita a pasar sobre él y dirigirse hacia lo que remite,
el símbolo invita a demorarse
y a descubrir en su misma presencia sensible una analogía.
De allí que Kant denomine al símbolo con la expresión griega upotúposis, esbozo, modelo, ejemplo. También lo llama presentación
(Darstellung) o exhibitio,
es decir, que presenta
o muestra desde sí.
De
esta concepción del símbolo importa insistir en lo siguiente:
con la concepción de la belleza como símbolo
de la moralidad Kant puede, al mismo tiempo, sostener la autonomía
del juicio estético y su relación con el dominio moral. Y ello
es posible porque, finalmente, la belleza no está destinada a
expresar directamente el
mundo moral, sino simbólicamente, es decir,
por analogía. Algunos ejemplos de esta analogía entre el
dominio estético y el moral son la complacencia inmediata
en lo bello, la complacencia desinteresada
(el interés en lo moral no antecede al juicio sobre la
complacencia), la libertad
de la imaginación y la universalidad del juicio. Pero más allá
de estas analogías particulares, lo que finalmente se manifiesta
es una analogía estructural, por así decirlo, entre el dominio
estético y el moral: “En
el gusto – afirma Kant-, la
facultad de juzgar no se
ve sometida (…) a una heteronomía de las leyes de la
experiencia; con respecto a los
objetos de una tan pura complacencia, se da ella ley a sí misma,
tal como lo hace la razón con respecto a la facultad de desear; y
se ve referida (…) a algo en el sujeto mismo que no es
naturaleza ni tampoco libertad, aunque esté vinculada con el
fundamento de esta última, a saber, lo suprasensible (Übersinnlichen),
en el cual están enlazadas en unidad la facultad teórica y la práctica,
de modo común y desconocido”.
La belleza, por lo tanto, no sólo es el nexo entre la facultad de juzgar y la facultad de desear,
entre naturaleza y libertad, entre la facultad teórica y la práctica,
sino que es sobre
todo expresión del misterioso vínculo en
que se une todo ello en lo suprasensible
del propio sujeto. La belleza,
pues, no es sólo es así manifestación sensible de la libertad,
sino también manifestación sensible de lo puramente inteligible.
Es
esta referencia hacia lo inteligible
lo que permite que el gusto se convierta en una especie de tránsito
hacia el dominio moral. La belleza es el
vestíbulo y la propedéutica natural hacia el dominio práctico-moral.
Es verdad que también Kant sostiene la relación inversa, esto
es, que sólo hay gusto allí donde se cultiva el sentimiento
moral. Sin embargo, resulta también evidente que es la belleza,
como símbolo del bien moral, la que permite el ascenso hacia lo
inteligible-moral: “Pues bien, - afirma Kant- digo que
lo bello es el símbolo de lo bueno-moral, (Sittlich-Guten); y también que sólo place bajo
esta consideración (...), pretendiendo el asentimiento de cada
uno de los demás, siendo allí consciente el ánimo (Gemüth) de un
cierto ennoblecimiento y elevación (Veredlung
und Erhebung) por sobre la mera receptividad (Empfänglichkeit)
del placer por impresiones sensoriales y estimando también el
valor de otros también según una máxima semejante de la
facultad de juzgar de ésos. Es lo inteligible
(Intelligibele) hacia donde (...) mira el gusto (...)”.
La
belleza permite la elevación
(Erhebung)
del ánimo hacia lo puramente inteligible. A esta elevación
Kant la llama también ennoblecimiento
(Veredlung). La expresión veredeln significa mejorar,
perfeccionar, ennoblecer, pero también afinar, refinar,
purificar. De allí también el sentido de purificar o refinar un
metal. El uso de la expresión el Kant tiene un sentido bastante
cercano al de una suerte de refinamiento o purificación de una
materia bruta. De lo que se trata, pues, es de un cierto refinamiento
de la sensibilidad que permite el tránsito hacia lo puramente
inteligible. En cierto sentido el camino hacia lo
inteligible-moral no es otro que una especie de purificación de
la receptividad de la sensibilidad a través de la presencia analógica
de la libertad en el dominio estético. En medida en que el gusto
finalmente no es -como señala Kant en una fórmula arriesgada-
sino “la facultad de enjuiciamiento de la
sensibilización de ideas morales (Versinnlichung sittlicher Ideen)”,
entonces se hace posible un tránsito, a través de lo bello,
hacia lo inteligible moral. La libertad, al expresarse analógicamente
en la libertad del juicio estético, faculta un tránsito gradual
hacia el dominio de lo suprasensible: “El gusto (Geschmack)
–escribe Kant- hace posible, por así decir el tránsito del
atractivo sensorial (Sinnenreiz) al interés moral habitual sin un salto demasiado violento, al representar a
la imaginación, también en su libertad, como determinable en
conformidad a fin para
el entendimiento, y enseñar, incluso en objetos de los sentidos
carentes de atractivo sensorial, a encontrar una complacencia
libre (freies
Wohlgefallen )”.
El
tránsito del atractivo sensorial hacia el interés moral, sin un
salto al vacío, es ahora posible porque Kant ha encontrado el
eslabón perdido, el peldaño intermedio a través del cual es
posible ascender desde la pura receptividad de la sensibilidad
hasta la pura espontaneidad de la libertad. El “abismo
infranqueable” entre el mundo de la
naturaleza y mundo de la
libertad – ya diagnosticado en la Introducción
y respecto de los cuales, como mundos incomunicados, no
parecería existir relación ni influjo mutuo alguno-
aparece ahora enlazado por la virtud analógica de la
belleza como símbolo. Pero no sólo eso: ahora también es
posible para el hombre no ya el salto entre dos mundos, sino el
ascenso progresivo a través del peldaño conciliatorio de la
belleza. Pues bien, serán estos dos pivotes de la estética
kantiana – la belleza como símbolo y la función ennoblecedora
de la belleza- los que van a permitir la prosecución y
radicalización Schiller del concepto de belleza y educación estética.
Detengámonos brevemente - y sólo en lo pertinente - en esta
radicalización de estos dos temas kantianos.
La
primera observación de carácter general que es necesario hacer
es que Schiller, a diferencia de Kant, como buen artista, poeta y
dramaturgo, cambiará la perspectiva la perspectiva del juicio
por la perspectiva de la obra. Esto le conduce, en primer
lugar, a intentar determinar las condiciones objetivas de
la belleza, a la que Schiller denomina teoría “sensible-objetiva”
(sinnilich objektiv) de la belleza – a diferencia de
Kant, que sería una manera “subjetiva-racional (subjektiv
rational) de considerarla-.
En este intento tendrá un papel determinante el concepto
de apariencia (Erscheinung). La expresión Erscheinung,
como es sabido, se compone a
partir de scheinen,
brillar, lucir, resplandecer,
parecer (por ejemplo, “die
Sonne scheint”, el sol brilla). El término Schein,
por otra parte, significa luz, claridad, resplandor, simulacro,
apariencia. Ciertamente, el vocablo posee una connotación
ambigua: por una parte apariencia como simulacro, como mero
trasunto e incluso como falsificación y, por otra, apariencia
como manifestación, como revelación. Como veremos enseguida,
Schiller se esforzará por mantener,
simultáneamente, ambos sentidos de la expresión. El problema de
la belleza como Erscheinung sigue subordinado a una exigencia kantiana a la
que Schiller se somete sin reservas: la belleza debe placer sin
concepto alguno. Sin
embargo, la separación radical entre pulchritudo vaga y pulchritudo
fixa, no acaba de convencer a Schiller. Y ello porque, entre
otras cosas, termina no sólo por excluir la belleza humana, sino
incluso por establecer, por ejemplo, la superioridad
de la belleza de un arabesco por sobre la
más elevada belleza humana. Inadmisible para un poeta como
Schiller. Ciertamente Schiller admite la utilidad de la distinción:
sirve finalmente para distinguir lo lógico de lo estético,
pero no integra dominios empíricamente irrenunciables de la
belleza. De allí la importante puntualización a Kant : “Pues
la belleza –dice Shilller en Kallias- se muestra
justamente en todo su esplendor (Glanz) cuando supera (überwindet)
la naturaleza lógica de su objeto, y, ¿cómo podría superarla
sino encuentra ninguna resistencia? ¿Cómo puede dar su forma
(formlosen) a una materia enteramente informe? Yo tengo cuanto
menos la convicción de que la belleza es sólo la forma de una
forma (Form einer Form), y de aquello que denominamos su materia
ha de ser decididamente una materia ya formada. La perfección
(Vollkommenheit) es la forma de una materia (Form eines Stoffes),
la belleza es, en cambio, la forma de esa perfección, la cual se
comporta, pues, frente a la belleza como la materia con respecto a
la forma”.
Observemos que en esta definición de la belleza como forma de
una forma en ningún momento se pone en duda su autonomía,
sino lo que más bien se afirma es que en este dar forma a una
forma -que se comporta como la materia respecto de la forma-
el artista supera (überwinden) la determinación lógica
de la forma para presentarla estéticamente, es decir, como forma
autónoma. Así, precisamente porque la belleza humana, por
ejemplo, está determinada lógicamente, que el artista
debe, venciendo las resistencias de esta
“forma-materia”, darle una forma libre de cualquier
determinación lógica. Sin embargo, la cuestión reside ahora en
explicar cómo es posible esta forma libre. Para ello, como
hemos dicho, será clave el concepto de apariencia (Erscheinung).
Detengámonos un momento en este concepto central de la estética
de Schiller.
La
segunda determinación de la belleza de Schiller no
sólo sigue el hilo conductor del concepto de apariencia,
sino, además, el concepto de libertad. Para esta
determinación de la belleza a través de los conceptos de
apariencia y libertad, sin duda será decisivo el §
59 de la Crítica del juicio.
Como hemos dicho, Schiller toma de Kant la exigencia de que lo
bello ha de placer sin concepto; pero también el principio
fundamental del conjunto del sistema kantiano: el principio de
autodeterminación o libertad. A partir de las indicaciones del §59
de la Crítica del juicio,
según las cuales la
libertad ha de expresarse en la naturaleza por medio de la función
simbólica de la belleza, Schiller intenta fundar la objetividad
estética. Naturalmente, si lo bello ha de placer sin concepto, la
objetividad de la belleza no podrá fundarse en la razón teórica,
sino en la razón práctica: “Supongo
que repararás con sorpresa
- le dice Schiller a Körner- en
el hecho de no encontrar la belleza bajo la rúbrica de la razón
teórica, y esto te inquieta muy mucho. Pero esta vez no puedo
ayudarte, la belleza no puede encontrarse de ninguna manera en el
campo de la razón teórica, porque es absolutamente independiente
de los concepto; y puesto que hay que buscarla sin duda en la familia
de la rezón (familie der Vernunft), no existiendo al lado de
la razón otra que la razón práctica, habrá que buscarla
entonces en el seno de la razón práctica, y es ahí donde la
encontraremos”
No se trata
tampoco, como es evidente, de identificar sin más el dominio estético
y el dominio moral – lo cual nuevamente pondría en entredicho
la autonomía de la belleza- sino de establecer una nexo tal que
salvando su autonomía, al mismo tiempo la exprese. Ello sólo
puede suceder sólo a condición, según la indicación de Kant,
de que el vínculo con el dominio práctico no sea interno,
constitutivo, sino indirecto.
Aquí la tesis de Kant de la belleza como símbolo
de la moralidad desempeña un papel fundamental. Schiller, en
efecto, sostiene que el fundamento de la belleza reside en la razón
práctica en virtud de su función reguladora,
no constitutiva, en analogía
con el principio de autonomía. La belleza se produce en virtud de
una analogía con la libertad: “a
aquellas acciones que no se producen mediante la razón práctica
y que, sin embargo, concuerdan con su forma, (denominamos) analogías
de acciones libres (Nachaahmungen freier Handlungen)”.
Evidentemente, señala Schiller, una acción de la voluntad no
puede ser meramente análoga a la libertad, tiene que ser realmente libre; en cambio, un efecto mecánico no puede ser nunca
considerado realmente libre, sino meramente análogo a la
libertad. En otras palabras, si la razón práctica refiere su
forma a una acción de la voluntad determina simplemente lo que
es: un producto de la voluntad pura. En cambio, cuando la razón
práctica presta a un objeto la facultad de determinarse a sí
mismo, le presta una voluntad – no de manera constitutiva, sino
reguladora- entonces tenemos meras analogías de la razón práctica.
Tal es lo que sucede con la belleza. La belleza es una analogía
de la razón práctica. Más exactamente, la belleza no es
sino “libertad en la
apariencia” (Freiheit in der Erscheinung). En esta sorprendente
– y a la par hermosa- definición de la belleza como libertad
en la apariencia, la
belleza es, al mismo tiempo, libertad
aparecida (apariente) y libertad
aparente (apariencial). Es libertad
aparente puesto que no es libertad de hecho y, a
la par, libertad
aparecida, puesto que es una analogía
con la forma de la voluntad pura: “Pero
si, al contemplar –afirma Schiller- un
ser natural, la razón práctica descubre que está determinado
por sí mismo, le atribuye entonces a éste (…) una semejanza
con la libertad, o libertad
sin más. Pero como esta libertad es tan sólo un préstamo de
la razón, dado que no puede ser libre nada más que suprasensible (Übersinnliche)
y que la libertad como tal
no puede caer nunca en el terreno de los sentidos, en resumen,
ya que aquí lo único que importa es que un objeto aparezca libre
(frei erscheine), y no que lo sea realmente, así pues, esta
analogía de un objeto con la forma de la razón práctica no es
libertad de hecho (Freiheit in der Tat), sino sólo libertad
en la apariencia, autonomía en la apariencia (Freiheit in der
Erscheinung, Autonomie in der Erscheinnung).
Ahora
bien, es
gracias a esta concordancia analógica entre la racionalidad estética
y la racionalidad práctica que la belleza cumple finalmente una
cierta función moral. Schiller, en sus Cartas
sobre la educación estética del hombre y en la huella
inaugurada por Kant, desarrolla el concepto de “apariencia
estética” (ästhetischen
Schein). La apariencia estética debe cumplir con dos
condiciones para ser tal: debe ser “sincera”
(aufrichtig) y “autónoma”
(selbständig). Para
Schiller “apariencia
sincera” es aquella que renuncia explícitamente a todo
derecho de realidad. La falsa apariencia, por el contrario, finge ser real,
requiere de la realidad para lograr su efecto y no es más que un
instrumento orientado hacia fines materiales. No se trata, sin
embargo, de que el objeto carezca de realidad; para que la
apariencia sea sincera basta con no tomar para nada en cuenta la
realidad. Ciertamente, ejemplifica Schiller, puede que nos guste más
una bella mujer de carne y hueso que otra
representada en una pintura, pero entonces ya no nos
complacerá en tanto que apariencia autónoma y, por lo mismo, no
será un será un sentimiento estético puro. En este sentido,
apunta Schiller, “para apreciar sólo la pura apariencia incluso en las cosas vivas, se
necesita un grado mucho más elevado de cultura estética, que
para echar a faltar la vida en la apariencia” La apariencia
estética es pues de un orden completamente diverso de la
“apariencia lógica”. La apariencia estética descansa
enteramente en sí misma, considera la apariencia como apariencia y no
pretende engañar a nadie pasando por ser real. Mientras que la
apariencia lógica es puro y simple engaño, la apariencia estética
es juego.
Schiller,
al hilo de lo anterior, se pregunta explícitamente
acerca de la moralidad de las apariencias.
“A la pregunta-
dice Schiller- ¿hasta qué
punto puede tener cabida la apariencia en el mundo moral?,
contestaré concisamente: tendrá cabida en la medida en que sea
apariencia estética, es decir, una apariencia que no pretenda
sustituir la realidad ,ni necesite que la realidad la sustituya”.
En este sentido, la apariencia nunca puede resultar peligrosa para
la verdad moral y
cuando resulte serlo es que no se trataba de una auténtica
apariencia estética. “Sólo
un hombre – continua Schiller- ajeno
a las reglas del juego social (...) tomará las formulas de cortesía
social (...) por muestras de afecto personal y, al descubrir la
verdad, se lamentará de la hipocresía. Pero, del mismo modo, sólo
un ignorante que no sepa comportarse en sociedad se servirá de la
falsedad para resultar amable y llegará a adular para resultar
agradable”.
A
esta orientación moral de la belleza Schiller la denomina
“ennoblecimiento” (Veredlung)). La belleza,
en virtud de su carácter
mediador, enlaza la sensibilidad y el pensamiento, la materia y la
forma, la pasividad y la actividad. “La
belleza- señala Schiller- guía
al hombre sensible hacia la forma y hacia el pensamiento; la
belleza hace regresar al hombre espiritual a la materia, al mundo
sensible”. El “ennoblecimiento” consiste ante todo en una cierta elevación o perfeccionamiento de
la sensibilidad por medio de la belleza. La belleza cumple
así no sólo una función analógica, sino también anagógica.
O para decirlo mejor, justamente por mantener una relación analógica,
es que la belleza puede desempeñar una función anagógica,
esto es, elevar el espíritu, a través de la apariencia estética,
a la consideración de lo inteligible. Esta es la razón por la
cual para Schiller el estadio estético es el paso y el acceso
obligado al mundo moral. “No
hay otro camino- nos dice- para
hacer racional al hombre sensible que hacerlo previamente estético”.
Más todavía, la formación moral no se puede desarrollar a
partir del estadio meramente físico o sensible, sino sólo partir
del estético. De allí que el paso del estadio estético al moral
sea mucho más fácil que el paso del estadio puramente físico al
estético. La verdadera tarea formativa reside, por consiguiente,
en la educación estética del hombre.
La
defensa que Schiller realiza de las “bellas apariencias, se
fundamenta en este carácter integrador y formativo de la belleza.
La apariencia estética, eleva al hombre sobre la mera pasividad
de la sensibilidad
hacia el mundo de la libertad
en la apariencia; verdadero confín y anuncio de la libertad
moral. Frente a los reproches de
hipocresía o descuido de la esencia a favor de lo
aparente, Schiller no duda en reivindicar el valor moral de las
bellas apariencias. Tales críticos no arremeten, afirma Schiller,
“únicamente contra la máscara engañosa que oculta la verdad y se
considera a sí misma como representante de la realidad; también
se oponen vehementemente a
la apariencia bienhechora, que da un contenido a la vacuidad, y
que oculta la miseria, y también a la apariencia ideal, que
ennoblece una realidad vulgar”. Lo que hay que temer no es
tanto que la apariencia perjudique a la realidad, sino que la
realidad perjudique a la apariencia. En lo se refiere a las bellas
apariencias, el primado de la realidad puede que no represente,
finalmente, sino la hegemonía de la vulgaridad y la indigencia.
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