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EL ROMANTICISMO: EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA SENSIBILIDAD

Ilaria Ciseri

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Mondadori-Electa, 2004. Publicada en Pie de página. Junio de 2006

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La historiadora del arte florentina Ilaria Ciseri presenta en su libro El Romanticismo, el nacimiento de una nueva sensibilidad, publicado en 2004 y traído a Colombia a comienzos del año pasado, un recuento, en más de 450 imágenes, de una época pictórica comprendida –aunque el libro, a la larga, no dé una justificación suficiente para ello– entre los años de 1780 y 1860. Es una tarea ambiciosa, y el título promete más de lo que el texto ofrece, pero en principio, y como introducción al tema –no como la “profundización” anunciada en la solapa– puede brindar una lectura agradable y dejar al lector con una idea más o menos clara y completa no sólo de las obras y los pintores “románticos” más reconocidos en la historia del arte, sino de una serie de circunstancias, costumbres y tendencias que marcaron toda una época en la cultura europea y en el gusto y la sensibilidad de la primera mitad del siglo XIX.

     Reseñar un libro como éste siempre trae, al menos, una dificultad. ¿Debe reseñarse el libro en su totalidad? ¿Deben entenderse, como un conjunto, las imágenes y los textos que las acompañan? El libro de Ciseri acierta sorprendentemente en la escogencia y clasificación de sus imágenes, pero los comentarios que las acompañan al margen, y los textos introductorios de cada uno de los capítulos, dejan mucho qué desear. Sólo por la calidad de las láminas, sólo porque ellas permiten apreciar la profundidad que comunican visualmente los artistas románticos, vale la pena tener un libro como éste. Advierto, sin embargo, que como análisis del romanticismo, el texto escrito ofrece mucho menos de lo que las imágenes por sí solas son capaces de comunicar.

     Es evidente que toda clasificación es arbitraria, y que poner bajo la rúbrica de “romántico” a pintores tan distintos visualmente como pueden serlo Ingres, Goya, Friedrich o Delacroix no deja de ser problemático. Tal no es, sin embargo, la falla del libro. Al contrario, gracias a la agrupación por temas, más que por autores o cronología, y gracias a que presenta no sólo las obras más reconocidas del movimiento, sino otras raramente o nunca mencionadas –ésta es una de las virtudes del libro–, Ciseri logra mostrar una relación entre unas y otras, destacando continuidades, intereses en común, búsquedas similares: la fascinación por mundos nuevos –exóticos, lejanos, interiores–, la influencia de la Revolución Francesa y sus consecuencias en la vida cultural de toda Europa, la búsqueda de un criterio distinto al de la belleza clásica y, con ello, la importancia que cobra, como meta, y como criterio de gusto, el sentimiento de lo sublime. Si todavía está en discusión la posibilidad de agrupar a tantos artistas bajo la misma categoría, no se puede negar que el intento de Ciseri por crear conexiones, sin ignorar los matices y las diferencias, es un esfuerzo valiente que debe ser reconocido.   

Es más bien en la parte escrita, en el tratamiento y la profundización de ciertos temas, que el texto comienza a tambalear.  A pesar de anunciar desde la introducción una reflexión que va más allá de lo visual –el título anuncia al romanticismo como “el nacimiento de una nueva sensibilidad”– son pocos los análisis que pueden encontrarse al respecto, y algunos de los ejemplos parecen arbitrariamente escogidos. El romanticismo, en efecto, viene ligado a la búsqueda de una nueva manera de aproximarse al mundo, a los intentos de toda una generación por asumir e ir más allá de una época histórica donde la razón y la libertad –los emblemas de la Ilustración y, con ella, de la Revolución Francesa– se habían convertido en los pilares de la reflexión. Pero es arriesgarse a caer en un lugar común el asociar  romanticismo con irracionalidad, libertad exacerbada, creación ilimitada (calificativos todos que la autora utiliza en su introducción). Ciseri no problematiza nunca, sino que da por sentada la oposición romanticismo-ilustración, cuando cualquier mirada atenta, no sólo a las reflexiones filosóficas y literarias de la época, sino a las actitudes que transmiten las mismas obras pictóricas, es suficiente para comprender que la mirada romántica tiene dos caras. La imagen escogida como portada –El caminante frente a un mar de niebla de C.D. Friedrich– es un buen ejemplo de ello. Lo que vemos: el caminante, de espaldas, que ha llegado a la cima de la montaña y se detiene a contemplar el mundo que “yace a sus pies”. Interpretarlo, sin más, como el hombre que se muestra triunfante frente a la naturaleza, o que, como un dios, contempla desde las alturas todo aquello que le pertenece; entenderlo como la representación del sujeto moderno que se erige en su grandeza y desde las alturas frente al mundo, es no comprender el espíritu real del romanticismo, sus angustias y contradicciones. Hay que mirarlo con más detalle para entender de qué se trata realmente. El hombre se encuentra de espaldas, como en todos los cuadros de Friedrich; ya no es, pues, el protagonista de la obra. Friedrich parece más bien querer invitarnos a ver, junto con el caminante, lo que se le presenta ante sus ojos. A la vez, el caminante mismo, la montaña, nos separan de la inmediatez del paisaje; paisaje que no aparece nítidamente, como un paisaje del renacimiento, sino cubierto de niebla. Lo que vemos es un paisaje inabarcable para la vista, lejano, inaccesible al caminante quien, como nosotros, los espectadores, sólo puede contemplar la grandeza de lo que se le presenta, pero ha subido demasiado alto para poder apreciarlo. La mirada de Friedrich es, en efecto, representativa de la mirada romántica, pero justamente gracias a estas ambigüedades que la imagen comunica. Es, sí, la exaltación de la individualidad, pero advierte a la vez de los peligros que ha traído dicha actitud para la época moderna; critica, por supuesto, el exceso de racionalidad, pero no pretende entrar en los dominios de lo irracional, sino ampliar los límites de la razón e introducirlos en el mundo de la sensibilidad. El romanticismo fue una búsqueda valiente y compulsiva de una nueva racionalidad, capaz de ser digna heredera de la Ilustración, pero, a la vez, de superar e ir más allá de sus límites. En su intento por mostrar lo segundo, Cisera ignora lo primero –pareciendo con ello ignorar esas imágenes que tanto se ha preocupado por recoger y mostrarnos–, logrando, por un lado, presentar los elementos que hacen apasionante y misteriosa a esta época de la historia del arte, pero cayendo, a la vez, en una serie de lugares comunes que han sido la causa de que el romanticismo haya sido desprestigiado y subvalorado como documento filosófico valioso.

Al final, claro, nada de esto importa. Quien se compra un libro como esta versión de lujo editada por Electa, no busca tanto encontrar un análisis exhaustivo del tema que se presenta, sino deleitarse con las imágenes impecables que se encuentran en su interior. Y sólo por eso, por supuesto, el libro vale la pena. Las pinturas, en todo caso, hablan por sí mismas.

 © 2005 MARÍA DEL ROSARIO ACOSTA LÓPEZ: mracosta@cable.net.co