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JUICIO ESTÉTICO Y CULTURA POLÍTICA EN HEGEL
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Profesor Javier Domínguez |
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Instituto de Filosofía, Universidad de Antioquia |
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Publicado en Filosofía, pedagogía y enseñanza de la filosofía, Germán Vargas Guillén, Luz Gloria Cárdenas Mejía (eds.). Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional. Colección Filosofía y enseñanza de la filosofía. No.1 Octubre 2004, pp. 109-121. |
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1.
El concepto de obra de arte y su interés filosófico en Hegel Con
respecto al arte del presente y del pasado, conservado en los museos o en
el repertorio de la literatura, el teatro, la ópera y la música, el
interés primordial de Hegel no estaba dominado por el énfasis estético
o el juicio de valor, sino por la pregunta acerca de si en el mundo
moderno podía haber realmente una obra de arte. Un ejemplo para
acercarse al meollo de la cuestión de la obra, que constituye aquí el
interés especial, es el gran aprecio que Hegel tenía por la pintura de
los holandeses, la de los viejos maestros del siglo XVI y la escuela nueva
del siglo XVII. Esa pintura ya era en los tiempos de Hegel arte del
pasado, pero la actualidad de su interés descansaba para él en dos
consideraciones: por una parte era una pintura formalmente perfecta,
bella, pero en otro sentido era una pintura que con respecto a sus
contenidos su interés no era ni general ni total. Para su relevancia
cultural había que tener en cuenta consideraciones históricas que eran
las que respondían por su significatividad. Había que rememorar la
historia particular de los holandeses para constituirse como nación
moderna y libre y reconocer a partir de ahí tales obras como un arte
moderno, es decir, emancipado ya del servicio al culto y al poder, e
inmerso en un mundo de la vida afincado en el más acá y en el presente.
Este interés es el que hace de un arte patrimonio de la humanidad,
experiencia humana superior por encima de cualquier finalidad inmediata,
digna de la atención en cada presente cultural para el enriquecimiento
reflexivo de su propia conciencia y autoestima. En
este marco de consideraciones la obra de arte es algo que si bien es un
individuo, el artista, quien la produce, está concebida para la sociedad,
la época y el presente cultural en que aquel está arraigado o
desarraigado: “Cada obra de arte pertenece a su tiempo, a su pueblo, a
su entorno, y depende de particulares ideas y fines históricos y de otra
índole”[1].
Esta historicidad del arte la reconocemos, no sólo en los cambios de sus
formas universales o ideales de belleza o de perfección, sino en los
cambios de su relevancia cultural en las épocas o sociedades a las que
pertenece. La
razón profunda de esta historicidad del arte, no sólo en lo que tiene
que ver con lo estético de su apariencia sensible que conlleva o no la
exigencia de belleza, sino también en lo que tiene que ver con la
relevancia de la obra de arte o el influjo que se le reconoce en su
presente, reside en la raíz práctica de la racionalidad humana, congénere
de la raíz ética de lo estético, tanto desde el punto de vista histórico
como cultural. La generación de Hegel (1770-1831) pertenece al movimiento
libertario que compartieron el idealismo y el romanticismo. Esta generación
practicó una crítica al racionalismo anónimo y universalista de la
Ilustración clásica de los siglos XVII y
gran parte del XVIII, y alegó contra él, gracias al
redescubrimiento del mundo histórico, la importancia del arte para forjar
naciones y humanidades en él. La vieja idea del arte como “maestra de
la humanidad”, idea asociada sobre todo a la consideración de la función
histórica de la poesía, volvió a cobrar fuerza, y si bien la apreciación
de su alcance opuso a Hegel con los románticos, la idea fundamental e
inicial fue convicción compartida. El programa de sistema más antiguo
del idealismo alemán, posiblemente un panfleto de autoría todavía
discutida, pero como tal un documento programático de índole
estudiantil, especulativo y de activismo político, que circuló entre
Hegel y sus amigos Schelling y Hölderlin en los años de estudio en Tübingen
entre 1795 y 1797, consigna de modo ejemplar la concepción compartida por
idealistas y románticos en torno a la necesidad apremiante de un arte con
relevancia social en ese momento de revolución en Francia y en Europa, de
un arte políticamente emancipador de las ideas, y en una Alemania
entonces atomizada, un arte congregante de nación. Para
la Ilustración clásica prerrevolucionaria, la racionalidad era sinónimo
de triunfo contra el mito, y el arte era sólo un lujo superfluo; era un
ornato de la vida pero no una necesidad fundamental, el arte era cosa del
gusto. Esta concepción era completamente acorde con la profunda oposición
que existía entre la gran masa y la élite de los intelectuales. Entre
los discursos revolucionarios de entonces se había expresado ya la
necesidad de una “religión de los sentidos” para la gran masa. Esta
demanda la extendía ahora el documento juvenil estudiantil recién
mencionado a la misma filosofía: “Monoteísmo de la razón y del corazón,
politeísmo de la imaginación y del arte; esto es lo que necesitamos. …
hemos de tener una mitología; esta mitología debe estar, empero, al
servicio de las ideas, tiene que devenir mitología de la razón.
… En tanto no hagamos estéticas, esto es, mitológicas, las ideas, no
tendrán interés alguno para el pueblo y a la inversa: en tanto la
mitología no sea razonable, deberá el filósofo avergonzarse de ella.
Deben, entonces, tenderse por fin la mano ilustrados y no ilustrados, la
mitología ha de devenir filosófica para hacer razonable al pueblo, y la
filosofía ha de devenir mitológica para hacer sensibles a los filósofos.
En ese momento reina una unidad eterna entre nosotros. … Sólo entonces
nos espera la formación igual de todas las fuerzas, tanto
del individuo particular como de todos los individuos”[2]. La
importancia de esta exigencia de una “mitología de la razón” radica
en el nuevo modelo de racionalidad, de filosofía, y de formación,
cultura o Bildung, que dicha idea conlleva. Una mitología “de la
razón” sólo es aceptable como concepción post-ilustrada de la razón,
en este caso, como crítica idealista y romántica a la racionalidad clásica,
montada sobre la analítica implacable del entendimiento. Sólo sobre esta
idea de la mitología de la razón pudieron volver a hermanarse el arte la
religión y la filosofía, cuya separación había iniciado la antigua
Ilustración griega de la sofística y había consolidado la Ilustración
moderna del racionalismo y la nueva mentalidad científica matemático-experimental.
Dentro de una mitología de la razón el arte pasaba a convertirse en su
mejor modo de expresión y realización, pues las ideas de la razón, que
para la razón cotidiana pasan desapercibidas o resultan incomprensibles,
gracias a las obras de arte, gracias a su configuración “estética y
mitológica”, quedaban intuibles para la gran masa, y en la misma
medida, orientadoras y realizables en su mundo de la vida, en otras
palabras, las ideas pasaban a ser así impulsos efectivos en la historia.
Dos
son aquí las ideas fundamentales, compartidas en este pensamiento sobre
la obra de arte. Indudablemente son pensamientos juveniles, son
pensamientos que tanto idealistas y románticos van a seguir madurando y
calibrando en las tres décadas siguientes, y bien pronto van a oponer a
Hegel y a Schelling, quien en esta disputa tercia hacia el lado de los románticos;
pero los ejes de la disputa son comunes: la belleza y la relevancia, la
belleza y la significatividad. Para su mediación ambos tenían fresca en
la memoria la solución ejemplar –idealizante- de belleza y moralidad
que los griegos habían logrado para el arte en el todo de su cultura.
Esta demanda de mediación de belleza y significatividad, o de moralidad
en sentido amplio, va a cambiar drásticamente para la obra de arte en
cada presente cultural, y en el caso concreto del diagnóstico sobre su época,
el choque entre Hegel y los románticos va a tomar a veces visos de
encono. En términos hegelianos, se trata del problema del ideal del arte,
de la mediación de la idea a través de la belleza, según la cultura en
la que es o pretende ser relevante. En cuanto obra, en cuanto producto de
un espíritu para otro, la obra de arte es una mediación en la que la
idea, lo que inquieta el pecho humano o la cultura de la sociedad, gana
presencia intuitiva o reconoscibilidad inmediata, pero con esa mediación
que es estética se logra otra mediación de tipo práctico, de ética de
la cultura en sentido amplio; la idea resulta mediada por cuanto se hace
aprehensible al modo de un saber orientador en un sentido análogo a como
opera el mito, el cual no es un acontecimiento real pero sí es una
representación que permite comprender lo que le ocurre a los hombres en
la historia. Belleza y relevancia son los dos puntos que la filosofía del
arte de Hegel siempre tiene en consideración en la pregunta acerca de la
función histórica del arte como factor de formación o de cultura, y su
respuesta es la que le da a Hegel el perfil tan peculiar en su época y
generación de idealismo y romanticismo: en culturas como la de la Grecia
antigua la mediación de verdad o moralidad, y de belleza, constituyó el
logro del arte; en una cultura cristiana como la medieval y la
renacentista, el arte ya no tenía que ser bello, pero gracias a las
demandas de la instrucción, el culto y la doctrina el arte gozaba aún de
tal reconocimiento, que para la cultura era un imprescindible. En la
cultura moderna, y en tiempos como los nuestros, el arte por sí solo no
tiene ya este poder de mediación de verdad y belleza: si se concentra en
la totalidad de la forma –y tiene la libertad para hacerlo- echa a
perder la validez común del contenido. Como “arte bello”, el arte en
la cultura moderna se convierte en un juego de la fantasía; para la
mentalidad moderna y la manera de hacerle frente a sus inquietudes
espirituales y sociales, el arte ya no tiene que ser bello para ser de
interés o de relevancia para ella. Nuestra
formación ya no nos permite dar por supuesto que la afección de la
sensibilidad o el ánimo lleva en directo hacia el espíritu, y sin este
piso, de la experiencia del arte ya no se puede esperar que del individuo
haga de inmediato un ciudadano; ya no se puede pretender que en la cultura
moderna el arte involucre al hombre en su totalidad; hay que contar, más
bien, por parte de éste, con una receptividad incierta. No se trata de
que en el presente el arte bello ya no es posible; sí lo es y en todas
las épocas lo será, pero ya no es esta belleza la que garantiza que
pueda hablarse de una capacidad orientadora del arte, que en cuanto
propuesta interpretativa del mundo resulte relevante y sea referencial
para todos. “Arte bello” en la sociedad moderna sólo es posible como
juego autónomo con lo intrascendente; y un “pathos ético auténtico”,
“político” en el sentido más original y propio, ya no es accesible
ni comunicable en el arte en la experiencia de la belleza. En vez de esa
inmediatez, lo más afín a nuestra formación es la expectativa de
reflexión, necesitamos el juicio; entre las mediaciones intelectuales es
ésta la más apropiada para reconocer lo ético o lo político, lo
significativo o lo relevante en una obra de arte cuando en ella falta lo
bello, o cuando por fuerza del asunto mismo lo bello se convierte
en ella en algo secundario. Como
factor de cultura y formación, la experiencia del arte no debe cifrarse
ya en la identificación con la obra según el placer y el gusto, sino en
la identificación “crítica”, esto es, juiciosa y no meramente
contestataria, propia de la reflexión. Un ejemplo de esta naturaleza lo
veía Hegel en los dramas de F. Schiller (1759-1805). El objetivo de su
representación no era dirigir nuestro obrar como ciudadanos de un Estado
moderno, sino iluminar perspectivas de acción bajo la premisa de un uso
emancipado y adulto de la razón; la orientación para ajustar la razón y
la libertad puede quedar abierta por tanto al fracaso, debido a las
colisiones con las circunstancias históricas. De un drama de Schiller,
dice Hegel, el espectador no sale, como el asistente a la tragedia
antigua, “con el pecho aligerado”, sino más bien conmovido o
pensativo por la desarmonía insalvable entre la intención y la realización
en el obrar humanos. Hegel, sin embargo, tampoco se polariza en la
experiencia seria, displacentera, de lo sublime como la experiencia
moderna ejemplar del arte; este punto de vista corresponde en mayor medida
al de sus contemporáneos los intelectuales románticos. Contra ellos optó
Hegel públicamente, entre otras cosas, a favor de la ópera, considerada
por muchos de ellos como una frivolidad. La fascinación de Hegel por la
ópera de su tiempo (en especial por la de Rossini, exitosa en toda
Europa, menos en Berlin. Hegel debió viajar a Viena en 1824 y a París en
1827 para poder presenciarla) tenía también de por sí una buena dosis
de crítica frente a la posición típicamente
alemana y romántica que por entonces insistía con tanta vehemencia en el
poder del arte para proporcionarle al ciudadano la orientación
nacionalista y patriótica. Los románticos suspiraban por una nueva
“obra de arte total” cuya representación fuese como la liturgia mayor
del Estado, la celebración cultural por excelencia que le diera término
al materialismo rampante de la época y la reenderezara. Para Hegel, en
cambio, la ópera era la opción para un arte logrado y bello en una
sociedad moderna y solvente desde el punto de vista intelectual; la
convergencia en su representación de todas las artes, lograba hacer de la
ópera una “obra de arte total” en la que su significatividad o su
relevancia se convertían en algo relativo para que lo que luciera en ella
fuese la bella y lograda resolución de todas las artes concurrentes. En
tal sentido era una obra de arte ejemplarmente representativa de gran arte
en una cultura moderna, algo afín a lo que la pintura holandesa ya había
logrado desde hacía dos siglos, haber logrado ser un arte para que
luciera el arte mismo, en su caso como pintura, el arte del hacer ver.
Como conjunción de teatro y música, la ópera podía lucir ahora como
arte para el goce de ver y oír. Dicho en términos positivos, era la toma
de posición de Hegel en pro del placer estético que convive con la
reflexión que evoca el arte. El arte meramente bello puede ser
disfrutado, pero ya no produce humanidad sino que la cultiva. Un arte que
quiera, en cambio, influir en los intereses culturales e históricos de
una humanidad, que quiera cambiarla, tiene que ser más sublime que bello,
más ético o político que estético, y aún así, tiene que contar con
que ese pretendido influjo no se llevará a cabo sin el concurso nada
despreciable, aunque incierto, de la reflexión de los receptores que
ponderan el contenido de la obra. En la pintura, en el drama, en la ópera,
en las artes en general, el arte moderno queda destinado a la reflexión,
sin ella la pretensión de la obra no se realiza, no se convierte en
experiencia. Se
puede resumir este complejo debate entre Hegel y sus contemporáneos los
románticos en los siguientes términos: en las relaciones entre el arte
como factor de formación y el presente cultural en el cual quiere ser
relevante, la filosofía entra en juego. Su mejor desempeño consiste en
aportar con su reflexión al enriquecimiento de la percepción para captar
de un modo juicioso y diferenciado, tanto la presencia, la prestancia estética,
como la sustentabilidad del contenido significativo y la pretensión de
relevancia de la obra en una cultura que como la moderna, ha refinado
tanto la conciencia estética e histórica, pero con cuyo progreso no se
puede medir el de la siempre precaria autonomía de la conciencia ética,
expuesta de continuo a las perplejidades y a las tutorías. Esta es la
filosofía del arte que practicó Hegel. Annemarie Gethmann-Siefert, cuyo
trabajo investigativo sobre el filósofo ha alimentado las ideas
que se vienen exponiendo, logra formular convincentemente
el reto que el arte tenía para Hegel en la cultura moderna: “…
relacionar el arte (sus propuestas intuitivas acerca del mundo) y la
reflexión de tal manera, que el arte no quede prescrito a ser mero
apostolado moral –moralidad sin belleza-, ni mero disfrute –belleza
sin moralidad-. Esto último parece sin embargo más aceptable, pues el
arte queda así accesible al disfrute y con ello a una afección
inmediata, como corresponde al carácter intuitivo, a la ‘sensibilidad
espiritualizada’ del arte. El placer por una representación autónoma
de la totalidad de las artes, por obras destacadas, es la respuesta
suficiente a pretensiones de orientación que ya no existen. Pero si el
arte quiere seguir siendo relevante en el sentido de formación de la
humanidad, para ello tiene que producir posibilidades de recepción que
tienen que ir más allá del juego autónomo y perfecto del arte”.[3] 2.
Juicio estético en una cultura política La
tensión entre Hegel y los románticos ha aparecido en lo anterior de
continuo por una razón importante: porque ilustra ejemplarmente la
resolución tan distinta que ambos le dan a la relación entre la
experiencia estética del arte y su influjo en la cultura política del
presente. En lo que sigue trataré de resumir en tres pasos esta
diferencia, destacando la posición de Hegel. No se le hace así justicia
debida a la posición romántica, basta pensar en su gran contribución a
la crítica de arte, pero sólo en la presente exposición, en otra parte
ya lo he hecho[4]. 2.1.
La formación del juicio como tarea del arte frente al nacionalismo del
romanticismo La
relación de la experiencia estética del arte con la cultura política
está destinada a una formación del juicio y no a la formación cristiana
y patriótica de un nacionalismo alemán. Esto hay que entenderlo en el
contexto histórico del debate entre Hegel y los románticos. Desde
la juventud y a lo largo de sus vidas respectivas, Hegel compartió con
los románticos el interés por un arte influyente en la vida cultural y
política del presente. Pero la mejor época para reconocer las
diferencias es la época de Hegel en Berlin entre 1818 y 1831. Ya es una
generación adulta, y todos son ahora autores destacados o funcionarios
con responsabilidades públicas: académicas como en el caso de Hegel, de
August Schlegel, de Friedrich Schleiermacher, o burocráticas y de
periodismo de opinión política y de crítica de arte como Friedrich
Schlegel. Esta época disfruta ya de una madurez reciente de la literatura
y la filosofía alemanas con autores tan reconocidos e influyentes como I.
Kant (1724-1804), F. Schiller (1759-1805), J.W.v. Goethe (1742-1832). Es
un momento en el que ya puede hablarse de un teatro nacional, y con C.M.v.
Weber, también de una ópera nacional, sobre todo con la más exitosa de
sus óperas, El cazador furtivo (Der Freischütz), estrenada en
Berlin en 1821. El pasado reciente del clasicismo musical vienés
y el impactante efecto de la música de Beethoven (1770-1827) que
estaba en el orden del día, aunque Berlin tampoco fue generoso con su música
en esos años, reforzaban la autoestima de los alemanes de entonces para
apreciar “genio alemán” en sus propias creaciones, libres por fin de
los modelos italianos y franceses que habían predominado durante casi dos
siglos. La pintura alcanza también en este periodo el sello alemán
característico: algunos de los jóvenes rebeldes que en protesta contra
la formación clasicista abandonaron las academias de pintura hacia
1809/1810, para comprometerse desde Roma con una pintura “cristiana,
alemana y patriótica”, tal como rezaba el programa de la pintura de los
Nazarenos, ahora retornaban a dirigir importantes Academias como
las de Berlin, Düsseldorf y Dresden en el reino de Prusia, y la de München
en el de Baviera. El periodo de Hegel en Berlin coincide igualmente con la
gran renovación urbana de la ciudad, presidida por un arquitecto tan
decisivo como K.F. Schinkel (1781-1841). Una de sus principales obras fue
el Museo Real inaugurado en 1830; Hegel estuvo al tanto de los debates
previos sobre el concepto de exposición de las colecciones que albergaría
el museo, en particular, sobre la preeminencia que habría de dársele a
la colección de pintura frente a la de escultura y antigüedades.[5] La
particularidad de este periodo debe comprenderse, además, por la
siguiente circunstancia: tras la derrota de Napoleón, sellada por el
Tratado de Viena de 1815 que dio origen a la Santa Alianza, Prusia surge
como Estado respetable en el nuevo orden Europeo. Se trata por lo tanto de
un periodo en cierto sentido fundacional de nacionalidad en una Europa ya
irreversiblemente moderna. Es sintomático el hecho de que todo lo que en
este momento los alemanes sienten como nuevo y característico propio, no
lo denominen “romántico” como lo hacemos nosotros hoy, sino que lo
llamen precisamente “alemán”, “nacional”. Hegel y los románticos
representan muy bien las tendencias del debate político-cultural del
momento: el compromiso consecuente con el proyecto moderno de cultura en
el caso de Hegel, y la puja del viejo cuño monárquico, autoritario y
cristiano, renovado ahora con representaciones nacionalistas y patrióticas
en el caso de los románticos. Estos últimos cifraron en el arte una
enorme confianza para agenciar la formación de la conciencia y la
autoestima en la recién reconocida nacionalidad, pero contra esta
confianza excesiva, y a pesar de la entusiasta y asidua participación de
Hegel en la vida cultural de la ciudad, éste siempre mantuvo cierta skepsis,
propia del talante de la reflexión: si la acción individual ya no funda
Estado como en la legendaria época de los héroes, menos lo puede fundar
el arte, y tanto menos aún, el arte que expresamente se lo propone, pues
según lo que le decía Hegel a los estudiantes en las Lecciones de estética,
“Los límites del arte no residen en él sino en nosotros”[6].
Hegel compartía con los románticos la idea de que el arte es un punto de
vista humano para abrirse mundo, para iluminar horizontes de orientación
en la praxis vital, pero a diferencia de los románticos, jamás perdió
de vista la limitación histórico-cultural en la que el arte puede hacer
tal aporte. El arte sí abre mundo, pero en el mundo en que ya estamos y
no puede hacer caso omiso de él. Según Hegel, estamos ya en la cultura
moderna, somos post-ilustrados, ya no esperamos del arte ni exigimos de él
milagros. Caer en tal tentación es incurrir en una estetización torpe o
culpable de la política. 2.2.
Juicio estético y cultura política en la concepción de Hegel La
formación en general, la cultura, es el medio del espíritu humano para
educar y ser educado. En su sentido más general, la formación consiste
en el reconocimiento y la asimilación de las representaciones y fines
superiores que rigen la conciencia y la vida, incluye por ello el cultivo
integral de la racionalidad, la unidad de razón y libertad, en lo teórico,
lo ético y lo estético. La formación contiene en su misma naturaleza un
aspecto indeterminable de formalidad, que a pesar de propender por
realizar lo general en lo concreto, su proceso no se puede prescribir ni
doctrinarizar, sino que sólo se puede ponderar juiciosamente. Esta
“formación formal” la puso en práctica la cultura griega, por
ejemplo, con el “conócete a ti mismo”: en el arte, en las formas poéticas
de la épica, la tragedia y la comedia, y en la filosofía, con la
maduración del pensamiento abstracto, resultante del debate con la
Ilustración de la sofística. En
el Estado moderno, la familia, las tradiciones idiosincrásicas y
religiosas, la legalidad, y sobre todo, el sistema de la educación en
todos los niveles y en toda su variedad, constituyen los agentes más
decisivos de cultura. El papel del arte frente a estos factores es modesto
pero no por eso menos importante, pues entre más madura es la cultura más
cualificada es la demanda del arte, ya que se recurre a su aporte formador
de un modo más libre y cultivado. Para una representación intuitiva de
los modos de realizar lo general en el individuo, de modo que éste
cultive sus sentimientos y su manera de juzgar ante tipos de humanidad, el
arte ha sido históricamente una de las experiencias más admirables. El
arte no sólo eleva al individuo o al público a una universalidad que los
liga a una comprensión de la humanidad en general por encima de las
circunstancias particulares, sino que también los hace volver sobre sí
mismos a las apreciaciones propias para ponderar su validez y sus límites.
Esta es la tarea propiamente dicha de transmisión de cultura, de
humanidad, que el arte a la vez recibe y sustenta, y ello además, en el
espectro más amplio de posibilidades: en la producción artística, desde
el arte bello, pasando por el arte de lo característico hasta lo feo, según
lo demande el contenido intuitivo a configurar y a dejar aprehender; por
su parte en la recepción, desde la intuición de lo verdadero en lo
bello, como ocurrió momentáneamente en la cultura griega clásica,
pasando por el juego con la forma bella y el placer, como en el arte de la
cultura moderna ilustrada, dotada ya de una conciencia estética, hasta en
un arte con exigentes demandas de reflexión, abierto, y casi en revolución
permanente, como el arte al que estamos dispuestos desde el romanticismo
del siglo XIX. Sin conciencia estética e histórica, conflictivas aunque
inseparables, seríamos incapaces de prestarle atención a los procesos
del arte de esta última fase, sobre todo desde las radicalizaciones que
las vanguardias de principios del siglo XX institucionalizaron
para el mundo del arte en las diferentes artes particulares. La
concepción de Hegel puede resumirse en lo siguiente: la cultura que
aporta el arte tiene que ver con una formación para la razón en todas
sus formas posibles y pensables, en una especie de cultura histórica y de
capacidad de respuesta por medio del arte. La experiencia del arte está
destinada a enriquecer y a estimular la cultura política, en vez de
estetizar la política. Esto ocurre cuando se destina el arte a la formación
del ciudadano en el arte y para el arte, como si su función fuese la de
compensar lo que la realidad política y social no proporciona. En vez de
ello, la función cultural del arte debe concebirse dentro de la formación
y la cultura que el Estado moderno en cuanto tal debe garantizar:
alimentar la cultura del presente, mantener el pensamiento emancipado y
autónomo en debate vivo, esto es, para ciudadanos del tiempo presente.
Para Hegel no se justifica el arte por el arte, aunque como consigna sea
una formulación exitosa, publicitaria, a la que no le faltan los confesos
y los adeptos; el arte es una experiencia cultural auténtica, si es arte
“para nosotros”, como lo planteaba Hegel en las Lecciones, para
criticar la escatología, el utopismo y los refinamientos para
especialistas que fomentaba la política cultural y la crítica de arte
estimulada por intelectuales románticos como F. Schlegel. Arte “para
nosotros”, en cambio, es el que nos abre y con el que nos abrimos
horizontes en el mundo, pero en el que ya estamos. 2.3.
El placer y la reflexión como pilares para la integración de la
experiencia estética en la cultura política Ante
la sobrecarga que los románticos le impusieron al arte en el Estado
moderno, la sobria posición de Hegel se ubica entre una conciencia estética
hija de la Ilustración, venida a menos en el desprecio de los románticos
por una respuesta o relación placentera con el arte (aquí Hegel es auténticamente
kantiano), y una demanda romántica de arte significativo, relevante,
libre ahora de obligaciones con la belleza o los grandes temas de la
tradición retórica y humanista que salvaguardaban las academias hasta
entonces. La diferencia entre Hegel y los románticos en este punto común
la marca la skepsis juiciosa y ponderada de Hegel con dicha
significatividad del arte, y la frecuente inclinación del romántico al
arrebato con ella. Para
la cultura moderna, por lo tanto, el
arte no debe quedar en deuda según Hegel con el placer, pues puede y debe
proporcionar representaciones con las cuales, sea por la belleza, por la
picardía o por la chispa de la ironía y de la crítica que comporta la
obra, ésta arranque de parte del público la identificación inmediata
que proviene de los sentimientos; pero tan necesario y legítimo como el
placer, la obra debe estimular también la reflexión sobre el contenido o
el significado resuelto en su configuración. La sobriedad de esta posición
contrarresta un gran peligro en la relación entre el arte y la cultura
política: ni el arte le promete al Estado y la sociedad más de lo que le
puede proporcionar, ni pone al Estado tras el arte, como si este fuese su
vehículo ideológico por excelencia. De todos modos, la ideologización
siempre será una tentación y un peligro para el arte, aunque no sólo
para él. También para el pensamiento y para toda práctica libre que
tenga incidencia en la formación de la mentalidad, la sensibilidad y la
cultura en general. La filosofía del arte de Hegel es un ejercicio
ejemplar de placer y reflexión con las obras de arte, aunque para
reconocer esta disposición tenemos que aprender a liberar sus
Lecciones de estética del talante estético-normativo y
doctrinario que le impuso la edición de su discípulo H. G. Hotho
(1802-1873) en 1835. La insistencia de Hegel en un arte “para
nosotros”, lo cual implica la actualización continua en la representación
de las obras del pasado y ajustes a nuestra propia mentalidad y
sensibilidad en la representación de obras de culturas diferentes, así
como la atención persistente de Hegel
a la relación del arte con el público, debe darnos indicaciones
para corregir ese tono de
“conocedor” que Hotho, como historiador de arte profesional, le acuñó
al discurso expositivo de la lecciones del maestro. [1] Hegel, G.W.F. Lecciones
sobre la estética. Madrid, Akal, 1989, p. 16. [2] Schelling, F.W.J/ Hölderlin, F./ Hegel, G:W:F.. Proyecto. El programa de sistema más antiguo del idealismo alemán. En: Fragmentos para una teoría romántica del arte. Antología y edición de Javier Arnaldo. Madrid, Tecnos, 1987, p. 230. [3] Gethmann-Siefert, A. Das “moderne” Gesamtkunstwerk: die Oper. En: Phänomen versus System. Zum Verhältnis von philosophischer Systematik und Kunsturteil in Hegels Berliner Vorlesungen über Ästhetik oder Philosophie der Kunst . Hegel-Studien Vol. 34, Bonn, Bouvier Verlag Herbert Grundmann, 1992, p. 220s. [4] Una confrontación documentada entre Hegel y los románticos la he desarrollado en ¿Religión del arte o comprensión del arte? La crítica de Hegel al romanticismo. En: Estudios de Filosofía No. 28, agosto de 2003, Universidad de Antioquia, Instituto de Filosofía, Medellín, p.123-142. [5] Cfr. Pöggeler, O. Hegels Ästhetik und die Konzeption der Berliner Gemäldegalerie. En: Hegel-Studien, Vol. 31. Bonn, Bouvier Verlag, 1996, pp. 9-26. [6] La afirmación está consignada en las notas de clase de Heimann, p. 17, y de Libelt, p. 25, ambos asistentes al último de los cursos de Estética de Hegel, el de 1828/1829. A. Gethmann-Siefert la recoge en la Introducción a Hegel, G.W.F. Vorlesungen über die Philosophie der Kunst. Berlin 1823. Copia de H.G. Hotho. Editadas por A. Gethmann- Siefert, 1998, p. CXCVIII. |
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