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MAGRITTE Y LO TRASCENDENTAL Jacinto Rivera de Rosales Universidad Nacional de Educación a Distancia, España |
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Publicado en la Revista Sileno, no. 16, 2004 |
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En el Prólogo a la segunda edición de la Crítica de la razón pura, Kant explica su idealismo transcendental comparándolo con el cambio metodológico de la ciencia moderna, que va a preguntarle a la naturaleza provista de una teoría previamente elaborada. ¿Y si, para hacernos de igual modo una idea de lo que pudiera ser el ámbito de lo transcendental, nos asomáramos nosotros por la ventana de Magritte, con el caballete y su lienzo o cristal dejando ver el paisaje de fondo[1]? También los primeros románticos consideraron el arte y la "poesía progresiva" (Fr. Schlegel) como un buen camino para comprender y poner en práctica la revolución propiciada por Kant y continuada por Fichte en Jena. Tal vez pudiéramos entonces captar de manera plástica, en metáfora pictórica, aquello que quiso ser pensado conceptualmente mediante ese extraño nombre de "transcendental", pues "el arte de pintar es un arte de pensar"[2], salvando las diferencias de esos dos medios de expresión y la polisemia de toda metáfora. La pintura conceptual y neutra, las inesperadas asociaciones que pueblan el universo de imágenes de Magritte, tienen por objeto ejercer un efecto poético perturbador, romper las rutinas de nuestra mirada y conducirnos a "una percepción visual pura del mundo", o sea, hacernos visible lo que normalmente se nos queda en el terreno de lo no percibido. Esa fue asimismo lo propuesta de Kant, la de llevar a cabo un cierto retorcimiento o reflexión del ánimo (Gemüt), y de la razón, para que abandonaran por un momento su tendencia natural, negativamente dialéctica, y nos permitieran acceder al nivel de lo puro y transcendental, donde se daría la reconciliación. Como analogía, y para aclarar el sentido de esa reflexión, él invocó a Copérnico y la ciencia moderna, lo que otros bautizaron como un segundo "vuelco copernicano". Se trataría de retornar enteramente sobre sí y de visualizar lo cristalino, aquello que, siendo tan cercano, se nos pasó desapercibido debido a su misma misión de transparencia, gracias a la cual lo otro viene a la luz y se configura en ella. Para eso se requiere cambiar ciertamente los hábitos que lo ocultan, sobre lo cual Magritte nos ofrece un par de indicaciones. De su amplia producción nos interesa aquí una serie de cuadros en los que juega a la pintura dentro de la pintura, jugando con el concepto renacentista de la pintura como ventana a la realidad. Eso produce un efecto de doble espejo, que es a la vez de distanciamiento y cercanía, de ida y vuelta, como ocurre, por ejemplo, en los casos del teatro dentro del teatro, que encontramos en el acto tercero de Hamlet, en Un drama nuevo de Tamayo y Baus, o en la ópera I pagliacci. Esa dualidad de imágenes podría servirnos como metáfora para ilustrar la diferencia y la semejanza entre los dos sentidos, el interno y el externo, y más oportunamente aquí entre el plano empírico y el transcendental, es decir, el carácter fenoménico (imaginativo) del mundo. Este tema se encuentra repetidamente elaborado por el pintor en diferentes versiones, con las que podríamos aventurar un proceso de descubrimiento. |
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Iniciemos nuestro paseo pictórico por La belle captive, de 1931[3]. Vemos un campo y en medio un caballete con un cuadro ya pintado, en donde se reproduce la parte del paisaje que, se supone, el mismo lienzo tapa, y en concreto un pequeño grupo de casas y en el camino un hombre con caballo y carro. Iniciemos nuestro paseo pictórico por La belle captive, de 1931[3](imagen a la izquierda). |
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Vemos un campo y en medio un caballete con un cuadro ya pintado, en donde se reproduce la parte del paisaje que, se supone, el mismo lienzo tapa, y en concreto un pequeño grupo de casas y en el camino un hombre con caballo y carro. Confiado, el artista se ha puesto en plena naturaleza para reproducirla fielmente. La pintura, como "el arte de la semejanza"[4], comienza su andadura con la ingenuidad de una copia. Pero en ello mismo surge el movimiento de fuga, justamente por el deseo de copia, que lleva al artista incluso a reproducir la dualidad en esos dos cuadros, el real y el pintado en él. Esa diferencia que engendra al dos, por más que quiera de nuevo borrarla y suturar las junturas poniendo el segundo cuadro justo delante de lo que en él se encuentra pintado[5], siguiendo las reglas clásicas de la perspectiva renacentista, apunta a una ausencia que se irá abriendo paso irresistiblemente. El cuadro real nos reenvía a otra contraposición que ya no puede ser recuperada en el cuadro mismo: la del paisaje originario y la acción del artista, lo que en Kant se mostrará como la primaria síntesis imaginativa realizada por el sujeto. Esa ausencia está inscrita allí, porque no encontramos al pintor en el paisaje, por ejemplo de pie frente a su cuadro. El se ha retirado al exterior, al que nos vemos impelido, a la vez que se nos retiene en el cuadro mismo por efecto del arte, produciendo una tensión de mirada que anuncia nuevos desarrollos. |
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En el siguiente paso seguimos al artista hasta su interior. La condition humaine de 1933[6] (imagen a la izquierda)nos sitúa en una habitación, que podríamos considerar su estudio. Una ventana, flanqueada por cortinas, separa (reflexivamente) los dos espacios diferentes y complementarios, el del artista y el del paisaje originario, mientras que su cristal transparente, como la cópula de un juicio, sirve de lazo de unión. Similitud y diferencia entre el objeto y nuestra representación, lo que podríamos comprender como los dos sentidos kantianos, el externo y el interno, -aquél fue primario, según nos lo explica Kant en la "Refutación del Idealismo" problemático de Descartes[7], de modo que el sujeto se va configurando también en un proceso de distinciones y retorno, de Ent-fernung, dice Heidegger-. |
| El caballete, colocado ante la ventana, sostiene un cuadro que vuelve a ofrecernos una pintura fiel del paisaje exterior que esconde, en una actitud de mero espectador. Es o parece como si el lienzo fuera otro cristal, a no ser porque vemos su canto derecho y sobre todo cómo prolonga el paisaje sobre el perfil de la cortina izquierda. La quietud y la paz de la escena, así como la exactitud de la copia, nos insinúa la seguridad de un mundo en calma y ordenado. Pero nos ha sorprendido que, por ejemplo, el árbol no estuviera en el paisaje de fondo (pretendidamente) real, como al principio pudimos creer, sino en el cuadro del interior, y eso nos ha introducido en una razonable duda sobre nuestras primeras apreciaciones. Por ello nuevamente se produce un juego de identidades y diferencias entre los dos cuadros, los dos paisajes, entre lo real y lo pintado, que, reteniéndonos ahí como resultado del arte, al mismo tiempo nos vuelve a lanzar al exterior, hacia un artista y un paisaje originario que no hemos logrado aún desvelar. | |
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Ese mismo efecto es el que nos produce Les promenades d'Euclide de 1955 [8](imagen a la izquierda), aunque muy atenuado, pues aquí Magritte está más interesado en una especie de reflexión sobre la realidad cristalina (Kant diría pura) de la geometría, con el fondo de una ciudad simétrica y el juego de dos conos, uno formado por una torre medieval y otro por una calle recta que se aleja. Más contraste nos ofrece La condition humaine de 1934[9], dado que el cuadro pintado del interior no sólo prolonga el mar y la tierra del fondo hacia el marco inferior de la ventana y la cortina izquierda, sino que una roca de la playa que se divisa tras el cristal no es continuada en el cuadro. |
| No obstante, la verificación visual de esos detalles de menor importancia nos vuelve a asegurar sobre nuestro mundo, asentado en bases sólidas, objetivas y correctamente objetivadas. | |
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Pero de pronto, en el siguiente momento, la armonía se ve turbada, el cristal de la ventana se ha roto, y descubrimos que en él estaba pintado el paisaje, ése que creíamos haber estado viendo. ¿Se trata de un proceso de duda metódica? Las semejanzas engendran sus diferencias, y no sabemos dónde poner pie. Me refiero al famoso cuadro La clef des champs (La llave de los campos), de 1936 (imagen a la izquierda), que se halla en la colección Thyssen-Bornemisza[10]. Es un tema que retorna en guaches de 1948[11] y de 1952[12], en la versión de 1949 de Le Domaine d’Arnheim (El dominio de Arnheim)[13], en Le monde des images[14] y en Le soir qui tombe, de 1964[15]. Seguimos estando en la habitación frente a la ventana, pero ya no hay cuadro. |
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El cristal inferior de la ventana se ha
roto en su parte central, y algunos de sus trozos yacen sobre la repisa o
en el suelo del interior. Hasta aquí un incidente banal, una escena
cotidiana, de las que gustan al pintor. Pero entonces salta la sorpresa:
en los vidrios caídos, o cuidadosamente puestos de pie sobre el suelo,
como si estuvieran de exposición (símbolo de la reflexión realizada)
vemos pintadas las partes que les corresponderían del paisaje que hay
detrás de la ventana. El resto del cristal que aún queda en su sitio ya
no nos engaña; hemos descubierto la dualidad y perdido la inocencia de la
primera mirada. Para el filósofo crítico, lo que aquí se descubre es la
identidad de la doble naturaleza de la ventana: la de ser cristal del
mundo, lo que Kant denominaba "realismo empírico", y a la vez
pintura, producto de una acción interpretadora ("idealismo
transcendental"). Pero eso no es aún evidente para el Yo (o el
espectador ocasional), y por tanto el problema se trasladará al telón de
fondo, al paisaje exterior.
La
fractura del cristal es el comienzo de la reflexión racional y filosófica,
de la que nacerán también las ciencias, pues ya no nos problematiza sólo
una parte del lienzo, sino la totalidad y el sentido de su existencia. Es
el momento en el que se inicia la salida de la cueva platónica (otra metáfora,
esta vez dramática o novelesca), de la que, por cierto, nadie escapa de
golpe, pues devenir filósofo y llegar a contemplar el Sol de las ideas
(sin deslumbrarse) requiere, como bien se sabe, un largo proceso
amoroso-dialéctico. Si recurrimos a la "Historia de la razón"
y sus tres etapas con las que finaliza la Crítica
de la razón pura, podríamos aventurar que ese proceso pasa por el
dogmatismo y el escepticismo. La primera mirada, ingenua, pensaba que
bastaba con abrir los ojos físicos e intelectuales para ver la realidad
en sí y tener una copia adecuada dentro de sí. El dogmatismo sostiene
que, roto el cristal de las apariencias sensibles y de las
interpretaciones heredadas, nos es posible dominar con la vista racional y
teórica todo el paisaje de lo real en sí. El escepticismo se malicia que
ese paisaje de fondo que se ve tras el agujero es también pintado por el
Magritte-hombre de turno, porque la diferencia engendra asimismo su
semejanza, y piensa que la necesaria opacidad del mismo, necesaria para
que sea visto, no nos permite alcanzar la realidad en sí oculta tras el
lienzo. El dogmatismo se defiende con elaborados razonamientos: aunque sea
cuadro, dice, lo que le da forma es la misma mano divina de la razón, la
hacedora de todas las cosas, si vamos con tino y método. El escepticismo
responde entonces que ese Dios es a su vez una pintura en el techo, en la
luz cenital del discurso. Es el debate que retorna en la modernidad, como
un asunto de vital importancia para su modo de estar en el mundo, tanto
del individuo como de la sociedad: cuál es la mano que traza el paisaje y
la figura, el poder y la historia, el verso y la canción. Tanto Descartes
como Hume están encerrados en sus habitaciones yoicas, empíricas puesto
que son encontradas, junto a las estufas de sus estudios, separados del
mundo, y se esfuerzan por ver si la pintura que dibujan sus impresiones y
razonamientos coinciden con la realidad en sí o si, por el contrario,
siguen siendo meras pinturas de lo desconocido, ¿o quizás de lo
inexistente? No importa, a las mónadas, que ya son conscientes de que
carecen incluso de la ventana de Magritte, y han superado, por tanto, esa
ilusión óptica, les basta con que el telón de fondo de sus sueños
contenga formas constantes y bien trabadas (liées)
entre sí, es decir, que el dibujo guarde coherencia en el espacio y en el
tiempo de su pantalla. Por el boquete del cristal entran y salen, en consecuencia, las cuestiones y los asombros sin descanso, incluso en el marco de la mayor cotidianidad, o precisamente en él. El titulo del cuadro, La clef des champs, traza un movimiento, el de la llave, desde el espectador hacia el paisaje del fondo, indicándole que a través de la rotura obtendrá la clave para comprender el ser del mundo. Pero ese mismo cuadro se presenta a veces bajo el titulo de La evasión[16]. Si consideramos que los cristales rotos están en la habitación, comprenderemos que la violencia se ha ejercido desde el fondo del paisaje hacia el interior, desde lo pretendidamente real hacia el sujeto, en un movimiento complementario al primero, como si le hubiera asaltado al espectador de improviso la problematicidad del entramado. Algo se está continuamente evadiendo del cuadro, y ya resulta imposible tapar el punto de fuga. El pintor, sin embargo, tiene sus propios caminos, su lógica, su luz apropiada, para encarar este envite. Me refiero al sentido mágico o fuerza poética de la que surge el arte, a su particular relación con la realidad y sus modos de elaborarla. En efecto, por esa continua ida y venida del cuadro al paisaje, de los objetos reales a la imagen pintada, el artista acaba descubriendo el carácter pictórico de la misma realidad (la semejanza entre los dos cuadros) y va más allá de la primera interpretación ofrecida, hacia un "vuelco copernicano": también los objetos reales tienen que ver con su mirada. Esa fue la experiencia de Magritte, de igual modo que en 1769 Kant tuvo su "gran luz" y descubrió la fenomenalidad del mundo comparando, como dos cuadros, las dos interpretaciones heredadas[17]. El error de éstas, tanto del dogmatismo como del escepticismo, consistía para Kant en creer que el paisaje de fondo era algo en sí, independiente de toda subjetividad. La nueva mirada le introdujo a Magritte, por el contrario, en ese secreto de los "campos", le hizo ver que el paisaje originario, como el cristal, estaba tocado también por el pincel de un pintor que siempre se había sustraído y evadido de sus cuadros. |
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A ese pintor le llamó Kant "sujeto
transcendental". Si lo hubiera dibujado junto a la ventana, el
caballete y el lienzo interior, hubiera tenido que añadir abajo la
inscripción: "celui-ci n'est pas un peintre", "éste no es
un pintor"; esa es también La traición de las imágenes[18](imagen
superior a la ezquierda), pues el dibujado no pinta sino que es pintado,
es decir, ese hombre habría correspondido al yo empírico, no al
transcendental (esa es la diferencia entre los dos cuadros)[19].
La acción inspirada del artista no puede como tal ser representada en el cuadro, sino que es condición de posibilidad de toda obra de arte; querer lo contrario sería la Tentativa de lo imposible[20] (imagen inferior a la izquierda). Cuando, a pesar de todo, Magritte se aventura a ello en el autorretrato que aparece en Clairvoyance de 1936[21], la escena se desarrolla en un espacio inconcreto y etéreo, o sea, en ninguna parte: |
| no vemos dónde se apoyan los objetos, y el fondo es de un solo color grisáceo carente de perspectiva. El artista se halla ante un cuadro y su caballete, está acabando de pintar un pájaro con las alas extendidas sobre un fondo blanco (símbolo y materia de la creatividad), y se ha detenido un momento a contemplar, como quien mira al modelo, un huevo puesto encima de una mesa a su izquierda, el lado del inconsciente y del arte, es decir, la naturaleza, como los campos, no guardan ya secretos para la mirada del artista, y su creatividad nos revela el paisaje originario.Por eso puede prescindir por un momento de la ventana, colocar su caballete y su lienzo frente a la pared de su estudio, y contemplar cómo su acción imaginativa produce nubes que salen del cuadro y se adentran en su habitación, sirviendo un espacio como metáfora del otro[22]. | |
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O bien decide retornar a la naturaleza, salir al mundo y transformarlo, ya sea poniendo el caballete y el cuadro en una abertura de la casa sin mediación alguna, dejándose llevar por L'appel des cimes (1942[23] y 1948[24])(imagen superior a la izquierda), por la llamada de las cumbres convertidas en una gigantesca águila, ya acercándose a la puerta, como en La condition humaine de 1935[25],donde las dos terceras partes del cuadro interior son la prolongación del mar que de otra manera no veríamos a causa de la pared,o bien en las versiones de La belle captive de 1947[26] y de 1948[27], que nos sitúa de nuevo (cerrando el círculo del proceso) en pleno campo ante el mar, mientras que en el paisaje originario tres flores del suelo han sido sustituidas por cascabeles, símbolos de Magritte y de su transformación artística[28]. Allí, en un modo de ex-istencia heideggeriana, volvemos a descubrir que la experiencia primaria es la del sentido externo, conforme dijimos que lo mostraba Kant en su conocida "Refutación del idealismo" de Descartes[29], y que el cuadro interior surge sobre ese telón de fondo por medio de un acto de atención[30]. |
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El
criticismo consistiría en distinguir dos modos diferentes de ser cuadro,
de ser fenómeno: el del objeto externo (la fenomenalidad del mundo) y el
de la representación interna. El pintor de ambos, el que queda fuera de
la representación, es el mismo sujeto transcendental, aunque en
diferentes momentos de una misma acción sintética, y lo es también de
la inspiración artística del pintor en un momento posterior. A esa acción
la denomina Kant imaginación. En el primer caso, en el del conocimiento
teórico, la imaginación actúa esquemáticamente, es decir, según
reglas fijas y repetibles, que, al ser comprendidas en su carácter lógico,
se convierten en conceptos[34].
En el arte, sin embargo, la imaginación está libre de reglas prefijadas
y actúa simbólicamente, creando una forma única en cada obra[35].
Con ello saca a la luz de la conciencia empírica, la del cuadro del
interior, esa acción originaria de la imaginación transcendental
fundadora de formas y sentido, la que dibuja el paisaje originario. A
pesar de todo, ésta última tampoco alcanza la realidad en sí, sino únicamente
la fenoménica, y de ahí la doble naturaleza de su obra, la de ser
cristal y pintura, una pintura dirigida por los diversos intereses de la
razón y de la pasión. Sosteniéndola ontológicamente e indicándole su
sentido último se halla una acción real-ideal de esa misma subjetividad
configuradora a la que se ha dado el nombre de libertad, "la piedra
angular de todo el edificio de un sistema de la razón pura, incluso de la
especulativa"[36].
Aunque originaria, esa libertad no es sin embargo omnipotente, y el
espacio y el tiempo, como formas a priori de la sensibilidad, significan
la primera aceptación de la finitud, el que pueden existir otras cosas
junto a mí, antes o después de mí. Ese es el lienzo primario del
transcurso de la vida, en donde la imaginación va dibujando los objetos y
las figuras, conforme ellos mismos responden positivamente a esa mirada.
Gracias a la acción artística de la imaginación aparece en el ámbito
de la conciencia reflexiva su acción básica prerreflexiva, "un arte
oculto en lo profundo del alma, cuyo verdadero funcionamiento difícilmente
adivinaremos a la naturaleza y lograremos poner al descubierto"[37].
Esa imaginación productiva es una Dichtungsvermögen,
una facultad poetizante[38],
y el yo transcendental es el genio, individual e intersubjetivo, capaz de
sacar el mundo a la luz. [1]
Curiosamente, o mejor dicho, de manera significativa, al primer cuadro
que pinta Magritte con su estilo característico, el primer óleo
propiamente magrittiano, lo titula La
fenêtre, de 1925 (véase René
Magritte. Catalogue Raisonné,
edited by David Silvestre, The Menil Foundation, Philip Wilson
Publishers, London, 1992-1997, 5 vols., que será citado como Catalogue,
tomo I, p. 160, nº 66). [2]
Magritte, Le véritable art de
peintre, en Harry Torczyner, Magritte,
Editorial Blume, Barcelona, 1978, pág. 217 [3]
Hogarth Galleries, Sydney, Catalogue
II, 176, nº 342. Hay otra versión de 1935 (Catalogue
II, 202, nº 375), que sería como un resumen de la anterior, pues
varios objetos del paisaje han sido suprimidos. [4]
Magritte, Le véritable art de
peintre., en Harry Torczyner, Magritte, pág. 222. [5]
“Se puede suponer que detrás del cuadro el espectáculo sea
diferente de lo que se ve, pero lo esencial era suprimir la
diferencia” (carta de Magritte a Breton de verano de 1934, en Catalogue
II, 184). [6]
National Gallery of Art, Washington, Catalogue
II, 184, nº 351. [7]
Kant, Crítica de la razón pura,
B 274 ss. [8]
The Minneapolis Institute of Arts, Catalogue
III, 246, nº 826. [9]
Galerie Isy Brachot, Bruselas, Catalogue
II, 200, nº 372, que le pone la fecha de 1935. [10]
Catalogue II, 225, nº 411.
En él vemos un paisaje verde, de campo. [11]
Colección privada, Catalogue IV, 115, nº 1283. [12]
Colección privada, Catalogue IV, 139, nº 1325. [13]
Colección particular, Catalogue III, 143, nº 707. Aquí aparece al fondo la montaña que
se transforma en águila. [14]
Tal vez de 1961, Catalogue III, 352, nº 937. Se representa una puesta de sol sobre
el mar. El título es muy sugerente. [15]
The Menil Collection, Houston, Catalogue
III, 393, nº 988. De nuevo una puesta de sol, pero en el
campo. [16]
“Los títulos están escogidos de tal modo que impiden que mis
cuadros se sitúen en una región familiar que el automatismo del
pensamiento no dejaría de suscitar con el fin de sustraerse a la
inquietud” (Magritte, en Michel Foucault, Esto
no es una pipa. Ensayo sobre Magritte, Anagrama, Barcelona, 1989,
p. 53, cita a su vez procedente del nº 12 de Révolution
surréaliste). [17]
"Al principio esta concepción surgía entre tinieblas. Yo
ensayaba, con toda seriedad probar una proposición y su contraria, no
para construir una doctrina de la duda, sino porque sospechaba una
ilusión del entendimiento y quería descubrir dónde se escondía. El
año 69 me proporcionó una gran luz" (Kant, Reflexion
5037, Ak.-Ausg. XVII, 69). [18]
Es bien conocida la serie de cuadros en los que Magritte une imagen
con texto, entre los que se cuenta la representación de una o dos
pipas con la inscripción Ceci
n’est pas une pipe, cuya primera versión en 1929 llevaba por título
La trahison des images (Los
Angeles County Museum of Art, Catalogue
I, 331, nº 303). [19]
Muchos ataques actuales contra el sujeto (transcendental) y sus formas
se dirigen en realidad a lo empírico, confundiendo molinos con
gigantes. [20]
El cuadro Tentative de
l’impossible (1928, Toyota Municipal Museum of Art, Catalogue I, 318, nº 284) representa al artista en una habitación
cerrada, pintando en el aire una mujer desnuda, que va surgiendo de la
nada conforme el pincel avanza, lo cual representaría el ideal erótico-artístico
de su inspiración, o quizás ésta misma, siempre in progress, como el mismo eros. [21]
Colección privada, Catalogue II, 230, nº 419. Véase también Catalogue IV, 32, nº 1140. [22]
Me refiero a las tres versiones de La
vengeance, la de 1936 (Catalogue
II, 216, nº 395) y las de 1938 ó 1939 (Catalogue,
35 y 36, nº 1146 y 1147). [23]
21 International Holdings, Inc., New York, Catalogue
II, 308, nº 519. La montaña convertida en águila había
aparecido ya en 1936 en dos cuadros de factura romántica titulados Le
précurseur (Catalogue
II, 229, nº 417 y 418), y otro de 1938 (Catalogue
II, 261, nº 455), en el que se la ve desde una gruta. la cual
preludia el cuadro. [24]
Colección privada, Catalogo IV, 118, nº 1288. [25]
Colección privada, Monte Carlo, Catalogue
II, 210, nº 387. Mayor es la apertura de la puerta, con mar y playa
al fondo, en los guaches titulados La
condition humaine de 1938 ó 1939 (colección privada, Paris, Catalogue
IV, 35, nº 1145; véase también nº 1190) y de 1956 (colección de
Eleanor Cramer Hodes, Catalogue
IV, 188, nº 1411). [26]
Colección privada, Catalogue IV, 90, nº 1238. [27]
Colección privada, Catalogue IV, 124, nº 1300. Véanse también los nº 1515 y 1597. [28]
La primera vez que Magritte utilizó esos cascabeles fue también
sustituyendo a flores entre hojas, en 1928, con el título Les
fleurs de l’abîme (Catalogue
I, 286, nº 239). La pêche
miraculeuse (1943, colección privada, Catalogue
II, 323, nº 542), de la etapa Renoir de Magritte, nos sitúa asimismo
frente al mar, y sobre una especie de tarima vemos dos caballetes con
sendos cuadros, el de la derecha más estilo Renoir, representando un
paseo de árboles, y el de la izquierda, que dibuja el mar que tapa,
como si fuera una comparación entre ambos universos pictóricos. La
belle captive de 1948 (imagen izquierda inferior, debajo de
L'appel des cime)(colección privada, Catalogue
II, 399, nº 641, véase también III, 161, nº 730, y IV, 130, nº
1309) coloca el cuadro interior en una playa junto al mar, y eso es lo
que se ve en él, a su izquierda hay una roca, y a su derecha un trombón
ardiendo (descubrimiento del fuego), que son otros dos símbolos
magrittianos. Esa cercanía entre la pintura y el fuego, o mejor
dicho, la dominación de ese cuarto elemento del mundo, es más
evidente en La condition humaine
de 1935 (Catalogue II, 213,
nº 390), de 1948 (Catalogue
IV, 125, nº 1301ª) y de 1949 (Catalogue
IV, 133, nº 1313), que nos sitúan en la boca de una cueva con fuego
y cuadro interiores. [29]
Kant, Crítica de la razón pura,
B 274ss. [30]
Kant, Crítica de la razón pura,
B 156-157 nota. [31]
"Existen cosas exteriores, como existo yo mismo […]. El
idealista transcendental es, por tanto, un realista empírico"
(Kant, Crítica de la razón pura, A 370-1). "El espacio es una mera
posibilidad, pero algo real en las cosas reales" (Kant, Reflexión
5318; Ak.- Ausg. XVIII, 151). "Nuestro idealismo transcendental
permite, por el contrario, que los objetos de la intuición externa
sean también reales, tal y como son intuidos en el espacio, y todas
las representaciones en el tiempo tal y como las representa el sentido
interno" (Kant, Crítica de
la razón pura, A 491, B 520). [32]
"El tiempo, como condición formal de la posibilidad de los
cambios, es objetivamente anterior a éstos [primer momento]; pero
subjetivamente y en la realidad de la conciencia [tercer momento],
esta representación, como cualquier otra, sólo es dada con ocasión
de las percepciones [segundo momento]" (Kant, Crítica
de la razón pura, B 480 nota). [33]
El mismo desdoblamiento de imágenes se encuentra en el cuadro La
représentation de 1962 (Selma Ertegün, Catalogue
III, 355, nº 940), donde esta representación reproduce el cuadro
sobre un espacio virtual. [34]
"Es una y la misma espontaneidad la que, allí [en la síntesis
de la aprehensión] bajo el nombre de imaginación y aquí [en la síntesis
de la apercepción] con el de entendimiento, introduce la conexión de
lo múltiple de la intuición" (Kant, Crítica de la razón pura, B 162 nota). [35]
No obstante, la divisoria no es tan neta, sino que tiene zonas
intermedias. Hay conceptos que son metáforas fosilizadas, y metáforas
que se repiten en las tradiciones artísticas.
Sobre lo primero dice Kant: “Nuestra lengua está llena de
semejantes presentaciones indirectas, según una analogía, por la
cual la expresión no contiene el esquema propiamente tal para el
concepto, sino simplemente un símbolo para la reflexión. Así las
palabras fundamento (apoyo, base), depender
(estar sostenido desde arriba), fluir
de (en vez de seguirse), substancia
(el portador de los accidentes, como se expresa Locke) y otras muchas
más, son hipotiposis y expresiones para conceptos no esquemáticas,
sino simbólicas” (Kant, Crítica
del Juicio § 59, Ak.-Ausg. V, 352). [36]
Kant, Crítica de la razón práctica, Prólogo A 4; Ak.-Ausg. V, 3-4. [37] Kant, Crítica de la razón pura, A 141, B 180-181. [38]
Kant, Antropología § 28
(Ak.-Ausg. VII, 167-168). |
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TEXTOS"El
problema de la ventana dio lugar a La
condición humana. Ante una ventana, vista desde el interior de una
habitación, coloqué un cuadro que representaba exactamente el fragmento
de paisaje ocultado por el lienzo; así, el árbol representado en el
cuadro ocultaba al árbol que se hallaba detrás de él, fuera del cuarto.
Este se encontraba simultáneamente, para el espectador, en el interior
del cuarto, en el cuadro, y, por el pensamiento, fuera de él, en el
paisaje real. Y es así como vemos el mundo: nosotros lo vemos fuera de
nosotros, y sin embargo de él no tenemos sino una representación en
nosotros mismos” (Magritte, La
ligne de la vie, 1938, en Catalogue
Raisonné II, 184, y V, 15; con pocas variantes
Magritte, L'invention collective,
1940, en Uwe M. Schneede, Réné Magritte, Labor, Barcelona, 1978, pág, 48). "Ahora
bien, esta oposición [entre los objetos reales y la imagen pintada] se
redujo. Acabé encontrando en la propia apariencia del mundo real la misma
abstracción que en los cuadros; porque a pesar de las combinaciones
complicadas de detalles y matices de un paisaje real, yo podía verlo como
si no fuese más que una cortina colocada ante mis ojos. Me sentí muy
poco seguro de la profundidad de los campos, muy poco convencido de la
lejanía del ligero azul del horizonte, puesto que la experiencia
inmediata le situaba simplemente a la altura de mis ojos. Me encontraba en
el mismo estado de inocencia del niño que cree poder coger desde su cuna
el pájaro que vuela por el cielo. Al parecer, Paul Valéry ha sentido ese
mismo estado ante el mar que -dice- se alza ante los ojos del espectador.
Al descomponer los colores de los objetos, los pintores impresionistas
franceses, Seurat entre otros, vieron el mundo exactamente de esa forma.
Necesitaba ahora animar un mundo que, incluso en movimiento, carecía de
profundidad y había perdido toda consistencia. Imaginé entonces que los
propios objetos debían revelar elocuentemente su existencia, y busqué cuáles
serían los medios para ello. La novedad de aquella preocupación me hacía
olvidar que mis experiencias precedentes, que habían desembocado en la
representación abstracta del mundo, se hacían inútiles desde el momento
en que esa misma abstracción caracterizaba también al mundo real"
(Magritte, La ligne de la vie,
I, en Harry Torczyner, Magritte,
Editorial Blume, Barcelona, 1978, págs. 214-215; o en Catalogue
V, 11). “Durante
mi infancia jugaba con una niña en el viejo cementerio abandonado de una
ciudad de provincias. Visitábamos las criptas subterráneas cuyas pesadas
puertas de hierro podíamos levantar, y volvíamos a subir a la luz donde
un artista pintor, llegado de la capital, pintaba en un paseo de árboles
muy pintoresco con sus columnas de piedras rotas y cubiertas de hojas
muertas. El arte de la pintura me parecía entonces vagamente mágico, y
el pintor alguien dotado de poderes mágicos” (Magritte, La
ligne de la vie, I, en Catalogue
V, 10). "Tomemos
una ventana cualquiera. Supongamos que el cristal se rompe, y que el
paisaje que se veía a través de él se rompe también. Si tal cosa
sucediese un día, que todavía es posible, me gustaría que un filósofo
poeta, por ejemplo mi amigo Marcel Lecomte, me explicase qué son esos
fragmentos de realidades…" (Magritte
o la lección de cosas, película de Luc de Heusch (1960), en Harry
Torczyner, Magritte, Editorial Blume, Barcelona, 1978, pág. 46). “El
arte de pintar –que verdaderamente merece llamarse el arte de la
semejanza- permite describir con la pintura un pensamiento capaz de
hacerse visible. Ese pensamiento comprende exclusivamente las figuras que
el mundo ofrece a nuestros ojos: personas, cortinas, armas, astros, sólidos,
inscripciones, etc. La semejanza reúne espontáneamente esas figuras en
un orden que evoca directamente el misterio” (Magritte, El
verdadero arte de pintar, en Harry Torczyner, Magritte,
Editorial Blume, Barcelona, 1978, pág. 222). “Pero
volviendo a Usted, Señor [Locke], tiene Usted razón cuando dice que
normalmente hay diferencia entre lo sentido y lo imaginado; pero los escépticos
dirán que el más y el menos no hace variar la especie. Por otra parte,
aunque lo sentido tenga por costumbre ser más vivo que lo imaginado, se
sabe, sin embargo, que hay casos en los que personas imaginativas son
afectadas por sus imaginaciones tanto o quizás más que otro por la
verdad de las cosas; de manera que yo creo que el verdadero criterion
en cuanto a los objetos de los sentidos es la ligazón de los fenómenos,
es decir, la conexión de lo que pasa en diferentes lugares y tiempos y en
la experiencia de diferentes hombres, que son ellos mismos los unos para
los otros fenómenos muy importantes sobre este asunto. Y la ligazón de
los fenómenos, que garantiza las verdades
de hecho en relación con las cosas sensibles fuera de nosotros, se
verifica por medio de las verdades
de razón, así como las apariencias de la óptica se explican por la
geometría. Sin embargo, hay que confesar que toda esta certeza no es del
supremo grado, como bien lo ha reconocido. Pues no es de todo punto
imposible, metafísicamente hablando, que haya un sueño seguido y durable
como la vida de un hombre; pero eso sería una cosa tan contraria a la razón
como podría ser la ficción de un libro que se formara por azar lanzando
sin ton ni son los caracteres de imprenta” (Leibniz, Nuevos
ensayos sobre el entendimiento humano, libro IV, capítulo 2, § 14).
Galileo,
Torricelli y Stahl “entendieron que la razón sólo penetra aquello que
ella misma produce según su bosquejo, que ella ha de anticiparse con los
principios de sus juicios según leyes constantes y obligar a la
naturaleza a contestar a sus preguntas, y no dejarse conducir por ella únicamente
como quien va con andaderas; pues en caso contrario, observaciones
fortuitas y hechas sin un plan previo no se conectan en una ley necesaria
que la razón, sin embargo, busca y necesita. La razón ha de ir a la
naturaleza llevando en una mano sus principios, según los cuales únicamente
pueden valer como leyes fenómenos concordantes, y en la otra el
experimento que ella haya urdido siguiendo esas leyes. Aunque ha de ir
para ser enseñado por la naturaleza, no lo hará en calidad de alumno que
permite que el maestro le dicte lo que quiera, sino en calidad de juez que
obliga a los testigos a responder a las preguntas que él les formula”
(Kant, Crítica de la razón pura,
B XIII). “Nuestras
afirmaciones enseñan por tanto la realidad empírica del tiempo, es
decir, su validez objetiva en relación con todos los objetos que puedan dársenos
a nuestros sentido. Y dado que nuestra intuición es siempre sensible,
nunca puede dársenos en la experiencia un objeto que no esté bajo la
condición del tiempo. Por el contrario negamos al tiempo toda pretensión
de realidad absoluta, a saber, que él, incluso sin relación alguna a la
forma de nuestra intuición sensible, corresponda absolutamente a las
cosas como condición o propiedad. Las propiedades que pertenezcan a las
cosas en sí mismas nunca pueden sernos dadas por medio de los sentidos.
En eso consiste, pues, la idealidad transcendental del tiempo, según la
cual, si se abstrae de las condiciones subjetivas de la intuición
sensible, el tiempo no es nada y no puede ser contado entre los objetos en
sí mismos (sin su relación a nuestra intuición) ni como subsistente ni
como inherente” (Kant, Crítica de
la razón pura A 35-36, B 52). “Y
así sucesivamente, toda oposición ha de ser intuida por la imaginación
y fijada en el entendimiento para ser objetivada, dando lugar a la
conciencia reflexiva. Por eso, la actividad de la imaginación productiva
no aparece en el ámbito de la conciencia reflexiva, pues ésta la
presupone, podríamos decir que la tiene a su espalda y no la ve. De ahí
nuestra firme convicción de la realidad de las cosas fuera de nosotros e
independientes por completo de nuestra actividad, porque no somos
conscientes de la facultad que las produce. Si fuéramos conscientes en la
reflexión común, como podemos serlo en la reflexión filosófica, de que
las cosas sólo surgen en el entendimiento por la imaginación, entonces
querríamos explicarlo todo como una ilusión o engaño, y estaríamos tan
equivocados en esto como en lo primero" (Fichte,
Fundamento de toda la Doctrina de la
ciencia, SW I, 234) "Queda
demostrado que en esa acción de la imaginación se fundamenta la
posibilidad de nuestra conciencia, de nuestra vida, de nuestro ser para
nosotros, es decir, nuestro ser en cuanto Yo. Por tanto, no puede ser
suprimida, pues entonces haríamos abstracción del Yo y eso es
contradictorio, dado que la acción que lleva a cabo la abstracción no
puede hacer abstracción de sí misma. Por consiguiente, la imaginación
no se engaña, sino que proporciona verdad, y por ciento la única verdad
posible" (Fichte, Fundamento
de toda la Doctrina de la ciencia,
SW I, 227).
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