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Sobre las relaciones entre la verdad y la tragedia |
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Una lectura de Sobre verdad y mentira a la luz del Nacimiento de la Tragedia--- |
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Grupo de Investigación sobre la filosofía de Nietzsche. Texto publicado en: Revista de Humanidades. Departamento de Artes y Humanidades. Universidad Andrés Bello. Verano de 2006, Volumen 12. Santiago de Chile. |
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Más pernicioso que la espada y el fuego es
el espíritu del hombre, semejante al de los dioses, cuando
no sabe callar ni mantener sin desvelar su secreto [...]
¡y vivirá como él y
como él morirá, en el dolor y en la locura, quien
traicione lo divino, y alterándolo todo ponga
en manos de los hombres lo
que reina escondido! Hölderlin.
Empédocles. |
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Man muss selbst die Ilusionen wollen –darin liegt das Tragische Nietzsche. Fragmentos 1872-73. 19 [35] |
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| Resumen: A partir de una lectura del Nacimiento de la Tragedia y de las verdades puestas en juego allí por Nietzsche, se pretende elucidar la intención que se encuentra detrás de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y dar una respuesta a la pregunta por quién habla en el texto, cuál de las múltiples caras de Nietzsche se encuentra detrás del discurso sobre la verdad. La tragedia, hilo conductor del análisis, se muestra como el espacio en el que se hace manifiesta una doble relación con la verdad, relación que desemboca en una afirmación de la vida y una justificación estética de la existencia. Verdad y tragedia aparecen aquí como los dos polos de una reflexión que conduce a Nietzsche desde el Nacimiento de la Tragedia hasta Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, y que le permite formular las preguntas que quedarán abiertas a lo largo de su reflexión filosófica madura. |
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Introducción Antes
de empezar, quisiera aclarar aquí un par de cosas. Mi idea no es hacer un
análisis exhaustivo del concepto de verdad en el NT (al respecto podrían
decirse muchas cosas, hay muchas verdades que entran en juego, y algunas
de hecho lo harán en el transcurso de este texto), pues tampoco es ésa,
finalmente, mi intención con respecto a SVM. Me interesa, más bien, en
este último texto, responder a las preguntas por quién habla allí y cuál
es la “verdad” que se proclama (así ella misma sea también metafórica
y no pretenda una validez mayor a la de una posible interpretación): quién
puede anunciar que la verdad es una metáfora y que el conocimiento no es
más que la ilusión resultante de la criatura más soberbia y más
indefensa de todas. Quién es aquel que advierte de los peligros de mirar
hacia afuera de la propia conciencia para descifrar los enigmas que la
naturaleza prefiere ocultar. Quién es, finalmente, aquel que ha sido
capaz de adentrarse en el abismo y salir de él triunfante, con la rama
dorada, como Eneas del Infierno. Mi lecturas de SVM y del NT están
orientadas, así, por estas preguntas. La cuestión es, entonces, intentar
descifrar si la tragedia, descrita por Nietzsche en el NT, y cuyo
advenimiento inminente es anunciado ya en las últimas páginas del libro,
juega algún papel en esta relación particular con la verdad (una verdad
que parece divina, más que humana, como la del demonio del Pathos
de la verdad). Hay indicios que me hacen pensar, y esa es en últimas
mi propuesta, que la voz de SVM es una voz trágica, que anuncia la misma
“verdad” que la tragedia en el NT, y que trae consigo, en quien es
capaz de escucharla, la misma respuesta práctica (presente también en
algunos fragmentos de la época): la existencia justificable sólo como
fenómeno estético, la unidad de la filosofía y el arte como meta de una
nueva cultura, la conciencia de la necesidad de la ilusión.
Para
ello, pues, debo dilucidar primero cuál es la verdad que, según
Nietzsche, la tragedia proclama en el NT, quién es el que es capaz de
escucharla y qué consecuencias trae para la vida. Trataré de
concentrarme en la primera parte del NT, más o menos hasta el parágrafo
12, aunque también tengo en cuenta los últimos parágrafos, del 20 al
24. El filósofo del conocimiento trágico, tema de los parágrafos
restantes, aparecerá sólo en la medida en que sea estrictamente
necesario, sobre todo para crear el vínculo final entre el NT y SVM.
Trataré también de dejar de lado, en lo posible, las ambigüedades que
se presentan con relación a conceptos como lo apolíneo y lo dionisíaco:
trabajo con estos conceptos a partir de una interpretación, que considero
que es la más recurrente en el NT, pero que, por supuesto, no deja de
tener problemas para la lectura de algunos pasajes. Así, el concepto
resultante de lo trágico, será también sólo una posible interpretación;
una que, desde mi punto de vista, ayuda a la comprensión del mayor número
posible de pasajes y hace coherente la propuesta de Nietzsche con las
afirmaciones que realiza en el Ensayo de autocrítica, con su propuesta en
SVM e incluso con sus obras posteriores. 1.
La tragedia y sus consecuencias: Nietzsche contra Schopenhauer
El
NT, como el mismo Nietzsche lo acepta en el Ensayo de autocrítica, está
escrito bajo la influencia de la filosofía de Schopenhauer, bajo el
lenguaje, aún metafísico, de El
mundo como voluntad y como representación (WWV). El arte en NT
aparece aún, así, como la actitud metafísica de la vida, que le abre al
hombre el camino hacia “lo verdadero”, oculto bajo el velo de la ilusión,
de la representación[1]*.
En efecto, para Schopenhauer, el arte en general, en contraposición a la
ciencia, permite el acceso a la verdad tras los fenómenos, a la verdad de
la voluntad libre del principio de razón: Según
esto, ¿cuál será aquel género de conocimiento que considere la
verdadera esencia del mundo independiente y fuera de toda relación, el
contenido real de sus fenómenos no sujeto a cambio alguno, y por lo mismo
conocido en todo tiempo con la misma verdad; en una palabra, las Ideas,
que son la objetividad inmediata y adecuada de la cosa en sí, de la
voluntad? Es el arte, obra del genio.[2]
Esta
verdadera esencia del mundo, alcanzada por la visión contemplativa del
artista, es comunicada en el arte poético a través, sobre todo, de la
tragedia. Para Schopenhauer, como lo será también para Nietzsche, la
tragedia es “el género poético más elevado” porque en ella se
cumple a cabalidad “la meta suprema de la producción poética”[3]*,
es decir, en ella se pone en escena el
aspecto terrible de la vida, los dolores sinnúmero, las angustias de la
humanidad, el triunfo de la maldad, el vergonzoso dominio del azar y el
fracaso al que fatalmente están condenados el justo y el inocente, pues
aquí yace una advertencia significativa sobre el estado del mundo y de la
existencia. La tragedia nos representa la lucha de la voluntad consigo
misma en todo su horror y en el desarrollo más completo del grado más
alto de objetividad.[4]
La
tragedia, tal y como aparece así descrita en WWV, no es más que el
espectáculo, en escala reducida, del gran teatro del mundo, en el que se
confirma, por consiguiente, una y otra vez, ese pesimismo filosófico
proclamado siempre por Schopenhauer a través de sus reflexiones[5]*. El resultado es,
inevitablemente, tal y como lo ejemplifican los mismos personajes de las
tragedias (Margarita en el Fausto,
Hamlet, la novia de Mesina de Schiller), la necesaria negación de la vida
como único resultado posible de esta verdad: el
conocimiento perfecto de la esencia del mundo, obrando como aquietador
de la voluntad, trae consigo la resignación, la renuncia, no sólo de la
vida, sino de toda voluntad de vivir. Por eso vemos que en la tragedia,
hasta los más nobles desisten tras prolongados combates y dolores, de los
fines que hasta entonces habían perseguido tan vehementemente, sacrifican
para siempre los goces de la vida, e incluso renuncian a ella voluntaria y
alegremente.[6]*
Para
Nietzsche, por el contrario, la verdad que trae consigo la tragedia, no
puede ser una verdad negadora de la vida. En su Ensayo de autocrítica,
intenta mostrar cómo, a pesar de todo, el NT ya muestra una distancia con
respecto a Schopenhauer justamente en este punto, justamente en una
actitud que escapa a la mera “resignación”, al mero rechazo de la
vida por ser “injusta”, por no ser “moral”: “En este libro mi
instinto, contra la moral, se reconoce como defensor de la vida, y funda
una contradoctrina y una contravaloración de la vida, una puramente artística,
“anticristiana””[7]*. El arte, y con él la
tragedia, se muestra como
afirmador, no negador, de la existencia, que, al contrario de llevar a la
resignación y la renuncia, conduce a una consolación (Trost), a una justificación de la vida como fenómeno estético,
tal y como lo repite Nietzsche en varios pasajes a lo largo del NT[8]*.
La
comparación con Schopenhauer me sirve para dejar aún más claro lo que
quiero mostrar acerca de las relaciones entre verdad y tragedia en NT. Aquí
se dibujan ya las dos relaciones que quisiera intentar aclarar (y que
aparecen desdibujadas, entrelazadas, a veces confundidas a lo largo de
NT): la tragedia trae consigo una verdad, la verdad presente en
la tragedia; pero esta verdad que nos es comunicada en la representación
trágica, produce a la vez una actitud frente a la vida, una “decisión
ética” por parte de quien se enfrenta a ella, por parte de quien es
capaz de oírla: una relación con
la verdad que quisiera denominar “trágica” y que reemplaza a la
relación pesimista[9]*destacada
por Schopenhauer. De esta doble relación con la tragedia y, por ende, con
la verdad que ella comunica –la verdad en
la tragedia y la relación trágica con
la verdad–, nos da Nietzsche varias veces algunos indicios. Nos dice,
por ejemplo, comenzando NT: El
hombre bien dotado de una sensibilidad artística se comporta respecto de
la realidad del ensueño de la misma manera que el filósofo enfrente de
la realidad de la existencia: la examina minuciosa y voluntariamente, pues
en esos cuadros descubre una interpretación
de la vida, y con ayuda de esos ejemplos, se
ejercita en la vida. [10] Y
terminando ya NT, tras haber mostrado no sólo el fenómeno de la tragedia
griega, sino sus consecuencias para el hombre griego, y para el hombre
moderno tras su posible, casi inminente, renacimiento, Nietzsche vuelve a
afirmar: “Y al fin comprendemos lo que para la tragedia quiere decir querer contemplar y al mismo tiempo ir más allá de esta contemplación”[11].
La tragedia no se presenta solamente como una representación de “lo
verdadero”, como una mirada a aquello que se encuentra bajo las
apariencias; es, a su vez, o mejor, resulta a su vez de ella, una actitud
transformadora de la vida: es necesario ir más allá de la mera
contemplación de la verdad, de ella debe resultar una actitud práctica,
una transfiguración: [E]l
arte no es solamente una imitación de la realidad natural, sino un
suplemento metafísico de la realidad natural, yuxtapuesto a la misma para
contribuir a superarla. El mito trágico, en cuanto parte integrante del
arte, se utiliza también para suscitar esta transfiguración, que es el
fin metafísico del arte en general.[12] La
tragedia, como actividad metafísica de la vida, comunica, en efecto, una
verdad. Esta verdad será también, como para Schopenhauer (y como se
mostrará con detalle en el siguiente capítulo), la verdad de las fuerzas
que gobiernan el mundo, de la lucha primordial que se encuentra bajo todas
las cosas; la verdad terrible de lo dionisíaco, que se combina con el
descubrimiento de la necesidad de la ilusión, de lo apolíneo. Pero por más
terrible que sea la verdad comunicada por la tragedia, dice Nietzsche, por
más insoportable que sea la mirada en el abismo de nuestra propia
existencia, existe una alternativa al pesimismo negador de la vida, una
valentía capaz de sobrevivirlo, capaz de comprender lo que el mito trágico
intenta, en últimas, comunicar: “El mito trágico tiene por objeto,
precisamente, convencernos de que aun lo horrible y lo disarmonioso no son
más que un juego estético, en el que la voluntad juega con ella misma en
la plenitud eterna de su alegría”[13].
Entenderlo de otra manera, responder a él con una mera “resignación
schopenhaueriana”, no es más que estropear el grandioso problema griego
y cerrar lo oídos a la voz de lo dionisíaco que nos habla a través de
él (Ver Ensayo de autocrítica,
§6). No
en vano aparece el arte como salvador, y no como destructor de la
existencia. El arte conduce al abismo, pero es a la vez aquel que nos
permite salir de él victoriosos, superarlo como se supera la verdad
terrible de un sueño que, en todo caso, no vamos a poder olvidar. Así
sucede con los griegos y la tragedia: [E]l
griego había contemplado, con mirada penetrante, los espantosos impulsos
destructores de lo que se llama la historia universal, así como la
crueldad de la naturaleza, y se encontraba entonces expuesto al peligro de
aspirar al aniquilamiento búdico de la voluntad. El arte le salva, y por
el arte, se salva a sí mismo –a la vida.[14] Los griegos, por la tragedia,
encuentran una alternativa al pesimismo señalado por Schopenhauer. El
peligro de este pesimismo es el riesgo que corre todo aquel que, ignorando
la advertencia de lo apolíneo, intenta, como el hombre dionisíaco,
descifrar el secreto de la naturaleza. Pero la tragedia, el arte, se
muestra aquí como la alternativa salvadora, como el hilo de Ariadna que
permite a Teseo salir del laberinto. Así lo ejemplifica también
Nietzsche a través de la tragedia moderna, en Hamlet: [E]l
verdadero conocimiento, la visión de la horrible verdad, aniquila toda
motivo impulsor de acción tanto en Hamlet como en el hombre dionisíaco.
Entonces no cabe ningún consuelo: el deseo se lanza por encima de todo un
mundo hacia la muerte y desprecia a los mismos dioses; se reniega de la
existencia [...] Y en este peligro inminente de la voluntad, el arte
avanza entonces como un hechicero salvador y terapéutico: él solo tiene
el poder de transmutar ese hastío de lo que hay de horrible y absurdo en
la existencia, en imágenes que ayudan a soportar la vida.[15]*
La
tragedia no acaba con la vida. El descenso a los infiernos es el paso
previo –y, como se verá, necesario– para la reconquista de la vida
por parte del arte, para el nacimiento de la tragedia, y con ella, para la
conciencia trágica de la necesidad de la ilusión como medio de afirmación
y transfiguración de la vida. Así aparece en algunos de los fragmentos
de la época, y así será confirmado en SVM; y es esto, justamente, lo
que parece desenvolverse en NT a lo largo del viaje que recorre Nietzsche
desde los griegos hasta los modernos. Es esta doble relación, por tanto,
la que me interesa trabajar aquí. 2.
Sófocles
y Edipo: la verdad en la tragedia El problema del valor de la verdad se plantó delante de nosotros, -¿o fuimos nosotros quienes nos plantamos delante el problema? ¿Quién de nosotros es aquí Edipo? ¿Quién Esfinge? Nietzsche.
Más allá del bien y del mal. El
arte poético por excelencia, la tragedia, no es, pues, un mero quedarse
en la apariencia de las cosas, un mero velar el mundo de lo verdadero con
el manto de la ilusión. La poesía, nos dice Nietzsche, “no está fuera
del mundo, como una imposibilidad fantástica de un cerebro de poeta;
quiere ser justamente lo contrario: la expresión sin ambages de la
verdad”[16].
¿Y cuál es esta verdad? Nietzsche continúa: “la tragedia, con ayuda
de su soporte metafísico, nos revela la vida eterna de esta semilla de la
vida, en medio de la perpetua destrucción de las apariencias”[17].
La tragedia trae consigo la revelación de sus misterios, de las fuerzas
originarias que se encuentran bajo todos los movimientos en el mundo,
“la concepción fundamental del monismo universal, la consideración de
la individuación como causa primera del mal”, pero también, a la vez,
“el arte como la esperanza jubilosa de una emancipación del yugo de la
individuación, como el presentimiento de una unidad restablecida”[18].
La tragedia es verdad, no sólo porque revele la semilla eterna de la
vida, la lucha que se encuentra en el origen de todo lo que existe –y
que Schopenhauer describía como el aspecto terrible de la vida–,
sino porque trae consigo, a la vez, una verdad esperanzadora, positiva: la
necesidad del arte como correlato de esta verdad oscura, identificada la
mayoría de las veces con la verdad de lo dionisíaco. Por
supuesto que aquí entran en juego una serie de ambigüedades: a veces
pareciera que la única verdad que la tragedia trae consigo es la verdad
de lo dionisíaco, que se muestra, en ocasiones, como una verdad
embriagadora, afirmadora de la vida, pero sobre todo, como la verdad
terrible del mito, del héroe trágico que sufre las consecuencias de la hybris,
de la desobediencia a las advertencias de lo apolíneo, del exceso de
sabiduría: Edipo descifrando a la Esfinge y pagando por ello el precio
con su propio destino. Sin embargo, esta es sólo una de las perspectivas
de la compleja relación que logra establecer la tragedia entre lo apolíneo
y lo dionisíaco, entre el ensueño y la embriaguez, entre la ilusión
–que ya no es tan ingenua– y el abismo –que ya no parece mostrarse
tan oscuro–. La verdad de la tragedia no puede aparecer sino con esta última;
no puede, por tanto, ser la simple verdad terrible de lo dionisíaco, y
tampoco el mero quedarse en la apariencia de lo apolíneo, pues ambos
existían antes de que lo trágico hiciera su aparición entre los
griegos. Debe resultar, más bien, de esa alianza que se establece entre
ambos impulsos, que da origen a la tragedia, y cuya disolución la hace
desaparecer: [En el
efecto de conjunto de la tragedia] se nos revela la ilusión apolínea
como aquello que en verdad es, como aquella que debe velar sin cesar,
durante la tragedia, la verdadera acción dionisíaca. Pero esta es, sin
embargo, tan poderosa como para llevar al fin al drama apolíneo mismo a
una esfera en la que comienza a hablar el lenguaje de la sabiduría dionisíaca,
y en la que reniega de sí mismo y de su evidencia apolínea. La relación
compleja del espíritu apolíneo y del instinto dionisíaco en la tragedia
debería, por lo tanto, en realidad, ser simbolizada por una alianza
fraternal de estas dos divinidades: Dionisio habla la lengua de Apolo,
pero Apolo habla finalmente la lengua de Dionisio, y de este modo es
alcanzado el fin supremo de la tragedia y del arte.[19] Si
lo apolíneo y lo dionisíaco llegan a ser realmente lo que son en la
tragedia, es porque allí se descubren
a sí mismos como el correlato de su contrario, con el que se
establece, a la vez, y por lo tanto, una relación de necesidad. La verdad
de la tragedia es, así, si se quiere, una doble verdad, o mejor, una verdad
de dos caras: la verdad
de Edipo y la de Sófocles, la verdad del mito (terrible, la sabiduría de
Sileno) y la de su representación (el canto del poeta), o mejor, la
verdad que surge de la “alianza fraternal” entre ambas. Ninguna es
dionisíaca ni apolínea: lo dionisíaco es ahora sabiduría en la
apariencia, lo apolíneo cumple ahora el papel de revelar la verdad en la
ilusión. Es esto lo que logra la representación trágica, la puesta en
escena del mito[20]*,
que se transforma, entonces, en objeto de goce estético[21]*:
El
goce metafísico en lo trágico es una traducción de la inconsciente sabiduría dionisíaca al lenguaje del símbolo: el héroe, la más alta apariencia de la
voluntad, es aniquilado para nuestra diversión; porque no es, a pesar de
todo, más que una apariencia, y la eterna vida de la voluntad no es
siquiera rozada por su aniquilamiento. ‘Creemos en la vida eterna’,
proclama la tragedia; mientras que la música es la Idea inmediata de esta
vida.[22] Esto
no significa otra cosa sino que Edipo no es trágico, sino hasta que Sófocles
lo pone en escena, pues sólo lo terrible del mito, puesto en escena a
través de la representación, logra transmitir aquella verdad
de la tragedia, resultante de la alianza de las dos fuerzas estéticas. El
héroe sólo es trágico gracias al poeta, que le ofrece, en la
representación, la reconciliación: ¡La
soledad terrible del último filósofo![23]*La
Naturaleza lo rodea inmovilizándolo, los buitres se ciernen sobre él. Y
así él le grita a la Naturaleza: ¡Concédeme el olvido, el olvido!
–No, él soporta el sufrimiento
como un titán– hasta que le es concedida la reconciliación en el más
alto arte trágico. 19[26] El poeta es, así, la otra cara de la verdad de la tragedia. La representación, la máscara apolínea del héroe dionisíaco[24]*, es la reconciliación que se ofrece frente a lo insoportable del destino, es la respuesta inevitable a la terrible mirada en el abismo: “Esas apariencias luminosas del héroe de Sófocles –en una palabra: la máscara apolínea– son la ineludible consecuencia de una visión profunda de la horrible naturaleza”[25]. Así, señala Nietzsche, “toda la interpretación del poeta no es más que la imagen luminosa que nos ofrece la Naturaleza sanadora después de una mirada en el abismo”[26] La
relación entre el héroe y el poeta, entre el mito y la representación,
pone en evidencia nuevamente el juego de las fuerzas originarias de lo trágico:
Sófocles no es poeta si no puede cantar la desgracia de Edipo, Edipo no
es trágico si su destino no es reconciliado en la representación. Para
ser trágicos, Sófocles tiene que haber pasado por la “visión profunda
de la Naturaleza”, Edipo por el canto sanador que le ofrece el poeta: En esta horrible tríada de los destinos de Edipo reconozco la marca evidente de esta verdad: aquel que resuelve el enigma de la Naturaleza –la híbrida Esfinge– debe también, como asesino de su padre y esposo de su madre, quebrantar las más santas leyes de la Naturaleza. Sí, el mito parece formular en nuestro oído que la sabiduría, y justamente la sabiduría dionisíaca, es una abominación contra Naturaleza; que aquel que por su saber precipita a la naturaleza en el abismo de la nada, debe atenerse también a experimentar por sí mismo los efectos de la disolución de la Naturaleza [...] tales son las terribles palabras que nos grita el mito. Pero como un rayo de sol, el poeta heleno roza lo sublime y espantosa columna del Memon del mito, de tal manera que, repentinamente, el mito comienza a resonar –¡las melodías de Sófocles![27] Y
todo esto tiene que ver con el papel que le asigna Nietzsche al coro. El
coro, dice en §8, es el
verdadero origen de la tragedia; es el que sabe y proclama la verdad, pero
lo hace a través del lenguaje simbólico, de la creación apolínea de
una “visión”, que más adelante se convertirá en representación escénica
de la tragedia, pero que, originariamente, consigue sus efectos
simplemente a través de la metáfora, que se presenta, a los ojos del
verdadero espectador trágico, como real (cosa de la que es incapaz el
espectador moderno). Así, dice Nietzsche, “llegamos a comprender que la
escena y la acción, en el fondo y en el principio, estaban concebidas sólo
como ‘visión’; que la única ‘realidad’ es precisamente el coro,
que produce él mismo la visión y la expresa con ayuda de toda la simbólica
de la danza, del sonido, de la palabra”[28]
logrando, con ello, recrear lo que más adelante será el “mundo
de ensueño apolíneo de la escena”[29]. El coro es el punto de
encuentro del poeta y el héroe trágico: es él quien declama la
desgracia del héroe, es él, a la vez, quien se encarga de representarlo;
su verdad, esta esfera en la que se encuentran lo dionisíaco y lo apolíneo,
en la que Dionisio se expresa como héroe épico, es la verdad de la
tragedia, la verdad de dos caras, Sófocles y Edipo. Mientras que Edipo, en escena, “parecido a un formidable titán, toma sobre sus hombros el fardo del mundo dionisíaco y nos libra de él”[30], el poeta,
de otra parte, por el mismo mito trágico, sabe mostrar en la persona del héroe trágico el avasallamiento del áspero deseo de vivir esta vida y sugerir, con gesto admonitor, la idea de otra existencia y de una alegría más elevadas entrevistas por el héroe combatiente, y a las cuales se prepara, no por su victorias, sino por sus derrotas y su ruina [...] Y especialmente por el efecto de la música el espectador trágico se ve invadido de este seguro presentimiento de una alegría más elevada, en la cual termina ese camino de derrota y decepción, de suerte que cree oír la voz más secreta de las cosas que, desde el fondo del abismo, le habla inteligiblemente. [31] El
espectador, en la contemplación de la tragedia, percibe entonces la idea
de otra existencia, mejor, más elevada: el destino terrible del héroe
es, en la representación trágica, una esperanza para el espectador. El héroe
trágico encarna la verdad terrible que descubre lo dionisíaco, pero,
gracias al coro, que canta las melodías del poeta, y que logra, por
tanto, poner esta verdad terrible como ilusión, el efecto no es el
nihilismo, sino la afirmación de la vida. Así, como en el caso de Edipo,
su muerte está en función de algo más grande, que, al servicio de la
vida, produce efectos más duraderos: La más
sufriente figura de la escena griega, el desgraciado Edipo, fue concebido
por Sófocles como el hombre noble, destinado, a pesar de su sabiduría,
al error y a la miseria; pero que al final, por sus espantosos
sufrimientos, acabó por ejercer a su alrededor una fuerza mágica
bienhechora, que se deja sentir aún después de su desaparición.[32]* En
la tragedia queda representado el espectáculo del mundo, pero de ella el
hombre puede salir triunfante, pues en ella se hace evidente, una y otra
vez, que la existencia sólo es justificable, pero siempre justificable,
como fenómeno estético. La verdad proclamada por lo trágico es
justamente la constatación, en medio de la representación simbólica del
abismo, de la necesidad de la ilusión, como único medio de afirmar la
existencia: es esto lo que había descubierto Edipo, es éste el mensaje
del poeta en su representación. El último filósofo[33]*.
Él comprueba la necesidad de la ilusión, del arte y del arte dominador
de la vida. [...] ¡Tarea monstruosa y merecedora de la cual sólo es el
arte! ¡Él debe crearlo todo nuevamente, y darle por sí mismo nuevamente
nacimiento a la vida! Lo que el arte puede hacer, nos lo muestran los
griegos: si no los tuviéramos, nuestra fe sería quimérica. 19 [36]. 3. La consolación metafísica: el arte y la afirmación de la vida ¡Oh, estos griegos! Ellos sabían cómo vivir: para eso hace falta quedarse valientemente de pie ante la superficie, el pliegue, la piel, venerar la apariencia [...] Los griegos eran superficiales -¡por ser profundos! Nietzsche. Ciencia Jovial. La
necesidad de la ilusión como único medio para soportar la existencia.
Tal es la verdad que trae la tragedia consigo, tras descender a los
abismos del mito, y contar su camino de regreso a través del lenguaje
simbólico de la representación. Es, a fin de cuentas, una verdad
terrible, pero no necesariamente, como en Schopenhauer, negadora de la
vida. Conduce, como se veía, a la esperanza de una existencia más
elevada, y a la tarea, como descubre “el último filósofo”–el “último
héroe trágico”, Edipo tras la reconciliación que le es concedida por
la tragedia–, de reconstruir una y otra vez el mundo, en medio del juego
permanente de construcción y destrucción que entablan entre sí las
fuerzas constitutivas de la existencia. Esto es lo que Nietzsche denomina,
en contraposición a la resignación trágica schopenhaueriana, la
“consolación metafísica” de lo trágico:
“la consolación metafísica que nos deja, como ya he dicho, toda
verdadera tragedia, el pensamiento de que la vida, en el fondo de las
cosas, a pesar de la variabilidad de las apariencias, permanece poderosa y
llena de alegría”[34].
Y que viene ligada a esa “trágica aspiración” de la “necesidad de
un arte indispensable”[35].
Es sobre esta perspectiva sobre la
que Nietzsche insiste en su Ensayo de Autocrítica, aquella que ya se
mencionaba más arriba, en el primer numeral. Es la perspectiva de la
posibilidad de un pesimismo valiente, temerario, que no tenga que ser
necesariamente signo de decadencia, que no tenga que traer consigo la
resignación, el desespero, el abandono de la voluntad de vivir, aquel
pesimismo por el que se pregunta Nietzsche en su Ensayo de autocrítica: ¿Hay un pesimismo de los fuertes? ¿Una inclinación intelectual a la dureza, al horror, al mal, a la incertidumbre de la existencia, producida por la exuberancia de la salud, por un exceso de vida? ¿Hay quizá un sufrimiento en esta misma plenitud? ¿No hay una valentía temeraria en aquella mirada que busca lo terrible como el enemigo, el digno enemigo contra el cual quiere ensayar todas sus fuerzas, del cual quiere saber qué es el “terror”?[36] Es la perspectiva representada por
los griegos de la época trágica, aquella para la que, como queda claro
en la segunda mitad de NT, Nietzsche considera preparado al pueblo alemán.
Es el pesimismo de los fuertes, que encuentra en el fenómeno estético la
justificación de la vida; es la visión de lo que Nietzsche llama, en NT,
una “metafísica de artista”, que no puede más que subordinar todo al
servicio de la vida, considerando incluso la ciencia, y el afán moderno
de conocer, “con la óptica del artista, y el arte, con la óptica de la
vida”[37].
Por
eso la insistencia de Nietzsche, como se veía (ver página 4), en que el
espectador trágico no se quede en la mera contemplación; la tragedia
obliga a ir más allá de la interpretación de la existencia que a través
de ella se nos ofrece y a pasar al ejercicio de la vida, a la afirmación
de una voluntad de recrear la existencia y de asumirla en toda su terrible
verdad. Por eso, dice Nietzsche, la relación adecuada con la tragedia, la
relación de aquel que es capaz de entender su verdad y asumirla es, como
la del genio productor, el saberse, a la vez, espectador y actor de la
escena del mundo: asumirse como parte de esa voluntad universal, creadora
permanente de apariencias, cuya verdad ha sido trasmitida en la tragedia,
y continuar, con ella, el acto mismo de creación: Sólo
el genio, en el acto de la producción artística, y en cuanto se
identifica con este artista primordial del mundo, sabe algo de la eterna
esencia del arte, pues entonces, de manera asombrosa, se ha hecho
semejante a la turbadora figura de la leyenda, que tenía la facultad de
volver los ojos hacia sí misma para contemplarse: ahora es a la vez
sujeto y objeto, poeta, actor y espectador.[38]
Este
asumirse, este poder ser a la vez actor y espectador, es el asumirse trágico
del hombre, que, consciente de la necesidad de la ilusión, se enfrenta
afirmativa, artísticamente a la vida. Pero
este enfrentamiento artístico a la vida, esta tarea que ahora le
corresponde al arte como actividad afirmativa de la existencia, no resulta
en un arte simplemente superficial, ingenuo, producto de un olvido de la
verdad terrible del mito (ése es el problema de la tragedia optimista de
Eurípides). El arte resultado de la verdad de la tragedia, es decir, la
relación trágica con la verdad de la existencia, es un arte profundo en
su superficialidad. Tal y como le responde el viejo ateniense a aquel
admirador de la belleza trágica griega, se ha de pensar “cuánto no
debió sufrir este pueblo para adquirir tal grado de belleza”[39],
cuánto no debe sufrir el hombre trágico para asumir, tras el abismo,
afirmativamente la existencia, en la necesidad de un arte, por ello,
profundo. El
ejemplo de esta “decisión ética” frente a la verdad de la tragedia
está dado en NT por el filósofo del conocimiento trágico (la
reencarnación moderna de un Sócrates músico), resultado de un
advenimiento necesario de la tragedia en el mundo moderno, tras el cultivo
incondicionado de la seriedad de la ciencia: “¿No debía acaecer
‘necesariamente’ que el hombre trágico de esta civilización, por su
educación voluntaria en la seriedad y en el terror, debía desear un arte
nuevo, ‘el arte de la consolación metafísica’, la tragedia?”[40].
Éste, dice Nietzsche en 19 [35] –en contraposición al filósofo del
conocimiento desesperado, quien se muestra incapaz de abandonar el valor
de su existencia a algo diferente al saber mismo–, experimenta “trágicamente”
la destrucción del piso de la metafísica, cultivando una nueva vida,
devolviéndole sus derechos al arte. Es él quien, en el mundo moderno, en
medio de la relación trágica –no pesimista– con la verdad, proclama
nuevamente la verdad de la tragedia: se debe ser consciente de la
necesidad de la ilusión, la ilusión debe también desearse, pues es ésta
la única manera de justificar la existencia[41]*:
Filósofo del conocimiento trágico. Él doma el impulso desencadenado de saber, no a través de una nueva metafísica. No establece ninguna fe nueva. Él experimenta trágicamente el que el piso de la metafísica haya sido descorrido y no puede, por lo tanto, contentarse nunca con el juego turbulento y variopinto de las ciencias. Cultiva una nueva vida: le devuelve sus derechos al arte. El filósofo del conocimiento desesperado quedará absorbido por el saber ciego: el saber a cualquier precio. Para el filósofo trágico se completa el cuadro de la existencia con la metafísica apareciendo como antropomórfica. Él no es escéptico. Aquí hay un concepto por crear: el escepticismo no es la meta. El impulso de conocimiento, llevado a sus extremos, se inclina contra sí mismo, para avanzar ahora hacia la crítica del saber. El conocimiento al servicio de la mejor vida. Se debe desear incluso
la ilusión – en ello consiste lo trágico. 19 [35]. Es
pues, a esta relación trágica con la verdad, a esta “decisión ética”
afirmativa frente a la verdad de la tragedia, a la que Nietzsche invita a
los lectores de su texto, al final de NT. El llamado de Nietzsche es, así,
el anuncio del hombre trágico, que encarna la posibilidad de un pesimismo
valiente, temerario, afirmativo de la existencia; liberador: Sí, amigos míos, creed conmigo en la vida dionisíaca y en el renacimiento de la tragedia. El tiempo del hombre socrático ha pasado. Con el tirso en la mano coronados de hiedra, y no os asombréis si el tigre y la pantera vienen a echarse cariñosos a vuestros pies. Atreveos a ser hombres trágicos, pues merecéis la libertad.[42]
Con
la tragedia comienza, así, la filosofía nietzscheana, el anuncio del
advenimiento de una nueva cultura. La mirada hacia los griegos, hacia la
cultura trágica, capaz de un pesimismo valiente, de entender la vida
desde la perspectiva de lo sublime, no es la mirada del clasicista, que
intenta retornar a la “armonía” griega. Al contrario, a Nietzsche le
interesa más bien, como a Hölderlin[43]*,
el retorno de los dioses, revivir en el presente a esos dioses caídos, a
esas fuerzas olvidadas, subyacentes bajo el velo de la falsa cultura
moderna, dejadas atrás por el optimismo del socratismo[44]*.
Revivir una verdadera cultura, en la que las fuerzas estéticas que mueven
al mundo, que mueven al hombre, sean ahora afirmadas por la vida, se
confundan una con la otra, haciendo de la realidad una y la misma con las
apariencias, del mundo del ensueño la ilusión de la embriaguez: tal es
el llamado de Nietzsche en el NT, tal es la propuesta de esa nueva metafísica
de artista, que no consiste en otra cosa que en intentar aproximarse al
mundo a través de una mirada y de un lenguaje estéticos. La tragedia le
permite al joven Nietzsche empezar a adquirir, a través de sus símbolos,
ese “lenguaje personal” del que dice carecer, para entonces, en el
Ensayo de autocrítica. Ella se convierte en el medio para plasmar a través
de imágenes, más que de palabras, la visión que tiene del mundo, de la
historia, de la cultura y de la propia vida. Edipo y Sófocles, el héroe
y el poeta, no son otra cosa que las dos caras a través de las que
Nietzsche, poco a poco, logra presentar, como por medio de una obra
representada sobre una escena, el teatro del mundo, su interpretación de
la totalidad de la existencia. Interpretación que se convierte en el
punto de partida, en la voz, en la aproximación poética al enigma del
mundo, presente más claramente ya en aquel que habla tras SVM. 4.
Sobre
verdad y mentira: la voz trágica y la relación trágica con la verdad En
aquel entonces, en la maravillosa aurora de las fuerzas espirituales, la
sensibilidad y el espíritu no poseían aun campos de acción
estrictamente diferenciados [...] poesía y filosofía podían
intercambiar sus funciones, porque ambas, cada una a su manera, hacían
honor a la verdad. Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre. Si
en el NT Nietzsche aún no ha logrado desprenderse de la perspectiva filosófica
que lo precede, si, como él mismo lo dice, no tuvo, para entonces, el
valor de expresar directamente sus “ideas personales y audaces”, sus
“opiniones nuevas e insólitas” (Ver Ensayo de autocrítica, §6), SVM es, por el contrario, un texto que muestra a
Nietzsche liberado ya, hasta cierto punto, de Kant y de Schopenhauer, y,
con ellos, de preocupaciones metafísicas. Es cierto que aún pueden
encontrarse muchos pasajes en los que, una y otra vez, Nietzsche reformula
la visión kantiana del mundo, pasada por el lente de la filosofía de
Schopenhauer[45]*.
Pero la perspectiva parece ser ahora diferente: ya no se trata de
describir, a partir del lenguaje de la filosofía, la esencia del mundo,
las fuerzas vitales que rigen la naturaleza, “lo verdadero” tras las
apariencias[46]*.
Se trata más bien de poner “en práctica”, a través del texto, la
verdad trágica descubierta en NT, conducir poco a poco al lector, como al
espectador de la tragedia antigua, a revivir esa “verdad” (puede ser
una, entre muchas), a entender, a través del canto del poeta, la
necesidad de la ilusión tras la mirada terrible del mito, a soportar,
finalmente, la ausencia de verdades que éste descubre, a través de la
afirmación trágica de la vida, del advenimiento de una nueva cultura,
del renacimiento del hombre intuitivo, del artista auténtico.
La
voz detrás de SVM es, así, una voz trágica, y más específicamente
–si se tienen en cuenta el NT, la intención detrás de muchos de los
fragmentos de la época, y algunos otros textos, tales como el Pathos
de la verdad y la segunda intempestiva– la voz que representa el
renacimiento de una nueva cultura, la voz del filósofo del conocimiento
trágico. Éste, como los griegos antiguos, ha desentrañado la verdad más
terrible de todas, la verdad de que todo aquello que creemos verdadero no
es más que el resultado de una ilusión, de que todo reposa, en últimas,
tal y como ya lo anunciaba Schopenhauer, tal y como lo descubría para los
griegos el mito, en el azar, en la lucha, en lo terrible, o, si se quiere,
siguiendo el NT, de que el hombre, por todo esto, necesita, para soportar
la existencia, de la ilusión. Por esto, en SVM, pueden encontrarse
nuevamente los dos lados de la tragedia: por un lado, la verdad de lo trágico,
las dos caras descubiertas en NT, que vuelven a hablar, una y otra vez, a
lo largo del ensayo; por el otro, la relación trágica con esa verdad
terrible de la necesidad de la ilusión, encarnada ahora por quien habla
detrás del texto. Así, SVM es, por una parte, el anuncio de quien ha
mirado en las profundidades del hombre y de la historia, para comprobar
que todo es creación humana, que todo es ilusión, pero que, como el
poeta tras la mirada en el abismo, no perece ante estas verdades, sino que
las asume en el canto, en la tragedia. Por otra, el texto mismo es, como
la tragedia antigua, una advertencia frente a las desventajas y los
peligros de caer en el nihilismo: destacando la tristeza de la vida del
estoico, Nietzsche rescata la vida exaltada del artista, quien afirma la
vida y la existencia como permanente creación, quien, sabiendo que la
ilusión es la única salida a la verdad terrible descubierta por la
mirada en las profundidades de aquel impulso incondicionado de
conocimiento, busca nuevamente el dominio del arte sobre la vida, libera
la intuición, y, consciente siempre de la necesidad de la ilusión, no
deja tampoco nunca de vivir estéticamente, superficialmente, en medio de
la profundidad que trae consigo la valentía de quedarse en la apariencia.
Tales
son los rasgos que aparecen uno a uno y que quisiera intentar rastrear a
lo largo de SVM. El ensayo puede leerse como el relato del camino
recorrido por el poeta, que conduce, a sus lectores, a volver a recorrerlo
con él: Nietzsche no nos evita la mirada en el abismo, al contrario, nos
conduce de la mano (¿nos arroja?) hacia él, a través de su análisis
genealógico de la cultura, del lenguaje, del conocimiento. Poco a poco,
quien habla nos advierte de los peligros que se corren en el proceso, pero
tampoco evita revelar lo que ha descubierto. Y al final, cuando la verdad
aparece en el mismo nivel de la ilusión, cuando, como en la tragedia, lo
apolíneo no habla más que a través de la boca de Dionisos, descubrimos
que, gracias a ello, hemos sido capaces de soportar el espectáculo
sublime de la destrucción, y que la metáfora, ofrecida como el único
instrumento que queda para salir del juego de la verdad y la mentira –el
único instrumento extramoral– es la vía de regreso a la vida. Lo
importante, parece decir Nietzsche nuevamente, es no olvidar: desear,
querer y ser conscientes de la necesidad de quedarse en el juego
interminable de la ilusión, rescatar al hombre y admirarlo sólo y únicamente
como sujeto artísticamente creador.
No
en vano comienza el texto con una fábula: En algún
remoto rincón del universo centellantemente vertido en innumerables
sistemas solares, hubo una vez un astro sobre el que unos animales astutos
inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y mentiroso de la
“historia universal”: pero ciertamente, sólo un minuto. Después de
algunos respiros de la naturaleza, el astro se entumeció y los astutos
animales tuvieron que morir. (Traducción preliminar, p. 1) Tales
son también las palabras del “impasible demonio” en el Pathos
de la verdad. El hombre, volcando todo el valor de la existencia sobre
el conocimiento, al descubrir que éste era sólo un invento, desespera y
muere, “maldiciendo en la muerte a la verdad”[47].
“Tal sería la suerte del hombre –continúa Nietzsche– si sólo
fuese un animal que conoce; la verdad lo impulsaría a la desesperación y
al aniquilamiento, la verdad de estar condenado eternamente a la
no-verdad”[48].
SVM comienza así, tal como termina el PV, anunciando la terrible verdad
descubierta en el abismo: el hombre está condenado a perecer, dice el
mito a través de la voz del poeta. La máscara de lo dionisíaco,
hablando a través de lo apolíneo: la voz del pesimismo valiente,
temerario, que ya ha descubierto la terrible verdad que yace bajo la ilusión
de lo humano, y sin embargo sobrevive para contarlo, para narrarlo en el
texto, para mostrar, finalmente, como lo hacen Sófocles y Esquilo, que
hay otra alternativa a la desesperación. Es la voz trágica, cuya verdad,
de dos caras, habla a través del texto. Primero
aparece la voz de lo apolíneo, aquella que advierte de las consecuencias
del exceso de sabiduría, de la hybris
y la curiosidad humana: ¡Qué
sabe realmente el hombre de sí mismo! En efecto, ¿sería capaz, siquiera
por una vez, de percibirse completamente puesto como en una vitrina
iluminada? ¡Cómo si la naturaleza no le guardara silencio sobre la mayoría
de las cosas, incluso sobre su cuerpo, para así desterrarlo lejos de los
repliegues de los intestinos, de los rápidos de los torrentes sanguíneos,
de los intrincados temblores de sus fibras, y recluirlo en una conciencia
orgullosa y embustera! Ella botó la llave: y ay de la curiosidad funesta
que, desde el recinto de la conciencia, a través de una fisura, fuera
capaz de mirar hacia fuera y hacia abajo y sospechara que en la
indiferencia de su no saber el hombre descansa sobre lo despiadado, lo
codicioso, lo insaciable, lo asesino, y, por decirlo así, colgando en sueños
del lomo de un tigre. (Traducción preliminar, p. 2-3) Edipo
descifra, con su sabiduría, a la Esfinge: obliga a la Naturaleza a contar
sus secretos, aquellos que ella muy sabiamente ha querido callar. El
resultado puede ser, advierte el texto, el aniquilamiento, la desesperación:
quien lo lleve a cabo, tendrá que sufrir las consecuencias de su propia y
funesta curiosidad. Descubrir, como Schopenhauer en la tragedia, que la
existencia descansa en la injusticia, en lo despiadado, en lo
“inmoral”. Y sin embargo, hay quien se atreve a recorrer el camino, a
pesar de las consecuencias negativas y perjudiciales que tal verdad pueda
traer consigo, a pesar de que ello, como advierte nuevamente el texto,
acabe enseguida con su “autoestima”: sólo
porque el hombre se olvida de sí mismo como sujeto, y por cierto, como
sujeto artísticamente creador,
vive con alguna tranquilidad, seguridad y coherencia; si pudiera salir por
un sólo instante de los muros de prisión de esta creencia, se acabaría
así en seguida su “autoestima” (Traducción preliminar, p. 8) Entra
aquí, entonces, la voz de lo dionisíaco, que escoge, como el mito, no
olvidar[49]*,
recordar aquello que el hombre es en su sentido más propio, rescatarlo
como sujeto artísticamente creador, y descubrir, por ello, a la vez, el origen
(Entstehung, Herkunft) de la verdad: ¿Qué
es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias,
antropomorfismos, en breve, una suma de relaciones humanas, que fueron poética
y retóricamente realzadas, transpuestas, adornadas y que, tras largo uso,
a un pueblo le parecen fijas, canónicas y obligatorias: las verdades son
ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han
desgastado y han perdido su fuerza sensible, monedas que han perdido su
imagen y ahora sólo cuentan como metal, ya no como monedas (Traducción
preliminar, p. 5-6) El
análisis genealógico del lenguaje, llevado a cabo por Nietzsche, trae
como resultado la única verdad posible, la verdad de la ilusión: en el
fondo de las cosas, tal y como descubre el héroe trágico a través del
canto del poeta, las fuerzas que mueven al mundo están en un juego
constante, no hay nada que descubrir, excepto que todo aquello que tenga
apariencia de permanencia, de “fijeza”, de estabilidad, todo aquello
que el hombre cree necesitar para vivir “tranquila y coherentemente”,
no es más que el resultado de una creación. Pero en ello, dice
Nietzsche, dice el hombre trágico, no cabe la desesperación; al
contrario, puede aquí admirarse al hombre como genio constructor, el
hombre es digno, por ello, de gran admiración (Ver traducción
preliminar, p. 7). El
hombre trágico, la mirada de Edipo a través de Sófocles, la verdad del
mito entendida con los ojos de la valentía temeraria de lo trágico,
proclama al hombre como lo que realmente es, como lo que debe ser en orden
a dominar la vida, a soportar y afirmar la existencia, en lugar de caer en
la desesperación: el verdadero impulso del hombre se ha refugiado en el
arte, y es allí donde debe buscarse, donde debe ser rescatado: Aquel
impulso hacia la formación de metáforas, aquel impulso fundamental del
hombre, con el que no es posible dejar de contar por siquiera un instante,
porque con ello se descontaría al hombre mismo, no queda en verdad
sometido y apenas si domado,
al ser edificado a partir de sus volátiles productos, los conceptos, un
mundo nuevo, regular y rígido, como fortaleza para el hombre. Se busca un
nuevo ámbito para su efectuar y otro cauce y lo encuentra en el mito, y ante todo en el
arte (Traducción preliminar, p. 11). El
impulso artístico –descrito por Nietzsche como “el ansia de
configurar el mundo existente del hombre despierto de un modo tan
colorido, irregular, sin consecuencias, inconexo, tan encantador y
eternamente nuevo como lo es el mundo de los sueños” (Traducción
preliminar, p. 11)– debe ser recuperado, debe volver a ponerse en la
escena de la cultura. ¿Existe la posibilidad de tal recuperación?, ¿existe,
incluso, la posibilidad de tal cultura? Nuevamente, como en el NT,
Nietzsche se refiere a los griegos antiguos, a la Grecia trágica, donde
los dos instintos, configuradores de la existencia, lo apolíneo y lo
dionisíaco, aparecen fraternalmente aliados; donde, por consiguiente, la
realidad se confunde con la apariencia: La
vigilia de un pueblo míticamente excitado, como la de los más antiguos
griegos, es de hecho, por la maravilla que se efectúa constantemente, tal
como el mito la acoge, más parecida al sueño que al día del pensador
científicamente desembriagado. Si cada árbol puede alguna vez hablar
como ninfa o un dios raptar doncellas bajo la envoltura de un toro, si la
mismísima diosa Atenea es vista de repente recorriendo los mercados de
Atenas, con una hermosa yunta, en compañía de Pisístrato – y esto lo
creía el honesto ateniense– entonces en cada instante, como en un sueño,
todo es posible, y la naturaleza toda revolotea en torno al hombre, como
si no fuese más que la mascarada de los dioses, para quienes el timar al
hombre no sería más que un divertimento (Traducción preliminar, p. 11). Sólo
donde el mito aún sobrevive, donde no se han alterado, como sucede con Sócrates,
los impulsos naturales del hombre, es decir, donde el instinto triunfa
sobre la razón, donde el primero es aún “la fuerza poderosa, positiva,
creadora, y la razón consciente una función crítica, desalentadora”[50],
sólo en tal cultura es liberado el impulso intuitivo del hombre, aquel
del que, como ya ha dicho Nietzsche, el hombre no puede descontar, porque
se descontaría a sí mismo: El
intelecto, aquél maestro de la simulación, sólo es libre y está
eximido de su esclavitud, siempre y cuando pueda engañar sin hacer daño,
y celebra entonces sus Saturnales; nunca es más abundante, más rico, más
orgulloso, más hábil ni más audaz. Con un placer creador desordena las
metáforas y corre los hitos de la abstracción, de modo que, por ejemplo,
designa el río como el camino móvil que lleva al hombre hacia donde él
de ordinario caminaría. Ahora se ha despojado del signo del servilismo:
de ordinario esmerado con melancólica solicitud, por mostrar a un pobre
individuo ávido de existencia el camino y las herramientas, y como un
criado saliendo en busca de robo y botín para su señor, se ha vuelto
ahora amo y señor y le es permitido borrar la expresión de indigencia de
sus gestos. Haga lo que haga ahora, todo, en comparación con su hacer
anterior, lleva sobre sí la simulación y la tergiversación, así como
aquel la desfiguración. Él copia la vida del hombre, la toma, sin
embargo, por una buena cosa y parece darse por satisfecho con ella.
(Traducción preliminar, p. 12) El
llamado de Nietzsche se transforma, al final de SVM, en el mismo llamado
que le hace a sus lectores en el NT: sólo a través de la recuperación
del arte como dominio de la vida, de la liberación del intelecto a través
de la creación, del advenimiento, en últimas, del espíritu trágico
–aquel con el que los griegos pudieron, antes de extinguirse, respirar
por última vez, llegar a ser grandes– se puede recuperar, formular,
revivir una verdadera cultura: Donde quiera que el
hombre intuitivo, como en la Grecia arcaica, maneja sus armas más
violenta y victoriosamente que su contraparte, puede formarse, en
condiciones propicias, una cultura, y puede fundarse el dominio del arte
sobre la vida; aquel trastocar, aquel negar la indigencia, aquel brillo de
las intuiciones metafóricas y, en general, aquella inmediatez del engaño
acompañan todas las manifestaciones de una vida semejante. (Traducción
preliminar, p. 13) Allí
donde renace el hombre intuitivo, aquel que, como el filósofo del
conocimiento trágico, descubre la necesidad del dominio del arte sobre la
vida (Ver 19 [36]), es posible, para el hombre moderno, sobrevivir la caída
en el abismo y afirmar nuevamente la voluntad de vivir. Una voluntad que,
más claramente que antes, aparece esbozada bajo los mismos trazos que la
voluntad de arte, bajo la figura del artista, para quien lo real no es más
que “la vida trastocada en apariencia y belleza” (Traducción
preliminar, p. 13): Mientras
que el hombre que es guiado por conceptos y abstracciones tan sólo aparta
la desdicha por medio de éstos, sin siquiera arrancar dicha alguna de las
abstracciones, mientras que él aspira a estar lo más libre posible de
dolores, el hombre intuitivo, estando en medio de una cultura, además de
evitar la desgracia, cosecha ya, de sus intuiciones, una iluminación, una
serenidad y una redención continuamente afluyentes. Sin duda sufre más
intensamente cuando sufre; más aún, sufre más a menudo, pues no sabe
aprender de la experiencia y siempre cae en el mismo foso en el que ya ha
caído una vez. En el sufrimiento es entonces
tan irracional como en la dicha, grita fuerte y no tiene consuelo.
¡Cuán distinto ocurre con el mismo infortunio del hombre estoico,
instruido en la experiencia y moderado gracias a los conceptos! Él, que sólo
busca sinceridad, verdad, liberarse de engaños y resguardo ante el
cautivador tomar por sorpresa, representa ahora en la desdicha la obra
maestra de la tergiversación, como aquél lo hace en la desdicha; él no
lleva una cara humana convulsiva ni móvil , sino, por decirlo así, una máscara con una digna
simetría en sus rasgos, nunca grita ni altera su voz. Cuando una nube de
tormenta se descarga sobre él, se envuelve en su manto y se va con paso
lento bajo ella. (Traducción preliminar, p. 13) El
artista, el hombre intuitivo, es el hombre trágico, aquel que encarna,
como el Nietzsche de SVM, una relación trágica con la verdad, en la que
la seriedad del hombre de conocimiento se transforma en un juego
permanente con la existencia. El hombre trágico, quien encarna la alianza
entre lo apolíneo y lo dionisíaco, “una dicha sublime y una olímpica
serenidad” (Traducción preliminar, p. 13), ya
no le teme a las verdades perjudiciales, porque ha descubierto, junto con
ellas, la posibilidad de una comprensión estética de la existencia, en
la que el dolor, como para los griegos, es tan bello como la dicha, en la
que se acepta, sin reparos, la necesidad mutua del sufrimiento y de la
ilusión. El
mensaje de Nietzsche, en SVM, no es, así, diferente al mensaje de la
tragedia griega. El texto mismo no se limita a anunciar, como el NT, la
necesidad de una cultura por venir, sino que encarna, a través de sus
diferentes voces, de sus imágenes, de las verdades que anuncia, el
mensaje del poeta. Nietzsche es aquí, a la vez, Edipo y Sófocles; su
discurso ejemplifica aquello que los fragmentos de la época buscan
confirmar: la unidad de la filosofía y el arte como meta de la cultura
(Ver 19 [51]), como actividades creadoras y afirmadoras de la vida. Tanto
filosofía como poesía –parafraseando a Schiller– deben hacer honor a
la vida. La
filosofía, dice Nietzsche, debe producir la necesidad de la tragedia (19
[321]); no encuentro una mejor manera de describir la intención del autor
de SVM. El recorrido que describe, el abismo que abre y supera para el
lector, no es otra cosa que el relato de la imagen del mundo, la puesta en
escena del trayecto que recorre la filosofía, desde sus inicios, hasta su
autodestrucción, necesaria, a la vez, para el renacimiento de la vida.
Tal es la representación del gran teatro del mundo, tal es la narración
trágica de la existencia. Nietzsche es el personaje principal, pero
quiere que todos seamos sus espectadores. Consideraciones bibliográficas
Para
Schopenhauer utilicé la edición en alemán de Die
Welt als Wille und Vorstellung. Ed. Könemann. Köln, 1997. Me ayudé
de la traducción en español de Eduardo Ovejero y Maury en Ed. Porrúa, México,
1997 (pero la mayoría de las citas tienen muchas correcciones con
respecto a esta versión). Para
el NT utilicé la versión en alemán que tenemos en el CD rom, y me ayudé
de la traducción al español de Eduardo Ovejero en Ed. Porrúa, México,
1999 (nuevamente, en las citas hay muchas correcciones a esta versión).
Para
SVM utilicé la versión en alemán de Karl Schlechta que aparece en la
edición de Insel Verlag, Frankfurt, 2000. Las citas en español, por
supuesto, son de nuestra traducción. Las
páginas de las citas del PV son las de la versión en alemán que nos dio
Germán (se me olvidó confirmar la bibliografía). Los
fragmentos a los que hago referencia aparecen en las copias que todos
tenemos de la Kritische
Gesamtausgabe, fragmentos desde el verano de 1872 hasta comienzos de
1873, por lo que no he puesto la versión en alemán. Las correspondencias
en el texto en inglés son las siguientes: 19 [35]: 37, 19 [36]: 38-39, 19
[51]: 7 de p. 157, 19 [126]: 85, 19 [131]: 87, 19 [321]: 1 de p. 153. La
traducción es mía. Todos los demás fragmentos que hablan sobre la
tragedia, la resignación trágica, el filósofo del conocimiento trágico,
etc... son (aquí sí no hago las correspondencias al inglés): 19 [10,
13, 18, 70, 89, 104, 131, 212, 214, 248, 270, 285, 319, 322]. Los textos que me han ayudado a comprender mejor la posición de Nietzsche tanto en NT como en SVM ya han sido mencionados en la notas al pie. Recomendaría, sobre todo, para entender el problema de la tragedia, el texto de Manuel Barrios Casares. [1] Identificar lo primero con lo dionisíaco y lo segundo con lo apolíneo, es ya, sin embargo, problemático. A pesar de utilizar un lenguaje ajeno, como lo manifiesta Nietzsche en el Ensayo de autocrítica (Ver §6), el contenido de los conceptos en juego ya es diferente al del lenguaje schopenhaueriano. Esto quedará más claro en la relación particular que se establece entre lo dionisíaco y lo apolíneo en la tragedia. (Como muchas de las notas al pie son simplemente la versión en alemán del fragmento o la cita que pongo en español, distingo con el asterisco*, en el texto, las notas al pie que tienen algún comentario adicional). [2]
“Welche Erkenntnissart
nun aber betrachtet jenes ausser und unabhängig von aller Relation
bestehende, allein eigentlich Wesentliche der Welt, den wahren Gehalt
ihrer Erscheinungen, das keinem Wechsel Unterworfene und daher für
alle Zeit mit gleicher Wahrheit Erkannte, mit einem Wort, die Ideen,
welche die unmittelbare und adäquate Objektivität des Dinges an
sich, des Willens, sind? –Es ist die Kunst,
das Werk des Genius”. WWV. §36.
[3] Ver en NT, por ejemplo, al final de §21: con el fin supremo de la tragedia se alcanza, también, el fin supremo del arte en general. [4]
“Als der Gipfel der Dichtkunst [...] ist das Trauerspiel anzusehen
und ist dafür anerkannt. Es ist für das Ganze unserer gesammten
Betrachtung sehr bedeutsam und wohl zu beachten, dass der Zweck dieses
höchste poetische Leistung die Darstellung der schrecklichen Seite
des Lebens ist, dass der namenlose Schmerz, der Jammer der Menschheit,
der Triunph der Bosheit, die höhnende Herrschaft des Zufalls und der
rettunglose Fall der Gerechten und Unschuldigen uns hier vorgeführt
werden: denn hierin liegt ein bedeutsamer Wink über die
Beschaffenheit der Welt und des Daseyns. Es ist der widerstreit des
Willens mir sich selbst, welcher hier, auf der höchsten Stufe seiner
Objektivität, am vollständigsten entfaltet, furchtbar
hervortritt”. WWV. §51. [5] Para un análisis más detallado del significado de la tragedia para Schopenhauer, ver el segundo capítulo del libro de Manuel Barrios Casares, “La concepción schopenhaueriana de la tragedia”, en Voluntad de lo trágico: el concepto nietzscheano de voluntad a partir de El nacimiento de la tragedia. Ed. Er, Revista de Filosofía, Sevilla, 1993. [6]
“[...] die vollkommene Erkenntniss des Wesens der Welt, asl Quietiv
des Willens wirkend, die Resignation herbeiführt, das Aufgeben, nicht
bloss des Lebens, sondern des ganzen Willens zum Leben selbst. So
sehen wir im Trauerspiel zuletzt die Edelsten, nach langem Kampf und
Leiden, den Zwecken, die sie bis dahin so heftig verfolgten, und allen
den Genüseen des Lebens auf immer entsagen, oder es selbst willig und
freudig aufgeben.” WWV. §51. Es interesante ver aquí, como lo
destaca Barrios Casares (58), que la palabra utlizada por Schopenhauer
para hablar de la tragedia no es la palabra en alemán „Tragödie“,
que hace referencia sobre todo a la tragedia clásica, sino
„Trauerspiel“, alusiva, sobre todo, al drama
moderno. Como también se dará cuenta el joven Hegel (Ver, por
ejemplo, el Ensayo sobre derecho
natural, y, para el análisis de ello SCHULTE, Michael.
Die Tragödie im Sittlichen. Wilhelm Fink Verlag, München, 1992),
el fin del drama moderno es, desde el punto de vista de Schopenhauer,
mucho más „trágico“, en la medida en que sus personajes desisten
mucho más fácilmente de la vida. La tragedia antigua, por el
contrario, como lo muestra, entre otros, Werner Jaeger en Paideia
(ver los capítulos I,II y IV) ennoblece al hombre en medio de su
desgracia. Es esto, sobre todo, lo que querrá rescatar Nietzsche en
su análisis. [7]
“Gegen die Moral also kehrte sich damals, mit diesem fragwürdigen
Buche, mein Instinkt, als ein fürsprechender Instinkt des Lebens, und
erfand sich eine grundsätzliche Gegenlehre und Gegenwerthung des
Lebens, eine rein artistische, eine antichristliche”. Ensayo de
autocrítica. §5. p. 9 en la versión en español, de aquí en
adelante la pongo al final de las citas, entre paréntesis. Para la
relación entre la filosofía schopenhaueriana y la filosofía moral,
cristiana, es aclarador el ensayo de Marta Nussbaum „The
transfiguration of intoxication: Nietzsche, Schopenhauer, and
Dionysus“ en KEMAL, Salim (ed.). Nietzsche,
philosohpy and the arts. Cambridge U.P. Cambrdige, 1998. pp.37-69.
[8]
Es interesante, en este sentido, la comparación que ofrece Kaufmann,
desde el punto de vista de la interpretación de la tragedia, entre
Schopenhauer y Nietzsche. La tragedia, en Nietzsche, al contrario de
lo que sucede con Schopenhauer, sugiere que la vida y el mundo son
bellos a pesar de todo sufrimiento, de toda crueldad: “If there is
more misery in Lear and Hamlet, Oedipus and Agamenon, than in our own
experience, they are also incomparably more beautiful”. KAUFMANN,
Walter. Tragedy and Philosophy.
Princenton U.P., New Jersey, 1992. [9]
El pesimismo de Schopenhauer es el pesimismo negador de la vida, que
se contrapone al pesimismo valiente de la tragedia. Aparece en los
fragmentos de la época la mayoría de las veces como
“escepticismo”. Ver, por ejemplo, 19[35].
[10]
“Wie nun der Philosoph zur Wirklichkeit des Daseins, so verhält
sich der künstlerisch erregbare Mensch zur Wirklichkeit des Traumes;
er sieht genau und gern zu: denn aus diesen Bildern deutet
er sich das Leben, an diesen Vorgängen übt
er sich für das Leben” §1 (p.18). Las negrillas son mías.
[11]
“Verstehen wir doch jetzt, was es heissen will, in der Tragödie
zugleich schauen zu wollen
und sich über das Schauen
hinaus zu sehnen” §24 (p. 116). Las negrillas son mías.
[12]
“die Kunst nicht nur Nachahmung der Naturwirklichkeit, sondern
gerade ein metaphysisches Supplement der Naturwirklichkeit ist, zu
deren Ueberwindung neben sie gestellt. Der tragische Mythus, sofern er
überhaupt zur Kunst gehört, nimmt auch vollen Antheil an dieser
metaphysischen Verklärungsabsicht der Kunst überhaupt” §24 (p
115). [13]
“in welchem Sinne uns gerade der tragische Mythus zu überzeugen
hat, dass selbst das Hässliche und Disharmonische ein künstlerisches
Spiel ist, welches der Wille, in der ewigen Fülle seiner Lust, mit
sich selbst spielt” §24 (p. 116). [14]“der
[Hellene] mit schneidigem Blicke
mitten in das furchtbare Vernichtungstreiben
der sogenannten Weltgeschichte, eben so wie in die Grausamkeit
der Natur geschaut hat und in Gefahr ist, sich nach einer
buddhaistischen Verneinung des Willens zu sehnen.
Ihn rettet die Kunst,
und durch die Kunst rettet ihn sich — das Leben” §7 (p. 42). [15]“die
wahre Erkenntniss, der Einblick in die grauenhafte Wahrheit überwiegt
jedes zum Handeln antreibende Motiv, bei Hamlet sowohl als bei dem
dionysischen Menschen. Jetzt verfängt kein Trost mehr, die Sehnsucht geht über
eine Welt nach dem Tode, über die Götter selbst hinaus, das Dasein
wird [...] verneint” [...] “Hier, in dieser höchsten Gefahr des
Willens, naht sich, als rettende, heilkundige Zauberin, die Kunst; sie
allein vermag jene Ekelgedanken über das Entsetzliche oder Absurde
des Daseins in Vorstellungen umzubiegen, mit denen sich leben lässt”
§7 (p. 43). Esta relación con el arte como salvador será mejor
explicada en el siguiente numeral: es el hecho de poner a Hamlet en
escena lo que salva al hombre de la verdad terrible que la represenación
misma comunica. [16]
“Die
Sphäre der Poesie liegt nicht
ausserhalb der Welt, als eine phantastische Unmöglichkeit
eines Dichterhirns: sie will das gerade Gegentheil sein, der
ungeschminkte Ausdruck der Wahrheit” §8 (p. 44). [17]“die
Tragödie mit ihrem metaphysischen Troste auf das
ewige Leben jenes Daseinskernes, bei dem fortwährenden Untergange der Erscheinungen, hinweist” §8 (p. 44). [18]
“die Mysterienlehre der Tragödie zusammen: die Grunderkenntniss von
der Einheit alles Vorhandenen, die Betrachtung der Individuation als
des Urgrundes des Uebels, die Kunst als die freudige Hoffnung, dass
der Bann der Individuation zu zerbrechen sei, als die Ahnung einer
wiederhergestellten Einheit” §10 (p. 55). [19]
“Und damit erweisst sich die apollinische Täuschung als das, was
sie ist, als die während der Dauer der Tragödie anhaltende
Umschleierung der eigentlichen dionysischen Wirkung: die doch so mächtig
ist, am Schluss das apollinische Drama selbst in eine Sphäre zu drängen,
wo es mit dionysischer Weisheit zu reden beginnt und wo es sich selbst
und seine apollinische Sichtbarkeit verneint.
So wäre wirklich das schwierige Verhältniss des Apollinischen
und des Dionysischen in der Tragödie durch einen Bruderbund beider
Gottheiten zu symbolisiren: Dionysus redet die Sprache des Apollo,
Apollo aber schliesslich die Sprache des Dionysus: womit das höchste
Ziel der Tragödie und der Kunst überhaupt erreicht ist” §21 (p.
106). [20] En esta puesta en escena la música juega un papel determinante. Esto no será analizado aquí, sin embargo Nietzsche le dedica a esto gran parte de sus reflexiones. Ver, por ejemplo, §10. [21] Por supuesto, el problema de la tragedia es el problema de lo sublime, lograr transformar en goce estético aquello que causaría normalmente sólo temor, tal y como aparece claramente desde la Poética de Aristóteles: “Y los que mediante el espectáculo no producen el temor, sino tan sólo el asombro, nada tienen que ver con la tragedia, pues no hay que pretender de la tragedia cualquier placer, sino el que le es propio [...] el poeta debe proporcionar por la imitación el placer que nace de la compasión y del temor” 1453b 9-13. [22]“Die
metaphysische Freude am Tragischen ist eine Uebersetzung der instinctiv
unbewussten dionysischen Weisheit
in die Sprache des Bildes:
der Held, die höchste Willenserscheinung, wird zu unserer Lust
verneint, weil er doch nur Erscheinung ist, und das ewige Leben des
Willens durch seine Vernichtung nicht berührt wird.
„Wir glauben an das ewige Leben“, so ruft die Tragödie; während
die Musik die unmittelbare Idee dieses Lebens ist”. §16 (p. 82).
Las negrillas son mías. [23] Edipo es, en los fragmentos, el último filósofo. Ver, por ejemplo, 19 [131]. [24] El héroe, como lo dice Nietzsche en §10, no es otro, siempre, que el mismo Dionisos. [25]“[...]
jene Lichtbilderscheinungen des sophokleischen Helden, kurz das
Apollinische der Maske, nothwendige Erzeugungen eines Blickes in's
Innere und Schreckliche der Natur sind” §9 (p. 49). [26]“und
hier zeigt sich, dass die ganze Auffassung des Dichters nichts ist als
eben jenes Lichtbild, welches uns, nach einem Blick in den Abgrund,
die heilende Natur vorhält” §9 (p. 50). [27]
“Diese Erkenntniss sehe ich in jener entsetzlichen Dreiheit der
Oedipusschicksale ausgeprägt: derselbe, der das Räthsel der Natur
jener doppeltgearteten Sphinx löst, muss auch als Mörder des
Vaters und Gatte der Mutter die heiligsten Naturordnungen zerbrechen.
Ja, der Mythus scheint uns zuraunen zu wollen, dass die
Weisheit und gerade die dionysische Weisheit ein naturwidriger Greuel
sei, dass der, welcher durch sein Wissen die Natur in den Abgrund der
Vernichtung stürzt, auch an sich selbst die Auflösung der Natur zu
erfahren habe. [...] solche schreckliche Sätze ruft uns der Mythus
zu: der hellenische Dichter aber berührt wie ein Sonnenstrahl die
erhabene und furchtbare Memnonssäule des Mythus, so dass er plötzlich
zu tönen beginnt — in sophokleischen Melodieen!” §9 (p. 50).
[28]
“[...] sind wir jetzt zu der Einsicht gekommen, dass die Scene sammt
der Action im Grunde und ursprünglich nur als Vision gedacht wurde,
dass die einzige „Realität“ eben der Chor ist, der die Vision aus
sich erzeugt und von ihr mit der ganzen Symbolik des Tanzes, des Tones
und des Wortes redet” §8 (p. 47). [29]
“in der
apollinischen Traumwelt der Scene”
§8 (p. 48). [30]
“der [der
tragische Helden] dann, einem mächtigen Titanen gleich, die ganze
dionysische Welt auf seinen Rücken nimmt und uns davon entlastet”
§21 (p. 101) [31]“andrerseits
durch denselben tragischen Mythus, in der Person des tragischen
Helden, von dem gierigen Drange nach diesem Dasein zu erlösen weiss,
und mit mahnender Hand an ein anderes Sein und an eine höhere Lust
erinnert, zu welcher der kämpfende Held durch seinen Untergang, nicht
durch seine Siege sich ahnungsvoll vorbereitet. [...] insbesondere überkommt
durch sie [durch die Musik] den tragischen Zuschauer gerade jenes
sichere Vorgefühl einer höchsten Lust, zu der der Weg durch
Untergang und Verneinung führt, so dass er zu hören meint, als ob
der innerste Abgrund der Dinge zu ihm vernehmlich spräche” §21 (p.
101-2). [32]
“Die leidvollste Gestalt der griechischen Bühne, der unglückselige
Oedipus, ist von Sophokles als der edle Mensch verstanden worden, der
zum Irrthum und zum Elend trotz seiner Weisheit bestimmt ist, der aber
am Ende durch sein ungeheures Leiden eine magische segensreiche Kraft
um sich ausübt, die noch über sein Verscheiden hinaus wirksam ist”
§9 (p. 49). Aquí se refiere Nietzsche al hecho de que, en Sófocles,
según la predicción del oráculo, la ciudad que poseyera enterrado
el cadáver de Edipo sería invulnerable. Esto queda claro en la
tragedia, tan mencionada por Nietzsche, de Edipo
en Colona. [33]
Nuevamente, Edipo. [34]
“Der metaphysische Trost, — mit welchem, wie ich schon hier
andeute, uns jede wahre Tragödie entlässt — dass das Leben im
Grunde der Dinge, trotz allem Wechsel der Erscheinungen unzerstörbar
mächtig und lustvoll sei” §7 (p. 42). [35]
“der tragischen Kunstbedürftigkeit” §16 (p. 77). [36]
“Giebt es einen Pessimismus der Stärke?
Eine intellektuelle Vorneigung für das Harte, Schauerliche, Böse,
Problematische des Daseins aus Wohlsein, aus überströmender
Gesundheit, aus Fülle des Daseins? Giebt es vielleicht ein Leiden an der Ueberfülle selbst?
Eine versucherische Tapferkeit des schärfsten Blicks, die nach
dem Furchtbaren verlangt, als nach dem Feinde, dem würdigen Feinde,
an dem sie ihre Kraft erproben kann? an dem sie lernen will, was „das Fürchten“ ist?”
Ensayo de autocrítica. §1 (p. 3-4). [37]
“[...] die Wissenschaft unter der Optik des Künstlers zu sehn, die
Kunst aber unter der des Lebens…” Ensayo de autocrítica, §2 (p.
5). [38]
“Nur soweit der Genius im Actus der künstlerischen Zeugung mit
jenem Urkünstler der Welt verschmilzt, weiss er etwas über das ewige
Wesen der Kunst; denn in jenem Zustande ist er, wunderbarer Weise, dem
unheimlichen Bild des Mährchens gleich, das die Augen drehn und sich
selber anschaun kann; jetzt ist er zugleich Subject und Object,
zugleich Dichter, Schauspieler und Zuschauer” §5 (p. 35). [39]
“wie viel musste dies Volk leiden, um so schön werden zu können!”
§25 (p. 118). [40]
“[...] sollte es nicht nöthig sein, dass der tragische Mensch
dieser Cultur, bei seiner Selbsterziehung zum Ernst und zum Schrecken,
eine neue Kunst, die Kunst des metaphysischen Trostes, die Tragödie
[...] begehren [...] muss?” §18 (p. 90). [41] No hablo aquí de cómo el filósofo del conocimiento trágico llega a esta actitud trágica frente a la verdad. Quería solamente ejemplificar una de las maneras más claramente descritas por Nietzsche de relación trágica con la verdad de la tragedia. [42] “— Ja, meine Freunde, glaubt mit mir an das dionysische Leben und an die Wiedergeburt der Tragödie. Die Zeit des sokratischen Menschen ist vorüber: kränzt euch mit Epheu, nehmt den Thyrsusstab zur Hand und wundert euch nicht, wenn Tiger und Panther sich schmeichelnd zu euren Knien niederlegen. Jetzt wagt es nur, tragische Menschen zu sein: denn ihr sollt erlöst werden” §20 (p. 100). [43] La mención de Hölderlin aquí no es casual. El Nietzsche del NT está ya muy familiarizado con la obra poética de Hölderlin, a quien considera, o por lo menos consideró, entre sus autores favoritos –Barrios Casares menciona, al respecto, la Carta a mi amigo, en la que le recomiendo la lectura de mi poeta favorito, fechada el 19 de octubre de 1861 (Barrios Casares, 74). Hölderlin aparecerá mencionado, entre otros textos de la época, en la primera consideración intempestiva, y en algunos de los fragmentos de 1872-3. [44] Hay un fragmento, entre los textos en inglés, que no he podido encontrar en la versión en alemán, y que describe esta manera no clasicista en la que Nietzsche entiende su relación con la antigüedad, con la tragedia griega: “La antigüedad griega proporciona el conjunto clásico de ejemplos para la interpretación de toda nuestra cultura y su desarrollo. Es un medio para entendernos a nosotros mismos, un medio de regular nuestra época –y, por lo tanto, un medio para superarla”. Nietzsche rechaza, en el mismo fragmento, la mera imitación de la antigüedad. Ver BREAZEALE, Daniel (ed.). Philosophy and Truth. Selections from Nietzsche’s Notebooks of the early 1870’s. Humanities Press International Inc., New Jersey, 1992, p. 127. [45] Pasajes en los que intérpretes como Maude Marie Clark se basan para mostrar que el Nietzsche de SVM es aún metafísico (Nietzsche on Truth and Philosophy. Cambridge U.P., 1990. Cap. 1-3). Si lo es, o no, no es un problema que me interesa abordar en este texto, porque, finalmente, considero que esa no es la perspectiva principal del ensayo de Nietzsche, y que dilucidarla no aclara mucho la intención general del autor. Ayuda mucho más preguntarse quién es, o quién cree ser Nietzsche cuando habla en SVM, de dónde proviene su voz, independientemente de que lo que ésta diga pretenda o no ser “verdadero” en un sentido metafísico. [46] El cambio de la pregunta que guía la investigación es muy diciente a este respecto: Nietzsche ya no se pregunta por lo verdadero, el Ur-eine, la unidad primigenia que reina tras la apariencia fenomenológica-apolínea del mundo. La cuestión es, ahora, el problema de la “verdad”, la pregunta por qué es eso que llamamos verdadero, y cuándo y por qué es inventado por el hombre. Mucho más claramente que en el NT, la perspectiva de SVM es genealógica más que metafísica. [47]
“Es war auch an der
Zeit: denn ob sie schon viel erkannt haben sich brüsteten, waren sie
doch zuletzt, zu grosser Vedrossenheit, dahinter gekommen, dass sie
alles falsch erkannt hatten. Sie starben und fluchten im Sterben der
Wahrheir. Das war die Art dieser verzweifelten Tiere, die das Erkennen
erfunden hatten” PV. 271. [48]
“Dies würde das Los des Menschen sein, wenn er eben nur in
erkennendes Tier wäre; die Wahrheit würde ihn zur Verzweiflung und
zur Vernichtung treiben, die Wahrheit, ewig zur Unwahrheit verdammt zu
sein” PV, 271. [49] La verdad del mito es la verdad de la aletheia, la verdad del recuerdo, del no-olvido. [50] “Während doch bei allen productiven Menschen der Instinct gerade die schöpferisch-affirmative Kraft ist, und das Bewusstsein kritisch und abmahnend sich gebärdet: wird bei Sokrates der Instinct zum Kritiker, das Bewusstsein zum Schöpfer — eine wahre Monstrosität per defectum!” §13 (p. 68). |
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