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DE LA NOSTALGIA POR LO CLÁSICO AL FIN DE LO CLÁSICO COMO NOSTALGIA: WINCKELMANN Y BURCKHARDT |
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(publicado en Estudios de Filosofía, no. 31, 2005) |
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Resumen:
Este
texto se propone responder a la pregunta acerca de la relación entre estética
y filosofía de la historia a partir del examen de las teorías estéticas
de Winckelmann (mediados del s. XVIII) frente a las reflexiones acerca de
la historia de Burckhardt (finales del s. XIX), atravesadas ambas por el
significado que adquiere en cada una de ellas el concepto de lo clásico.
La idea es mostrar cómo una historia del arte como la de Winckelmann,
cuyo criterio es el arte griego como canon, trae necesariamente consigo
una filosofía de la historia que la sustenta y la hace posible; a la vez
que una reflexión sobre la historia como la de Burckhardt, que se
presenta a sí misma como una respuesta a la tradición neoclásica y romántica
que la precede, refleja tras de sí un pensamiento estético propio.
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Hermoso
mundo, ¿dónde estás? ¡Vuelve Amable
apogeo de la naturaleza! Ay,
sólo en el país encantado de la poesía Habita
aún tu huella fabulosa Schiller. Los dioses de Grecia |
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1.
Introducción La
antigüedad como futuro,
el título que Rosario Assunto le da a su estudio de la estética del
neoclasicismo europeo, es el título perfecto para describir las
intenciones de Winckelmann al escribir su Historia
del arte en la antigüedad (1764). Las reflexiones estéticas que
recorren la historia del arte desde los egipcios hasta los romanos, y que
no dejan de hacer mención al arte del Renacimiento y del Barroco europeo,
están atravesadas por uno y el mismo objetivo: mostrar la indiscutible
superioridad del arte griego sobre cualquier otra producción artística,
y proponerlo a partir de ello como criterio y como canon. Mientras más
cerca se esté de la belleza alcanzada por los griegos, más cerca se está
de producir un arte verdadero, y es a partir de esta cercanía que toda
obra de arte debe juzgarse. Por lo mismo, la búsqueda de lo bello debe
estar enfocada a la imitación de lo griego, a la recuperación de la
belleza griega en el arte: ésta debe ser el ideal regulador de todo
proyecto estético. Lo griego se convierte en lo clásico
entendido como canon, como aquello que debe imitarse y recuperarse como
futuro. Es
a partir de aquí que se abre el espacio para la primera pregunta que se
intentará responder en este texto: una estética como la de Winckelmann,
cuya tarea es la sistematización del estudio del arte a partir de la
belleza griega como criterio, pero cuyo objetivo es el de formularse a sí
misma como un proyecto de recuperación histórica de lo clásico, debe
traer consigo una determinada visión de la historia que conciba la
posibilidad de una tal recuperación del arte de la Antigüedad. ¿Qué
filosofía de la historia, entonces, implica una visión estética como la
de Winckelmann? ¿Qué es la historia y cuál es el papel del hombre y del
arte en ella? A partir de la lectura de la Historia
del arte en la antigüedad, y con la ayuda de la interpretación que
propone Assunto del proyecto neoclásico, se mostrará cómo la estética
del neoclasicismo, de la que Winckelmann es uno de sus mayores
representantes, se transforma en un proyecto que trasciende los límites
de lo estético, para convertirse en una filosofía de la historia cuya
meta es la restauración de un pasado glorioso: la historia se muestra
como la historia de una caída, la decadencia de lo griego, a partir de la
cual todo adquiere sentido en cuanto búsqueda de ese ideal perdido, de
esa tierra prometida: del pasado como telos
del presente. Por
el otro lado, están las Reflexiones sobre la historia universal[1]
de Burckhardt, que se presentan como una reacción frente a esa filosofía
de la historia heredera del proyecto neoclásico y encarnada en los
autores románticos y en Hegel[2].
La historia no debe entenderse como la recuperación de un pasado
idealizado, como el camino del hombre hacia su libertad. Es el
conocimiento del pasado, su comprensión y asimilación como presente, el
que nos hace libres. Sólo aceptando cabalmente nuestra propia
historicidad y nuestra incapacidad de prevenir el futuro, en medio de la
contingencia de lo histórico, podemos permanecer serenos frente al espectáculo
de la historia. El papel del hombre en la historia es el de un espectador
que no se limita a comprender, sino que comprendiendo actúa en el
presente. El único telos de la
historia es siempre este presente que se asume en su historicidad. ¿Qué
es entonces el arte para Burckhardt? Parece no ser ya posible la
idealización de un pasado como canon, en la medida en que cada época
debe ser comprendida como
manifestación de un momento histórico particular. No es posible tampoco
proyectar el pasado como futuro, en cuanto que todo proyectar más allá
del presente es simplemente una ilusión, un “pobre consuelo” (WB:
164, RHU: 217). ¿Cuál es el criterio entonces para valorar el arte? y, a
partir de ello, ¿qué es lo clásico para Burckhardt? Una lectura de las Reflexiones sobre la historia universal, orientada por estas
preguntas, puede revelar, bajo la exposición de Burckhardt acerca de la
historia y del papel del hombre en ella, un cambio en las reflexiones estéticas
y en la valoración del arte. Lo clásico
se mostrará como aquello que, siendo plenamente histórico, continúa
hablándole a todos los hombres de todos los tiempos[3].
Al
final, y a pesar de que se presentan precisamente como dos opiniones
contrarias, es posible que salga a la luz una relación estrecha entre
ambos pensadores: el proceso de historización del ideal estético
iniciado en el s.XVIII por Winckelmann, quien decide encarnarlo en el arte
griego, posibilita una visión del arte más histórica, más comprensiva,
que desembocará inevitablemente, a finales del s. XIX, en las reflexiones
de Burckhardt acerca de valorar cada arte como expresión de su
tiempo, y no por su cercanía a un ideal de belleza ahistórico o perdido
para siempre en un pasado irrecuperable.
2.
El neoclasicismo de Winckelmann: la historización del ideal estético Dice
Hegel en sus Lecciones sobre la estética:
Winckelmann
se había entusiasmado con la intuición de los ideales de los antiguos de
un modo que le permitió introducir un nuevo sentido en la consideración
del arte, la rescató de los puntos de vista de fines vulgares y la mera
imitación de la naturaleza, y la alentó poderosamente a buscar la idea
del arte en las obras de arte y en la historia del arte. Ha, pues, de
considerarse a Winckelmann como uno de los hombres que en el campo del
arte supieron desentrañar para el espíritu un nuevo órgano y unos modos
de consideración enteramente nuevos. (LE: 49) Hegel
aquí destaca una de las posibles interpretaciones de la obra de
Winckelmann, interpretación que lo ubica en un punto decisivo de la
historia y la filosofía del arte. Más que en las investigaciones
detalladas que realizó de las obras de arte antiguas, la importancia de
sus reflexiones reside en el hecho de haber dejado de lado una concepción
platónica de la belleza como idea metafísica, oculta tras el velo de la
apariencia en la naturaleza, y sólo alcanzable por la imitación de esta
última. La belleza ideal, criterio a partir del cual debía juzgarse toda
producción artística, y que desde el renacimiento se identificaba con
una idea que debía ser imitada en la realidad material, parece
encarnarse, a partir de Winckelmann, en un momento histórico y una
producción artística determinados: el arte griego. La grandeza del arte
griego, insistirá Winckelmann una y otra vez, no está en su cercanía al
ideal de belleza, en la manera acertada como los griegos imitaron a la
naturaleza, sino, justamente, en que en esta imitación lograron elevarse
por encima de la naturaleza y alcanzar en sus obras la belleza ideal, la
belleza artística. Esta
interpretación, claro, puede ser problemática. Hay quienes consideran
que hablar de una historización del ideal estético en Winckelmann es
adelantarse a los hechos, y que la lectura de Hegel está determinada por
sus propias concepciones acerca de la relación estrecha entre la filosofía
y la historia del arte. No es que Winckelmann haya dejado de lado una
concepción metafísica de la belleza, sino que, como más tarde también
lo diría Kant ya en un contexto ajeno al clasicismo, las reglas de la
belleza son de una naturaleza tal que no puede aducirse a ellas sino
mediante casos particulares, mediante ejemplos concretos. Los griegos habrían
sido, según esta interpretación, el ejemplo aducido por Winckelmann para
hablar de la belleza ideal como idea metafísica. Sin
embargo, quien lea con atención las Reflexiones sobre la imitación del arte griego en la pintura y la
escultura (1755), escrito más de diez años antes de la Historia del arte en la Antigüedad, puede encontrar allí ya
pasajes suficientemente claros que iluminan la totalidad de la obra de
Winckelmann y que demuestran que la interpretación sugerida por Hegel no
está del todo viciada por sus propias opiniones. Tomando una posición
clara frente al debate antiguos-modernos, heredado en Alemania de la
famosa Querelle francesa[4],
dice Winckelmann comenzando el texto: “el único
camino –– que nos queda a nosotros para llegar a ser grandes es el de
la imitación de los Antiguos” (RIG: 80. Cursivas mías). El autor, en
efecto, dedicará casi la totalidad del texto a demostrar por qué el
camino de los artistas modernos hacia la belleza artística debe darse a
partir de la imitación del arte griego, y no, como lo consideraban
algunos “modernos” –entre los que Winckelmann menciona a Bernini,
artista barroco–, quienes rechazaban la idea de la Antigüedad como
canon, a partir de una imitación juiciosa de la naturaleza. Algunas
veces las afirmaciones de Winckelmann parecerán más matizadas: “En
orden al conocimiento de la naturaleza perfecta, el estudio de la
naturaleza ha de ser necesariamente, en el mejor de los casos, un camino más
largo y penoso que el estudio de las obras de arte de la Antigüedad”
(RIG: 91). Pero poco a poco va quedando claro, a lo largo del texto, que
dicha “naturaleza perfecta”, que Winckelmann conecta con lo que él
denomina “belleza ideal”, es sólo accesible en el arte, y,
concretamente, en el arte griego. Los modernos no tienen acceso ni a las
condiciones naturales ni a las circunstancias históricas que permitieron
a los griegos alcanzar el ideal en el arte (aunque las últimas, como se
verá, pueden volver a ser reproducidas como parte del proyecto de
recuperación de lo bello). La belleza ideal es el resultado de la
combinación de la belleza de una naturaleza perdida ya para los modernos,
y lo sublime de un espíritu característico del modo de ser griego. Quien
se limite a imitar la naturaleza no logrará nunca, por lo tanto, alcanzar
en el arte lo que los griegos alcanzaron. Sólo la educación en el gusto
griego, el acostumbrarse a “sentir” como los griegos, “pensar”
como ellos, posible sólo a través de su imitación, conducirá al
artista moderno a la verdadera belleza. Porque ésta no es una idea más
allá de lo real, esperando ser encarnada en lo sensible, sino aquello que
las obras de arte griegas hicieron aparecer por primera vez en el mundo[5].
Winckelmann
se manifiesta, según esta interpretación, en contra de las teorías estéticas
del clasicismo, caracterizadas por un platonismo genuino: el verdadero
arte, para el clasicismo, consiste en la imitación de una idea de
belleza, a la cual el artista puede como máximo aspirar a acercarse. Los
griegos deben ser imitados en cuanto a la manera como lograron imitar la
idea de lo bello: esto es lo que los hace clásicos. Para Winckelmann, por
el contrario, no hay tal como una idea de belleza metafísica. Como lo
manifiesta en la Historia del arte
en la Antigüedad, es ello precisamente lo que ha impedido a la
“verdadera filosofía” acercarse al terreno del arte:
“Estas grandes verdades generales, que, llevándonos por los
floridos senderos, nos conducen al examen de la belleza, y de ahí a la
fuente misma de la belleza universal, se hallan envueltas con vanas
especulaciones” (HAA: 392). La belleza ideal, en efecto, se eleva por
encima de la naturaleza, pero no por ello es una idea metafísica, más
allá de lo real, ni se convierte en un ideal inalcanzable. Al contrario,
los griegos, en su imitación sublime de la naturaleza, elevándose por
encima de ella, lograron realizarla: [E]l
artista inteligente aplicaba a su arte el procedimiento de los jardineros
ingeniosos que injertan en un tallo otras ramas de buena calidad; y lo
mismo que la abeja que extrae su dulce tesoro del néctar de muchas
flores, ellos tampoco se limitan a tomar como modelo a un solo individuo,
como lo suelen hacer a veces los poetas, tanto antiguos como modernos, y
la mayoría de los artistas de nuestros días. Los griegos trataron de
reunir las formas elegantes de varios cuerpos bellos [...] Supieron
despojar a sus figuras de toda clase de atractivos personales que desvían
a nuestro espíritu de la verdadera belleza. Esta selección de las partes
bellas y su armónica asociación en una sola figura produjo la
belleza ideal. (HAA: 415) Así,
insiste Winckelmann, esta belleza “no es, por consiguiente, una percepción
metafísica” (HAA: 415). El ideal de belleza es la belleza alcanzada por
los artistas griegos. Si
ha de imitarse algo, entonces, esto debe ser el arte griego, en la medida
en que éste es la encarnación de la belleza que los modernos consideran
ideal: “una infinidad de cosas que para nosotros son ideales eran
naturales para ellos [para los griegos]” (HAA: 365). No es que los
antiguos hayan logrado acercarse más a esa belleza universal, ideal,
fuente de toda belleza artística en el sentido platónico. El ideal de
belleza tiene su momento de encarnación en la historia: la antigüedad clásica,
y más específicamente, el arte griego. Como lo afirma Mario Praz en su
estudio del neoclasicismo, “Winckelmann buscaba en el mármol la serena
fuente de la belleza” (Praz, 1982: 73). Y ésta es justamente la
importancia de Winckelmann en la historia del arte, tal y como lo resalta
Assunto: es el primero que realiza “el paso de la fundamentación de la
belleza clásica del plano metafísico al plano que podemos llamar histórico-social”
(Assunto, 1990: 85). En
efecto, una de las primeras preocupaciones de Winckelmann en su estudio
del arte en la antigüedad es la de mostrar cómo la superioridad del arte
griego, y por consiguiente, la inferioridad de otras producciones artísticas
como la egipcia y la etrusca, responden a condiciones histórico-sociales
(teniendo en cuenta que también en Winckelmann la naturaleza es
historizada). No es correcto hablar de algo así como “el milagro
griego”. El que el arte haya alcanzado el ideal de belleza entre los
griegos puede explicarse a partir de las condiciones históricas que
rodearon su aparición: La
causa de superioridad de los griegos en el Arte debe ser atribuida al
concurso de diversas circunstancias, como, por ejemplo, la influencia del
clima, la constitución política y la manera de pensar de este pueblo, a
la cual debe añadirse la gran consideración de que gozaban sus artistas
y el empleo que hacían de las artes. (HAA: 364) Y
durante varias páginas Winckelmann se dedica a mostrar cómo las
condiciones climáticas (“una temperatura intermedia entre el invierno y
el verano” (HAA: 365)) permiten, por ejemplo, la formación de una
“dulzura del carácter y la serenidad del alma de los griegos,
cualidades todas que contribuyen a la concepción de las bellas imágenes
tanto como, en la naturaleza, a la generación de las bellas formas”
(HAA: 369). Todo esto ligado, a la vez, a una constitución política
propicia para el desarrollo de las artes, ya que la polis proporcionaba
tanto la libertad de sus ciudadanos (“la libertad es una de las causas
de la preeminencia de los griegos en el Arte” (HAA: 371)), como una
educación “superior” (“[...] eran seres pensantes que habían dado
ya veinte y más años a la meditación, a una edad en que nosotros apenas
comenzamos a pensar por nuestra propia cuenta” (HAA: 377)). Los
artistas, a su vez, contaban con una estima pública: “las recompensas
que recibían por sus obras les permitían hacer brillar sus talentos
naturales sin ninguna clase de interés inmediato y personal” (HAA:
382). La belleza del arte queda, así, inscrita en un contexto histórico
determinado. Esto permitirá entender, más adelante, la relación
estrecha entre el proyecto estético del neoclasicismo y un proyecto histórico-político. El
arte griego es, por consiguiente, en Winckelmann, el arte clásico:
proporciona el criterio para todos los juicios estéticos, a la vez que se
convierte en el único canon. Su estudio e imitación muestran el camino a
seguir: “el examen del arte de los griegos debe servirnos para encauzar
nuestras concepciones hacia lo verdadero y deducir reglas para nuestras
apreciaciones y trabajos” (HAA: 363-4). El arte moderno, parece
considerar Winckelmann –y éste es, por supuesto, antes que ninguno, el
objetivo de su estudio- puede alcanzar nuevamente la perfección, realizar
nuevamente esa belleza ideal alcanzada por los griegos, si acepta seguir
el mismo camino que éstos siguieron[6].
3.
La antigüedad como futuro: la historia como repatriación 3.1.
El proyecto de Winckelmann: Dresde como la nueva Atenas En
la medida en que el ideal estético ha sido historizado y encarnado en el
arte griego, y en cuanto que este último se muestra inserto en un
contexto histórico determinado, el proyecto estético del neoclasicismo
trasciende los límites del arte para convertirse en un proyecto histórico-político.
Si la meta en el arte es que los modernos logren, siguiendo el mismo
camino que los griegos siguieron, alcanzar en la historia nuevamente la
belleza ideal, esto debe traer consigo también la transformación de las
condiciones sociales y políticas. La Grecia de Winckelmann, ese ideal
histórico perdido, ese mundo de la libertad, de la educación y la moral
en el que, como queda manifestado en su arte, reinaba la sabiduría, la
prudencia, la sophrosyne (HAA:
486), debe poder recuperarse en la historia, y con ello, se recuperará
también el arte bello. Así, es justamente la historización del ideal
estético realizada por Winckelmann la que permite establecer una relación
directa de la estética con una filosofía de la historia y un proyecto
político, relación que será heredada y llegará a su punto más alto
entre algunos representantes del romanticismo, para quienes, precisamente,
la filosofía del arte será, antes que nada, una “filosofía de la
historia (del arte)” (D’Angelo, 1999: 47). El proyecto estético
winckelmanniano, y su polémica con el mundo moderno, al que sus
reflexiones pretenden enfrentarse, se muestra como un proyecto social,
moral y político, que trae consigo una nueva visión de la historia. Así
lo destaca Assunto: Queda
(y es el correlato de lo que hemos llamado historización de la Idea, su
situación en un momento del tiempo humano) queda, decimos, la proyección
hacia el futuro de aquella felicidad de la que había nacido el arte de la
antigua Atenas, encarnación de la belleza absoluta, la Idea misma de la
belleza, traída del cielo a la tierra, conquistada por el hombre.
(Assunto, 1990: 83) El
neoclasicismo trae, con ese giro que le imprime la historización
winckelmanniana, una filosofía de la historia. Sus orígenes están en la
antigüedad clásica, en el mundo griego, donde se encuentra la fuente de
todo lo bello, de todo lo verdadero. La historia es, así, la historia de
una caída, la decadencia de lo griego, a partir de la cual adquiere
sentido como el proceso de recuperación de un ideal perdido. “Los más
puros manantiales del arte están abiertos: dichoso quien los encuentre y
los deguste. Buscar estas fuentes significa viajar a Atenas a partir de
ahora. Dresde será Atenas para los artistas” (RIG: 80). El telos
de la historia, la meta a la que todo el movimiento histórico debe
dirigir sus esfuerzos, es la restauración de la Antigüedad en el mundo
moderno: el arte, la belleza artística, se muestra como el “punto de
llegada de la historia” (Assunto, 1990: 83). Pero
ese telos, esa restauración a
la que el movimiento histórico debe dirigirse, implica una transformación
completa de la realidad. El ideal estético ha traído consigo una nueva
imagen del mundo, a partir de la cual la realidad debe ser rehabilitada
para convertirse en el espacio propicio para el renacimiento de la antigüedad.
La mirada del neoclasicismo hacia el pasado no es, por consiguiente –y
esto ya puede entreverse en las intenciones que se encuentran detrás de
la Historia del arte en la antigüedad–
una mirada que huye del presente, que se rehusa a enfrentarse a su propio
tiempo. Es, al contrario, y como se verá por ejemplo en la Revolución
Francesa, una mirada crítica de su propia realidad, que busca restablecer
para el presente la libertad y la cultura clásicas, una mirada renovadora
que se convierte, por tanto, en proyecto histórico y político: “lo que
contaba era restituir al presente el valor absoluto del que la antigüedad,
proyectada hacia el futuro como idea teleológica, era modelo: una renovatio
estética que se anunciaba como regeneración moral y social precisamente
en cuanto estética” (Assunto, 1990: 134). La
decadencia moderna, mencionada varias veces por Winckelmann en su obra, es
el resultado del alejamiento de la antigüedad. Ésta se muestra como el
lugar en el que confluyen la razón y la historia, la idea de la belleza y
la naturaleza: es solamente en el arte griego que la naturaleza logra
elevarse por encima de sí misma y convertirse en belleza ideal, tal y
como Winckelmann lo describe: “El artista, lleno de estas concepciones
sublimes, elevaba la materia de lo material a lo intelectual, y su mano
creadora producía seres exentos de las necesidades propias de la
Humanidad” (HAA: 438). Y por tanto, es justamente la imitación de este
arte, de este ideal estético, la que puede llevar nuevamente a la
reproducción de ese mundo ideal en la modernidad: una polis creada en el
presente a la luz de un pasado que aún sobrevive en la historia. Para
Winckelmann, la Antigüedad no es aún un pasado perdido para siempre. La
historia no interviene aún como una realidad que impida la recuperación
del pasado. Éste se conserva en el presente y puede ser siempre
recuperado, vuelto a traer a la historia: “El Paraíso-perdido-de la Antigüedad muestra la dirección de otro Paraíso,
aquel que ya no se configura retrospectivamente, sino proyectivamente como
el objetivo de un tiempo nuevo” (Assunto, 1990: 42). El ideal estético,
el ideal clásico, transformado también en ideal político y en meta de
la historia, queda inmortalizado al convertirse en el ideal regulativo de
toda crítica de la realidad, y de todo proyecto que busque su
transformación. 3.2.
El legado de Winckelmann: el retorno de los dioses en Schiller y en Hölderlin Los
ecos de esta filosofía de la historia, inmanente al neoclasicismo de
Winckelmann, cobrarán fuerza, como lo muestra también Assunto, en las
visiones estético-políticas del romanticismo: “Este finalismo, que
llevaba consigo una inversión del pasado cuyo valor de ejemplaridad estética
se proyectaba hacia el futuro como Tierra Prometida en la que repatriarse,
lo hicieron suyo los románticos” (Assunto, 1990: 21). Y aquí Assunto
menciona de manera especial a Schiller y a Hölderlin, autores que, en
efecto, a través de sus reflexiones estéticas y sus creaciones poéticas,
manifiestan una nostalgia clara por la pérdida de la antigüedad[7].
Sin
embargo, la afirmación de Assunto debe ser matizada. Si bien las imágenes
de una Antigüedad clásica idealizada, de un pasado griego añorado,
aparecen una y otra vez en las obras de los autores mencionados; y si bien
puede decirse que esto no se debe a otra cosa que a la influencia
definitiva que ejerció Winckelmann sobre los autores alemanes de finales
del s. XVIII, el pensamiento de Schiller y de Hölderlin no puede
interpretarse simplemente como la continuación y consolidación del
proyecto winckelmanniano. Si ambos autores son figuras claves para
comprender el legado de Winckelmann, ello es precisamente porque en ellos
se ven ya las consecuencias de la reflexión winckelmanniana,
consecuencias que van más allá de lo que el autor llegó a desarrollar,
pero que son resultado lógico de la historización del ideal de belleza.
La cadena que Winckelmann había iniciado con ello no podía ya detenerse,
y la obra de Schiller y de Hölderlin es la manera más clara de ver lo
inevitable de este desarrollo. En
efecto, la historización del ideal debía llevar, tarde o temprano, a la
aceptación de su pérdida definitiva en la historia. A diferencia del
pensamiento aún conservador de Winckelmann, para quien, como se
mencionaba anteriormente, la historia aún no aparece como una realidad
que impida la recuperación sin más del pasado[8],
para Schiller y para Hölderlin está claro que si los griegos son una época
histórica, ello implica ya, necesariamente, su distancia definitiva
frente a la modernidad. El historicismo de Herder, unido a las
consecuencias fallidas de la Revolución Francesa –consecuencias que
Schiller vería, en todo caso, más prontamente que Hölderlin, pero que
este último no ignoraría en absoluto, como puede verse ya en su versión
definitiva del Hiperión–
ayudarían a reforzar esta certeza.
Justamente
por esto, dirá Taminiaux, sólo Schiller y Hölderlin son autores
verdaderamente nostálgicos. Sólo en ellos puede decirse que está
presente la nostalgia por lo
griego, porque ésta, como la palabra lo indica (nostoV:
regreso; algoV:
sufrimiento), no es sólo un anhelo por el regreso, sino, a la vez, un
sufrimiento en el exilio, un dolor por la pérdida. En Winckelmann, dice
Taminiaux, siguiendo este análisis, no está presente este dolor:
“nunca dudó de que el mundo de su tiempo podría elevarse a la grandeza
de los antiguos por medio de su imitación” (Taminiaux, 1993: 74). En
Schiller y en Hölderlin, por el contrario, es precisamente el dolor por
la pérdida, la imposibilidad de un volver sin más a la unidad natural y
bella de los griegos, lo que impulsará el proyecto de su recuperación,
de la transformación del exilio en una repatriación. Grecia debía morir
para siempre si sus dioses debían retornar entre los modernos. Esta
repatriación, al igual que en Winckelmann, se lleva a cabo en ambos
autores a través de un proyecto estético, que se transforma y ejerce las
funciones de un proyecto político. En ellos la filosofía de la historia
será, así también, movida por una añoranza del pasado griego, pero,
esta vez, de un pasado que se sabe perdido para siempre; que sobrevive sólo
en el canto, en la poesía, en el arte: sólo
en el país encantado de la poesía / habita aún tu huella fabulosa.
De este modo, a diferencia de Winckelmann, es la conciencia de la pérdida
la que mueve a estos autores a formular sus proyectos estético-políticos.
Ambos, movidos por una verdadera
nostalgia, buscarán recuperar la belleza, esa belleza que los
griegos alcanzaron, representada para Schiller en el Estado estético
–opuesto al estado ético moderno– y para Hölderlin en la unidad
originaria –opuesta a la situación escindida de la modernidad[9]–
pero sin dejar de lado las características propias e inevitables
del hombre moderno. La aceptación de la imposibilidad de ser griegos es
el primer paso para la recuperación de la unidad perdida en la historia
con su desaparición. El
proyecto schilleriano de una “educación estética universal”, en el
que se conjugan sus reflexiones estéticas con una filosofía de la
historia, postula, como en el caso de Winckelmann, la belleza como fin y
meta de la historia humana. “Únicamente la belleza es capaz de hacer
feliz a todo el mundo” (NA: 411, CEE, no.27: 377), dice Schiller en sus Cartas
sobre la educación estética del hombre (1795), “porque es a través
de la belleza que se llega a la libertad” (NA: 312, CEE, no. 2: 121).
Esta belleza, que se encarna en la historia en un estado estético,
guarda, en efecto, una relación estrecha con la lectura que los románticos,
herederos de Winckelmann, hacían de la sociedad griega: un estado en el
que los individuos se sientan parte del todo antes que separados, en el
que la belleza sea, como en los griegos “bellos de carácter” de
Winckelmann, el punto de partida de las relaciones sociales. Y aunque en
efecto cabe aún una lectura clasicista del Schiller de las Cartas, según la cual el estado estético propuesto por el autor
sería la recuperación de lo que ya los griegos habrían logrado en la
polis, no es difícil tampoco encontrar rasgos de un pensamiento que ha
introducido de manera definitiva a la historia como un proceso necesario
dirigido a alcanzar la “idea de humanidad”, combinación de la
sensibilidad de la Grecia clásica, posible gracias a su relación
inmediata con la naturaleza, con la racionalidad de la Época Moderna,
cuyas escisiones no pueden, sin más, dejarse de lado –tal como lo creería
un Winckelmann–: El
Estado dinámico sólo puede hacer posible la sociedad, domando la
naturaleza por medios naturales; el Estado ético solo puede hacerla
(moralmente) necesaria, sometiendo la voluntad individual a la voluntad
general; sólo el Estado estético puede hacerla real [wirklich], porque
es el único que cumple la voluntad del conjunto mediante la naturaleza
del individuo. Si bien la necesidad natural hace que los hombres se reúnan
en sociedades, y si bien la razón implanta en cada uno de ellos
principios sociales, sin embargo, es única y exclusivamente la belleza
quien puede dar al hombre un carácter social. El gusto, por sí solo, da armonía a la sociedad,
porque otorga armonía al individuo. (NA: 410, CEE, no. 27: 375) La
meta de la historia es una especie de polis moderna, en la que se rescata
la naturalidad de las relaciones sociales, sin eliminar la propia
individualidad. El gusto, el juicio estético, y la belleza en cuanto
realización concreta de la conciliación de los dos impulsos opuestos en
el hombre y en la historia
(Schiller, en efecto, traslada su idea antropológica a la historia misma:
si el hombre está escindido entre sus impulsos naturales y su razón,
también la historia debe recorrer este doble camino antes de alcanzar un
estado político perfecto, reconciliador de ambas tendencias), tiene tanto
de antiguo como de moderno, conserva la libertad, ganancia de la
modernidad, pero recupera la unidad perdida tras la decadencia de lo
griego. El proyecto estético y político neoclásico se transforma así
en un abrebocas para la dialéctica de la historia hegeliana, para la
justificación de la necesidad de la pérdida de la Antigüedad idílica,
con vistas a una reconciliación más alta del hombre con la idea de su
humanidad. Y
si esto no es suficiente para comprender la salida de Schiller del
clasicismo winckelmanniano –las Cartas a veces son confusas en sus referencias a la antigüedad
griega, y a veces el estado estético parece estar describiendo también a
la polis griega (cf. por ejemplo
NA: 409, CEE, no. 27: 371)–, toda ambigüedad queda resuelta en su
ensayo posterior, Sobre poesía
ingenua y poesía sentimental (1796), en donde aparece claramente la
conciencia de la distancia definitiva con lo griego, y la necesidad de su
recuperación desde y sólo desde lo moderno. Sólo desde lo sentimental
puede recuperarse lo ingenuo; es en el idilio, como género de la poesía
sentimental, donde finalmente se lleva a cabo la reconciliación entre
ambos. Permítaseme aquí citar el texto en toda su extensión, para hacer
evidente la anticipación de Schiller al proceso histórico elaborado
posteriormente por Hegel: No
nos vuelva a llevar a la infancia para que comprendamos con las más
preciosas adquisiciones del entendimiento una quietud que no puede durar más
de lo que dure el sopor de nuestras fuerzas espirituales; antes bien, háganos
avanzar hacia nuestra mayoridad para darnos a sentir la armonía superior
que recompensa al que lucha y hace feliz al que vence. Propóngase un
idilio […] que guíe al hombre hasta el Elíseo, ya que no podemos
volver a la Arcadia. El
concepto de este idilio es el de un conflicto plenamente resuelto tanto en
el individuo como en la sociedad, el de una libre amalgama de las
inclinaciones con la ley, el de una naturaleza purificada y elevada a
suprema dignidad moral; en pocas palabras, no es otro que el ideal de la
belleza aplicado a la vida real. (NA: 472, PIS: 126) También
en Hölderlin podrá verse, ya desde las versiones finales del Hiperión
(1796-7)–e incluso antes, en su ensayo Juicio
y Ser (1794)– la reflexión acerca de una recuperación de la unidad
originaria, perdida con la desaparición de lo griego, sin dejar de lado
ya la escisión, ganancia del juicio moderno. Al igual que Schiller, Hölderlin
dedicaría sus poesías tempranas a lamentar la pérdida de la Antigüedad: Ática, la gigante, ha
caído / El eterno silencio de la muerte se incuba / en las tumbas de
quienes fueron hijos de los dioses, en las ruinas de los palacios de mármol/
[…] mi deseo se vuela hacia aquel país mejor / […] y yo querría
dormir en mi estrecha tumba / junto a los santos de Maratón. Sin
embargo, y nuevamente como en Schiller, la nostalgia del poeta es un
impulso para su superación: ¡Que esta lágrima sea, pues, la última / vertida por la sagrada
Grecia!. Antes que llorar por lo perdido, la función del poeta será
traer de vuelta, en el presente, a los dioses desaparecidos.
La
búsqueda de Hölderlin, como la de Schiller, será también una búsqueda
estética; y sin embargo, mientras Schiller plantea su estado estético
desde sus reflexiones filosóficas, Hölderlin intentará relatar la pérdida
de la unidad y rescatarla nuevamente a partir de la poesía. Su proyecto
estético es el proyecto personal de un poeta que intenta, vivificando la
voz de la Antigüedad, recuperar la idea de la que ésta es la encarnación:
la unidad sólo posible y alcanzable en la belleza. Como quedaría
manifiesto en el famoso Primer
programa del idealismo alemán (1796), cuya autoría aún está en
discusión, pero en cuya creación participaron los tres amigos de Tübingen
(Schelling, Hölderlin y Hegel): Finalmente
la idea que lo une todo, la idea de la belleza. [...] Estoy convencido de
que el más alto acto de la razón, en cuanto que ella abarca todas las
ideas, es un acto estético, y de que la verdad y el bien sólo en la
belleza están hermanados. El filósofo tiene que poseer tanta fuerza estética
como el poeta. Los hombres sin sentido estético son nuestros filósofos
de la letra. La filosofía del espíritu es una filosofía estética. En
nada se puede ser espiritualmente rico, incluso sobre la historia no se
puede razonar con riqueza de espíritu sin sentido estético.
La poesía recibe de este modo una más alta dignidad, vuelve a ser
al final lo que era al principio –maestra de la humanidad, pues ya no
hay filosofía, ya no hay historia, sólo la poesía sobrevivirá a todas
las demás ciencias y artes. (P: 33) La
poesía debe volver a ocupar, como entre los griegos, el lugar
preeminente. La belleza es el único camino que le queda al hombre para
recuperar la unidad. El llamado de Hölderlin es el mismo llamado de
Winckelmann: el camino para volver a alcanzar la belleza está atravesado
por la recuperación de la Antigüedad. Pero es, también, el llamado de
Schiller: sólo porque somos modernos añoramos la unidad, sólo porque
estamos escindidos buscamos la reconciliación. Hölderlin ha descubierto,
como le comunicaría unos años más tarde a su amigo Böhlendorf (1801),
que la tragedia moderna no es ya la tragedia griega, que el arrojarse al
fuego del Edna, en un impulso de abandonarse absolutamente a la unidad
primigenia, no es la muerte que los modernos deben buscar (cf.
SWII: 927, CC: 545-6). En la belleza nos hacemos sabios y libres, pero sólo
gracias a que hemos superado el estado de inocencia. A
través de sus reflexiones poéticas, Hölderlin plantea, por
consiguiente, también una filosofía de la historia. Al igual que para
Winckelmann, en los inicios de la historia está la Idea realizada históricamente
en la Naturaleza: los griegos. Pero ellos constituyen sólo la niñez de
la historia. Una niñez que debía perderse para ser recuperada en el otoño
de la historia, en la cultura consumada de los tiempos modernos, que
pueden ya rescatarla para siempre e inmortalizarla como cultura universal:
Así
es como deben desvanecerse los presentimientos de la niñez para volver
hechos realidad en el espíritu del hombre maduro. Así es como se
marchitan los mitos juveniles y bellos del mundo antiguo, los poemas de
Homero y de sus coetáneos, las profecías y las revelaciones, pero el
germen que entrañaban, brotará como fruto maduro en el otoño. La
simplicidad y la inocencia de los tiempos primigenios expira para retornar
en la cultura consumada, y la santa paz del paraíso se desvanece para que
aquello que sólo era un don de la naturaleza vuelva a florecer como
conquista y propiedad de la humanidad. (SWI: 502, H: 55) Aquello
que para los griegos era natural, como ya lo decía Winckelmann, debe
volver a ser rescatado en la historia. Pero ello implica ya la mediación
de la modernidad, una reconstrucción artificial de la inmediatez griega.
La historia debe dirigirse a encontrar, en medio del exilio en el que
quedan el hombre y el arte desde la decadencia de los griegos, una
repatriación, que devuelva al hombre a sus orígenes, que reconstruya esa
nueva imagen del mundo recreada por Winckelmann, pero que a la vez pueda
concretarse en y a partir del espíritu moderno, único espacio en el que
puede llegar a ser posible una verdadera reconciliación. Schiller
y Hölderlin son, así, figuras determinantes para entender cómo la
mirada de Winckelmann, el proceso que éste comenzó con la historización
del ideal, conducirá finalmente a unas filosofías de la historia
antecedentes de la hegeliana, que han abandonado ya la idea de una
recuperación sin más del pasado, pero que quedan en todo caso marcadas
por esa mirada hacia el futuro como la reconciliación de todas las
contradicciones de la modernidad. Aunque la antigüedad se acepta ya como
perdida, la nostalgia, en últimas, seguirá siendo el motor de estas
filosofías de la historia que depositan, en un telos,
la esperanza de la superación del estado escindido del hombre moderno.
Es esto, finalmente, como lo menciona Berefelt,
lo que tienen en común los proyectos neoclásico y romántico:
ambos “miraban hacia atrás no por mor de los tiempos pasados, sino en
nombre del futuro” (1960: 481). Si en Schiller y en Hölderlin ese
futuro está aún en el arte, en el idilio y en la poesía, en Hegel será
superado por la filosofía, síntesis última de la historia y sus
contradicciones. Se lleva a cabo así el proceso de superación del
concepto de lo clásico definido exclusivamente a partir del canon griego.
Aunque Schiller y Hölderlin son los responsables de la introducción de
una mirada verdaderamente nostálgica, indicarán también con sus
reflexiones el camino para su superación. 4.
La historia como comprensión: el sentido de lo histórico En
contra de esta visión teleológica de la historia, en la que todo
acontecimiento cobra sentido con respecto a un único fin –la recuperación
de la Antigüedad en Winckelmann, que se transforma con Schiller y Hölderlin
en la idea de la belleza como proyecto social y político, desembocando en
Hegel en el proyecto de realización de la libertad del hombre moderno–
Burckhardt presenta su propia visión de la historia, declarándose
a la vez en contra de toda filosofía de la historia[10]: “La filosofía de la
historia es un centauro, una contradictio in adjecto; pues la historia, es decir, la coordinación,
es la ‘no-filosofía’ [Nichtphilosophie], y la filosofía, es decir,
la subordinación, es la ‘no-historia’ [Nichtgeschichte]” (WB: 4,
RHU: 44). La
historia no tiene un origen a
partir del cual adquiera su sentido, ni un fin predeterminado a partir del que sea posible el conocimiento del porvenir.
En ella, por lo tanto, no se puede hablar de algo así como un sentido
único de los acontecimientos; ni mucho menos de un retroceso (historia como caída) o un progreso (historia como acercamiento gradual al fin), en la medida
en la que no hay un único criterio que determine una lejanía o una
cercanía con respecto a una meta final. Estos son todos elementos
característicos de una filosofía de la historia, y, tal como se ha
visto, corresponden a la visión de la historia resultante de la estética
del neoclasicismo. Lo
que le da sentido a la vida humana es, precisamente, la contingencia histórica,
la ausencia de una necesidad en los acontecimientos; en últimas, la
aceptación por parte del hombre de su propia historicidad. Todo intento
de formular y encontrar en el curso de los acontecimientos un “plan
universal superior” a toda historia particular de los pueblos y las
culturas, no es nada más que un “pobre consuelo” (WB: 164, RHU: 217).
El conocimiento del porvenir –que se ha mostrado como una necesidad
falsa del hombre en cuanto que sólo le sirve para huir de la aceptación
de su propia situación, es decir, de la contingencia de su propia
existencia y de la ausencia de un sentido ya predeterminado para ella–
no es sólo un contrasentido –en la medida en que el futuro, por
definición, es aquello que se desconoce (WB: 14, RHU: 56)– y un obstáculo
para la comprensión de lo histórico, al impedir toda “serena reflexión”
(WB: 172, RHU: 225). Implica además, al contrario de lo que creería una
filosofía de la historia neoclásica y romántica, la detención de toda
acción humana: para Burckhardt, los hombres actúan gracias a la
ignorancia de su propio porvenir, aunque intenten disfrazar esto con
“brillantes y fantásticas perspectivas del futuro” (WB: 172, RHU:
225). Las voluntades y las
acciones de los hombres y de los pueblos “sólo pueden desarrollarse
plenamente cuando viven y actúan ciegos, es decir, en gracia a sí mismos
y a las propias fuerzas internas” (WB: 14, RHU: 56).
Hablar
de un retroceso en la historia, no es más que el resultado de la
idealización de un pasado hasta el punto de convertirlo en criterio
universal. Burckhardt se manifiesta, haciendo seguramente alusión directa
a las tendencias del romanticismo, en contra de pensar, por ejemplo, en
una “antigua Atenas idealizada”[11].
El considerar a una época determinada de la historia más
“afortunada” y “dichosa” que todas, es el resultado de juicios que
son a la larga los “enemigos mortales del verdadero conocimiento histórico”
(WB: 254, RHU: 312): Hay
una ilusión óptica que nos lleva a ver la dicha reflejada en ciertos
tiempos y en determinados pueblos, y a presentárnosla por analogía con
la juventud del hombre, con la primavera, con la aurora y en otras imágenes
parecidas. Más aún, llegamos a imaginárnosla acomodada en una hermosa
comarca o en una morada concreta, al modo como el humo del atardecer
saliendo de una cabaña lejana despierta en nuestra imaginación la idea
de la intimidad hogareña entre los que moran bajo aquel techo. (WB:
252-3, RHU: 311) Aquí
queda más que clara la alusión a las imágenes utilizadas por el
neoclasicismo y el romanticismo para describir el ideal de la Antigüedad. Tan
absurdo es idealizar el pasado como el presente y el futuro; el progreso
en la historia, la dirección del presente a una meta futura que
representa la culminación de la historia, el olvido de todo lo que nos
precede por creer que estamos más allá de ello y lo hemos superado, son
para Burckhardt los errores en los que caen los modernos: Exactamente
como si el mundo y la historia universal sólo existiesen en gracia a
nosotros mismos. Todo el mundo toma su tiempo como la consumación de
todos los tiempos, y no sólo como una de las muchas oleadas transitorias.
[...] Sin embargo, todo lo particular [einzelne], y nosotros con ello, no
existe solamente en gracia a sí mismo, sino en virtud de todo el pasado y
en función a todo el porvenir. (WB: 260, RHU: 319)
El
hombre debe, por consiguiente, comprenderse como un particular más en las
oleadas transitorias de la historia, no como el encargado de llevar a cabo
algo así como un plan racional inmanente a la historia, ni de recuperar
un ideal del pasado para el presente. Todo ello no son más que ilusiones,
falsos consuelos, búsqueda de esperanzas que no hacen más que ocultar la
contingencia de la propia existencia. Por esto, dice Burckhardt, la función
de la historia, en contraposición a estas filosofías de la historia típicas
de los tiempos modernos, no es la búsqueda de lo que nos separa y nos
diferencia del pasado, sino de lo que nos une permanentemente a él:
“Nosotros nos fijamos en lo que se repite,
en lo constante, en lo típico [Typische],
como algo que encuentra eco en nosotros y es comprensible para nosotros”
(WB: 6, RHU: 46). Es rescatando la continuidad histórica, adquiriendo
conciencia de ella, que logramos comprender el pasado que nos precede, y
con ello, comprendernos a nosotros mismos en nuestro propio presente. Precisamente
este cambio en la perspectiva de la historia es mencionado por Löwith al
describir la tarea de Burckhardt en todas sus reflexiones: “El propio
objeto de estudio y enseñanza de la historia llevado a cabo por
Burckhardt a lo largo de toda su vida no fue la construcción filosófica
de la historia del mundo, ni promover una erudición técnica, sino el
desarrollo del sentido histórico” (Löwith, 1956: 29). Es el desarrollo
del sentido histórico, y no la búsqueda del sentido de la historia, lo
que intentan rescatar las Reflexiones.
Es la comprensión del pasado, y no su sistematización, lo que una nueva
visión de la historia presenta como alternativa a las filosofías
neoclasicista y romántica. Rescatar
el sentido histórico significa, para Burckhardt, rescatar la conciencia
de la continuidad, porque es ella justamente la que permite la comprensión,
el acercamiento al pasado. Podemos comprender a los hombres de todos los
tiempos, porque la historia es siempre la historia del hombre “que
padece, aspira y actúa; el hombre tal como es, como ha sido siempre y será”
(WB: 5-6, RHU: 46). El movimiento de la historia, llevado a cabo por las
acciones de los hombres, es una dialéctica permanente entre lo histórico
y lo espiritual (cf. WB: 7, RHU:
48): todo el estudio de lo histórico permite comprender, en ello, el espíritu
de cada tiempo, de los hombres que vivieron en él, porque el espíritu
cambia con los tiempos, pero nunca perece; éste representa en Burckhardt
la continuidad de lo histórico, aquello que en últimas posibilita
nuestra comprensión del pasado: “El espíritu es la fuerza que nos
permite asimilarnos idealmente todo lo temporal [...] El espíritu tiene
que convertir en posesión suya el recuerdo de su vida a través de las
distintas épocas de la tierra” (WB: 10, RHU: 51). El espíritu del
presente, así, sólo se comprende y se conoce a sí mismo a partir de la
comprensión del pasado que lo constituye; el pasado, a su vez, es
comprensible sólo en función del espíritu que, siendo histórico, logra
elevarse por encima de ello y transmitirse a todos los tiempos; y
todo este ir y venir es lo que llamamos historia. Así,
dice Burckhardt, el hombre no debe buscar la posibilidad de su libertad en
el futuro, por ejemplo, en la restauración de un ideal estético, en la
recuperación, a través de la belleza, de la unidad perdida. Esto es sólo
una de las formas de escapar del presente, y, por consiguiente, de escapar
también de la posibilidad de realizar nuestra libertad. Es el
conocimiento de la historia lo que nos proporciona nuestra verdadera
libertad, lo que nos permite realizarla en el presente: la libertad, para
Burckhardt, está en la comprensión del presente, en la incorporación
consciente de la tradición, de aquello que nos determina desde el pasado,
y que a la vez nos “libera” de su necesidad: “Pero nuestra
contemplación [del pasado] no es solamente un derecho y un deber, sino
que es, al mismo tiempo, una necesidad; es
nuestra libertad en medio de la conciencia de la red enorme de vínculos
generales que nos rodea y de la corriente de las necesidades” (WB:
11, RHU: 52. La cursiva es mía). El conocimiento de la historia, la
contemplación del espectáculo que ella representa, nos hace libres, al
despertar en nosotros la conciencia de nuestra propia historicidad: de
nuestra dependencia de las tradiciones que nos preceden, y de la
posibilidad que tenemos de incorporarlas conscientemente a nuestro propio
presente, de la insignificancia de nuestra existencia frente a la
totalidad de la historia del mundo[12];
en últimas, de la ausencia de un plan más perfecto del mundo y la
necesidad de su realización[13]. De
este modo concluye Burckhardt: Si
pudiéramos renunciar plenamente a nuestra individualidad y pudiésemos
contemplar la historia de los tiempos futuros con la misma serenidad y
asombro con que contemplamos el espectáculo de la naturaleza, con que
vemos, por ejemplo, una tempestad en el mar desde tierra firme, tal vez
podríamos vivir conscientemente uno de los capítulos más grandiosos de
la historia del espíritu. (WB: 270, RHU: 331) 5.
El arte y lo clásico: la intemporalidad de lo histórico La
visión de la historia de Burckhardt rompe entonces de manera definitiva
con la posibilidad de un proyecto estético como el del neoclasicismo. Al
contrario de elevar un momento histórico concreto a la categoría de
encarnación única en la historia del ideal estético, cada época debe
ser comprendida por sí misma y por las circunstancias que la determinan:
“nosotros somos los primeros que juzgamos los particulares [den
einzelnen] partiendo de sus
precedentes, partiendo de su época;
con esto caen las falsas grandezas y son proclamadas otras nuevas y
verdaderas” (WB: 212, RHU: 268). Lo
mismo parece suceder con el arte: éste, más que ser juzgado a partir de
un criterio universal de belleza, debe ser comprendido a partir de su
propia época. El arte es una fuente histórica valiosa, en la medida en
que nos acerca al espíritu del tiempo que representa, al espíritu de los
hombres que le dieron origen. Las artes, en Burckhardt, son la manifestación
concreta de la dialéctica espíritu-historia característica del
movimiento histórico, ya que ellas, más que ninguna otra cosa, logran
expresar materialmente lo espiritual: representan una vida superior,
porque aunque parten de lo temporal e histórico, son capaces de elevarlo
al nivel de lo espiritual e intemporal; su fruto es, así, imperecedero
(WB: 61, RHU: 106). Por esto ha señalado Burckhardt, desde el principio
de su exposición, que si hay algo incondicionado, algo que sea capaz de
desprenderse de las condiciones temporales que lo hacen posible, ello es
lo “bello” (das Schöne): Lo
verdadero y lo bueno se hallan muchas veces matizados y condicionados por
el tiempo; también, por ejemplo, se halla condicionada temporalmente la
conciencia; pero la devoción [Hingebung] a lo verdadero y lo bueno
temporalmente condicionados, sobre todo cuando lleva aparejados peligros y
sacrificios, es algo que impera de un modo incondicional. Lo bello
puede ciertamente elevarse sobre los tiempos y sus mudanzas y construir
para sí un mundo. Homero y Fidias son, todavía hoy, bellos; mientras que
lo que en su época era verdadero y bueno no lo es ya enteramente en la
nuestra. (WB: 11, RHU: 52) Esta
capacidad de elevarse por encima de todos los tiempos se revela poco a
poco en las Reflexiones como lo
característico de aquello que Burckhardt llama la “grandeza histórica”
(die historische Grösse). Los “verdaderos” artistas son grandes
hombres en cuanto que cumplen con una doble función: “exponer de un
modo ideal el contenido interior del tiempo y del mundo y transmitirlo
como un testimonio imperecedero a la posteridad” (WB: 214, RHU: 270). La
grandeza histórica, gracias a esta capacidad de transmitirse a todos los
tiempos, se caracteriza también por ser única e insustituible: “se
crea el sentimiento de que estos maestros [los artistas y los poetas] son
absolutamente insustituibles, de que sin ellos el mundo sería incompleto,
sería inconcebible” (WB: 219, RHU: 275). ¿Qué
es entonces lo clásico para Burckhardt? Si hay algo así como “lo clásico”
en sus reflexiones, esto debe entenderse en un sentido completamente
diferente al del neoclasicismo. Lo clásico ya no puede ser la Antigüedad
como canon, como criterio absoluto y como telos de la historia. Debe corresponder más bien a esta naturaleza
comprensiva de la historia, que rescata la conciencia de la continuidad en
la medida en que es ésta justamente la que permite entablar un diálogo
con el pasado. Si cada arte es y debe ser comprendido como resultado de su
época, ¿existe algún criterio para hablar de algo así como lo clásico?,
¿qué es, nuevamente, lo clásico en una visión de la historia como la
que plantea Burckhardt? La
respuesta parece ser la “grandeza” en el arte, en cuanto que alcanzar
esta grandeza es lo que le permite a una cultura elevarse por encima de lo
temporal: “quien ha hecho suficiente para los mejores de su tiempo, vive también
para todos los tiempos” (WB: 61, RHU: 107). No todos los pueblos
alcanzan esta grandeza en el arte; para ello parecen tener que conjugarse
diversas condiciones, y en esto se encuentran verdaderas coincidencias
entre Burckhardt y Winckelmann: para que una cultura alcance un carácter
universal, en el sentido de que logre dejar una huella insustituible en la
historia, capaz de elevarse por encima de la condicionalidad temporal,
debe darse el espacio social y político propicio, lo que Burckhardt llama
la sociabilidad y los centros de
intercambio cultural. Hay culturas, como la egipcia, en las que la
carencia de alguno de estos dos elementos las ha conducido, en el “campo
de lo espiritual” –es decir, en el campo de aquello que les permitiría
convertirse en imperecederas- “al estancamiento, a la limitación y a
las sombras” (WB: 64, RHU: 111). Burckhardt
considera, por lo tanto, que hay “culturas superiores” (“höherer
Kulturen”: ver WB: 67, RHU:
114), no todos los pueblos alcanzan esta especie de “lenguaje
universal” del arte, pero ya no, como en Winckelmann, lo alcanzan sólo
los griegos. Lo clásico ya no se identifica así con la Antigüedad, o
por lo menos no únicamente con ella, y ya no trae consigo ese carácter
normativo que adquiere dicho concepto en Winckelmann, sino que se
convierte en aquello que, aunque es enteramente el resultado histórico de
una época, y representa al espíritu determinado del pueblo que lo
produjo, sigue hablándole a los hombres de todos los tiempos. Es
este sentido de lo clásico justamente el que autores como Gadamer, ya en
el s. XX, rescatan como residuo de lo clásico en el sentido normativo del
historicismo. La propuesta de Burckhardt resuena en las reflexiones de
Gadamer, las cuales pueden servir para iluminar aquí y hacer más
comprensible la interpretación de lo clásico en el primero. Para Gadamer
lo clásico “es una realidad histórica a la que sigue perteneciendo y
estando sometida la conciencia histórica misma” (VM1: 357), aún después
de que lo clásico, en el sentido del neoclasicismo, ha sido desmontado
por la historia como comprensión. “En lo clásico –reitera Gadamer-
culmina un carácter general del ser histórico: el de ser conservación
en las ruinas del tiempo” (VM1: 359). Aquí parece estar, precisamente,
la coincidencia entre aquello que Burckhardt llama la grandeza en el arte,
lo “bello”, y la manera en la que Gadamer describe lo clásico como un
modo del ser histórico: Lo
clásico es lo que se ha destacado a diferencia de los tiempos cambiantes
y sus efímeros gustos; es asequible de un modo inmediato, pero no al modo
de ese contacto como eléctrico que de vez en cuando caracteriza a una
producción contemporánea, en la que se experimenta momentáneamente la
satisfacción de una intuición de sentido que supera a toda expectativa
consciente. Por el contrario es una conciencia de lo permanente, de lo imperecedero,
de un significado independiente de toda circunstancia temporal, la que nos
induce a llamar ‘clásico’ a algo; una especie de presente intemporal
que significa simultaneidad con cualquier presente. (VM1: 357. La
cursiva es mía) Lo
clásico es aquello que logra elevarse por encima de su tiempo, de su
propia época, y entabla un diálogo con todos los tiempos. Es aquello que
todo presente sigue sintiendo como actual, aunque haya sido creado miles
de años atrás. Y todo ello es posible, precisamente, por esa continuidad
histórica rescatada por Burckhardt: el hombre del pasado es el mismo del
presente, un hombre que padece y actúa, y que, por consiguiente,
comprende el padecer y el actuar de los hombres del pasado: La
poesía alcanza su punto más alto [entiéndase entonces alcanza su
grandeza, se vuelve clásica], cuando del torrente de la vida, de lo
fortuito, lo mediocre y lo indiferente [...] extrae lo general humano en
sus más altas manifestaciones, lo condensa en imágenes ideales y expone
la pasión humana luchando con el alto destino [...]; cuando habla con el
hombre en un lenguaje maravilloso, que al hombre le parece que era el suyo
en una vida mejor; cuando transforma en una obra de arte imperecedera los
dolores y las alegrías de los hombres que vivieron en todos los pueblos y
todos los tiempos para que se diga “eternamente vive el amor”, desde
la furia salvaje de Dido hasta la nostálgica canción popular de la novia
abandonada, para que el dolor de quienes nazcan más tarde y escuchen
estas canciones se purifique con ellas, y se sientan parte de un todo más
alto, del dolor del mundo. (WB: 222, RHU: 278) Por
eso la poesía aporta más que la historia al conocimiento de la
humanidad; porque en ella se muestra lo que hay de eterno en los pueblos;
porque ella justamente, seguida por la grandeza de todas las artes, es
capaz de hablarle a todos los hombres de todos los tiempos, trascender las
fronteras temporales de lo histórico para convertirse en la imagen ideal
de todo lo que hay de espiritual en el hombre. Las artes, o por lo menos
las que han alcanzado la grandeza, son así siempre un presente, se elevan
al terreno de lo intemporal. Y, por ello, deben ser entendidas como lo clásico
en Burckhardt: porque logran siempre establecer su vigencia en un diálogo
permanente con todo presente, porque logran ser, una y otra vez,
comprendidas e interpretadas; porque, en últimas, no pierden nunca su
elocuencia: A
base del mundo, del tiempo y la naturaleza, el arte y la poesía forman imágenes
valederas para todos y comprensibles para todos, que son lo único
terrenalmente permanente, una segunda creación ideal, sustraída a la
temporalidad determinada y concreta en que surge, terrenalmente inmortal, una lengua para todas las
naciones. (WB: 61, RHU: 107. La cursiva es mía) Así,
las artes “liberan, entusiasman y unen espiritualmente a los siglos
posteriores” (WB: 61, RHU: 107). Nuevamente,
y retomando a Gadamer: [...]
como dice Hegel, lo clásico es ‘lo que se significa y en consecuencia
se interpreta a sí mismo’. Pero en último extremo esto quiere decir
que lo clásico es lo que se conserva porque se significa e interpreta a sí
mismo; es decir, aquello que es tan elocuente que no constituye una
proposición sobre algo desaparecido [...] sino que dice
algo a cada presente como si de lo dijera a él particularmente. (VM1:
359. La cursiva es mía) La
nueva visión de la historia de Burckhardt trae consigo, entonces, una
nueva visión del arte, una nueva valoración estética, y, a la luz de la
ayuda que aportan para la comprensión de Burckhardt las reflexiones de
Gadamer, también una nueva concepción de lo clásico. Filosofía de la
historia y estética se muestran, nuevamente, íntimamente ligadas. Así
como el proyecto estético del neoclasicismo se mostraba ya como un
proyecto necesariamente histórico, como la recuperación de un ideal estético
encarnado en la Antigüedad clásica, el proyecto histórico de Burckhardt
trae consigo su propia valoración del arte, sus propios criterios estéticos.
La belleza en Winckelmann es la belleza del arte griego. Lo bello, en
Burckhardt, es aquello que, en el arte, logra elevarse por encima de todos
los tiempos. En Winckelmann la invitación es a la imitación de lo
antiguo a partir de la cual debe poder transformarse el presente,
convertir el ideal perdido del pasado en el futuro que nos hará libres.
En Burckhardt, por el contrario, el papel del hombre debe ser el de un
espectador que, contemplando la totalidad de la historia, descubre su
propia contingencia, deja de esperar un futuro liberador y encuentra su
propia libertad en el presente, en el diálogo permanente con el pasado.
Este diálogo trae a la vez, consigo, la comprensión de lo que nos
determina y su incorporación consciente como aquello que posibilita, no
que impide, nuestro actuar. A
pesar de sus diferencias, el pensamiento de Burckhardt se muestra también
como resultado del proceso iniciado por Winckelmann. La historización del
ideal estético, desde el momento en el que la idea de belleza es
encarnada en el arte griego, posibilita lo que en Burckhardt se convierte
ya en una historia comprensiva de cada presente: el arte es resultado de
una época determinada y así debe poder ser comprendido, es la
manifestación intemporal de lo histórico, y es por ello que debe ser
valorado. Y
al final, tanto en Winckelmann como en Burckhardt, pasando por Schiller, Hölderlin
y Hegel, la comprensión de lo que somos se revela íntimamente ligada a
la visión de la historia e inseparable de la reflexión estética: es
finalmente en el arte, para todos ellos, que el hombre logra
inmortalizarse. [1]
El libro fue publicado por primera vez en 1905, después de la muerte
de Burckhardt, y es el resultado de las notas para su curso en la
Universidad de Basilea (1868-1885) y unas conferencias que dictó
entre 1870 y 1871. [2]
Aquí se dejará de lado si la interpretación que hace Burckhardt de
Hegel es o no adecuada. [3]
Burckhardt, por supuesto, no es el primero en proponer esta mirada de
lo clásico. Algo similar es ya sugerido en el s. XVIII por Hume en su
ensayo “Sobre la norma del gusto”. Sin embargo, aunque Hume hace
ya alusión a la posibilidad de comunicabilidad del gusto entre
distintas épocas históricas, y se aleja de la concepción de la
belleza de la Antigüedad como único criterio del gusto, las razones
aducidas por el filósofo inglés serán a la larga diferentes a las
de Burckhardt: Hume recurre a la naturaleza humana en el sentido biológico
para justificar la posibilidad de una norma del gusto; la historicidad
de una obra de arte puede ser más bien un obstáculo para la
comunicabilidad (cf. ST:
243ss). Burckhardt, por el contrario, recurre a la historia como medio
y elemento para redefinir lo clásico. Para él, como se verá, es
justamente la historicidad de una obra de arte, el hecho de ser
plenamente representativa de su propia época, lo que la conduce a
convertirse en clásica para todos los tiempos.
[4]
Es interesante, sin embargo, señalar aquí que, aunque la querelle
des anciens et des modernes
tendrá también sus defensores por parte y parte entre los alemanes
durante el s. XVIII, la disputa adquirirá en Alemania un matiz
diferente, que se ve muy claramente en autores como Schelling y
Schiller a finales del siglo, pero que ya encuentra sus trazos
principales en posiciones de autores de mediados de siglo como
Winckelmann y Herder. Estos matices tendrán que ver con la introducción
de la historia como factor fundamental que no puede ignorarse en la
discusión. Es justamente esta introducción de la historia en las
consideraciones estéticas la que en este artículo estoy intentando
conectar con las reflexiones winckelmannianas. Para una explicación más
detallada de este problema son interesantes el artículo de Jauss
“La réplica a la querelle des anciens et des modernes” y las
sugerencias de Szondi comenzando el primer tomo de “Poética y
filosofía de la historia”. [5]
Esto es determinante para una consideración estética del arte, en la
medida en que hace al arte necesario.
Si la belleza es una idea que se encuentra más allá de lo real, y
que aparece oculta en la naturaleza, el arte no es necesario para su
existencia; es, si acaso, una de sus posibles encarnaciones. En
cambio, para Winckelmann, como puede verse, el arte griego realiza la
belleza artística, superior a la belleza de la naturaleza. Es el arte
el que le da existencia a la belleza ideal.
[6]
Varios comentarios
de Winckelmann a lo largo de su estudio parecen aludir precisamente a
este objetivo. Por ejemplo, en el Capítulo XV, dice: “El arte
moderno, siguiendo el mismo camino, habría llegado sin duda a su
perfección si los artistas no hubiesen abandonado demasiado pronto el
camino que les había trazado Miguel Angel” (HAA: 627). Miguel Angel
sería el representante, en el arte moderno, del estilo sublime de los
griegos, paso inmediatamente anterior al arte bello –que resulta
ser, como lo destaca Assunto, la unidad de lo sublime y de la gracia:
“noble sencillez, serena grandeza” (cf.
Assunto, 1990). Ya en las Reflexiones
Winckelmann hacía alusión a Rafael como el artista que, en la
modernidad, gracias a su imitación de las obras de arte griegas, habría
alcanzado la grandeza artística. El proceso seguido por Rafael es
descrito por Winckelmann como el proceso que todo artista moderno
debería seguir (cf. RIG: 92-3).
[7]
Esta mención a los románticos es importante, a la luz de la
totalidad de este texto, en la medida en que es justamente en contra
de esta filosofía de la historia romántica, la cual encuentra de
alguna manera su culminación en Hegel (como se sugerirá más
adelante), que Burckhardt va a reaccionar en sus Reflexiones. [8]
Kart Mannheim, en su análisis sobre los orígenes del pensamiento
conservador, orígenes que el autor decide ubicar precisamente en la
Alemania de los s. XVIII y XIX, muestra cómo uno de los rasgos
principales de este pensamiento era precisamente una concepción
particular del pasado, considerado como una realidad aún existente en
el presente (cf. Mannheim,
1953: 127). Winckelmann es un buen ejemplo de este tipo de perspectiva
sobre la historia. En él, la historia es introducida por primera vez
en las reflexiones estéticas, pero sólo en la medida en que ayuda a
ubicar la belleza dentro de una realidad histórica concreta. Más allá
de ello, la historia desaparece, excepto en la medida en que es
siempre un camino a la recuperación de la Antigüedad.
[9]
Como también lo explica Taminiaux, la nostalgia trae consigo,
necesariamente, en sus inicios, una mirada negativa del presente (cf.
1993: 75). Esta mirada, sin embargo, se transforma en ambos autores, a
la larga, en una valoración positiva: el presente no puede dejarse de
lado en la recuperación de la Antigüedad; debe, por tanto, valorarse
por sí mismo, evaluarse en sus posibilidades propias. Sólo por medio
de esta valoración de lo propiamente moderno puede llevarse a cabo la
repatriación. [10]
Aquí se obviará el problema de la posible presencia de elementos
característicos de una filosofía de la historia en Burckhardt. A la
vez que se declara en contra de toda filosofía de la historia, sus Reflexiones
parecen a veces no poder escapar de la tradición filosófica que las
precede (sobre todo la de Herder y Hegel). Sin embargo, eso ya es un
tema para otro artículo. [11]
Y agrega en otro de sus capítulos: “El período de Pericles en
Atenas sí que era una situación en la que se aterraría de vivir
todo hombre tranquilo y apacible de nuestros días, en que este tipo
de hombre se sentiría mortalmente desgraciado, aún cuando no
perteneciese a la mayoría de los esclavos o a los vecinos de una de
las ciudades de la hegemonía ática, sino a la categoría de los
hombres libres y de los vecinos con plenitud de ciudadanía de
Atenas.” (WB: 258, RHU: 317-8) [12]
Dice Löwith:
“La única conclusión sólida que la contemplación de este espectáculo
[el espectáculo de la historia en Burckhardt] nos hace formular, no
consiste en consolarnos con un plan más perfecto del mundo, sino en
una tasación más moderada de nuestra existencia sobre la tierra”
(Löwith, 1956: 34) [13] Aquí se ven en Burckhardt grandes coincidencias con Nietzsche: es la aceptación de la contingencia la que nos lleva a valorar nuevamente la vida, a ser verdaderamente libres. Dice Nietzsche que Burckhardt es el único verdadero historiador en su época, en la medida en que se manifiesta precisamente en contra de los elementos típicos de una filosofía de la historia: “Toda historia ha sido hasta ahora escrita desde el punto de vista de un resultado (fin), a saber, bajo la suposición de una razón que se desarrolla [...] Pero se trata de esto en suma: ¿dónde están los historiadores que no ven las cosas desde el dominio de “tonterías” [Flausen] universales? Sólo sé de uno –Burckhardt. Por todas partes el gran optimismo en la ciencia. [...] También en las ciencias naturales se da esta divinización de la necesidad” (Fragmentos póstumos, 1875-1876. KSA 8.65). La traducción es mía. |
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