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Hacia un definición del pensamiento romántico y de sus conexiones con un pensamiento político |
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El
mundo debe ser romantizado. Sólo así encontraremos el sentido original.
Romantizar no es otra cosa que una potencialización cualitativa. Esta
operación es aún totalmente desconocida. Pues por medio de ella le doy a
lo ordinario un sentido elevado, a lo común un aspecto misterioso, a lo
conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito la apariencia de lo
infinito; así, yo los romantizo. Novalis. Poëticismen. |
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¿Qué es el romanticismo? Tal es la primera pregunta a la que este texto pretende enfrentarse. Podría decirse, como lo sugiere un autor como D’Angelo, que el romanticismo es justamente aquello que los autodenominados románticos dijeron que era: el primer manifiesto artístico grupal de la historia del arte. Pero esto conduce inmediatamente a una clara limitación (limitación que de hecho determina el análisis de D’Angelo): ¿acaso todos los románticos, para serlo, tendrían que haberse declarado a sí mismos como pertenecientes a dicho movimiento? Desde esta perspectiva, autores como Schiller, Hölderlin y el joven Hegel no podrían ser nunca calificados de románticos, posición que de hecho resulta atractiva para aquellos que defienden que ninguno de los tres autores anteriores cae bajo las categorías comunes del romanticismo: el anhelo de infinitud, la ausencia completa de forma, la renuncia a la realidad, la entrega absoluta a la naturaleza, por decir unas cuantas. Pero
el romanticismo es mucho más que esto, o al menos, cuando yo hablo de
romanticismo, quisiera ir mucho más allá de esto. Tal y como Carl
Schmitt lo aclara en su investigación, el romanticismo es una realidad
espiritual, perteneciente a y resultado de un proceso histórico
determinado: es una Weltanschauung
que determina un comportamiento propio y una manera de relacionarse con el
mundo, y todas las características que lo acompañan, todas aquellas que
son usualmente señaladas como románticas, adquieren sentido únicamente
a partir de un esfuerzo inicial de desencubrimiento de aquel impulso
original que movió desde el principio la respuesta romántica a unas
condiciones históricas y filosóficas determinadas. Esto
conduce a una segunda pregunta: si el romanticismo es la respuesta a una
época histórica particular, a unas condiciones ideológicas
determinadas, será también, de manera casi inevitable, y consciente o
inconscientemente, una respuesta política. Esto se acentúa por el hecho
de que la época queda marcada por el acontecimiento de la Revolución
Francesa, que acompaña inevitablemente, de una u otra forma, todas las
reflexiones del momento. ¿Cuál es, pues, desde esta perspectiva, la
intención política del romanticismo? Para responder a esta pregunta, es
necesario hacer una aclaración adicional: es muy posible, como lo
descubre Schmitt, que un mismo impulso vital, una misma manera de ver el
mundo, conduzca, en circunstancias diferentes, a reacciones políticas
diferentes (esto sucederá especialmente con el romanticismo, como se verá
más adelante). La investigación debe ser reorientada: ¿cuáles son las
intenciones políticas del romanticismo alemán de finales de s. XVIII y
principios del s. XIX? La respuesta más conocida, aquella determinada por
la interpretación que los alemanes de la época tuvieron del
romanticismo, relaciona este movimiento con el conservadurismo: el
romanticismo se presentó, a finales del s. XVIII y principios del XIX,
como un movimiento reaccionario, que sirvió para consolidar y dar forma,
por primera vez, a la visión política conservadora. Tal es, en todo
caso, la tesis de Mannheim.
Sin
embargo, aquí quedan aún muchos cabos sueltos. Es cierto que, como
hechos históricos, el romanticismo alemán y el pensamiento conservador
se dieron como reacciones paralelas a las condiciones de una época
particular. El primero podría hacer referencia a una posición ideológica
filosófica, mientras el segundo es una respuesta concretamente política,
pero las ideas se entrecruzan, combinándose algunas veces, distanciándose
otras. A veces parecería difícil distinguir lo que es propiamente romántico,
de lo que es conservador; y, sin embargo, preferiría no tener que
afirmar, como sí lo hace Mannheim, que todo pensamiento romántico es
conservador. Preferiría decir, con Schmitt, que el conservadurismo no es
esencial al romanticismo, sino que es simplemente una de las formas que
este último adquiere a través de la historia. Que el romanticismo se
haya mostrado, en algunos autores alemanes del s. XIX, como un movimiento
reaccionario, que las ideas románticas le hayan servido, en últimas, a
la nobleza alemana para evitar una revolución, que el pensamiento de
autores como Schiller y Hölderlin pueda mostrarse, algunas veces,
participando de elementos conservadores, puede ser muy aclaratorio, pero
no suficiente para emitir juicios definitivos.
Finalmente, las preguntas que a la larga me interesa responder son, más bien, cuáles son las posibles tensiones, acercamientos, y distancias que existen entre estas dos categorías histórico-ideológicas, y cómo la respuesta a esta primera pregunta ayuda a entender los pensamientos de autores como Schiller y Hölderlin: ¿hasta qué punto puede decirse que son románticos?, ¿hasta qué punto que son conservadores? La relación entre tragedia y filosofía de la historia, que será analizada a lo largo de mi trabajo de doctorado, puede traducirse, en primera instancia, como una relación entre estética y política, reflejada, a su vez, en este enfrentamiento-acompañamiento entre el romanticismo y el pensamiento conservador. Lo importante, por ahora, es dejar claras las categorías; examinar, como propone Schmitt con respecto al romanticismo, y como lo hace Mannheim con el pensamiento conservador, cuáles son sus impulsos originales, de dónde provienen y a dónde conducen. Sólo así queda el camino abierto para que, a lo largo de mi trabajo de doctorado, se examine progresivamente si Schiller y Hölderlin se adecuan del todo, o sólo parcialmente a ellas. Lo que sí es seguro, como se verá ya en este texto, es que participan de sus características y que el espíritu de los tiempos dejó, como es inevitable, una huella definitiva en sus propuestas. |
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1.
La Revolución Francesa como “agente catalizador”
La
Revolución Francesa, y la lectura que de ella se hizo en Alemania, es
determinante para comprender, en primer lugar, el desarrollo del
pensamiento estético-político de pensadores como Schiller y Hölderlin.
En el caso del primero, son justamente los acontecimientos de la última década
del s. XIX, la Francia revolucionaria y las consecuencias que ésta trajo
para el espíritu político de la época, las que lo llevaron a dejar de
lado, por un tiempo, su producción literaria y dedicarse a la reflexión
filosófica. No es coincidencia, por supuesto, que los escritos filosóficos
schillerianos se ubiquen entre los años de 1790 y 1796. Es la decepción
frente a la Revolución Francesa la que conduce a Schiller a sus
reflexiones estéticas. Así justifica, al menos, sus investigaciones, en
una de las cartas que escribe al príncipe Friedrich von Schleswig: Si
fuera cierto el hecho, si hubiera sucedido de verdad el extraordinario
caso de que la legislación política hubiera sido transferida a la razón,
de que el hombre hubiera sido respetado y tratado como fin en sí mismo,
de que la ley hubiera sido elevada al trono, y la verdadera libertad
instituida como principio básico, entonces me gustaría despedirme para
siempre de las musas y dedicar toda mi actividad a la más señorial de
las obras de Arte, a la monarquía de la Razón. Pero es de este hecho
precisamente del que dudo. Estoy ya tan lejos de creer en una regeneración
de lo político, que los acontecimientos de la época me privan por siglos
de toda esperanza de alcanzarlo (CP, 100). El
arte y la estética son aún necesarios, porque la Revolución Francesa no
ha hecho otra cosa que demostrar el fracaso de un intento de instauración,
por medio de la revolución, de la libertad política y de la razón. Las
primeras palabras de Schiller describen las esperanzas que también los
pensadores alemanes de finales de s. XIX tenían puestas en la Revolución
Francesa: en 1789 todos pensaron que, como lo dice Schiller, la libertad
había sido instituida, por fin, como principio básico y la legislación
política había sido transformada en el reino de la razón. Pero pronto
se dieron cuenta de que lo primero era sólo una abstracción, una
libertad negativa, carente de contenido; y que la instauración de la razón
no era otra cosa que violencia del pensamiento frente a la realidad: la
realidad no estaba lista para recibir los imperativos de la razón (hay
que decir que de esto ya era consciente Kant), la Revolución Francesa no
era otra cosa que un acontecimiento prematuro. Hölderlin,
por su lado, fue uno de los pensadores alemanes más entusiasmados con los
acontecimientos en Francia. Las cartas que escribía a sus amigos, a su
hermano, a su madre, están llenas de referencias a los revolucionarios
franceses. Sus primeros poemas no son otra cosa que apologías de la
Revolución, de la instauración de la libertad: “¡Ah! Los manes de los
divinos Catones / están triunfando en los Campos Elíseos / la juventud
blande arrogantes insignias en tropel, / el templo de la Gloria se abre a
los ejércitos […] los vengadores de la patria se encaminan /
triunfalmente hacia el mundo mejor” (HL, 31). Y, sin embargo, como
Schiller, aunque no tan tempranamente como éste, se da cuenta del fracaso
rotundo de la Revolución Francesa (aquí, por supuesto, reproduzco la
comprensión que los alemanes de la época tuvieron de la Revolución, no
es ésta mi interpretación de los hechos) y con éste, de la
imposibilidad general de una revolución. La decepción frente a la
Revolución es la decepción frente a la posibilidad de recuperación de
un pasado glorioso y conduce a Hölderlin a la nostalgia, al dolor por la
añoranza de épocas pasadas (por primera vez introduce a Grecia como
pasado perdido para siempre) y a la necesidad de remitirse a la reflexión: ¡Sí,
en aquella edad mejor, / tu corazón amante, tu gran corazón fraterno /
no se habría batido en vano por un pueblo […] ¡Muere! En vano buscarás
por esta tierra/ tu elemento, oh espíritu preclaro / ¡Ática la gigante,
ha caído! […] ¡Que esta lágrima sea, pues, la última / vertida por
la sagrada Grecia! / ¡Oh, Parcas! Haced sonar vuestras tijeras / ya que
mi corazón pertenece a los muertos.
(G, 35) A
partir de 1793, Hölderlin abandona la creencia en la poesía como parte
de la acción revolucionaria, para dedicarse, en el drama y la tragedia,
en Hiperión y Empédocles,
a consideraciones estéticas
y filosófico históricas. Para buscar, como Schiller, nuevas alternativas
en el arte y en la historia para la instauración de la libertad.
La
nostalgia que caracteriza las reflexiones de ambos autores (esto será
trabajado con detalle en otro texto), aquella que mueve sus propuestas de
una filosofía de la historia encaminada a la recuperación de la libertad
en la belleza y sus visiones trágicas del mundo, no es otra cosa que el
resultado de la decepción frente a la Revolución Francesa. Esta se
muestra, así, como determinante para comprender el pensamiento de ambos
autores. Pero
no sólo de ellos, sino de los movimientos ideológicos y políticos de la
época. Ya dejando de lado, por un momento, a Schiller y a Hölderlin, y
encaminándome a lo que este texto se ha propuesta resolver, la Revolución
Francesa se presenta como un “agente catalizador” tanto del
pensamiento conservador, como del romanticismo (Mannheim: 88). Así lo
presentan, respectivamente, Mannheim y Schmitt, pero también autores como
Berlin y Assunto. Los acontecimientos franceses serán interpretados políticamente,
pero también en lo que estos representan desde un punto de vista estético
y filosófico. Para muchos, la Revolución Francesa será la encarnación
política del clasicismo (del clasicismo francés de principios del s.
XVIII, muy distinto, desde el punto de vista de los alemanes, del
clasicismo de Weimar de finales de siglo), por un lado, y del
racionalismo, por el otro. La filosofía práctica kantiana será vista
como el estandarte del jacobinismo. Kant, la Ilustración y el
racionalismo en general harán parte de las primeras críticas dirigidas a
y motivadas por la Revolución. 1.1.
La Revolución Francesa y el pensamiento conservador:
Burke y Schiller como críticos
de la Revolución Después
de la Revolución Francesa, dice Mannheim, se desarrolló una “tendencia
polarizadora en el pensamiento” (89) entre los estilos liberal y
conservador. Mannheim ubica los principios de esta polarización en el
enfrentamiento ideológico entre Francia, liberal, defensora de la
Revolución, y Alemania, reaccionaria, cuya respuesta a la Revolución se
dio, principalmente, en el plano filosófico. Esta “contrarrevolución”
(Mannheim, 90) se convirtió en el punto de apoyo de la reunión y
consolidación de aquellos elementos conservadores que habían tendido a
ser dejados de lado por el gran impulso de racionalización de la
Ilustración. Así, dice Mannheim, mientras Francia, con su Revolución,
se mostraba como el “reconstructor radical de todos los elementos de la
Ilustración y del racionalismo en la conciencia […] Alemania representó
un papel complementario en cuanto convirtió al pensamiento conservador
orgánico, histórico, en un arma, dándole lógica interna” (91).
El
pensamiento conservador surge así, en primera instancia, de una reacción
frente a la Revolución Francesa, vista como la encarnación de la razón
llevada a sus extremos, como la culminación de un proceso de
racionalización de la conciencia burguesa, caracterizado por la superación,
a través de un pensamiento cuantitativo, universal, de un pensamiento
cualitativo, tendiente a lo concreto y a lo particular. La Ilustración
era vista así como un pensamiento cuyos lineamientos eran completamente
abstractos, y cuyo conocimiento se mostraba absolutamente disociado de las
comunidades históricas concretas: la verdad es asimilada a la validez
universal, y todo lo que no pueda ser expresado en una forma
universalmente válida y demostrable es relegado a un segundo plano
(Mannheim, 97). Son justamente todas estas formas y estos elementos
calificados como irracionales por el racionalismo y por ende, para los críticos
conservadores alemanes, por el pensamiento liberal, aquellos que serán
retomados, reformulados y utilizados por los reaccionarios
para darle forma y consolidar una “contralógica”, un nuevo
tipo de pensamiento, el conservadurismo. Así, en éste, “la comunidad
se levanta contra la sociedad, la familia contra el contrato, la certeza
intuitiva contra la razón, la experiencia espiritual contra la
experiencia material” (Mannheim 101). El pensamiento conservador no
solamente se alza como una crítica a los contenidos proclamados por la
Revolución, sino a la lógica misma detrás de los acontecimientos: a una
visión del mundo que, llevada a sus extremos, se había mostrado como
olvido de la naturaleza del hombre, de la tradición y de las relaciones
humanas con el mundo y con los otros, como una tendencia abstraccionista
cuyo destino, como lo diría Hegel unos años más adelante, no era otro
sino la negación violenta de todas las realidades, el régimen del
terror. Para
todo este movimiento de consolidación del pensamiento conservador en la
Alemania reaccionaria fueron muy importantes las críticas a la Revolución
formuladas por un autor inglés, el primero en ver con claridad el destino
que sufriría la Revolución a causa de sus ideales abstractos y las
consecuencias que ésta traería para Europa: Edmund Burke. Sus Reflexiones
sobre la Revolución Francesa, escritas apenas en 1790, serían de
gran influencia para los autores conservadores alemanes de principios de
s. XIX (en especial, señala Mannheim, para Adam Müller). Coinciden además,
en muchos de sus puntos, con las críticas que en Alemania el mismo
Schiller formularía a la Revolución. Aunque no parece que Schiller haya
podido leer a Burke antes de escribir sus ensayos sobre La
legislación de Licurgo y Solón (1790), las Cartas
al Príncipe Friedrich von Schleswig (1793) y las Cartas
sobre la Educación Estética del hombre (1795) –lugares en donde
quedan formuladas de manera concisa las críticas a los acontecimientos
franceses a partir de 1789- muchas de sus preocupaciones coinciden con las
de Burke. Las reacciones de ambos autores a la Revolución y sus críticas
al pensamiento revolucionario son un buen ejemplo de la relación,
sostenida por Mannheim, entre la Revolución y la consolidación del
pensamiento conservador. Esto no quiere decir, por supuesto, que Burke y
Schiller puedan ser categorizados, sin más, como autores conservadores.
El primero, si conservador, es más bien un “conservador liberal”,
profundamente tradicionalista, pero defensor de una tradición que tiende
a verse más bien como liberal que como conservadora: la tradición de la
revolución política inglesa del. S. XVII. El segundo alcanzó a ser un
fuerte entusiasta de la Revolución, y sus críticas, aunque
antirrevolucionarias, no podrán ser del todo calificadas de
conservadoras: las impulsa, en el fondo, una mirada hacia delante, hacia
el futuro, y una conciencia muy clara del hecho de ser moderno, cosas de
las que carecerán, en general, las propuestas conservadoras, como se verá
más adelante, en la segunda sección de este texto. Las
críticas de Burke a la Revolución están dirigidas, principalmente,
desde dos perspectivas: la perspectiva
tradicionalista, defensora de una continuidad histórica y del
“principio de reverencia a la antigüedad” (entiéndase aquí antigüedad
como el pasado histórico en general, no como la antigüedad clásica), y
la perspectiva realista, crítica de toda abstracción y generalización
de las condiciones y principios que rigen la realidad política. La
primera se concentrará, sobre todo, en atacar el hecho mismo de la
revolución, en la medida en que, para el autor, “con o sin derecho, una
revolución será siempre el postrer recurso de los buenos y los
reflexivos” (RF, 66). La segunda tomará como objeto de sus críticas
las formulaciones teóricas de la Revolución Francesa, su lema de
“libertad e igualdad para todos” y la declaración de los Derechos del
Hombre, que no constituirán, para Burke, otra cosa que una complicada y
vacía “metafísica política” (RF, 45). Para
Burke una revolución en Francia era, antes que nada, innecesaria. Los
revolucionarios franceses cometieron el error de precipitarse a una
revolución sin aprovechar, primero, los elementos que la misma situación
política les daba para llevar a cabo las transformaciones requeridas sin
necesidad de apelar a cambios radicales. Burke apela a la importancia que
tienen la historia, las tradiciones, las costumbres y las ideas pasadas en
la realidad del presente. Son ellas, para el autor, las que le dan sentido
a las instituciones y a los derechos de los hombres. Ellas constituyen el
“árbol genealógico de nuestras libertades” (RF, 67), la “herencia
vinculada que nos ha sido legada por nuestros antecesores y que debe ser
transmitida a nuestra posteridad” (RF, 68). “No es posible calcular,
advierte Burke, la pérdida que se sufre cuando se hacen desaparecer las
antiguas opiniones y reglas de vida. Desde ese momento no tenemos brújula
que nos gobierne, ni podemos saber claramente a qué puerto dirigirnos”
(RF, 109). Esto es justamente lo que les ha sucedido a los franceses a
partir de los acontecimientos de 1790: abandonar las tradiciones, negar el
pasado, creer que todo vuelve a empezar sin tener que mirar atrás en la
historia, conduce inevitablemente a la ruina de un pueblo, a la pérdida
absoluta de respeto y de dignidad: “Respetando a vuestros antepasados
habríais aprendido a respetaros a vosotros mismos” (RF, 71). Los
revolucionarios “no tienen respeto por la sabiduría de los demás, pero
la compensan con una gran cantidad de confianza en sí mismos” (RF 117).
Sin embargo, no es la razón la que les da dignidad a los hombres, es el
respeto por la historia y las costumbres. Haciendo alusión a los ideales
de la Ilustración, dice Burke: Tenemos
miedo a que los hombres vivan y se relacionen basándose en su depósito
personal de razón; porque sospechamos que el depósito de cada hombre es
pequeño y que harían mejor los individuos aprovechando el banco general
y el capital común de las naciones y de los tiempos. (RF, 116) En
Burke aparece así, claramente formulada, una concepción “positivamente
histórica de la historia” (Mannheim 152), una apelación directa al
pasado como justificación y criterio para la transformación del
presente. Todo cambio en la historia, toda transformación, debe llevarse
a cabo por medio de una “dialéctica conservadora”. Se debe
“conservar y reformar a la vez” (RF, 187), “compensar, reconciliar,
contrapesar” (RF, 188), partir de “las partes útiles de una institución
antigua y adaptar lo que se añade a lo conservado” (RF, 187), pues “sólo
con precaución infinita es posible aventurarse a derribar un edificio que
ha respondido en proporción aceptable durante siglos a las finalidades
comunes de la sociedad” (RF, 94). Una metáfora similar es utilizada por
Schiller en las Cartas sobre la
educación estética del hombre: “Para reparar un mecanismo de
relojería, el relojero detiene las ruedas, pero el mecanismo de relojería
viviente que es el Estado ha de ser reparado en plena marcha, y eso
significa cambiar la rueda mientras está en funcionamiento” (CEEH III,
127). La historia debe permanecer en marcha, en el curso continuo de los
eventos. De lo contrario sucede lo que, para Burke, constituye la segunda
gran crítica a la Revolución Francesa: la caída en la ausencia total de
contenidos; en la especulación y la invención y en una metafísica política
que no conduce a nada excepto a la desaparición de toda verdadera
libertad: Todos
vuestros sofistas no pueden
inventar nada más adecuado para mantener una libertad racional y viril,
que el camino que hemos seguido quienes hemos escogido como grandes
almacenes y depósitos de nuestros derechos y privilegios la naturaleza en
vez de las especulaciones, nuestros pechos en lugar de nuestras
invenciones. (RF, 70) En
efecto, la segunda perspectiva de Burke, que he llamado más arriba
“realista”, es consecuencia de la “tradicionalista”: sólo la
historia puede dar contenido a los ideales. Quien niega la historia se
condena a caer en la negación de contenidos reales. Esto es lo que
sucede, para Burke, con los ideales de la igualdad y la libertad de la
Revolución. El primero, el “principio de la igualdad abstracta” (RF,
72-3), pretende negar una necesidad política real, la diferencia,
haciendo abstracción de la particularidad y la concreción de los
individuos que componen una sociedad: “Han intentado confundir toda
clase de ciudadanos en una masa homogénea […] reducen a los hombres a
meros guarismos sueltos únicamente para poderlos contar” (RF, 202).
Para Burke, al contrario del pensamiento revolucionario, “todos los
hombres tienen iguales derechos, pero no a cosas iguales” (RF, 92).
Creerlo así no es más que tener una idea utópica, irrealizable, de
sociedad, tal y como lo muestra la historia. Lo
mismo sucede con ese “nombre omnirreparador de libertad” (RF, 225) al
que apela la Revolución como justificación de sus acciones: “¿Qué es
esa causa de la libertad y qué son esos actos a su favor para los cuales
es tan singularmente auspiciador el ejemplo de Francia?” (RF, 88). Para
Burke, la libertad proclamada por la Revolución no puede ser una libertad
positiva, concreta, en la medida en que carece de todo seguro
proporcionado por la tradición, de todo significado moral: “Una
libertad que no tiene como compañeros la prudencia y justicia y que no
lleva en su séquito la prosperidad y la abundancia, será siempre, para mí,
de apariencia equívoca” (RF, 158). Esas libertades proclamadas por los
Derechos del hombre, que Burke califica de “derechos metafísicos”
(RF, 94), son “moral y políticamente falsas […] en la misma proporción
en que pueden ser teóricamente verdaderas” (RF, 95): “Como las
libertades y restricciones varían con los tiempos y con las
circunstancias y admiten infinitas modificaciones, no pueden establecerse
mediante una regla abstracta; y no hay nada tan estúpido como discutirlas
basándose en ese principio” (RF, 93).
Para
Burke, como para Schiller, la Revolución Francesa es el resultado de un
“imperio conquistador de la luz y de la razón” (RF, 107), del
“tribunal de la razón pura” (CP, 99), que ha caído en el error, como
Draco en Atenas, de pensar que las leyes pueden formularse como reglas
inmutables para todos los tiempos, ignorando las costumbres particulares
(LS, 76), que se ha dejado guiar, como Licurgo en Esparta, por ese
“peligroso principio supremo que considera a los hombres como medios y
no como fin” (LS, 70): Todo
puede ser sacrificado para el bien del Estado, excepto aquello para lo que
el Estado sirve como medio. El Estado mismo no es nunca la finalidad, es sólo
importante como condición bajo la que puede ser satisfecho el fin de la
humanidad, y este fin de la humanidad no es otro que la formación de
todas las fuerzas del hombre, el progreso. (LS, 68-9) Para
Schiller, como para Burke, lo terrible de la Revolución Francesa es que
sacrifica lo concreto, lo real, los sentimientos naturales y morales, al
fin abstracto de la “libertad”. “El Estado, dice Schiller, no puede
honrar sólo el carácter objetivo y genérico de los individuos, sino que
ha de honrar también su carácter subjetivo y especifico; y ha de
procurar no despoblar el reino de los fenómenos por ampliar el invisible
reino de la moral” (CEEH IV, 131). Es justamente por haber hecho lo
contrario, por utilizar principios abstractos que destruyen los
sentimientos concretos de sus individuos, que la Revolución Francesa es
calificada por Schiller de bárbara (CEEH IV, 135):“un siglo completo ha
retrocedido a la barbarie y la servidumbre” (CP, 101) anuncia en las
cartas al príncipe. El mismo calificativo recibe la Revolución por parte
de Burke: En
este sistema de filosofía bárbara,
hijo de corazones fríos y de inteligencias cenagosas, desprovisto de
sabiduría sólida y de todo gusto y
elegancia, las leyes se van a apoyar únicamente en el terror que
siembran y en la preocupación que todo individuo podrá encontrar en
ellas hacia sus propias especulaciones privadas o la que puede distraer de
sus propios intereses particulares. En los bosquecillos de su academia al
final de cada avenida no se encuentran más que cadalsos. (RF, 108)
[cursivas mías]. El
problema, como lo señala Burke, es la carencia de gusto. El barbarismo de
la Revolución va ligado a aquello que Assunto propone como el problema
principal de la Revolución desde el punto de vista de sus críticos
alemanes: la revolución ha sacrificado, en su afán de racionalización
de lo real, la gracia misma de lo real, de la naturaleza de los
individuos, de los sentimientos. El jacobinismo se presenta como el
representante absoluto de lo sublime, como la negación de toda gracia: no
es necesario conmover a los sentidos cuando lo que se busca es la exaltación
máxima de la razón. A Licurgo, como a todos los espartanos, es decir,
como a todos los jacobinos revolucionarios, les “faltaba la graciosa
alegría” (LS 87) al verse obligados a negar “el sentimiento natural
para satisfacer un deber artificial” (LS, 70). Las repercusiones políticas
de esta “sublimización” de la política son ya previstas por Burke:
la Revolución acaba con “todas las ilusiones agradables que hacían
suave el poder y liberal la obediencia, que armonizaban los diversos
matices de la vida y que mediante una asimilación fácil incorporaban a
la política los sentimientos que embellecen y suavizan la sociedad
privada” (RF, 107). Por ello, destaca Burke, y esta podría ser también
una cita de Schiller, “todo político debería hacer reverencias a las
Gracias y unir la complacencia a la razón” (RF, 255), porque es el
gusto, como lo señala Schiller, el que “por sí solo da armonía a la
sociedad, porque otorga armonía al individuo” (CEEH XXVII, 375) y es
“a través de la belleza como se llega a la libertad” (CEEH II, 121).[1]
Es
por esta carencia de gusto, por la imposición inmediata de la razón
sobre una sociedad que aún no está lista para dejar de lado sus
tendencias naturales, por lo que la Revolución, para ambos autores, está
condenada a fracasar: Una
nación ingeniosa, valerosa, que ha sido contemplada por mucho tiempo como
modelo, ha empezado a abandonar violentamente su estado social positivo
para retroceder a un estado de Naturaleza en el que la razón es la única
y absoluta legisladora. (CP, 99) Retirarles
a los hombres el sentimiento, imponerles la ley de la razón, es
retroceder tanto como volver a un estado de Naturaleza, anterior a toda
posibilidad de contrato social. “Antes de que el hombre hubiera tenido
siquiera opción de aferrarse voluntariamente a la ley, dice Schiller
refiriéndose a lo sucedido con la Revolución, la razón habría retirado
de sus pies el apoyo de la naturaleza” (CEEH III, 125). La metáfora de
Burke es muy diciente con respecto a lo que implica este régimen de la
razón: “se nos ha destripado y empaquetado como pájaros disecados en
museo, para rellenarnos con paja y trapos y despreciables papeles
emborronados que hablan confusamente de los Derechos del Hombre” (RF,
116). Para Schiller, el intento de hacer una constitución de Estado a
partir de principios racionales, es un intento prematuro
para una realidad como la francesa (cf.
CP, 103), el “régimen liberal de la razón se presenta ahí demasiado
pronto […] aquel género no es todavía lo suficientemente maduro para
la libertad” (CP 101). La lectura de Burke es la misma: el pueblo francés
no está listo para lograr “el fin perseguido”, “presentan un atajo
[…] más corto que el camino real de las virtudes” (RF, 112). Todo
esto lleva a ambos autores a recalcar no sólo el fracaso de la Revolución
Francesa, sino de todo intento revolucionario radical: son los ciudadanos
los que deben estar listos para recibir una constitución, y no la
constitución la que los prepara para ser ciudadanos (cf. CP, 104). La transformación política debe darse dentro de la
continuidad histórica de la sociedad, debe aceptar pacientemente los
procesos, y educar a los hombres para alcanzar los resultados. En el
proyecto de Schiller el gusto juega un papel fundamental: es en la belleza
que los hombres se educan para la libertad moral. El arte es también
importante para Burke (cf. 111);
pero éste, a diferencia de Schiller –y esto, como se verá más
adelante, lo hace más conservador que este último– proyecta toda
solución política hacia el pasado: todo cambio debe estar justificado
por y en la tradición. Schiller también valora positivamente la
historia, pero entiende que tanto la filosofía, como la política, deben
mirar hacia delante: valorar lo que se tiene desde su justa perspectiva
histórica, pero proyectarse hacia un futuro cuya perspectiva impulsa a la
crítica y a la transformación de lo real.
Dice
Mannheim: El
pensamiento revolucionario deriva su fuerza del deseo de realizar un tipo
racionalmente bien definido de perfección del orden social y político.
El pensamiento conservador, opuesto a la realización de esa utopía, está
obligado a pensar por qué el estado de la sociedad que realmente existe
no corresponde a aquel tipo racional. (164) A partir de afirmaciones como ésta, es mucho más fácil calificar de conservador al pensamiento de Burke que al de Schiller. Si bien éste no es revolucionario, su posición reaccionaria no encajará del todo en las pretensiones de un pensamiento conservador: la utopía no desaparecerá de la propuesta schilleriana, aparecerá una y otra vez, bajo las formas de la belleza (Sobre la gracia y la dignidad y Kallias), de la libertad (en sus escritos de filosofía de la historia), de la “idea de la humanidad” (CEEH) y del idilio (Sobre poesía ingenua y sentimental). Con ellas, más allá de la continuidad de la historia, y de la necesidad de una contralógica que contrarreste las limitaciones y dualidades de la Ilustración, permanecerá en el pensamiento schilleriano un ideal que no se adecua del todo, al menos, a un pensamiento reaccionario como el de Burke. Y, sin embargo, es innegable que las críticas que tanto Burke como Schiller le harán a la Revolución, serán determinantes para la formación y consolidación de un pensamiento alemán conservador; y con éste, como lo afirma Herrero en su introducción a las Reflexiones de Burke, de un “romanticismo político, […] de las relaciones entre el movimiento romántico y la política” (35. 1.2.
Revolución francesa y romanticismo: relaciones paradójicas Las
relaciones entre la Revolución Francesa y el romanticismo son mucho más
difíciles de concretar que aquellas entre Revolución y pensamiento
conservador. Si en el segundo caso es casi evidente que la relación entre
uno y otro es de oposición (es difícil pensar cómo la Revolución
Francesa podría ir de la mano con una consideración política
conservadora), cuando se piensa desde el Romanticismo es mucho más difícil,
si no arbitrario, pronunciarse de manera definitiva a favor o en contra de
la Revolución. Así lo muestra, sobre todo, el análisis de Schmitt,
quien se encarga en el prólogo y la introducción de su Politische Romantik de destacar las relaciones paradójicas que
pueden plantearse entre el romanticismo y
los acontecimientos de la Francia de finales de S. XVIII. En
primer lugar, Schmitt, como también lo hacen otros autores (entre ellos
Asunto, Berlin y D’Angelo), diferencia el punto de vista que los mismos
alemanes tuvieron del romanticismo de las interpretaciones que los
franceses, sobre todo los antirrevolucionarios, tuvieron del movimiento
originado en Alemania. Para estos últimos, el romanticismo hacía parte
del “monstruo de tres cabezas”, era la culminación de un proceso que
se habría iniciado con la Reforma (es interesante pensar las relaciones
que existen, sobre todo, entre Lutero y la tendencia subjetivista romántica),
habría pasado por la Revolución y estaría culminando en el movimiento
romántico, sinónimo de anarquía, arbitrariedad, libertad y subjetivismo
excesivos (cf. Schmitt, 10). Sin
embargo, autores franceses como Taine defendieron la tesis contraria. El
“esprit
romantique” surgía como oposición a ese “esprit classique” francés del S.
XVIII, representante de un “absolutismo racionalista” que sólo
buscaba darle forma al mundo “según los axiomas de su geometría política”
(Schmitt, 33). Esta interpretación coincidía, en algunos aspectos, con
aquella que los mismos románticos alemanes tuvieron de sí mismos y va de
la mano con algunas de las descripciones actuales del movimiento romántico:
D’Angelo plantea la oposición clasicismo-romanticismo como la
continuación de la querella de los antiguos y los modernos realizada en
Francia a principios del S. XVIII. El romanticismo, desde esta
perspectiva, surge como oposición general al “esprit classique” (cf.
D’Angelo, 51) Pero,
continúa Schmitt, no es suficiente diferenciar las posiciones francesas y
alemanes frente al romanticismo. Incluso entre los mismos alemanes pueden
encontrarse interpretaciones de los más diversos tonos. Para algunos,
sobre todo para los revolucionarios alemanes de la década de 1830, el
romanticismo representaba un absolutismo reaccionario, opuesto a los
grandiosos ideales políticos de la Revolución (cf. Schmitt, 25). Para otros, sin embargo, el Romanticismo iba de la
mano con el liberalismo, con el enaltecimiento del principio del “freien
Selbst”, con los ideales de la tolerancia y la libertad individual.
Finalmente, frente a aquellos que ya entrado el S. XIX intentaron retomar
los ideales del clasicismo alemán de finales de S. XVIII, el romanticismo
no representaba otra cosa que el caos, la libertad excesiva y arbitraria,
la negación de toda posibilidad de claridad y orden, la carencia completa
de objetividad (cf. Schmitt,
29). De
este modo, concluye Schmitt, el acontecimiento de la Revolución “será
caracterizado de manera tan contradictoria que por un lado los
revolucionarios, pero por el otro también los contrincantes de la
revolución serán denominados románticos” (34). Las relaciones
romanticismo-revolución estudiadas desde el punto de vista de las
diversas interpretaciones resultan tan paradójicas, que puede afirmarse
que “es tan romántico valorar a un estado por la belleza de su reina,
que admirar a los héroes de la revolución como “hombres colosales”(cf.
Schmitt, 12). Así
también lo destaca Berlin en su análisis sobre las raíces del
romanticismo: si la Revolución es vista como encarnación de la Ilustración,
el romanticismo debe ser visto como su oponente espiritual, pero los héroes
de la revolución, aquellos que sacrificaron sus vidas por la causa de la
libertad, eran tan admirados por los románticos como cualquier espíritu
trágico de los dramas de Goethe: “la gente admiraba la franqueza, la
sinceridad, la pureza del alma, la habilidad y la disponibilidad por
dedicarse a un ideal, sin importar cuál fuera éste” (Berlin, 28).
Desde esta perspectiva, y así lo sostiene Berlin, la Revolución Francesa
es un acontecimiento decisivo para el nacimiento del romanticismo, pero no
porque en contra de ella se agruparon y consolidaron las fuerzas románticas,
sino porque fue ella el primer golpe romántico decisivo: La
importancia de la Revolución francesa radica en que le atestó un gran
golpea las conciencias de los hombres; que los que la llevaron a cabo
fueron sinceros, y no hipócritas sonrientes como Carlyle pensaba que había
sido Voltaire. Esta es una actitud […] suficientemente novedosa para ser
digna de atención. Sea lo que fuere que haya causado, ocurrió entre los
años 1760 y 1830. Comenzó en Alemania y creció deprisa. (Berlin 31) Lo
que caracterizó al romanticismo, para Berlin, fue esa fuerza
extraordinaria que fue capaz de despegar sus fuerzas en la Revolución,
pero también en la contrarrevolución alemana; que puso en duda las
verdades universales; que, en el caso de los franceses, fue capaz de dejar
de lado por completo la tradición con vistas a la realización de un
ideal; que, en el caso de los alemanes, se dirigió a lo inabarcable, a lo
infinito, a encontrar aquello que la ciencia racionalista había declarado
como incognoscible (cf. Berlin
35). Nuevamente la dificultad y la paradoja aparecen como caracterización
de las relaciones entre el romanticismo y la revolución. Y, sin embargo,
Berlin coincide con Schmitt y con Mannheim: el romanticismo es, en todo
caso, una reacción al clasicismo del S. XVIII francés, al pensamiento
racionalista de la Ilustración (esté ésta representada o no en la
Revolución): Comenzamos
con un elegante dix-huitème
francés, en el que todo empieza siendo tranquilo y suave, obedeciéndose
las reglas en la vida y en el arte, existe un avance general de la razón,
progresa la racionalidad, se retira la Iglesia y la sinrazón cede a los
ataques prodigados por los philosophes
franceses. Hay paz, hay calma, hay construcción, se cree en la aplicación
de la razón universal tanto en cuestiones humanas como en la práctica
artística, en la moral, en la política, en la filosofía. Entonces se da
una invasión súbita y aparentemente inexplicable. Surge repentinamente
una erupción violenta de la emoción, del entusiasmo. Las personas
comienzan a interesarse por los edificios góticos, por la introspección.
La gente se vuelve súbitamente neurótica y melancólica; comienza a
admirar el arranque inexplicable del talento espontáneo. Hay una retirada
general a aquel estado de cosas vidrioso, simétrico, elegante. (Berlin
25) Para
comprender esto, dice Schmitt, es necesario ubicar histórica y filosóficamente
el origen del romanticismo. Este se presenta como pensamiento alternativo
frente a los problemas que iban quedando abiertos con el racionalismo
ilustrado. Ni siquiera la filosofía kantiana había sido capaz de superar
los dualismos dejados abiertos por la Ilustración y conjugados en el
“dilema entre ser y pensar” (Schmitt, 63). Frente a éste, se
presentan al menos cuatro reacciones, cuya meta es lograr superar las
separaciones entre el pensamiento y lo real, lograr recuperar ese ser
originario incapaz de ser pensado por la razón instrumental de la
Ilustración. Aparece entonces, en primer lugar, la reacción filosófica,
el idealismo, a la cabeza del cual están las propuestas de Fichte y
Schelling. Se da también, en segundo lugar, una reacción místico-religiosa,
que se retrotrae a la fe como instancia superior, unificadora. Se
recupera, en tercer lugar, una tendencia histórico-tradicionalista
opuesta al racionalismo cartesiano desde Vico. Y, por último, se da una
reacción estética, cuyo precursor es Shaftesbury, y cuyos mayores
exponentes serán los románticos alemanes: “El romanticismo alemán de
principios de S. XIX pertenece a esta cuarta forma de reacción […] el
llamado “romanticismo político”de la Restauración es dependiente de
la reacción histórica hacia el racionalismo abstracto” (Schmitt, 67).
Así, muestra Schmitt, estudiar al romanticismo como reacción frente a la
Revolución francesa es insuficiente: antes de darse como movimiento político,
el romanticismo se da como reacción espiritual a las tendencias
ilustradas de las que la Revolución Francesa será vista como encarnación.
Si el romanticismo surge como movimiento reaccionario, esto es así, en
primera instancia, porque pertenece, como lo describe Berlin, a una nueva
espiritualidad, a una manera de comportarse y de ver el mundo opuesta a la
cosmovisión detrás de la Revolución: el clasicismo y racionalismo
franceses. Así,
dice Mannheim, “la función sociológica del romanticismo estriba en su
función como oponente histórico de las tendencias intelectuales de la
Ilustración” (100). En esta medida, insiste, no es una oposición
radical; es más bien una oposición dialéctica, en la que las fuerzas
contrarias se superan, pero conservando lo que de ellas queda en dicha
superación. La relación romanticismo-ilustración y, por ende,
romanticismo-Revolución, es una relación dialéctica, en la que se
busca, conservando la fe en la razón, pero yendo más allá de los límites
impuestos por el racionalismo, racionalizar las formas irracionales,
incorporarlas a la reflexión (cf. Mannheim, 101). La relación del romanticismo con el
racionalismo se parece más a un movimiento pendular (cf.
Mannheim, 139): La
solución romántica no destruye la fe del s. XVIII en la razón. No hace
más que modificarla. No se abandona la fe en el poder de la razón, en
los logros del pensamiento. Únicamente se rechaza un tipo de pensamiento:
el pensamiento inmóvil de la Ilustración, que arguye deductivamente
partiendo de un solo principio y se limita a juntar conceptos rígidos.
(Mannheim, 171) No
se renuncia, por tanto, a la libertad, sino sólo al concepto de libertad
negativa, respaldado por la idea abstracta de la igualdad, y proclamado
por la Revolución. La libertad del romanticismo será una libertad
positiva, respaldada por el concepto de realización de la persona, y que
traerá consigo, como se verá, sus propias consecuencias políticas. Por ahora lo que interesa es que, a pesar de la dificultad de plantear las relaciones entre romanticismo y Revolución, y a pesar de lo paradójico que pueda resultar el asunto, en algo coinciden las diferentes interpretaciones: el romanticismo, como fuerza espiritual novedosa, que irrumpe a finales del S. XVIII en Alemania, y de allí se extiende a toda Europa, surge como un movimiento de oposición a la Ilustración, al racionalismo; y, mientras la Revolución Francesa sea entendida y vista –como de hecho lo fue por la mayoría de los románticos alemanes de finales de S. XVIII y principios del XIX– como la encarnación de estas corrientes de pensamiento, el movimiento romántico se manifestará, en sus reacciones políticas, como opuesto –ya sea de manera absoluta o dialécticamente- a la Revolución. Esto es lo que, en sus principios, ayudará a darle fuerza y a consolidarlo como un nuevo tipo de pensamiento, como una manera diferente, alternativa, de enfrentarse a un mundo que, después de 1789, estaba destinado a cambiar definitivamente de rumbo. |
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2.
Características de un pensamiento conservador Ya
quedando claros los antecedentes del pensamiento conservador y la relación
estrecha que existe entre el acontecimiento de la Revolución Francesa y los
primeros pasos hacia la consolidación del conservadurismo, queda ahora aún
por aclarar qué es o a qué se ha hecho referencia hasta ahora con ese
nombre. En las críticas de Schiller y Burke aparecían ya algunos elementos
claves para entender esta categoría: la reticencia a un pensamiento
revolucionario, la apelación a la tradición y a la continuidad de la
historia, la crítica a un modo de pensamiento racionalista, abstracto, que
deja de lado todo lo concreto y lo individual y la apelación a la moral y a
la estética como educadores y fuertes participantes de la educación política.
Estos elementos hacen parte de la descripción que Kart Mannheim ofrece del
pensamiento conservador. Quisiera dedicar este apartado a aclararlos mejor y
contextualizarlos dentro de lo que Mannheim denomina la contralógica del
conservadurismo frente a la lógica del pensamiento científico y
racionalista de la Ilustración. Concluyendo
el análisis que él llama “sociológico” acerca del pensamiento
conservador, dice Mannheim: Hemos
reunido varios rasgos característicos de la forma conservadora de
experiencia y de pensamiento. Hemos estudiando su carácter
cualitativo, la importancia que concede a lo concreto
contra la abstracto, su aceptación de una realidad
duradera, en relación con el deseo progresista de cambio, la simultaneidad
ilusoria que atribuye a los acontecimientos históricos, por contraste
con la concepción liberal lineal del proceso histórico, y su preferencia
por unidades sociales orgánicas y
no por unidades aglomerativas como clases. Pero todos estos rasgos
individuales […] anuncian una intención básica, el impulso fundamental
que está en las raíces de este estilo de pensamiento: […] Ver
las cosas como un conservador auténtico es experimentar los acontecimientos
según una actitud derivada de circunstancias y situaciones sociales
ancladas en el pasado. (Mannheim 128) [cursivas mías] El
impulso original del conservadurismo, aquello que sirve como eje para todos
esos rasgos que se suelen asociar a una manera conservadora de ver el mundo,
es la utilización del pasado como punto de partida para la comprensión y
justificación de todo lo que sucede en el presente. Tal es, como se pudo
ver claramente con Burke, la lógica con la que un pensamiento reaccionario
se enfrenta al pensamiento liberal de la revolución. Pero esta lógica no sólo
se limitará a reaccionar con argumentos del pasado a los acontecimientos
del presente, irá de la mano y buscará herramientas para hacerlo coherente
desde un punto de vista teórico. Muchas de esas herramientas, como se verá,
aparecerán entremezcladas con los nuevos estilos de filosofía que se
originan paralelamente a ella, especialmente con el romanticismo. Pero este
no es aún el momento para examinar estos acercamientos entre ambas categorías
de pensamiento. Al
conservadurismo le es esencial, en primer lugar, una relación especial con
la tradición. Ello no significa que ser conservador no es otra cosa que ser
tradicionalista. El tradicionalismo es en general un carácter psicológico,
puede relacionarse con una especie de “conservadurismo natural”,
presente a lo largo de la historia en todas las sociedades humanas como
medio de reacción frente a los cambios. Pero esto no es lo que Mannheim
denomina pensamiento conservador. Este último, como se ha venido
describiendo, es un fenómeno auténticamente moderno, cuyo origen está
ligado a condiciones históricas y filosóficas características de una época
particular. Sus argumentos pueden ser tradicionalistas, pero no se limita a
ser una reacción psicológica: es una conducta intencionada, dirigida
contra un objetivo claro, y es consciente de su carácter político y de ser
una estructura mental objetiva. Requiere ya no sólo de una apelación al
pasado, sino de un modo de pensamiento en la que dicha relación se haga
plausible. Es una categoría moderna, política y filosófica que mantiene
lazos estrechos con la historia y la tradición. Así,
en primer lugar, el conservadurismo obedece a un marco teórico y una
estructura mental particulares. En la medida en que surge como una respuesta
consciente al movimiento “progresista” de la Ilustración, busca un modo
de pensamiento alternativo al racionalismo, a esa consideración estática
de los objetos, del mundo, de los otros y de la historia. Busca, como se había
mencionado antes, racionalizar lo que hasta ahora se había concebido como
irracional: incluir la realidad en el pensamiento, yendo más allá de los límites
que éste mismo se había impuesto. Para ello, es necesario “hacer al
pensamiento tan móvil como la vida misma” (Mannheim, 171). La primera
herramienta del pensamiento conservador, que será después utilizado pro el
pensamiento de izquierda, también como reacción al liberalismo, es, pues,
la dialéctica: una concepción
dinámica de la razón, que lucha contra el estatismo del pensamiento
racionalista moderno. Para el conservadurismo, “el pensamiento es un
proceso y este proceso puede participar de los cambios del objeto”
(Mannheim, 170). Esta concepción dinámica de la razón permite acercarse a
la realidad sin necesidad de imponer sobre ella categorías abstractas, es
capaz de extraer de lo presente el cambio y el movimiento, las
contradicciones y oposiciones que hacen dinámico a lo real y que no
necesitan ser negadas por una lógica estática. La dialéctica trae consigo
dos actitudes que serán características, inicialmente, de la reacción
conservadora al Iluminismo: la comprensión racional del individuo histórico
concreto, y una racionalización filosófica de la historia que le da
sentido a lo real particular. El
énfasis en lo concreto, en lo individual, en lo cualitativo en contraposición
a lo cuantitativo, es la manera más común, por parte del conservadurismo,
de oponerse a la demanda de validez universal del pensamiento liberal (cf.
Mannheim, 132). Lo concreto se interpreta aquí, además, con un énfasis
antirrevolucionario: toda transformación radical implica, como ya Burke lo
entendió con respecto a la Revolución Francesa, una demanda universal,
especulativa y abstracta de cambio, una referencia a un ideal que se olvida
de la realidad particular que se le enfrenta en medio de sus demandas
universales. En contra de esto, “pensar y sentir concretamente viene ahora
a significar el deseo de restringir uno sus actividades a los contornos
inmediatos en que está situado, y abjurar estrictamente todo lo que pueda
oler a especulación o hipótesis” (Mannheim, 116). Esto va de la mano con
la oposición entre el ser y el deber ser a la que apelan los
revolucionarios como justificación de sus acciones: el presente, el ser,
trae ya consigo las posibilidades del futuro, del deber ser, y es sólo
contraponiendo el segundo al primero, sacándolo a la luz, y convirtiéndolo
en una meta a ser realizada, como puede llevarse a cabo una verdadera política
crítica de la realidad. En contraposición a ello, el conservador pone al
ser por encima de todo deber ser, de todo pensar, de todo ideal que se
enfrenta a las condiciones de lo real. La posibilidad es una mera quimera,
es lo real lo que debe entenderse siempre como punto de partida y de
llegada: es el pasado, no el futuro, lo que funciona como ancla de la
actividad y el pensamiento políticos.
El
pensamiento de lo concreto, además, viene con una concepción de la
totalidad, de la sociedad, de la historia, como un organismo, en
contraposición a las metáforas mecánicas del pensamiento liberal. La
totalidad no es simplemente la suma de las partes: la sociedad no es
entendida simplemente como el conjunto de sus individuos, y sus fines no son
los mismos que la suma de los fines individuales. El pensamiento
conservador, por esto, apela a la comunidad (Gemeinschaft)
en contraposición a la concepción de sociedad civil (Gesellschaft), al pueblo y al estado como realidades positivas y no
como simples nominativos artificiales, representantes a la larga de
intereses particulares. Lo
mismo sucede con la historia, lo que nos conduce ya a la segunda
consecuencia del pensamiento dialéctico: la racionalización filosófica de
la historia que logra darle sentido a lo particular. También la historia es
concebida, en contraposición al pensamiento liberal lineal progresivo, como
el crecimiento de un organismo. El presente es así, para el pensador
conservador, “el producto acabado e inevitable de un largo proceso de
crecimiento” (Mannheim, 123). Por eso el historicismo es señalado también,
tanto por Mannheim como por Schmitt, como uno de los primeros argumentos políticos
contra la ruptura radical histórica de la Revolución con el pasado: el
desarrollo histórico es en si mismo una experiencia real que no puede ser
simplemente desechada por las acciones del presente con el argumento de una
meta futura, aún no existente, aún no acontecida. Es el acontecimiento, la
historia del pasado, lo que tiene realidad, y a lo que todo pensamiento debe
remitirse si se quiere evitar caer en los caminos oscuros de la especulación.
El pasado vive en el presente, no ha desaparecido: la relación del presente
con el pasado es aquí también una relación dialéctica, en la que se
conserva aquello que se ha superado y a partir de la que es posible pensar
una simultaneidad de los diferentes momentos históricos. La filosofía de
la historia conservadora es así, si de tendencias se trata, mucho más
fatalista que teleológica: el sentido de lo real está dado desde el
pasado, es captado y justificado intuitivamente a partir de éste, mientras
en el racionalismo el presente es entendido como el comienzo de un futuro ya
conocido y proyectado teóricamente por la razón (cf.
Mannheim, 124). Para una filosofía de la historia progresista y lineal, el
pasado ha sido ya completamente superado y una apelación a éste en el
presente no es ni necesaria ni posible. Es la sucesión, y no la
coexistencia, lo que describe la relación entre los diferentes momentos
históricos. Para un pensamiento conservador, el presente se experimenta en
y desde el pasado, como último momento de un proceso, y no como el
principio de la realización de una meta final[2].
3.
Hacia una caracterización de lo romántico Para
Mannheim, como ya se ha mencionado, el romanticismo es un caso especial del
pensamiento conservador. No puede negarse que, sin duda, muchos de los
elementos que caracterizan a este último pueden encontrarse también en los
pensadores considerados tradicionalmente como románticos. Incluso Schiller
y Hölderlin entrarían aquí a participar de muchos de los rasgos comunes.
Sin embargo, para Schmitt la relación romanticismo-conservadurismo no está
tan clara. Es necesario remitirse, como ha intentado hacerlo Mannheim en el
caso del pensamiento conservador, a estudiar el impulso fundamental detrás
del pensamiento romántico. Sólo ello puede revelar las consecuencias políticas
que dicho pensamiento puede traer consigo, y determinar si en efecto, como
lo sugiere Mannheim, el que éstas sean conservadoras es esencial al
romanticismo, o si más bien, como lo asegura Schmitt, éstas son sólo uno
de sus posibles recubrimientos. La
búsqueda de dicho impulso, sin embargo, no es fácil y trae numerosas
dificultades. Ya se ha visto lo paradójico que puede resultar pensar y
definir lo romántico en contraposición a la Revolución. Pero esta no es
la única perspectiva desde la que aparecen las confusiones. El concepto de
lo romántico, concebido desde su presentación histórica, se presenta a
través de numerosos antagonismos, dependiendo de los puntos de vista que se
tomen como punto de partida para su comprensión. Ya algunos han salido a
relucir en el análisis. El romanticismo ha sido entendido como la respuesta
alemana a la querella antiguos-modernos: frente a la imitación petrificada
de la antigüedad, el romántico rescata la vida verdadera, lo joven y lo
saludable, lo propiamente moderno. Los franceses, sin embargo, interpretan
al romanticismo como la enfermedad y la decadencia, como una sensibilidad
que borda la sensiblería y como una incapacidad absoluta de forma. El romántico,
por ello, se ve en la necesidad de recurrir a las
formas pasadas, a la tradición lejana de Grecia, para compensar su
imposibilidad de encarnar su ideal en el presente. Así, el romanticismo
puede verse a la vez como experiencia inmediata y afirmación del presente,
o como decadencia y huída al pasado y la tradición (cf.
Schmitt, 7-8). Como lo destaca
Berlin, este tipo de interpretaciones encontradas pueden provenir incluso de
las tendencias en las que los mismos románticos se mueven y se comprenden a
sí mismos: “los románticos oscilan entre dos extremos: el de un
optimismo místico y el de un pesimismo aterrador” (147).
Y
sin embargo, advierte Schmitt, una investigación que busque caracterizar lo
romántico, no puede simplemente ignorar y dejar de lado estas confusiones.
Aclararlas no es, tampoco, tarea fácil. Más fértil puede resultar buscar,
tras ellas, las razones de ser de tales antagonismos: si tales han sido las
formas que el romanticismo ha adquirido históricamente desde su aparición,
es posible que el impulso central que mueve a lo romántico sea capaz de
aceptar tales contradicciones. Por eso, propone Schmitt, “la definición
de lo romántico no puede ser dada desde un objeto experimentado románticamente,
ni desde un tema […] sino desde el sujeto romántico” (6), que se
convierte en el romanticismo, como lo destaca Mannheim, en el único y
fundamental punto de partida (Mannheim, 157). 3.1.
(Impulso original) Absolutización de la estética: ocasionalismo subjetivo “Siempre
que se le reconozca al arte el carácter de conocimiento supremo, podemos
estar seguros de que se trata de una estética romántica o de procedencia
romántica” (D’Angelo, 98). Así determina D’Angelo su descripción de
uno de los rasgos esenciales del pensamiento romántico, que podría ser
también formulado a través de citas de los diversos autores que
participaron del movimiento. Así, por ejemplo, dice Schelling en su Sistema
del Idealismo Trascendental: El arte es para el filósofo lo más elevado que existe,
porque casi le abre el santuario donde en unión eterna y originaria arde
como en una llama lo que en la naturaleza y en la historia está separado,
lo que en la vida y en la acción, como en el pensamiento, debe separarse en
eterna fuga. Y dice Hölderlin en el prólogo a una de las versiones de su Hiperión:
No
habría absolutamente nada para nosotros, incluso nosotros no seríamos
nada, si no existiera, no obstante, aquella unión infinita, aquel ser, en
el único sentido de la palabra. Existe como belleza; nos espera, para
decirlo con palabras de Hiperión, un nuevo reino donde la belleza será la
reina. Esto,
por supuesto, refleja la influencia de las propuestas schillerianas del
estado estético en las Cartas sobre
la Educación Estética del Hombre. También
Schmitt parte de la importancia que se le dio en el romanticismo al arte, a
la belleza en general, para
entender qué es lo romántico y por qué presenta formas tan diferentes e
incluso antagónicas en sus diversas encarnaciones históricas y
espirituales. Para él, esta absolutización del arte, la puesta en el
centro de la estética como punto de partida hacia los otros ámbitos
espirituales, trae consigo la consecuencia más característica del
pensamiento romántico en general: una “monstruosa elevación de la
autoconciencia artística”, un repliegue último y definitivo hacia el
sujeto (ya no sólo teórico, como el de la Ilustración, sino sintiente,
estético) y una pérdida definitiva, por consiguiente, de forma, de
contacto con lo real: Una
absolutización del arte es proclamada, un arte universal llevado a cabo y
todo lo espiritual, la religión, la iglesia, la nación y el estado, es
arrastrado por la corriente dirigida ahora desde el nuevo centro, lo estético.
Inmediatamente, sin embargo, viene una transformación: el arte es
absolutizado pero a la vez problematizado. Es tomado como absoluto, pero sin
ningún compromiso con una forma o seguridad lo suficientemente grandes o
fuertes. […] La elevación que aparecía monstruosa a primera vista
permanece en la esfera irresponsable del sentimiento privado y sus
producciones más hermosas yacen en la intimidad del ánimo. (Schmitt,
16)
El
repliegue sobre el sujeto, sobre el sentimiento como última instancia del
saber, como espacio último de relación con el mundo, trae como
consecuencia aquello que la mayoría de los románticos querían evitar: la
pérdida nuevamente del mundo a expensas de un sujeto absoluto. Esto
explica, además, para Schmitt, la razón de ser de la encarnación del
romanticismo en una tal pluralidad de formas y tonos: si la estética es el
punto de partida desde el cual se aborda lo real, desde el que se comprenden
y se extienden todos los ámbitos espirituales, todos los contrastes, las
oposiciones, las diferentes realidades, son tratadas como “contrastes estéticos”,
como los medios para continuar uno de los posibles relatos del mundo: El
punto concreto a partir del cual el romántico construye su relato es
siempre únicamente ocasional: de esta manera todo puede ser romántico, y
en un mundo tal todas las diferencias políticas y religiosas se descomponen
en una interesante multiplicidad de interpretaciones […] aquí todo se
deja confundir con todo. (Schmitt, 164) El
mundo para el romántico no es, en últimas, más que el relato de una
novela, el recitarse de un poema interminable que comienza nuevamente a cada
momento. Todo lo que en él sucede no responde a ley ni a causa alguna
excepto a la de la voluntad de una instancia que le da su efectividad (tal
es el sentido etimológico de la palabra latina “occasio”: negación de
la causa). Esta instancia, en
el caso del romanticismo, es el sujeto (que viene a reemplazar el papel que
en otras metafísicas ocasionalistas, como la de Malebranche, juega Dios).
Por esto, dice Schmitt, el romanticismo puede describirse, más allá de
todos sus recubrimientos y encarnaciones, más allá de sus intenciones políticas,
conservadoras o reformadoras, como “ocasionalismo subjetivo”: “es
decir, en lo romántico el sujeto trata al mundo como “ocasión” (Anlass)
y motivo de su producción romántica […] el romanticismo es ocasionalismo
subjetivo porque le es esencial una relación ocasionalista con el mundo, el
sujeto toma para sí el lugar central reemplazando a Dios, y hace del mundo
y de todo lo que sucede en él una simple ocasión” (Schmitt, 18-9). Toda
causalidad, todo orden, todo mecanicismo y ley, quedan excluidos: el sujeto
se erige ilusoriamente como centro y última instancia de referencia, creándose
y buscando para sí, permanentemente, un mundo que le satisfaga. La
consecuencia, claro, es que aunque el romántico necesite al mundo, a lo
concreto, a lo real como punto de partida, éstos no son nunca su punto de
llegada. A partir de una realidad que se le ofrece como pura ocasión, como
excusa y motivo, el romántico se aleja de cada forma, pasa de una a otra,
impidiéndose a sí mismo decidirse por una de manera definitiva (cf.
Schmitt, 20). En un mundo donde todo es posibilidad, no hay nada que se
presente como realizado, como concreto, que no constituya, a su vez, una
limitación. Tal es el fondo
del comportamiento romántico, tal es su impulso original, tal es, a la vez,
y como se verá, su destino. 3.2.
(Objeto-sujeto) Las dos nuevas realidades: la humanidad, la historia El
romanticismo es resultado, también, y hace parte de un proceso de
secularización, en el que las concepciones de Dios y del absoluto sufren un
cambio radical, resultando de ello una nueva ontología. Si el sujeto puede
ser descrito como último criterio, como punto de partida y de llegada del
pensamiento romántico, éste a la vez permite la entrada de dos nuevas
realidades, a las que todo romanticismo hace referencia, y de las cuales
resulta ese mundo creado por el sujeto romántico: la humanidad y la
historia. Ambas se erigen como los nuevos “demiurgos de la realidad”, y
cada una de ellas cumple con una función particular. La
primera de ellas, la humanidad, aparece bajo las formas de pueblo, nación,
Estado: estos son los nuevos poderes reales frente a los que el individuo
debe comprenderse como parte de ese órgano que es la totalidad. La realidad
de la humanidad representa, para Schmitt, un papel revolucionario y va de la
mano con un romanticismo asociado con el jacobinismo de la Revolución, para
el que lo esencial es la sociedad, el bien común: antes que nada viene la
moral pública y el carácter nacional. Es a este tipo de romanticismo, a
aquel que erige como realidad última el pueblo, al que se le asocia comúnmente
con el surgimiento de los nacionalismos. Cae en el peligro, como ya lo
entrevió Schiller en su crítica ya mencionada a los jacobinos (cf.
LS, 68), de volcar todos los ánimos a la vida común, de perder con ello
todo derecho a la vida individual, y de terminar nuevamente en la
unilateralidad abstracta incapaz de incluir en su desarrollo a lo
particular. La
segunda realidad, la historia, es el correctivo del desenfreno
revolucionario, “el dios conservador que restaura lo que el otro ha
revolucionado” (Schmitt, 71). Supera la realidad de los pueblos y la
involucra como un objeto y resultado más del desarrollo histórico. Bajo su
luz conservadora, el jacobinismo no es otra cosa que “pensamiento ahistórico”,
“fanatismo” (Schmitt, 72). Es este tipo de romanticismo el que se mostró,
sobre todo en Alemania, como reacción frente a la Revolución, y que se
encuentra prefigurado ya, por ejemplo, en Burke. Corre el peligro, por su
lado, de caer en la justificación absoluta de todo lo real, en cuanto
resultado necesario de la historia, y de perder por ello toda capacidad de
crítica frente al status quo[3].
En
esta segunda concepción, el tiempo deviene como historia en un poder
creador: en ella “crece el hombre y se hacen grandes los pueblos”
(Schmitt, 72). La historia como demiurgo de la realidad es, en realidad, lo
propio del movimiento romántico: nace con él y adquiere en él su
importancia. Ya la humanidad, los pueblos, el Estado, habían sido objeto de
ontologías anteriores (Vico, Bossuet, Montesquieu). “Lo nuevo era: ahora
es el pueblo la realidad objetiva; pero el desarrollo histórico, que
produce al espíritu de los pueblos, se convierte en el creador
suprahumano” (Schmitt, 74) [cursivas mías]. Es el paso a uno de los
elementos más característicos del romanticismo alemán de finales de S.
XVIII y principios del XIX: el panteísmo histórico. 3.3.
(Metodología) El panteísmo histórico: la dialéctica y el pensamiento por
analogías “La
experiencia más alta de la esencia de la vida, dice Mannheim refiriéndose
al romanticismo, parecía ser la experiencia de la historia” (148). La
historia como realidad última se combina, además, con esa contralógica
que, como ya se ha descrito antes, aparece en oposición al racionalismo
abstracto de la Ilustración para darle forma a un nuevo modo de
pensamiento. Esta contralógica es calificada por Schmitt de “racionalismo
panteísta”, en la medida en que, en lugar de recurrir a universales
abstractos, se dirige a las individualidades concretas, cubriendo con su
manto todas las posibilidades de lo real. Así, por un lado, la historia,
como realidad última, contiene y comprende todas las realidades concretas.
Por el otro, el pensamiento, en lugar de retratar al mundo y estatizarlo en
una imagen, lo acompaña en todos su movimientos. El resultado es el panteísmo
histórico, característico del romanticismo: si el tiempo es lo que, como
aseguraba Kant, nos separa de las cosas, es conociendo el tiempo como las
recuperamos. La filosofía de la historia jugará, así, pues, un papel
fundamental en las aproximaciones románticas al mundo: estética y filosofía
de la historia son ahora las dos armas con las que el romántico se enfrenta
al pensamiento ilustrado y plantea su nueva metodología. Este
panteísmo viene de la mano con aquel rasgo conservador que Mannheim plantea
como una de las primeras respuestas al iluminismo: la dialéctica, la
concepción dinámica de la razón. Sólo a partir de ella podría
plantearse la posibilidad de conocer y acompañar a la historia en todos sus
movimientos, de la manera como el romanticismo se ha propuesto hacerlo. La
dialéctica es el resultado de la necesidad que hace consciente el romántico
de un método alternativo que le permita aprehender la realidad: “estamos
tratando de resolver demasiadas cosas con una sola regla y de privar a la
Naturaleza de su riqueza, en vez de modificar nuestro sistema” (Möser
citado por Mannheim, 160). Tal es el llamado del romanticismo a la dialéctica:
las leyes impuestas por el entendimiento son una limitación para comprender
la realidad. Sólo si estas mismas leyes pueden estar sujetas a cambios,
modificarse y encontrarse con sus opuestos, la Naturaleza podrá desplegarse
en toda su riqueza ante el pensamiento. El
romántico, en efecto, como opositor del racionalismo, siente una profunda
antipatía por la simple subsunción de un particular bajo un concepto
general. No en vano ha partido de la absolutización de la estética como
primera medida para relacionarse con lo real: es en la experiencia estética
del mundo, como ya lo ha demostrado Kant, donde la imaginación permanece
libre, sin ser subsumida por el entendimiento y sus conceptos. Este es el
primer paso en la búsqueda romántica de la “reconciliación” con lo
real, que se hace posible gracias al pensamiento analógico que la dialéctica
trae consigo: “todo pensamiento es analítico y su tarea es reunir las
partes de la realidad que él mismo ha roto en pedazos” (Mannheim, 173).
El pensamiento romántico se propone buscar, frente a los dualismos legados
por la Ilustración, un tercer elemento que elimine dichos dualismos y
proporcione una “síntesis dinámica viviente” (Mannheim, 173).
También Schmitt describe así la metodología romántica, que en su
búsqueda de lo Absoluto, de aquella realidad que reconcilie de manera
definitiva al objeto y al sujeto, al mundo y a la libertad, plantea siempre,
frente a estas contraposiciones, un “tercero indiferenciado” (Schmitt,
63) en el que ambos lados de la contradicción son superados y conservados a
la vez en una unidad superior. Este “tercero indiferenciado” aparece con
diferentes nombres en las diferentes propuestas que participaron de este afán
romántico de reconciliación: algunas veces es el yo absoluto (Fichte),
otras veces es el arte (Schelling), la belleza (Schlegel), la “idea de
humanidad” (Schiller) o el ser originario (Hölderlin).[4]
En todas ellas, sin embargo, lo que prima es la tendencia, la búsqueda o el
encuentro con este “uno en sí mismo diferenciado” (JS, 28), punto de
encuentro de todas las contradicciones, fundamento de todo comportamiento y
razón de ser última de toda existencia. El Absoluto, resultado de esta búsqueda,
jugará un papel determinante en las propuestas y producciones románticas,
y será identificado con la verdad: esa verdad que ya no es validez
universal, sino realidad panteísta, última instancia de todas las
realidades concretas que recorren la historia y a la que el hombre no podrá
acceder por la unilateralidad del entendimiento, sino recurriendo a la
intuición estética que es capaz de aprehender el objeto sin diferenciarse
de él, en un encuentro originario interpretado por los románticos como
absoluto[5].
3.4.
(Resultados) La romantización del mundo: el destino del pensamiento romántico La
cita de Novalis con la que empieza este texto propone lo que el autor llama
la “romantización del mundo”: darle a lo ordinario un sentido elevado,
a lo conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito la apariencia de lo
infinito. ¿Qué significa romantizar el mundo? ¿Qué sentido tiene, para
el romanticismo, darle al mundo una apariencia de infinitud de la que la
realidad carece? La explicación de esta tendencia romántica ya está dada,
de alguna manera, por la caracterización del romanticismo como
“ocasionalismo subjetivo”: el mundo se pone al servicio del sujeto, o,
como dice Mannheim, “el pensador es el punto de partida y todos sus
esfuerzos se encaminan a descubrir un mundo que le satisfaga” (157). Todo
esto va de la mano con esa “elevación monstruosa de la autoconciencia”,
con la “exaltación del sujeto creador” que Schmitt describía como
consecuencia de la absolutización de la estética: para los románticos
todo hace parte del relato creativo del mundo, “todo, la sociedad y la
historia, el universo y la humanidad, está únicamente al servicio de la
productividad del yo” (Schmitt, 85). Tal es el destino último del
romanticismo, “la voluntad de realidad” que los movió a enfrentarse al
racionalismo “terminó en la voluntad de apariencia” (Schmitt, 88), en
la medida en que esas posibilidades grandiosas con las que se enfrentaron a
su contexto nunca llegaron a ser reales (cf. Schmitt, 77). Esto
llevó al romanticismo a enfrentarse al problema de la oposición de la
realidad y la posibilidad de una manera muy particular. Si la realidad era
lo que se les escapaba, era necesario llevar a cabo una inversión de las
categorías: la posibilidad se erige en el romanticismo como la categoría máxima,
frente a la realidad efectiva limitadora. Ya “no es la posibilidad la que
es vacía, sino la efectividad; no la forma abstracta, sino el contenido
positivo” (Schmitt, 77). Frente a lo finito de la efectividad, se erige lo
infinito de la posibilidad, frente a lo discursivo del entendimiento, se
erige lo intuitivo, incapaz de limitar en palabras lo absoluto de su objeto.
La romantización del mundo, dice Novalis,, “no es otra cosa que una
potencialización cualitativa”, en la que toda realidad es elevada a una
posibilidad eterna, infinita, irrealizable y por lo tanto aún no perturbada
por la limitación de lo efectivo. Lo real es lo posible, lo efectivo no es
más que un vaciamiento de contenido, en cuanto en su efectuarse ha perdido
ya toda posibilidad de ser. Así
se lleva a cabo un proceso de romantización de esas dos realidades con las
que el sujeto se ha identificado en su producción y realización: la
humanidad y la historia. La romantización de la humanidad ya no la entiende
en su función revolucionaria, sino como objeto al servicio del sujeto
creador que busca un ideal que se adecue a su necesidad de potencializar lo
real y escapar con ello de lo efectivo. La ingenuidad se presenta aquí como
el objeto adecuado para la superación de estos dilemas y la conservación,
frente a la realidad limitada del moderno, de la infinita posibilidad (aquí
vale la pena recordar el análisis que Schiller lleva a cabo de lo ingenuo
como objeto del ánimo sentimental). Se recurre, entonces, a la infancia de
la humanidad, a los pueblos primitivos, para quienes no existían aún los
enfrentamientos característicos de la modernidad. El imaginario del estado
de naturaleza rousseauniano se presenta como aquella realidad pasada que,
como tal, ya puede ser trasladada al plano de la posibilidad infinita, como
espacio y punto de encuentro del anhelo de unidad que la realidad moderna
parece haber perdido para siempre: en contraposición a la realidad limitada entra en escena otra
realidad, también real, pero aún ilimitada: frente al Estado
racional-mecanizado, el pueblo infantil; frente al hombre ya limitado por su
trabajo y sus producciones, el niño que juega con sus posibilidades; frente
a la línea clara de lo clásico, la primitividad infinita y multiforme. La
realidad limitada es vacía, una posibilidad ya realizada […] es un
calendario cuyo año ha ya expirado. La ingenuidad primitiva es el estado
feliz, pero sólo negativo […] es la ilusión aún no perturbada, […]
posibilidad eternamente conservada por permanecer eternamente irrealizada
(Schmitt, 80) Tal
podría ser la descripción, en efecto, del idilio que aparece en Schiller
en Sobre poesía ingenua y sentimental
como objeto de la segunda, o de la infancia que Hiperión anhela y a la que
recurre en sus discursos y conversaciones con Bellarmino. El idilio es la
representación poética de la armonía entre lo real y lo ideal, en la
medida en que, como realidad, gracias al poeta sentimental, ha sido elevada
a las posibilidades infinitas de la idealización: Al
poeta sentimental la naturaleza le ha conferido el poder, o más bien le ha
impreso el vivo impulso, de reconstituir por sí mismo aquella unidad que la
abstracción había anulado en él; de completar en sí la humanidad y de
transportarse de un estado de limitación a otro de infinitud (PIS, 127). De
esta manera, la infancia perdida para siempre en el pasado se proyecta como
idea de una futura reconciliación: ya que no podemos volver a la Arcadia,
dice Schiller, necesitamos un idilio que nos guíe hasta el Elíseo (cf. PIS 126). Un Elíseo que permanece, en Schiller, como idea
inalcanzable que guía los pasos de la humanidad pero que, como ideal, como
posibilidad infinita, no llega nunca a realizarse: un “infinito al que [el
hombre] puede ir acercándose cada vez más en el tiempo, pero que nunca
llegará a alcanzar” (cf. CEEH XIV, 223). Es la misma idealización del
pasado que realiza Hölderlin en su Hiperión,
la misma aceptación del ideal como futuro necesario pero irrealizable:
¡Dejemos
pasar lo pasajero, pasa para volver, envejece para rejuvenecer, se separa
para unirse más estrechamente, muere para vivir con más vida! Así es como
deben desvanecerse los sentimientos de la niñez para volver hechos realidad
en el espíritu del hombre maduro. Así es como se marchitan los mitos
juveniles y bellos del mundo antiguo […] pero el germen que entrañaban
brotará como fruto maduro en el otoño. La simplicidad y la inocencia de
los tiempos primigenios expira para retornar en la cultura consumada, y la
santa paz del paraíso se desvanece para que aquello que sólo era un don de
la naturaleza vuelva a florecer como conquista y propiedad de la humanidad
[…] Sin embargo esta perfección no se alcanzará sino en un país lejano,
en el país del reencuentro y la eterna juventud. Aquí no queda más que
penumbra, pero en algún otro lugar, sin duda, se elevará para nosotros la
aurora sagrada” (HVP Fragmento Thalia, 55) La
romantización de la humanidad en la infancia perdida, recuperada como
futuro eterno, infinito, va de la mano, además, con la romantización de la
historia. Si la ingenuidad y la infancia de los pueblos es el objeto de la
primera, el pasado se presenta como la realidad adecuada de la segunda. El
pasado es la negación del presente, que es, a su vez, la negación de la
posibilidad. El pasado es, pues, el resultado de esta doble negación que
termina afirmando nuevamente la posibilidad como objeto infinito de la
reflexión: el
hecho pasado tiene la cualidad ontológica de la realidad, es concreto y
real, y no simple invención arbitraria, y no tiene sin embargo la
importunidad de la realidad presente […] es a la vez realidad y no
realidad, puede también ser interpretada, combinada y construida; es tiempo
coagulado que el hombre puede tomar en su mano y crear a partir de allí
maravillosas figuras (Schmitt, 80) El
pasado idealizado, romantizado, puesto al servicio del sujeto para la
satisfacción de su propio anhelo de infinitud: esta es la función de la
historia para el romántico. Aquí se presenta Grecia, la Antigüedad clásica,
como conjugación de las dos categorías romantizadas: Grecia es a la vez
infancia perdida, ingenuidad de la niñez de la historia, pasado eternamente
idealizado en el presente. La Antigüedad perdida, postulada a la vez como
pasado y futuro, como modelo del ideal, es por ello objeto predilecto de
muchos románticos. La Edad Media cumplirá también este papel en algunos
otros casos (cf. por ejemplo Novalis). La
negación del presente, por parte del romántico, no es, por lo tanto,
simple huída hacia la nada, negación utópica de la realidad. Su negación
remite siempre a una realidad concreta, pasada e idealizada, pero real. El
interés es la negación del aquí y el ahora. No es la negación por sí
misma de cualquier realidad, sino la afirmación de la posibilidad de todas
las realidades. A la utopía le falta la realidad conciliadora: el romántico
no se interesa por llevar a cabo su ideal, prefiere remitirse a lo ya
existente y desaparecido: “en lugar de alcanzar nuevas realidades, [el romántico]
juega contraponiendo una realidad con otra, para paralizar, de esta manera,
la actual realidad limitada y presente” (Schmitt, 82).
Se
encuentra, así, la esencialidad de la situación paradójica del
romanticismo frente a la acción: “el romántico, en la pasividad orgánica,
que pertenece a su estructura ocasionalista, quiere ser productivo sin ser
activo” (Schmitt, 165). Su incapacidad para adherirse firmemente a
realidades concretas, efectivas, determina para él su destino político:
“donde la actividad política comienza, ahí se detiene el romántico”
(Schmitt, 165) porque “no tiene la fuerza para objetivar su ser espiritual
en un contexto teórico o práctico; […] la actividad política no es para
él, por ello, posible” (Schmitt, 165), es una contradictio
in adjecto. Por ello, dice Schmitt, le falta tanto la conexión con la
restauración como con la revolución. Su permanencia en lo teórico, la
ausencia de acción, lo han conectado más con el conservadurismo que con el
liberalismo, pero en realidad no es, no puede ser, ni lo uno ni lo otro. El
sujeto aislado está por encima de ambas y las utiliza, cuando lo hace, sólo
como excusa, como ocasión (cf.
Schmitt, 166). Lo máximo que puede salir de un pensamiento que es incapaz, en últimas, de comprometerse con la realidad, es una “lírica política” (Schmitt, 167), un “sueño poético” (Mannheim, 146) que ni forma ni transforma sociedades: “habiendo perdido todo interés y toda significación políticos, no puede hallar un camino directo para modificar las cosas; exalta la idea de devenir en abstracto, pero ha roto toda conexión con el mundo que realmente ‘deviene’” (Mannheim, 181). La renuncia parece ser, al final, el único camino posible. Ni la afirmación, ni la negación de la realidad pueden ser posibles para el romántico, que ha optado por partir de lo real para remitirse al mundo de sus propias creaciones líricas, en lugar de buscar regresar a la efectividad. Las propuestas románticas quedan, pues, consignadas como “sueños políticos”, estéticos, inefectivos. Ni siquiera arrojarse en el Edna parece poder cambiar este destino. 3.5.
(Relaciones: entrecruzamientos) Romanticismo como pensamiento conservador Para
Manheim, como se ha insistido varias veces, el romanticismo se plantea como
un caso del pensamiento conservador: como un caso ejemplar, en el que se
consolidan sus elementos y se llevan a cabo, por primera vez, las críticas
al liberalismo que caracterizarán, en general, al conservadurismo. A partir
de la descripción general de cada una de las categorías, puede ahora
decirse algo más al respecto de estas afirmaciones. En
primer lugar, es un hecho que un pensamiento romántico, tal y como ha sido
caracterizado aquí, participa de muchas de las características que
Mannheim atribuye al pensamiento conservador. Esto es así porque, históricamente,
ambos nacen como oposición al racionalismo de la Ilustración; el
romanticismo, por consiguiente, participa en la construcción de esa
“contralógica” reaccionaria que Mannheim ha descrito como elemento del
conservadurismo. Le proporciona a éste una de sus herramientas más
poderosas en su enfrentamiento con el pensamiento liberal del S. XVIII: la
dialéctica, la concepción móvil de la racionalidad, que permite
“racionalizar lo irracional”, introducir lo concreto en el pensamiento,
hacerle justicia a lo individual contrarrestando los efectos del
racionalismo. En
el caso del romanticismo, esta dialéctica aparece relacionada estrechamente
con un pensamiento panteísta histórico, que transforma a la historia en
demiurgo de la realidad. La historia, pues, adquiere una importancia
definitiva tanto para el pensamiento romántico como para el conservador. Es
valorada positivamente como una realidad existente aún en el presente, lo
que obliga a apelar a ella como justificación de lo real. Aquí está, para
Mannheim, el impulso fundamental del conservadurismo: la recurrencia al
pasado como ancla y justificación del presente. Ya se ha visto que el
pasado también constituye uno de los objetos privilegiados del romántico.
Y sin embargo, aquí es donde comienzan a salir a la luz los matices y las
diferencias entre las intenciones de cada una de las tendencias. El
pasado es en cada uno de los casos la respuesta a un enfrentamiento con la
realidad presente, con la efectividad con la que ni el romántico ni el
conservador se sienten satisfechos. Pero los problemas detrás de esta
insatisfacción son de muy distinta índole. Mientras para el conservador
todo presente que olvide su pasado carece de contenido y termina perdiendo
su fundamento (piénsese aquí en algunas de las afirmaciones de Burke
reproducidas anteriormente), para el romántico el problema del presente es
que justamente le da un contenido definido a una forma que él quiere
conservar como imperecedera: la efectividad limita las posibilidades de lo
real, haciéndolo aparecer como finito. El pasado proporciona aquí una
salida, en la medida en que, en su realidad pasada, perdida históricamente,
es ya de nuevo absoluta posibilidad. El pasado, pues, no vale por sí mismo,
es sólo una excusa, una ocasión más para poetizar el mundo; le da al romántico
la posibilidad de partir de una realidad concreta, pero de escapar a la vez,
con ello, de la efectividad: “romántico es por ello sólo la valoración
del pasado como negación del presente, como escape de la prisión de la
realidad concreta presente” (Schmitt, 81). La diferencia en la actitud hacia el pasado refleja también, a la base de ambos pensamientos, una actitud distinta frente al debate ser-deber ser, realidad-posibilidad. El conservador, insiste Mannheim, se caracteriza por optar siempre por lo primero, por lo concreto, lo que es, lo real. El deber ser no es más que una quimera, una excusa del revolucionario para imponer sobre lo real la violencia del ideal, para subsumir, bajo conceptos abstractos, las individualidades y particularidades del presente. El romántico, por el contrario, se ve obligado a realizar una inversión de las categorías, se ve obligado a erigir la posibilidad por encima de la efectividad, de darle a la primera, y no a la segunda, el calificativo de realidad. Esto no significa, sin embargo, que el romántico opte sin más por un “deber ser”. Esto implicaría un compromiso con la realidad del que carece: él no está interesado en transformar efectivamente el presente en el futuro que vislumbra en la posibilidad. La posibilidad a la que recurre permanece y debe permanecer siempre como un ideal irrealizable, y no como un proyecto político revolucionario. Esto
deriva, además, en dos maneras diferentes de racionalizar la historia. En
ambos casos la filosofía de la historia se opone a una concepción lineal,
progresista y mecánica: aparece pensada desde la dialéctica y el presente
se muestra como superación y conservación de las realidades pasadas. Sin
embargo, en el caso del conservadurismo, el presente es el último estadio
de crecimiento: la búsqueda de sentido histórico permanece anclada en el
pasado y no hay un intento de racionalización o proyección sobre el
futuro. Por el contrario, en el romanticismo, el futuro aparece, no bajo la
racionalización a la que es sujeto en un pensamiento que pretende subsumir
bajo sus conceptos la totalidad de lo real, pero sí como representante de
esa posibilidad infinita relatada poéticamente. Las filosofías de la
historia románticas aparecen bajo la forma de proyectos futuros, de ideales
planteados más allá del presente. Estos ideales, sin embargo, insiste
Schmitt, son sólo eso: posibilidades infinitas que carecen de la fuerza
para encarnarse en un proyecto político particular.
Por
esta incapacidad de compromiso y esta ausencia permanente de contenido
concreto es que Schmitt excluye la posibilidad de un romanticismo
conservador, así como también queda excluida la relación entre
romanticismo y revolución. Un romanticismo político no es, en últimas, más
que la expresión de una contradicción, o, a lo sumo, la formulación utópica
de una política poética, incapaz de acción. Sin
embargo, es innegable que, históricamente, el romanticismo apareció en sus
orígenes, en la Alemania de finales de s. XVIII, como un movimiento filosófico-político
conservador, ligado al proyecto de la Restauración y con fuertes ideales en
contra de la Revolución. La explicación, para Schmitt, es que, en su
incapacidad de darse a sí mismo un contenido concreto, quedó al servicio
de una tendencia histórica en Alemania, ajena a su esencia, pero que asumió
como propia. Así también parece insinuarlo algunas veces Mannheim, cuando
sugiere una unión entre los intereses de la nobleza y los de la
intelectualidad filosófica romántica: se llevó a cabo una fusión
simplemente coyuntural entre la reacción política y social de la
aristocracia frente a la Revolución y la reacción ideológica intelectual
contra la Ilustración (Mannheim, 137). Sólo esto explica, agregaría
Schmitt, que el romanticismo haya podido presentarse como restaurador y
reaccionario en sus orígenes, y a partir de 1830 haya adquirido, por el
contrario, un impulso revolucionario. “Todo lo romántico, asegura
Schmitt, se encuentra siempre al servicio de otra energía, no romántica, y
la elevación por encima de toda definición y de toda decisión se
transforma en un acompañante servicial de fuerzas y decisiones extrañas”
(168). Considero,
en todo caso, que las afirmaciones de Schmitt terminan siendo excesivamente
categóricas: no creo que pueda decirse, simplemente, que el romanticismo es
un movimiento conservador, pero sí creo que entre ambas tendencias hay
muchos puntos en común, que el romanticismo alemán sí se presentó como
un movimiento reaccionario a la Revolución, y, por lo tanto, como una crítica
a los ideales del liberalismo y que el hecho de que haya sido conservador no
es, en todo caso, completamente externo a su naturaleza. A pesar de que el
destino del pensamiento romántico quede marcado por esa ausencia de
objetividad y de contenido de la que lo acusaron sus contrincantes, hay que
diferenciar los resultados de las intenciones iniciales. Creo que es posible
afirmar, sin caer en exageraciones, que las motivaciones detrás de las
reflexiones y producciones filosóficas de muchos de los autores románticos
alemanes de finales del s. XVIII eran políticas, y, en la mayoría de los
casos, conservadoras. Si sus reflexiones terminaron conduciéndolos al
abandono de lo real, al solipsismo, a la renuncia a toda acción política
concreta, es un asunto que hay que diferenciar de lo que, en un principio,
se habían propuesto llevar a cabo.
4.
Schiller y Hölderlin como románticos conservadores: límites de la
interpretación Como
ya lo anuncié al principio del texto, no es mi intención dejar aquí
claras, de manera definitiva, las relaciones que pueden establecerse entre
los pensamientos de Schiller y Hölderlin, el movimiento romántico y las
tendencias políticas conservadoras. No quiero tampoco terminar estas
reflexiones sin dar al menos unas puntadas en torno al tema. La idea, claro,
no es dar una respuesta al problema, sino más bien destacar las preguntas y
las tensiones que pueden quedar abiertas. Schiller
ya ha aparecido en este texto varias veces, algunas en relación con el
pensamiento conservador, algunas otras participando de características románticas.
Sus críticas a la Revolución Francesa han sido comparadas con las de Burke
y han sido destacadas como una de los primeros y más influyentes pasos teóricos
hacia el movimiento reaccionario alemán frente a la Revolución. Su apelación
a la realidad de la historia, a la idea de humanidad, a la belleza como
espacio de la libertad y al idilio como representación última,
inalcanzable, de todas las reconciliaciones, ha sido puesta en relación con
el movimiento romántico. Con
Hölderlin sucede lo mismo. No aparece en el marco de un pensamiento
conservador, aunque su decepción frente a la Revolución Francesa ha sido
mostrada como uno de los fuertes motores de su filosofía de la reflexión y
su producción literaria. Comparte, además, con el romanticismo, la
absolutización de la estética, la búsqueda por reemplazar la filosofía
por el arte (especialmente por la poesía), la postulación de la belleza
como realidad última de la reconciliación, como realización sensible del
absoluto, y la nostalgia por un pasado perdido para siempre que se
transforma en el ideal no realizable pero siempre presente de la recuperación
de la unidad. Tanto
Schiller como Hölderlin son casos especiales en el tratamiento de la
categoría romántica. El primero no pertenece ni cronológica ni ideológicamente
al movimiento: su producción literaria inicial coincide más bien con el
auge del clasicismo de Weimar y participa, de hecho, de muchas de sus
características; y cuando el grupo de los románticos se proclama a sí
mismo como una nueva ideología –a través de la fundación, en 1796, del Atheneaum-,
Schiller no sólo no participa sino que rechaza sus producciones: mantendrá
siempre una relación distante y poco armónica con los denominados miembros
del movimiento. Sin embargo, sus reflexiones estéticas coinciden, más de
lo que ellos mismos hubieran querido, con muchas de las propuestas
autodenominadas románticas. Influye
de manera definitiva en autores como Schlegel y Schelling, es el primero en
acercarse a la estética kantiana de la manera que también lo harán todos
posteriormente, y manifiesta una profunda conciencia de lo que significa ser
moderno, conciencia que viene además con una aceptación definitiva de la pérdida
de la Antigüedad (en este sentido, abandono del clasicismo) y una valoración
positiva de la búsqueda concretamente moderna del absoluto. Aunque no creo
que pueda decirse que sufre el destino que Schmitt le augura a todo
romanticismo, sus producciones dramáticas posteriores a las reflexiones no
harán más que constatar, una y otra vez, la imposibilidad de realización
del idilio, el fracaso, en la práctica, de sus propuestas teóricas. Hölderlin,
por su lado, tampoco se declaró nunca miembro del movimiento romántico,
aunque mantuvo buenas relaciones con todos sus representantes, era respetado
y admirado por todos, e influyó de manera definitiva en algunos
(especialmente en Schelling). Cronológicamente, puede decirse que pertenece
al movimiento, en la medida en que su producción más valiosa coincide
también con el auge de la producción de los románticos tempranos.
Manifiesta, además, en sus reflexiones, tendencias románticas fuertes: su
relación con el mundo es una relación estética, la verdad se manifiesta a
través de la belleza, y es a través de la poesía que puede ser recuperada
la unidad originaria, perdida con la decadencia de Grecia. A pesar de las
estrechas relaciones que pueden aparecer entre sus propuestas y la
idealización de la Antigüedad característica del neoclasicismo y
clasicismo alemanes (Winckelmann y Goethe), la pérdida definitiva del
pasado está tan clara para él como para Schiller, su conciencia histórica
es definitivamente moderna, así como también lo son sus propuestas de
filosofía de la historia. Hölderlin, como Schiller, aprende a valorar la
condición moderna y a considerarla como un estado necesario hacia un ideal
que, al final, reconoce como irrealizable. Al final, a diferencia de
Schiller, Hölderlin personifica el destino de un pensamiento romántico
mucho más que cualquier otro: es justamente en su mundo interior,
probablemente en un mundo creado por su propia subjetividad de genio poético,
que terminan sus días. La realidad desaparece de manera definitiva para él.
Con
respecto a sus posiciones políticas las cosas no están tan claras tampoco.
Schiller participará activamente, como ya se ha mencionado antes, de la
Revolución, pero su decepción y sus críticas augurarán mejor que nadie
el fracaso de los acontecimientos en Francia y proporcionarán elementos sólidos
para conformar el movimiento reaccionario. Aunque no está tan claro que su
único anclaje sea el pasado, ni apela de una manera tan evidente a la
tradición en sus reflexiones sobre el presente, la continuidad para él es
un elemento importante, así como también lo es un modo de pensamiento no
liberal, no abstracto, que busque dirigirse y cubrir todos los movimientos
de lo real sin violentarlo. Sus motivaciones son políticas, no puede
dejarlo más claro en las Cartas al príncipe
y en las Cartas sobre la Educación
Estética del hombre, y si lo son, creo también que, de alguna manera,
son conservadoras: educar al hombre estéticamente para la moral, impedir
los cambios abruptos que interrumpan el orden paciente y lento de los
tiempos, pensar en el ethos político
como una comunidad orgánica en la que el individuo no deja de serlo por
pertenecer a la totalidad y moverse por metas comunes, estas son algunos de
las propuestas que lo hacen más cercano al conservadurismo que al
liberalismo de la época. Nunca renunció a la creencia de que a través de
sus dramas podía estar colaborando, si no a la realización de sus
propuestas teóricas, por lo menos a la conciencia de este impedimento.
Si
para Schiller la estética es un instrumento de la política, para Hölderlin
es inicialmente la política la que se convierte en instrumento de la estética.
La meta, al final, es alcanzar la unidad perdida a través de la belleza: un
estado verdaderamente político, como el de los griegos, una especie de
polis moderna, podía convertirse en el paso previo a esta realización.
Esto, a pesar de su tono conservador, podía lograrlo la Revolución. Y el
poeta, como el vengador de la naturaleza, como el profeta de la libertad,
podía ayudar a hacer esto posible. Sin embargo, en la misma medida en que Hölderlin
fue uno de los más grandes entusiastas de la Revolución, fue también,
después de la decepción, uno de sus más grandes detractores. Su decepción,
en todo caso, podía haber sido predicha: Hölderlin veía en la Revolución
la encarnación de sus ideales conservadores, su idea de la libertad, muy
diferente a la de los revolucionarios franceses, y mucho más distante aún
de aquella que de hecho se consiguió, no podría haberse visto nunca
satisfecha con los resultados de los acontecimientos de 1789. Le molestaba
la profunda diferencia resultante entre la democracia griega, ideal inicial
de la Revolución, y la realidad francesa, profundamente contraria a la
armonía política de la Antigüedad clásica. No podía entender cómo los
eventos habían podido perderse tanto de su curso, y comprendió que una
reforma política de tales magnitudes no era posible en el mundo moderno. Si
la libertad era el destino del hombre, tendría que haber un largo período
de reflexión y conciliación de las dualidades, antes de que todo esto
fuera posible. Su poesía se vuelve reflexiva, como los dramas de Schiller.
En ella se pasa del relato de la nostalgia de la patria perdida, al anhelo
de su reinstauración, insistiendo siempre en la necesidad histórica que
rige este proceso. Entonces, así como Empédocles se arrojó al Edna con la
esperanza inicial de que su muerte uniera nuevamente las fuerzas políticas
de su pueblo, así Hölderlin se abandonó a la poesía, esperando que con
ella se diera el primer paso para la instauración de la libertad. Pero poco
a poco Hölderlin se da cuenta de lo lejano que se encuentra su anuncio de
la posibilidad de su realización, y al final, como Empédocles, su
encuentro con la unidad originaria no sirve para otra cosa sino para que
abandone definitivamente el mundo de los vivos y se aleje cada vez más de
la realidad. La política termina sacrificándose a favor de la absolutización
de la estética, abandonando incluso el conservadurismo que podría haber
llegado a marcar sus ideas anteriores.
Si
Schiller y Hölderlin tiene que ser ubicados dentro de una categoría,
prefiero pensar que eran románticos, a pesar de las diferencias que cada
uno pueda sostener con respecto al movimiento. Y, en contra de Schmitt,
afirmaría que su romanticismo era un romanticismo político, mucho más
conservador que liberal. No es un absurdo hablar de ambos autores como románticos
conservadores, siempre y cuando quede claro por qué pueden entrar a ser
calificados con estas categorías, y qué los distancia de ser encarnaciones
perfectas de tales tendencias. Lo
que quiero decir, en últimas, es que afirmar que Schiller y Hölderlin no
son románticos ni conservadores es tan dogmático y arbitrario como afirmar
que lo son. Es mejor hablar del romanticismo de cada uno, entremezclado con
elementos del clasicismo, con el idealismo, con el anhelo político de
democracia y el conservadurismo resultante de la decepción frente a la
revolución. Todos estos matices, espero, irán quedando más claros a lo
largo de mi investigación. Bibliografía Fuentes:
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FCE. Hölderlin,
F. (1970) Sämtliche Werke und Briefe. München: Carl Hanser Verlag. (1979) Obra completa en poesía. (Ed. bilingüe). Tr. Alfredo Llorente Díez.
Barcelona: Libros Río Nuevo. [C] (1990). Correspondencia
completa. Tr. Helena Cortés Gabaudán. Madrid: Hiperión. [HL] [1790] Himno
a la Libertad. En: (1979). Tomo I. [HVP] (1989)
[1792-1797] Hiperión: versiones
previas. Tr. Anacleto Ferrer. Madrid: Hiperión. [G] [1793] Grecia.
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F. (1962) Philosophische Schrifte. En: Helmut koopman y Benno von Wiese
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sobre sociología y psicología social. Tr. Florentino Torner. México:
FCE. Nauen, F.G. (1971). Revolution, Idealism and Human Freedom. Hague: Martinus Nijhoff. [1]
Aquí es interesante ver la diferencia entre lo que sería una
“estetización de la política”, tan peligrosa, como lo ha mostrado
la filosofía política contemporánea, en sus consecuencias históricas
y una relación entre estética y política como la planteada por
Schiller y Burke. Dice Schiller: “Cuando el artesano trabaja la masa
informe para darle la forma que se adecue a sus fines, no duda en
violentarla, porque la naturaleza a la que está dando forma no merece
de por sí ningún respeto. Cuando el artista elabora esa misma masa,
tampoco tiene ningún reparo en violentarla, pero evita ponerlo de
manifiesto […] El político ha de acercarse a su materia con un
respeto muy distinto al que demuestra el artista por la suya, no de
manera subjetiva, ni provocando un efecto engañoso para los sentidos,
sino que de manera objetiva, y favoreciendo la esencia interior del
hombre, ha de preservar la singularidad y personalidad de su materia”
(CEEH IV, 133). Lo primero es lo que sucede, para Schiller, con la
Revolución Francesa, que violenta la naturaleza e impone la forma del
Estado considerándolo a éste como la verdadera obra de arte (es
interesante recordar que este tipo de críticas se las hace la filosofía
contemporánea a propuestas como la heideggeriana y, por supuesto, a la
política del nacionalsocialismo alemán). Lo segundo constituye la
actividad verdaderamente política, cuya relación con la realidad es
estética, no porque la considere como materia para su obra de arte,
sino porque entiende que la naturaleza, como la gracia, son tan
necesarias para la libertad y la belleza como la razón y lo sublime. [2] Aquí puede ser aclaratoria, además de volver a mirar las justificaciones que da Burke para su crítica a la Revolución Francesa, comparar la filosofía de la historia kantiana, mucho más liberal y progresista, con la filosofía de la historia hegeliana, típicamente conservadora. La primera se orienta por la idea regulativa de un futuro en el que el hombre habrá alcanzado su mayoría de edad y el desarrollo completo de la totalidad de sus capacidades racionales (cf. Idea de una historia universal con propósito cosmopolita), la segunda entiende el presente como el último estadio de un proceso de desarrollo pasado, que está por culminar, y en el que lo único que le queda por hacer al hombre es aceptar su condición de ser instrumento del espíritu, comprendiendo la racionalidad del presente (cf. Introducción a las Lecciones sobre la Filosofía de la Historia). Es interesante ver también cómo la filosofía de la historia marxista logrará invertir la propuesta hegeliana, consiguiendo hacer de la dialéctica y de la filosofía de la historia conservadoras elementos revolucionarios. [3] Es interesante nuevamente pensar aquí en ejemplos concretos. La historia como protagonista, como realidad última, en la que los hombres aparecen sólo como instrumentos, está presente en la filosofía de la historia hegeliana, acusada muchas veces de ser excesivamente conservadora, y de terminar proporcionando una justificación de lo real. La inversión que realizará Marx de la dialéctica hegeliana le permitirá postular como protagonista a la humanidad: es la humanidad la que actúa en la historia, y no la historia la que utiliza a los hombres como instrumentos de sus designios racionales. Por ello, la filosofía de la historia marciana es una filosofía revolucionaria; pero por ello también es acusada de caer en el fanatismo, en el anacronismo y la ahistoricidad. Los casos de Schiller y Hölderlin aquí no son tan evidentes, pero está claro, al menos, que para ambos tanto la historia como la idea de humanidad juegan un papel determinante en sus perspectivas filosóficas, así parecería mantenerse, en ambos, un equilibrio entre un pensamiento conservador y uno con tendencias revolucionarias: en efecto, como se verá, tal parece ser la relación que ambos sostienen con tales tendencias políticas. [4] Esta cuestión del pensamiento analógico y del tercero más alto e indiferenciado está mejor analizada en el numeral 2 de la segunda parte del libro de Schmitt. No tuve tiempo de leérmela, pero estoy segura que cuando lo haga, esta parte de la descripción del romanticismo podrá quedar más completa. [5] La filosofía kantiana será determinante para la formulación de los programas románticos, en cuanto todos se proponen, de una u otra forma, superar los dualismos dejados abiertos por ella. Pero es sobre todo la estética kantiana formulada en la Crítica del Juicio la que tendrá una influencia definitiva en las propuestas románticas: el romanticismo interpretará la noción de experiencia estética descrita por Kant como la capacidad de contemplación del substrato suprasensible, como el lugar de encuentro de lo sensible y lo suprasensible antes de toda posible separación. Esta interpretación será determinada, sobre todo, por la lectura que Schiller realizó, en el Kallias, de la Crítica del Juicio. (cf. D’Angelo, 85-7) |
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