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Origen
y telos como fundamento: la
violencia de la Historia |
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Exposición para el seminario “Sobre la violencia”.Prof. Bernardo Correa. Noviembre de 2003 |
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La
historia entera de una cosa, de un órgano, de un uso, puede ser así una
ininterrumpida cadena indicativa de interpretaciones y reajustes siempre
nuevos, cuyas causas no tienen siquiera necesidad de estar relacionadas
entre sí, antes bien a veces se suceden y se relevan de un modo meramente
casual |
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El
artículo de Foucault “Nietzsche, la genealogía, la historia” se
inscribe en la perspectiva de la crítica a un pensamiento totalizador que
cree sostenerse sobre el piso de la verdad y cuyo centro es el sujeto de
conocimiento. Tal pensamiento, considerará también Foucault, no es otra
cosa que histórico, y es justamente a partir de su devenir en la historia,
cuyos resultados son profundamente violentos, que se pueden medir sus
consecuencias y entrever la necesidad casi inexcusable de salir de su órbita.
Así, las reflexiones de Foucault también pueden incluirse en ese intento
contemporáneo, descrito por Vattimo (ver p. 63), de superar la metafísica
por razones éticas más que epistemológicas. Tal y como sucede en el caso
de Arendt, de Adorno, de Lévinas, de Heidegger y del mismo Vattimo,
Foucault encuentra en el pensamiento metafísico del universal y de la búsqueda
de fundamento una violencia particular[1].
Sus reflexiones también son resultado de la expresión definitiva de esta
violencia en los acontecimientos de la primera mitad del S. XX;
acontecimientos que ponen en duda, de manera definitiva para el pensamiento,
los puntos de vista hasta entonces dominantes, y que traen consigo, tal y
como queda expresado una y otra vez en las obras del autor, la crisis de la
razón en general, que en Foucault encuentra su expresión más adecuada en
la crisis de las grandes filosofías de la historia (Delacampagne 316). Y,
sin embargo, este fin de los grandes relatos, como se encargaba también
Vattimo de destacarlo, está anunciado ya en la filosofía de Nietzsche [2],
quien, con una mirada casi predictiva, gracias a una comprensión
excepcional de los presupuestos de su propia época, no sólo anunció la
llegada de la crisis de la cultura del S. XIX y de todo aquello en lo que ésta
se fundamentaba, sino que comenzó con su filosofía esta tarea, a partir de
un cambio fundamental de perspectiva: el paso de la pregunta por la verdad a
la pregunta por la voluntad de
saber, o, tal y como queda expresado en la Genealogía
de la Moral, el paso de la pregunta por el origen –puro y dador de
sentido– de la moral, a la pregunta por cuáles son las condiciones que
hacen posible algo así como la aparición –y más que aparición, creación,
fabricación (GM I, 14)– de los
grandes ideales (GM Prólogo, 3). Es
justamente esta pregunta la que es retomada por Foucault, quien transforma
la genealogía nietzscheana, combinándola con la categoría de discontinuidad
histórica de Koyré (Ver Delacampagne 315), en una arqueología
del saber, que se propone como tarea mostrar la historicidad de todo
aquello que la visión totalizadora tradicional pretendía como ahistórico,
es decir, reconstruir la historia de cada una de las supuestas
“constantes” históricas para mostrar su aparición en un espacio
determinado plagado de intereses. En últimas, el objetivo de la arqueología
histórica es el de destapar, sacar a la luz y poner en evidencia la epistéme
histórica de cada época (los presupuestos ocultos bajo todo modo de pensar
y actuar), como paso previo a la propuesta de una nueva posibilidad de
pensamiento, él mismo, por supuesto, también histórico, pero esta vez,
consciente de su propia historicidad[3]. Si para Heidegger la culminación de la historia de la metafísica encuentra su apogeo y su despliegue más significativo en el desarrollo de la técnica en el S. XX, para Foucault es la Historia[4], aparentemente, la forma privilegiada de la violencia del universal, de la búsqueda de fundamento y de la apelación a la verdad. Es en ella, en última instancia, donde permanecen más oculta, y por lo tanto, más peligrosamente las estructuras de dominio resultantes del pensamiento totalizador. También Foucault, como Adorno, pretende rescatar en esa historia la voz de los excluidos; también, como a Lévinas, le interesa dejar aparecer al Otro por fuera de la síntesis [5]; junto con Heidegger y Vattimo, quiere acabar con la soberanía del sujeto, mostrar su historicidad. Y todo ello se hace posible a partir de una genealogía-arqueología de la Historia, transformada en el lugar donde, como en Nietzsche, se lleva a cabo todo desenmascaramiento, o mejor, en la medida en que no apela a un origen o fundamento ocultos más verdaderos, donde se hace evidente la imposibilidad de salir de la mascarada de la historia. |
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| 1. En contra de una filosofía de la historia: Ursprung y télos (parágrafos 1-2) |
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La
Historia, tal y como es vista y comprendida tradicionalmente, es decir, una
historia que va de la mano con las grandes filosofías de la historia, es,
según el análisis que presenta Foucault, el lugar privilegiado de la metafísica.
Es en ella donde sobrevive la búsqueda de un fundamento, ya sea como
recuperación del origen o como progreso hacia una meta definitiva, meta que
implica la reconciliación de todas las contradicciones, la realización de
la verdad en el hombre, la ilusión de la “libertad” absoluta. Así,
afirma Foucault en la Arqueología del
saber, la
historia continúa, como correlato
indispensable de la función fundadora del sujeto: la garantía de que
todo cuanto [se] le ha escapado podrá serle devuelto; la certidumbre de que
el tiempo no dispersará nada sin restituirlo en una unidad recompuesta; la
promesa de que el sujeto podrá un día –bajo la forma de la conciencia
histórica– apropiarse nuevamente todas esas cosas mantenidas lejanas por
la diferencia, restaurará su poderío sobre ellas y en ellas encontrará su
morada (AS 20. Las cursivas son mías) Los
términos mismos con los que Foucault describe la acción de esa Historia
fundadora del sujeto, recuerdan aquellos con los que quedaba designada, en
el análisis que se hizo de la reflexión de Vattimo, la violencia de la
metafísica: restitución de la unidad
en medio de la dispersión, apropiación
del mundo o de los eventos por parte del sujeto, restauración del poder
sobre ellos, reencuentro final con la morada, el fundamento, aquel lugar que, por encima de todo, colocado en el
centro de todo pensamiento, da sentido y dis-pone del mundo para el hombre.
Esto
es justamente lo que intentan conseguir las formulaciones sistemáticas
acerca de la historia. Foucault, como lo deja en claro en la Arqueología del saber, está pensando concretamente en la filosofía
de la historia de Hegel (AS 22) y en las consecuencias que tal pensamiento
puede traer tanto sobre la manera de pensar la historia, como sobre las
acciones de los hombres en ella. Todos los elementos presentes en una tal
visión de la historia serán puestos en duda, combatidos y deconstruidos
por la genealogía-arqueología de Foucault. Dice Hegel en la introducción
a sus Lecciones sobre la filosofía de
la historia universal: La
consideración filosófica no tiene otro designio que eliminar lo
contingente. La contingencia es lo mismo que la necesidad externa, esto es,
una necesidad que remonta a causas, las cuales son sólo circunstancias
externas. Debemos buscar en la historia un fin universal, el fin último del
mundo [...] Es necesario llevar a la historia la fe y el pensamiento de que
el mundo de la voluntad no está entregado al acaso. Damos por supuesto,
como verdad, que en los acontecimientos de los pueblos domina un fin último,
que en la historia universal hay una razón –no la razón de un sujeto
particular, sino la razón divina y absoluta–. La demostración de esta
verdad es el tratado de la historia universal misma, imagen y acto de la razón.
(Hegel 44) Esta
afirmación hegeliana se muestra claramente como todo aquello que la
propuesta de Foucault pretende denunciar: la Historia es violencia en la
medida en que parte del presupuesto de un Ursprung
ahistórico, que se realiza y desarrolla a lo largo de la historia, dirigiéndose
teleológicamente, de manera continua y necesaria, a una meta racional, a un
fin último y universal. En esta perspectiva de la Historia, todo aquello
que no sea racional, que no se adecue al desarrollo necesario de los
eventos, debe quedar excluido, es rechazado, es, en últimas, eliminado. Así,
como dice Foucault, la búsqueda de un origen
en la historia no es otra cosa que “intentar levantar las máscaras, para
desvelar finalmente una primera identidad” (NGH 10), es decir, es caer
nuevamente, en medio del desenmascaramiento, en la búsqueda de algo
verdadero, en la necesidad de encontrar un fundamento que dé sentido al
curso entero de los acontecimientos, dejando de lado todo aquello que no
logra adecuarse. Lo mismo sucede con la meta
de la historia, con ese fin último postulado también como dador de
sentido, como actor oculto de todos los acontecimientos: promete una
reconciliación que, como ideal, se transforma en justificación de toda
acción; la historia se transforma así, a la vez, en una Teodicea
(Hegel 56), en la justificación del mal a partir del bien absoluto que
se manifiesta a través de él. Finalmente, la historia no puede estar
sometida a la necesidad, a un sentido histórico continuo que garantiza el
progreso. Al contrario, dirá Foucault, si lo que se quiere es rescatar las
particularidades, recuperar todo aquello que ha sido excluido, extraerlo de
esa violencia que ha ejercido sobre él la unidad del universal, hay que
salir del “juego consolador de los reconocimientos” (NGH 20), abandonar
la esperanza de una reconciliación (NGH 18) y entrar en el reino de la
historia efectiva “en el que no hay ni providencia ni causa final” (NGH
20), sino puro y simple azar de la voluntad de poder: Pero
todas las finalidades, todas las utilidades, son sólo indicios de que una
voluntad de poder se ha enseñoreado de algo menos poderoso, y ha impreso en
ella, partiendo de sí misma, el sentido de una función [...] El
“desarrollo” de una cosa, de un uso, de un órgano es, según esto,
cualquier cosa antes que su progressus
hacia una meta. (GM II, 12) Todo
acontecimiento no es, en últimas, más que la expresión de un interés,
que no obedece a una razón última que rige los eventos, sino a la voluntad
de poder particular de una época histórica. Se entiende mejor, así, la
violencia implicada por la Historia. La Historia, entendida como sistema,
oculta y olvida la violencia de todos sus actos, y en este olvido, termina
justificándolos, dándoles rienda. Puede recordarse aquí, como ejemplo del
peligro que entraña el pensamiento desde una filosofía de la historia
fuerte, la manera como los nazis interpretaron su destino, tal y como lo
describe Esposito: a través de la apelación a un origen “suprahistórico”,
la “Ur-Grecia”, que debía ser llevada a cabo y encarnada por el espíritu
del pueblo alemán, como una meta de la historia europea, como ideal que se
transforma en la justificación de todo acto irracional[6].
También Eric Hobsbawm, en uno de sus artículos sobre la historia, previene
contra esta utilización mítica del origen como justificación de un acto
histórico, dando como ejemplos, entre otros, los casos de la opresión de
los albaneses por parte de los serbios en Yugoslavia –que reclaman la
injusticia de la derrota, en 1389 en Kosovo, de los turcos sobre los
serbios– (Hobsbawm 19), el nacionalismo griego en Macedonia –que le
niega a Macedonia incluso el derecho de llamarse así, remontándose al S.
IV a.C, época en la que Macedonia era un territorio de un estado-nación
griego– (Hobsbawm 19), e incluso el conflicto palestino-israelí –que ha
llegado a remontarse, incluso, al relato bíblico de Caín y Abel, pero que
también ha convertido acontecimientos más recientes en mitos, como medio
de justificación de la creación del estado de Israel; entre ellos, el
mismo Holocausto– (Hobsbawm
20). Así, señala Hobsbawm: La
historia es la materia prima de la que se nutren las ideologías
nacionalistas, étnicas y fundamentalistas, del mismo modo que las
adormideras son el elemento que sirve de base a la adicción a la heroína.
El pasado es un factor esencial –quizás el factor más esencial– de
dichas ideologías. [...] En estas circunstancias, los historiadores se
encuentran con que han de interpretar el papel inesperado de actores políticos.
Antes pensaba que la historia, a diferencia de otras disciplinas, como, por
ejemplo, la física nuclear, al menos no le hacía daño a nadie. Ahora sé
que puede hacerlo y que existe la posibilidad de que nuestros estudios se
conviertan en fábricas clandestinas de bombas como los talleres en los que
el IRA ha aprendido a transformar los abonos químicos en explosivos.
(Hobsbawm 16-17) Salir
de la violencia, entonces, o, al menos, comenzar a denunciarla[7],
implica salir de esta concepción tradicional de la Historia, que trae ya
consigo la violencia del universal y del fundamento, denunciada por Vattimo,
y que se manifiesta como justificación de la violencia en la realidad histórica.
Para ello, el genealogista debe, como indica Foucault, escuchar a la
historia –escuchar, como acto pasivo de dejar hablar a los hechos por sí
mismos, en su particularidad, pero a la vez, como se verá, como acto activo
de interpretación– para descubrir que detrás de las cosas no hay una
esencia primigenia, que tal esencia fue construida, y que el único secreto
es “el secreto de que ellas [las cosas] están sin esencia” (NGH 10). La
única verdad, si es que la hay, es que en el origen de todo está la
discordia, el disparate, el poder, y el genealogista necesita la historia
para conjurar esta quimera (NGH 11), para liberarse de la violencia de las
filosofías de la historia y entrar por fin, fuera de todo centro, en el
“espacio de la dispersión” (AS 20). |
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| 2. Genealogía como denuncia: Herkunft y Entstehung (parágrafos 3-5) |
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La
búsqueda del origen se transforma, en la genealogía, en la búsqueda de la
procedencia (Herkunft) y la
emergencia (Entstehung) de los
ideales, hasta ahora considerados como ahistóricos, como constantes en la
historia y dadores de sentido. Es el paso, anunciado ya desde el prólogo de
la Genealogía de la moral, hacia la pregunta por la voluntad
de saber, hacia la búsqueda de las circunstancias que hacen posible el
surgimiento de las “verdades” en la historia. La genealogía se propone,
así, reintroducir “en el devenir todo aquello que se había creído
inmortal en el hombre” (NGH 19), como primer paso para denunciar-escapar[8]
de la violencia del universal, de lo absoluto, de la Historia. La
procedencia se opone a la categoría
de la semejanza, utilizada por esa Historia que pretende encontrar unidad
creadora de identidad. Su trabajo es el de encontrar las diferencias que se
encuentran en la base de todo comienzo. El resultado es así la ‘disolución
del yo’, de la ‘identidad’ en un sinnúmero de ‘yos’ e
‘identidades’ no unificables. La búsqueda de la procedencia pone en
evidencia al accidente en la raíz de lo que somos, designa antes que nada
un instinto, que se opone a la categoría de fundamento de la Historia
tradicional. La apelación al origen como justificación de una acción, o
como principio de identidad, excluyente de toda diferencia, pierde aquí
todo sentido: es la diferencia lo que queda rescatado.
La
emergencia, por su lado, se opone
a la categoría de necesidad, que pretende dar sustento al progreso desde el
punto de vista de la Historia. Su función es sacar a la luz el juego
azaroso que se encuentra a la base de todo acontecimiento histórico. El
resultado es, por consiguiente, la denuncia del poder, del dominio, como la
causa de la aparición de toda regla en la historia. La pregunta por la
emergencia delata las fuerzas confluyentes en la raíz de todos los sucesos,
designa un lugar de enfrentamiento allí donde la Historia tradicional
apelaba a un mejor pasado histórico como origen puro de toda verdad. La
apelación a un origen mítico que justifica una acción progresiva hacia un
ideal a ser realizado en la historia, pierde aquí toda posibilidad, en la
medida en que no hay un pasado mejor al que sea legítimo apelar en el
presente, ni un futuro que vaya a ser diferente de aquello que la historia
siempre es: una sucesión de dominaciones.
La
genealogía termina mostrando que la historia no es otra cosa que el devenir
sucesivo, desordenado e imprevisto, de acciones instintivas que se imponen
una y otra vez en medio de una lucha de dominios. La perspectiva de la
Historia, es, así, la perspectiva de aquellos que dominan en determinada época,
bajo determinadas reglas, también históricas y causadas por intereses
particulares. Estas reglas, dice Foucault, consideradas siempre como la
expresión política de la racionalidad humana, como valores morales
sustentados sobre principios verdaderos, no son otra cosa que el instrumento
de los dominadores, y más que controlar la violencia, escapar a ella o
superarla, lo que hacen realmente es satisfacerla (NGH 17)[9].
La política aparece aquí en Foucault, como ya ha aparecido en otros
autores leídos en el curso, como el lugar de la violencia, donde se lleva a
cabo siempre una imposición y donde las relaciones son siempre de
sometimiento, de exclusión. La humanidad no sigue un progreso, sino que va
de dominio en dominio, de interpretación en interpretación, y el juego de
la historia consiste simplemente en narrar quién se apropia de las reglas,
quién impone sus propias interpretaciones: “el devenir de la historia es
una serie de interpretaciones. Y la genealogía debe ser su historia” (NGH
18). Es esto lo que debe lograr hacer la “wirkliche Historie”, la historia efectiva, a través del desarrollo del sentido histórico: “el sentido histórico escapará a la metafísica para convertirse en el instrumento privilegiado de la genealogía si no se posa sobre ningún absoluto” (NGH 19). Salir de todo centro, de toda búsqueda de fundamento, de todo intento de objetividad, dejar de ser el correlato de la función fundadora del sujeto: es ésta la labor principal de una nueva actitud frente a la historia. Frente a la mirada ‘suprahistórica’ de la Historia, la historia efectiva propone una mirada que no renuncia a su propia perspectiva, pero que permanece atenta, que se introduce en el devenir histórico, dejándose llevar por los acontecimientos, por las particularidades, por todo aquello digno de atención sólo en su singularidad: una mirada “que distingue, reparte, dispersa, deja jugar a las separaciones y los márgenes –una especie de mirada disociante, capaz de disociarse a sí misma y de borrar la unidad de este ser humano que se supone conducirla soberanamente hacia su pasado” (NGH 19). Ni siquiera la categoría hombre puede ser una constante en la historia[10]: no hay tal cosa como el reconocimiento (en los hombres de otras culturas y de otros tiempos, pero incluso tampoco en aquellos que me rodean) porque no es posible partir de algo así como una “naturaleza humana” común a todos los hombres y a todos los tiempos. El saber histórico no es, así, “encontrarse” en la tradición, en las costumbres, en un pasado que nos precede, sino perderse en ello, disolverse, introduciendo lo discontinuo en aquello que somos. Adquiere sentido, entonces, aquello que también propone Foucault en la Arqueología del saber (Ver AS 14): la discontinuidad no es ya un obstáculo para el saber histórico, sino que, al contrario, pasa a ser un elemento positivo, en la medida en que permite a la historia salirse de esa actividad centrípeta y sintética, que no hacía otra cosa que ocultar, e incluso, justificar e impulsar (satisfacer) la violencia. |
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3. Platonismo y antiplatonismo históricos: una genealogía de la
historia (parágrafos 6-7) |
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Pero
la genealogía no puede caer en aquello que critica, no puede volverse ella
misma una actitud suprahistórica que se impone sobre la comprensión de la
realidad histórica y cambiante. Al contrario, dice Foucault, el sentido
histórico posibilita, en medio de la conciencia de su propia perspectiva,
la genealogía de su propio saber: incluso la genealogía responde a una
historia[11],
incluso la historia puede ser sujeta a una genealogía. Es esto último lo
que Foucault, desde la mirada de Nietzsche, intenta hacer, llevando la crítica
de la Historia, más allá de su origen, hacia los intereses que se
encuentran en su surgimiento, para con ello, en un segundo momento, postular
una actitud histórica que se le oponga.
La procedencia del
historiador está en la demagogia: el historiador, como el demagogo,
proviene de la plebe y se dirige a la plebe; es a ésta a la que le interesa
mostrarle las garantías de su propio progreso, a través de un saber
objetivo, exacto, libre de todo interés. Para ello se ve obligado a borrar
todo rasgo de individualidad, tanto de sí mismo, como de los
acontecimientos, en medio de sus pretensiones de acceder a todo, apropiarse
de todo, conocerlo todo. Bajo la máscara de lo universal, dice Foucault,
oculta el historiador todo rencor: vuelca su querer en saber, en un saber
que apela, en última instancia, a una garantía superior de objetividad
(Dios, la providencia, las causas finales). De aquí la actitud hacia la
Historia, como hacia la religión: la historia es digna de respeto y
veneración. Las causas se invierten con los efectos, y aquello que nace de
intereses particulares, se transforma ahora en una verdad creadora de
sentido (a esto lo llamará Nietzsche, varias veces, metonimia:
todo saber humano no es otra cosa que esta metonimia de trastocar las causas
por los efectos). La emergencia de la
Historia, por su lado, encuentra su “intersticio originario” en la
Europa del S. XIX, en la que el hombre se ha quedado sin identidades, busca
su propia individualidad y reclama para sí un apoyo en medio de su
incapacidad de crear cosas nuevas. El pasado, los monumentos de la historia,
le dan grandeza a su presente, le ayudan a olvidar su propia decadencia y le
crean la ilusión de progreso y de moralidad: la Historia conduce al hombre
a ser moral, trae consigo la promesa de que el tiempo de la moral está
cerca. A partir de esta misma Historia, nacida y demarcada, como todas las
cosas, por los intereses de una época particular, puede surgir una nueva
mirada, una nueva perspectiva, que, como resultado del análisis genealógico,
esté dispuesta a llevar a las filosofías de la historia, a través de sus
propios productos, a su propia destrucción. Una actitud que, frente al
platonismo de la Historia tradicional, se postule a sí misma como antiplatónica.
Un sentido histórico que no pretenda ya erigirse en conocimiento, sino, al
contrario, se transforme en una parodia, en un juego permanente, plagado de
intereses que no pretende dejar de lado, inserto en las disociaciones
propias de los acontecimientos. Frente a las tres modalidades platónicas de
la Historia –historia como reconocimiento, como continuidad y como
conocimiento–, Foucault, recogiendo a Nietzsche, plantea tres usos propios
del sentido histórico –la parodia, la disociación y la denuncia del uso
sacrificial de la verdad–. Una mirada histórica genealógica es aquella que, sin temor y sin ninguna seriedad (sin ninguna pretensión de realizar un desenmasacaramiento bajo la apelación a algo ‘más verdadero’), entra en la mascarada de la historia, llevándola hasta el límite. No se trata, pues, de negar las identidades, sino de reproducirlas en su multiplicidad, retomarlas todas, disfrazarse con ellas: adquirir, frente a la existencia, en términos de Nietzsche, una actitud jovial, que permite entender a la historia como creación, más que como fundamento, pero que, no por ello, conduce a la desesperación. Mi relación con los otros no se funda sobre la base de un reconocimiento mutuo, de una subsunción a una identidad común, sino sobre la base de la disociación, de la entrada en el juego de lo particular, donde nadie puede reclamar para sí el derecho de dominio sobre el otro, en la medida en que ningún pasado le proporciona identidades, es decir, justificaciones. La Historia, entendida como conocimiento, venerada como portadora de verdad, es la más destructiva encarnación de la voluntad de saber: puede llevar a la humanidad –como lo anuncia Nietzsche y como Foucault simplemente lo comprueba tras la segunda guerra mundial– a su propia destrucción, en la medida en que satisface y acrecienta la violencia instintiva. Todo saber descansa en la injusticia, todo instinto de conocimiento no es más que un pathos que arrastra al hombre a la negación de la existencia (suya o de los otros). Tales son las denuncias de la genealogía, tales son las violencias que pone en evidencia. |
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4.
Consideraciones finales |
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En
Foucault pueden leerse, como sucede con otros autores discutidos en el
seminario, los intereses por salir de un pensamiento que se ha llamado a sí
mismo fuerte, que ha intentado imponerse sobre lo real, trayendo como
consecuencia una violencia que hace ya mucho tiempo ha dejado de ser
meramente teórica. Las relaciones de dominio, ocultas bajo la metafísica,
se encarnan, en los análisis de Foucault, en la Historia y en la comprensión
que ésta trae consigo del hombre y del mundo. La denuncia de esta Historia,
a cargo de la genealogía, parece ir de la mano con una propuesta de una
nueva mirada, de una nueva ‘racionalidad’, que pueda mostrarse como
alternativa válida al pensamiento de la violencia. Así, como sucede también
con otros autores, el viraje teórico proviene de preocupaciones éticas más
que epistemológicas, y pretende traer consigo, por consiguiente,
consecuencias sobre la práctica: en el caso de Foucault, “formas inéditas
de intervención política” (Delacampagne 310). Sin embargo, tanto la
perspectiva desde donde decide emitir su discurso, como las propuestas
concretas que éste trae consigo, dejan todavía muchas preguntas abiertas. En primer lugar, está el problema, presente también, según algunos
autores, en Nietzsche, del “perspectivismo”: ¿desde dónde se para
Foucault para hacer su crítica a la Historia? Si la historia no es más que
una sucesión de interpretaciones, si la Historia es, a su vez, como la
verdad, y como el hombre, resultado de los intereses de una época
particular, ¿no es también la genealogía, nuevamente, resultado de ello?,
¿puede esta última reclamar un lugar ‘más verdadero’, o si se quiere,
‘más acertado’, desde donde pueda ejercer su crítica? La cuestión aquí
es, sobre todo, la del interés por la validación del discurso, que no
puede pensarse como completamente ausente en la propuesta de Foucault. Es
cierto que una y otra vez recalca que su interés no es el de realizar un
desenmascaramiento definitivo de la historia, en el que queden de una vez y
para siempre expuestos todos los intereses, todas las “verdaderas”
causas de las acciones humanas, pero ¿no parecerían algunas de sus
afirmaciones caer justamente en esta pretensión?. No sé hasta qué punto
es válida esta pregunta en un autor como Foucault, ni sé si algunas de sus
afirmaciones, tales como las que aparecen en la Arqueología
del saber, descalifican de antemano la posibilidad de formularla[12],
pero me gustaría que fuera uno de los puntos para discutir en el seminario,
porque tiene que ver con el problema, ya planteado en otra sesión a partir
de Vattimo, de salir de la metafísica sin terminar cayendo nueva e
inevitablemente en ella. Esto
tiene que ver, a su vez, con la posibilidad de crear un discurso alternativo
a una violencia que éste mismo ha hecho evidente. Pero aquí surgen algunas
preguntas con respecto a la diferencia entre un discurso como el de Hannah
Arendt, o Vattimo, o incluso Adorno, y aquel que parece emitir Foucault en
su artículo. Mientras que en los primeros autores se hace más o menos
evidente una intención de salir de la violencia, de superarla, de dejarla
de lado a partir de un viraje teórico que traiga consigo consecuencias en
la práctica, en Foucault ello no queda tan claro. En primer lugar, para
Foucault la metafísica (o, más específicamente, la Historia) no es la
forma de la violencia que nutre al pensamiento occidental, recorriendo toda
la historia, desde los griegos hasta Nietzsche –así lo es para los
autores mencionados– sino una
encarnación más de la violencia, una forma más entre muchas otras, que
nace en el S. XVIII alrededor de la noción del sujeto, y que debe estar, en
el S. XX, donde ha ido perdiendo sentido, próxima a acabarse.. Por
consiguiente, la superación de la metafísica no puede implicar, sin más,
la superación de la violencia, porque para ello, aparentemente, no sería
suficiente superar la Historia: sería necesario, más bien, salir de la
historia, situación que caracteriza, sin embargo, a la mirada suprahistórica
denunciada por Foucault. ¿Qué se consigue entonces exactamente con la crítica,
con el análisis genealógico?, ¿intenta Foucault también superar la
violencia a través de sus propuestas? ¿Pretende Foucault que su discurso,
su interpretación, sea menos violento que los anteriores, que aquellos que
propone superar? ¿Y no es ello, en últimas, caer nuevamente en el problema
del perspectivismo? ¿Cómo darle un estatus diferente a una nueva
interpretación, si no hay nada que sea verdadero? En
segundo lugar, el análisis de Foucault, como el de Nietzsche en la Genealogía de la moral, parece limitarse a hacer evidente la
quimera del origen, y a mostrar en su lugar, la procedencia y emergencia
violentas a la base de todo aquello que la metafísica, la moral, la
Historia, han considerado siempre como ideal, como verdadero, como ahistórico.
¿Acaso considera Foucault que, evidenciando la violencia oculta en la
historia, se hace posible su superación? Este poner en evidencia es ya, de
por sí, crítico, pero ¿permite salir de la violencia de la historia,
oculta, satisfecha y justificada por la Historia? Y
con respecto a esta última cuestión, valdría la pena también
preguntarse: si la genealogía se propone sacar a la luz la violencia
implicada en todo “origen”, una violencia que ha sido olvidada, pero no
por ello destruida, por causa de la Historia, ¿no sería mejor asumir la
actitud de los judíos que aparecen en el artículo de Esposito, y
preguntarse si no hay cosas que es mejor olvidar? ¿No puede transformarse
la conciencia en la violencia del origen en una violencia aún más
exacerbada? ¿Es acaso a esto justamente a lo que intenta escapar Foucault
con su propuesta de una actitud irónica, jovial, paródica ante la
historia? Y si esto así, ¿estará Foucault, en últimas, tal y como lo
proclama el hombre trágico de Nietzsche, acudiendo a la necesidad de la
ilusión?, ¿es necesario, para ello, el paso por la puesta en escena de la
violencia originaria? Y esta entrada en la multiplicación de las
mascaradas, este llevar la parodia a sus extremos, en lugar de intentar
superarla “seriamente”, este entrar sin temor en la ausencia de un
fundamento, de un origen, de una meta, ¿sí es evitar la violencia? ¿no
es, más bien, aceptar su inevitabilidad? Estas
son las preguntas que han surgido a lo largo de mi lectura. No conozco la
obra de Foucault, ni sé si en otros lugares ha intentado enfrentarse con
tales cuestionamientos. Tampoco estoy segura de haber entendido su posición.
Las preguntas anteriores pueden ser sólo el producto de una incomprensión
o tergiversación de sus palabras. Me
parecería interesante que, en
cualquier caso, se pongan en el seminario como tema de discusión, y, en
caso de que resulten válidas, tratemos de responderlas, en la medida en que
es el problema de la superación de la violencia, o de su aceptación como
un instrumento político necesario, aquel con el que nos hemos comprometido
desde el principio del semestre. BIBLIOGRAFÍA
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universal. FCE, México, 1996. DELACAMPAGNE,
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en el S. XX. Península, Barcelona, 1999. Cap.5 “La razón en tela de
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G.W.F. Introducción general a las Lecciones
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Tr. Andrés Sánchez Pascual. Ed. Alianza, Madrid, 1997. VATTIMO,
Gianni. “Metafísica, violencia y secularización” en VATTIMO, Gianni y
ROVATTI, Pier Aldo (comp.). La
secularización de la filosofía. hermenéutica y posmodernidad. Gedisa,
Barcelona, 1992. [1] Aquí vale la pena aclarar que, aunque en efecto Foucault denuncia una violencia particular del pensamiento metafísico, no considera, como sí parecen hacerlo los otros autores mencionados, que éste es el origen de toda violencia. La historia en su totalidad es violencia, la metafísica no es más que otro de sus momentos. Este punto será tocado más adelante, en las consideraciones finales, porque considero importante que se examine la relación de las consecuencias particulares de un pensamiento como el de Foucault con las pretensiones críticas de las que parte. [2] Vattimo parece conceder siempre mucha importancia a la filosofía nietzscheana como el primer intento consecuente de denunciar el pensamiento metafísico desde sus propios presupuestos. El nihilismo de Nietzsche, que Vattimo menciona siempre bajo la conocida afirmación nietzscheana de la muerte de Dios, posibilita y se transforma en el nihilismo hermenéutico heideggeriano, que trae consigo el anuncio definitivo de la ausencia de fundamento. Esto se puede ver, por poner dos ejemplos, tanto en el artículo leído para la sesión antepasada del seminario, “Metafísica, violencia y secularización”, como en Más allá del sujeto: Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica. También para Foucault, quien se declara profundamente nietzscheano, la filosofía de Nietzsche es determinante para todo el desarrollo del pensamiento contemporáneo. [3] Habrá que preguntarse más adelante, en efecto, si tal cosa es posible, y si tal investigación no termina cayendo en los mismos puntos de partida que pretende cuestionar. Esta es una de las preguntas que quedará, mejor formulada en las consideraciones finales, como discusión para la sesión. [4] Utilizo el término ‘Historia’ para designar esa visión tradicional de la historia a la que Foucault opondrá y enfrentará la ‘historia efectiva’. [5] Ver en AS : “Esta mutación epistemológica de la historia no ha terminado todavía hoy [...] Como si tuviéramos miedo de pensar el Otro en el tiempo de nuestro propio pensamiento” (AS 20); y también “Hacer la genealogía de los valores, de la moral, del ascetismo [...] será por el contrario ocuparse en las meticulosidades y en los azares de los comienzos [...] prestarse a verlas surgir quitadas las máscaras con el rostro del otro” (NGH 11). [6] El peligro del mal, como lo dice Esposito recurriendo a Arendt, está en su pretensión de elevarse en, o de entenderse a sí mismo como bien absoluto (Esposito 155). Así lo denuncia también Nietzsche en GM I, 14: “Sólo ahora oigo lo que ya antes decían con tanta frecuencia: ‘nosotros los buenos –‘nosotros somos los justos’– a lo que ellos piden no lo llaman desquite, sino ‘el triunfo de la justicia’; a lo que ellos odian no es su enemigo, no, ellos odian la ‘injusticia’, el ‘ateísmo’: lo que ellos creen y esperan no es la esperanza de la venganza, la embriaguez de la dulce venganza, sino la victoria de Dios, del Dios justo sobre los ateos; lo que a ellos les queda para amar en la tierra no son sus hermanos en el odio, sino sus ‘hermanos en el amor’, como ellos dicen, todos los buenos y justos de la tierra”. [7] En las consideraciones finales desarrollaré mejor la diferencia entre estas dos posibilidades, como punto de partida para problematizar parte de la propuesta de Foucault. Por ahora, lo dejo enunciado. [8] Ver nota al pie anterior. [9] Dice también Nietzsche, en la Genealogía de la moral: “En esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones, es donde tiene su hogar nativo el mundo de los conceptos morales ‘culpa’, ‘conciencia’, ‘deber’, ‘santidad del deber’, - su comienzo, al igual que el comienzo de todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente con sangre. ¿Y no sería lícito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura? (ni siquiera en el viejo Kant: el imperativo categórico huele a crueldad)”(GM II, 6) [10] Esto es interesante y adquiere sentido en la tradición de la filosofía de la historia, porque incluso historiadores del S. XIX, que se presentaban a sí mismos como grandes críticos de las filosofías de la historia tradicionales, y que dejaban de lado todas las posibles constantes en la historia, apelaban a la categoría de hombre como la única unificadora, capaz de transportarnos a la comprensión de la historia de otros tiempos o de otras culturas. Ver, por ejemplo, en Jacob Burckhardt, amigo y maestro de Nietzsche: “Nosotros tomamos como punto de partida el único centro permanente y posible para nosotros: el hombre que padece, aspira y actúa; el hombre tal como es, como ha sido siempre, y siempre será.” (p. 46). [11] Esto, en todo caso, no queda tan claro en Foucault, quien algunas veces parece pretender para su propuesta un estatus diferente a aquél de la Historia, y por lo tanto, reclamarla como ‘más verdadera’. Pero esto será problematizado en las consideraciones finales. [12] En la introducción a la AS, dice Foucault: “Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable” (AS 29). Y más atrás, se había referido a ese lugar desde el que habla como un “espacio en blanco [...] que toma forma lentamente en un discurso que siento tan precario, tan incierto aún” (AS 28). |
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