VOLVER A ESTÉTICA

Filosofía y tragedia: la experiencia estética como lugar de reconciliación

Conferencia para la inauguración del coloquio intercolegiado de filosofía. Texto publicado con algunas correcciones en: Germán Vargas Guillén (ed.). Colección Filosofía y enseñanza de la filosofía. No. 2. Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá. -

----

Empiezo por explicar más o menos qué es lo que pienso hacer, para que no nos vayamos a perder por el camino. Voy a comenzar con un breve recuento histórico y una descripción rápida del papel de la estética en su momento de máximo apogeo dentro de la historia de la filosofía (el romanticismo e idealismo alemanes). Pasaré a continuación a introducir el tema de la tragedia, anunciado ya en el título, la cual se mostrará como el espacio apropiado para pensar y realizar la propuesta de una filosofía del arte. Finalmente, la idea es unir ambas cosas, las ideas que tenían sobre el arte los románticos alemanes, junto con la tragedia, para mostrar la actualidad de un pensamiento que dejó de ser vigente hace ya siglo y medio, pero que, pensado como trágico, puede ser reivindicado hoy como una posible manera no sólo de comprender el arte, sino de comprender el mundo y a nosotros mismos de una manera artística. Esto, desde mi punto de vista, no sólo nos plantea un reto como habitantes que somos de este mundo contemporáneo lleno de contradicciones, sino que a la vez produce una esperanza en medio de un mundo al que parecen agotársele las soluciones.

 

1.La reconciliación como destino de la estética: recuento histórico 

Puede decirse que la estética aparece por primera vez en el campo de la filosofía con Kant en el S. XVIII. Entiendo aquí por estética, por supuesto, no cualquier reflexión sobre el arte (ésta ha tenido lugar desde tiempos inmemorables), sino, más bien, el intento por parte de la filosofía de darle a la reflexión sobre la actividad artística del hombre un lugar propio, separado e independiente de las otras dos grandes reflexiones filosóficas, a saber, la reflexión sobre el conocimiento (epistemología) y la reflexión sobre el comportamiento humano (ética). Desde sus comienzos, pues, con la filosofía kantiana, a la estética le es otorgado un papel particular desde el punto de vista de la filosofía en general: aparece como la encargada de superar un abismo, existente desde la aparición del sujeto moderno (y aquí pueden pensar ustedes en Descartes, por ejemplo), entre el hombre y el mundo.

En efecto, y los que ya han leído Kant habrán oído ya lo que voy a decir, Kant descubre a través de su intento de creación de un sistema filosófico completo –es decir, un sistema que lograra crear al menos el punto de partida necesario para cualquier reflexión humana posible– que el hombre, desde la modernidad, está enfrentado a un dilema aparentemente irreconciliable: por un lado, como sujeto, es consciente de sí mismo y de su propia libertad, definida ésta como la capacidad que todos tenemos para ser nosotros mismos la causa de nuestras acciones en el mundo, lo que nos hace a la vez responsables de las consecuencias. Por el otro lado, sin embargo, sólo podemos conocer el mundo tal y como nos lo presenta la ciencia: como un mundo mecánico, regido por leyes causales universales y necesarias (esto es, que se cumplen en todos los casos posibles). Es decir que, como queda formulado en la tercera antinomia en la Crítica de la razón pura (una de las grandes obras de Kant, y una de las más importantes en la historia de la filosofía), o somos libres, o nuestras acciones están determinadas por las leyes mecánicas de la naturaleza. El hombre, al haberse formulado como un sujeto independiente del mundo que lo rodea, y que se le presenta y opone como “objeto” de conocimiento, ha quedado envuelto en una profunda contradicción que caracterizará a toda la modernidad, que penetrará en todos los ámbitos humanos, y que aún intenta ser resuelta por la filosofía contemporánea: o somos seres racionales, o pertenecemos a la naturaleza y nos dejamos llevar por nuestros instintos; o somos individuos dentro de una sociedad, y nuestras libertades están definidas de acuerdo a lo que cada uno debe hacer, o somos miembros de una comunidad cuyos intereses se superponen a los nuestros; es decir, o somos libres, pero eso nos cuesta sentirnos separados del mundo, o somos mecánicos, pero eso nos implica abandonar nuestra libertad. (Considero que estas contradicciones, que parecen a veces sonar un poco obsoletas desde el punto de vista de la filosofía contemporánea, son aún los dilemas a los que nos enfrentamos, y constituyen la raíz de muchos de los problemas que agobian actualmente al mundo... por dar algunos ejemplos: el problema político que presenta la incapacidad que tenemos de salir de nosotros mismos y tener compasión –en su sentido literal, sentir con los otros–, el problema ecológico que causa la manera como tratamos a la naturaleza como si fuera aún aquello que debemos dominar, como si fuera lo otro, separada y ajena; incluso el problema cotidiano de sentirnos separados de aquello que hacemos, como si no tuviera que ver con lo que somos, etc...).

He hecho este recuento porque desde Kant, como les decía, la reflexión estética será la encargada de saldar este abismo, o, como prefiero describirlo yo en el contexto de esta exposición: el destino de la estética, desde sus orígenes, es el de llevar a cabo la reconciliación de las contradicciones que agobian al hombre moderno, y que lo condenan a sentirse ajeno en el mundo. El arte, descubrirá Kant, aunque lo tendrán más claro aún quienes le sucedieron, es el espacio de reconciliación: a través de él el hombre logra ser libre en el mundo, en la medida en que la creación artística no es más que la transformación libre de un mundo que normalmente se nos presenta como predecible, como mecánico. El arte logra que el mundo, aquello que en circunstancias normales nos parece tan ajeno y tan opuesto, nos exprese, es decir, exprese nuestra libertad. Es en el arte, en la creación y en la contemplación artística, que el hombre, al menos por unos instantes, supera toda distancia y se realiza en el mundo.

El problema que llevó a Kant a ocuparse de la estética, así, es el problema de la posibilidad de pensar el mundo como uno, y por consiguiente, de pensar al hombre en el mundo, y no como separado y distanciado de éste. Esto lo llevarán a cabalidad, sobre todo, los filósofos alemanes posteriores a Kant, quienes pondrán a la estética, por esta razón, en el punto más alto de la reflexión humana, en la medida en que es a través de ella que el hombre, agobiado por las contradicciones, recupera su unidad. Doy sólo algunos ejemplos para aclarar a qué me refiero con esto del punto más alto: el arte, entre los románticos e idealistas alemanes, se plantea como (i) aquello hacia lo que toda la historia debe dirigirse: Schiller, a finales del S. XVIII, formulará una filosofía de la historia guiada por la idea del arte como meta: la humanidad debe lograr ser artística, si desea ser libre; más allá de ético, el hombre debe buscar ser artístico. (ii) como aquello que resuelve todas las contradicciones y recupera algo así como una unidad originaria y perdida del hombre. Hölderlin, poeta romántico, intentará hacerlo a través de la poesía. (iii) como el punto más alto al que puede llegar la filosofía, porque sólo allí le es revelada al hombre la verdad, el absoluto. Schelling, filósofo idealista, considerará que es a través del arte que se nos revela la verdad del mundo, porque es en el arte que hombre y mundo se realizan.

Podría seguir describiendo, así, a partir de todos los románticos alemanes, el papel primordial del arte como espacio de reconciliación. Lo que me interesa que quede claro, sin embargo y por ahora, y que recuerden mientras introduzco el segundo tema de la exposición, es que el arte, para la filosofía de finales del S. XVIII y principios del XIX, se transforma en el espacio propicio de la libertad, y, por consiguiente, en el espacio en el que el hombre, tanto el artista, el que crea, como aquel que es capaz de contemplar artísticamente el mundo, se realiza verdaderamente en el mundo, reconciliando todas las oposiciones que lo atormentan, sintiéndose uno con la naturaleza y con los otros: eso, más que otra cosa, es ser libre: el arte nos libera, porque sólo a través de él somos quienes somos.

 

2. Filosofía y tragedia 

He titulado la conferencia filosofía y tragedia, porque desde que me he dedicado a estudiar la estética, me he encontrado con las posibilidades que este concepto tiene para entender mejor la función del arte desde un punto de vista filosófico. Me explico:

Después de todos estos románticos alemanes, con los que la estética llega a su punto más alto, aparece en la historia del pensamiento la filosofía hegeliana. Con Hegel la estética ya empieza nuevamente a perder importancia, no porque él no le dedique un gran espacio en sus reflexiones, sino porque, al contrario de los románticos, para Hegel el arte no es el punto más alto al que pueden llegar el hombre y la filosofía. Sin embargo, Hegel va a descubrir algo que es de vital importancia, y que implica un paso adelante con respecto al pensamiento anterior: los románticos planteaban el arte como el momento en el que el hombre, al expresarse o verse expresado en el mundo, superaba todas las contradicciones y se hacía libre. Pero, y esta es una de las razones por las que pronto comenzaron a ser olvidados, en la medida en que esta experiencia artística era momentánea, se parecía más a un momento religioso de revelación, que a una verdadera realización humana en el mundo. Los románticos no explicaban el proceso mediante el que el hombre alcanzaba la verdad en el mundo, su realización; no podían porque, más que un proceso, la experiencia artística es momentánea, desaparece tan inesperadamente como logra aparecer.

Hegel, sobre todo en sus primeras reflexiones de juventud, abandonando la idea del arte como meta, demostrará sin embargo que la estética puede convertirse en un modo de pensamiento. La verdad, la realización del hombre en el mundo, la superación de todas las contradicciones, no puede limitarse a ser un momento de revelación, tiene que poder conseguirse como un logro humano en el mundo, una meta que se dé no sólo en la conciencia de los hombres, sino en su realidad política, en su historia. Y esto se logrará una vez que el hombre, cambiando su manera de pensar y entender el mundo, logre aprehender la realidad, desde una perspectiva estética, como una tragedia.

Así, cuando aquí les hablo de la tragedia, no hablo específicamente de la tragedia griega, aunque hay algo de eso, ni de la tragedia moderna (Shakespeare, por ejemplo), aunque hay algo de eso también. Hablo de la tragedia, en general, y retomando lo que acerca de ello alcanzó a formular el joven Hegel, como el recorrido que se lleva a cabo desde una oposición radical, digamos, para que esto quede más claro, entre el hombre y un destino que se le opone (aquí podemos pensar en Edipo, pero también en Hamlet, e incluso, y sobre todo, en el mundo como destino del hombre en general), hasta la reconciliación de dichas oposiciones en una resolución final del conflicto. En la tragedia, el hombre descubre que aquello a lo que se enfrenta, aquello que se le aparece como opuesto y ajeno, no es más que lo otro de sí mismo. Hegel es conocido, justamente –y los que hayan oído de Heráclito están en todo su derecho de recordarlo en estos momentos– por ser el primero que en mucho tiempo destacó que toda contradicción no es más que una manera de pensar las dos caras de la misma moneda... si queremos entender el mundo como uno, como si queremos ver la moneda completa, y no sólo desde una de sus caras, tenemos que entender que cara y sello, sujeto y objeto, libertad y necesidad, no son más que dos perspectivas de la misma realidad. La tragedia es el proceso mediante el que esto se descubre, y la reconciliación no es más que el reconocimiento de esta unidad resultante de los opuestos.    

Entendida así la tragedia, ésta se presenta como el recorrido necesario (y ojo porque aquí no hablo ya de un momento, sino de un proceso) para llevar a cabo y en el que se lleva a cabo la reconciliación... y creo que aquí se empieza a ver la conexión con lo que venía diciendo anteriormente. Si pensamos en la posibilidad de convertir nuestro pensamiento y nuestro actuar, en un pensamiento y un actuar trágicos, la tragedia se muestra como el espacio y el medio en el que nos es posible, a la vez, comprender las oposiciones que nos caracterizan como hombres modernos que somos aún, escindidos, separados del mundo, de los otros y de nosotros mismos, reconocerlas como constitutivas ambas de lo que somos, y llevarlas hacia una reconciliación. Y esto es lo que yo quisiera llamar la representación perfecta, la manera alegórica más adecuada para entender el punto de vista que la estética, que el arte en general, deberían adoptar nuevamente hoy frente al mundo. La estética, como lo han mostrado algunas de las reflexiones del último siglo, debe poder ser entendida más ampliamente como un modo de pensar nuestra posición en el mundo, un modo de pensar que no se queda sólo en el pensamiento, sino que al contrario, implica a la vez un actuar permanente, un actuar transformador, porque sólo allí, en el acto, en la creación, se da la posibilidad de una verdadera  comprensión. Sólo en la creación, sólo en nuestro constante transformar libremente (artísticamente) el mundo, poniendo a prueba las oposiciones que nos caracterizan, es que logramos comprenderlo, comprendernos a nosotros mismos, y superar las separaciones que nos distancian de él. Actuar artísticamente, pensar estéticamente, es hacer de nuestra vida nuestra propia tragedia: realizar nuestras propias reconciliaciones con el mundo.

 

3. Arte y vida: la actualidad de la estética 

Quisiera ahora poner en términos más concretos todo lo que he estado diciendo, porque mi intención no es otra que mostrar que el pensamiento romántico puede volver a ser actual, podemos volver a poner nuestra esperanza en el arte, pero ya no como un momento de experiencia de la libertad humana, sino como una realización constante de nuestra propia libertad, resultado de un nuevo modo de pensar y actuar: el pensar y actuar trágicos.

Las discusiones estéticas del S. XX, junto con los problemas concretos a los que ha tenido que  enfrentarse el arte desde el siglo pasado, giran en torno a una dicotomía básica, que podría resumirse en el enfrentamiento entre dos maneras diferentes y aparentemente irreconciliables de entender la relación del arte con el mundo: o el arte es un simple medio por el cual la realidad es transformada, y por consiguiente, juega un papel meramente instrumental (no vale por sí mismo sino por sus efectos, por ejemplo, políticos o educativos... tal es la concepción que se tenía del arte, por ejemplo, en la Ilustración, antes de que aparecieran los románticos alemanes, y que renace como reacción a los manifiestos vanguardistas de principios de siglo), o el arte mantiene una independencia absoluta con respecto a lo real (vale por sí mismo, no tiene por qué hacer referencia a nada más que a sí mismo... esta posición hace parte de la ya pasada de moda frase vanguardista del “arte por el arte”). Tal y como lo pone Peter Bürger (uno de los teóricos del arte más importantes actualmente), la dicotomía gira en torno a dos alternativas: o el fin (la meta) es la transformación de la realidad, y el arte es sólo un medio más para llevarlo a cabo (lo que le impone al arte ya de antemano cierta necesidad, cierta limitación de sus libertades), o el fin se define en términos de la trascendencia del arte: el arte no sólo va más allá de lo real, sino que lo real (lo material, por ejemplo) es sólo el medio que permite su realización, y sobre lo que éste no está obligado a incidir. Esto permite que el arte (y el artista, por consiguiente) sea completamente libre. Nuevamente, como se puede ver, la alternativa se formula en términos de necesidad frente a libertad.

 

La idea, sin embargo, y a ello se dedican ya gran parte de la teoría y la práctica artísticas contemporáneas, es salir de la alternativa (y no digo aquí que todo arte y toda teoría estética busquen esto actualmente, porque de hecho algunos artistas y filósofos defienden aún alguna de las dos  posiciones de los extremos). El arte debe ser medio y fin a la vez: sólo puede ser trascendente, y formularse como fin en sí mismo, en la medida en que transforma la realidad, porque esta transformación constituye su fin propio, y sólo en este acto creativo, en este intercambio con lo real, puede surgir la comprensión de la libertad. El arte es a la vez, por un lado, transformador de lo real, incide sobre el medio en el que se realiza y no puede evitar expresar lo que el artista voluntaria o involuntariamente piensa sobre su propia realidad (el intento de algunos artistas de no decir nada acerca de lo real ya es tomar una posición frente a la realidad misma, ya es un discurso acerca del mundo), y por el otro, es libre, en la medida en que esta transformación constituye su propia libertad: el hombre se apropia del mundo por medio del arte, éste, a su vez, eleva al hombre por encima de sus oposiciones ordinarias con la realidad, lo realiza en ésta superando toda escisión.

 

En últimas, salir de la alternativa significa tener aún la esperanza de que el arte aún diga el mundo, aún nos diga. Es necesario superar tanto la comprensión del arte como distanciador, como el pensamiento de que todo arte se disuelve en lo real, desaparece. Ni lo uno, ni lo otro. El artista, tal y como lo ha anunciado ya hace tiempos la poesía y la literatura, es quien es capaz de descender al abismo de nuestras propias contradicciones, y salir de allí victorioso; es quien, como lo describe Rimbaud, logra descender a los infiernos, y traer consigo el relato de quiénes somos; es, en últimas, quien logra decir el mundo comprendiendo que este decir, esta expresión, este discurso, es a la vez creador y transformador de lo que vemos. La potencia del arte radica en su contribución a la apertura del mundo; apertura que implica a la vez la comprensión de quiénes somos y la acción transformadora, inseparables una de la otra.

En esto, en la posibilidad de realizar esta esperanza, consiste la actualidad de la solución romántica, que es justamente lo que desde el principio me propuse mostrar. Como los románticos alemanes, desearíamos que el mundo volviera a ser nuestro; como ellos, tenemos la esperanza puesta en el arte; pero, a diferencia de ellos, nos enfrentamos a una nueva dicotomía. Y para ello necesitamos, a la vez, el pensamiento trágico legado por Hegel. La única manera de superar la alternativa entre trascendencia y transformación de lo real es transformar la estética –y con esto me refiero a una estética que, como la romántica, convierta al arte en un espacio de realización del hombre– en una forma de vida: convertir la estética en nuestra manera de enfrentarnos trágicamente con el mundo, es decir, un enfrentamiento que en lugar de conducir a la derrota, a la incomprensión, a la necesidad de quedarse de un lado de la oposición, convierta a las contradicciones en las dos caras de la misma moneda, y nos lleve a comprenderlas como un proceso que conduce a la reconciliación, como el proceso mediante el que nosotros mismos, a través de la creación y transformación permanentes de nuestras propias alternativas, logramos comprendernos y comprender al mundo como uno y el mismo: como aquello que somos en el  sentido más propio.

Con estética, por consiguiente, no me refiero aquí únicamente a lo que llamamos arte, sino más bien, por el contrario, a la posibilidad de transformar todas nuestras relaciones en artísticas: con la naturaleza, con los otros, con nosotros mismos y el trabajo que realizamos. La invitación aquí es, por consiguiente, la de dejar de ser espectadores de nuestra vida y convertirnos en los creadores de nuestra propia existencia; volver a darle vida al hombre como sujeto eminentemente creador, hacer de la estética, entendida trágicamente, nuestra forma de pensamiento, porque es la única que para comprender necesita transformar, es la única que nos obliga a crear el mundo para poder comprenderlo, es la única, en últimas, que nos permite recuperar el mundo sin perdernos a nosotros mismos en el proceso.

Esto implica, por supuesto, y quiero simplemente decir esto para terminar, que las verdades han cambiado, que cada uno es creador de su propia verdad, y que, por consiguiente, ya nada es fijo, todo es contingente. No es que nuestra vida pierda con ello sentido; es que, al contrario, somos nosotros quienes estamos obligados a dárselo. La aceptación de nuestra propia contingencia (es decir, de que no hay ninguna necesidad que rija nuestra vida, que no hay ningún punto de apoyo fijo tras todas nuestras acciones), algo a lo que ya Nietzsche nos invitaba hace ya más de un siglo, algo que el hombre se ha negado a aceptar por temor a sucumbir a lo que esto implica, es el único camino posible para la superación de las contradicciones. La caída en la tragedia es la única manera de conseguir la reconciliación, hay que descender a los infiernos para traer consigo la victoria sobre la muerte... El arte, o mejor, convertir nuestra vida en arte, entendiéndola como la acción transformadora permanente a través de la cual nos comprendemos realizándonos, es la alternativa, hoy, para enfrentarnos a un mundo que se ha negado durante tanto tiempo a hacerse consciente de su propia tragedia.
 © 2005 MARÍA DEL ROSARIO ACOSTA LÓPEZ: mracosta@cable.net.co