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Los problemas de forma del gótico: la voluntad nórdica |
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Exposición
para el seminario “Voluntad artística”. Prof.
Lisímaco Parra Mayo de 2003 |
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“como si todo el dolor de nuestra existencia no proviniese sino de la ruptura de aquello que alguna vez fue uno” HÖLDERLIN. Hyperion, Thalia Fragment
“Acabar
con el eterno combate entre nuestro ser y el mundo, volver a traer la paz
de toda paz que supera toda razón, unirnos con la naturaleza en un todo
infinito; esta es la meta de todas nuestras aspiraciones” HÖLDERLIN. Hyperion, Vorletzte Fassung |
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Los objetivos principales de esta exposición son, siguiendo el hilo conductor del seminario, y teniendo en cuenta los problemas que se han discutido hasta ahora en las diferentes sesiones, intentar definir qué es voluntad de forma para Worringer, en qué relación se encuentra ésta con lo que en el seminario hemos estudiado como voluntad de arte, y de qué manera debe estudiarse desde el punto de vista de una historiografía crítica del arte como la que propone el autor. Esto se entrelazará, a su vez, con otros problemas. En primer lugar, está la pregunta acerca de la metodología que propone Worringer en su estudio, pregunta que a su vez se muestra ligada a una determinada visión de la historia. En segundo lugar, puede problematizarse la manera como el autor intenta rescatar la autonomía de la voluntad desligándola de una evolución histórica continua, y las consecuencias que todo ello acarrea sobre la posibilidad de una comprensión del arte de otros tiempos y otras culturas, es decir, sobre el problema de la comunicabilidad.
Por otra parte, todos estos problemas, que serán propuestos como discusión para la sesión, no opacan el análisis que Worringer presenta del goticismo y de la historia del arte nórdico, análisis que se convierte en una reivindicación de la cultura y el espíritu alemanes, y que Worringer construye de manera clara y sugestiva, logrando despertar en el lector una admiración por la cultura nórdica y sus producciones artísticas y religiosas. Aunque no puedo entrar a discutir en detalle las descripciones que hace Worringer del goticismo en sus diferentes manifestaciones, no quisiera, sin embargo, dejar de mencionarlas. Por eso, la primera parte de la exposición, y previamente a la discusión de las cuestiones metodológicas, estará dedicada a la presentación general de lo que Worringer presenta como la voluntad nórdica de forma y el espíritu que le da vida. 1.La
voluntad gótica de forma: una voluntad trágica Ya
desde Abstracción
y naturaleza (AN de ahora en adelante) Worringer había realizado una
presentación general de la voluntad nórdica como un estado
intermedio entre las dos tendencias formales presentes en la historia
del arte: “el afán de proyección sentimental abandona el círculo de
lo orgánico que normalmente le es asignado y se apodera de las formas
abstractas, las cuales, de esta manera, claro está, son despojadas de su
valor abstracto. Esta mecánica estética [...] le viene al caso
precisamente a la voluntad artística nórdica, que encuentra su apoteosis
en el gótico” (AN 60, AE 60). En La
esencia del estilo gótico (EG de ahora en adelante) esta combinación
de factores, en la que la necesidad de expresión y proyección vital
permanece en tensión y trata de manifestarse en aquello que normalmente
le sería ajeno, es decir, en lo inorgánico y abstracto, lo carente por sí
mismo de vida, es descrita por Worringer, en la medida en que no puede
entenderse como una síntesis entre ambas tendencias, tal y como sí
sucede con el clasicismo (Cf. AN 79, AE 81), más bien como un fenómeno
híbrido (EG 42), Así,
y a través de la lectura de los procesos que Worringer describe, queda ya
mucho más claro que el arte de las catedrales góticas, e incluso la
escolástica, no son más que la expresión acabada y completa de una
voluntad que se enfrenta a lo largo de casi mil años a una tarea
“imposible”: expresar en lo finito a lo infinito, convertir lo
material en inmaterial, experimentar la trascendencia de lo real,
desprendiéndose de sus limitaciones por medio de una movilidad espiritual
(EG, 46). La voluntad nórdica no es otra cosa, entonces, que una voluntad
trágica, oscilante entre lo patético –el patetismo de la juventud de
un pueblo que aún no ha descubierto que su tarea es imposible– y lo
sublime –la experiencia siempre inacabada de la encarnación de lo
infinito en lo finito[1].
Es el resultado de una angustia profunda del hombre frente a un mundo que
no se presenta aún como naturaleza (cosmos armónico, complemento de la
propia interioridad) sino como realidad caótica, multiforme, fantástica
e inaprehensible (EG, 52), y que imprime en la voluntad nórdica la búsqueda
permanente de una conciliación, de una superación del dualismo, en un
movimiento hacia lo infinito “para encontrar la emoción de la
eternidad” (EG 86). “El hombre nórdico –concluye Worringer– para
encontrarse a sí mismo, necesita perderse, exceder y trascender de sí.
En este problematismo reside su grandeza y su tragedia” (EG 93). Por
ello, si el arte clásico es el arte de la conciliación, de la belleza,
el arte nórdico representa el movimiento permanente, la fuerza en la
expresión (EG 46). La voluntad subyacente al goticismo recorre la
historia del arte medieval, desde la ornamentación nórdica medieval, que
empieza a manifestarse en el arte de las invasiones, y logra imponerse en
el arte merovingio a través de la ornamentación animal, hasta la
arquitectura de las catedrales góticas, máxima expresión y triunfo del
goticismo sobre el clasicismo mediterráneo. Llega incluso, como lo
propone Worringer, a sobrevivir bajo un renacimiento nórdico, en el que
se ve obligada a expresarse a través de formas ajenas, y volver a salir a
la luz en el barroco, en el que vuelve a primar el movimiento y la
angustia, pero en un mundo orgánico extraño. El
proceso se da así a través de las formas, en un movimiento siempre
tendiente a expresar vitalidad en lo inorgánico. Desde la ornamentación
nórdica, en la que lo geométrico pierde su carácter abstracto gracias a
la vitalidad que le imprime la expresión, y lo infinito se expresa a través
de la repetición y un constante encerrarse en sí mismo de las líneas;
hasta la arquitectura gótica, en la que lo mecánico se convierte en
estructura orgánica, en una manifestación de fuerza que le imprime
vitalidad a todo el edificio, conduciéndolo a su vez hacia el infinito,
en su acentuación de la verticalidad (EG 123). El proceso de
desgeometrización de lo abstracto culmina en una estilizada
desmaterialización de lo mecánico, que hace de la catedral gótica la
expresión más acabada de la voluntad nórdica artística. En ella, el
hombre nórdico ve realizada su voluntad de trascendencia, a través de la
embriaguez mística que le imprime el interior, y la sensación de un
movimiento hacia lo infinito que se proyecta desde el exterior. Estos
sentimientos, según Worringer, coinciden con las dos formas de
trascendencia que alcanza el pensamiento nórdico a través del
misticismo, por un lado, y la escolástica, por el otro. La voluntad
espiritual nórdica, orientada desde un principio por esa misma necesidad
de expresar lo inexpresable, de encontrar lo infinito mas allá de lo
real, se realiza, por un lado, como individualidad, como la negación que
el hombre lleva a cabo de sí mismo para superar la dualidad, en la
experiencia mística de la inmanencia. Por el otro lado, la escolástica
reproduce en el pensamiento la actividad constructiva presente en los
movimientos de la catedral gótica, en donde el hombre comprende que la
trascendencia no es el resultado final del proceso, sino el movimiento
mismo ascendente, que conduce a una “salvadora enajenación” (EG 135).
El Renacimiento, con su tendencia a lo clásico, y su desvalorización del
proceso mismo a favor del fin, del acercamiento a lo real, olvida este
movimiento de lo gótico, en el que la libertad se manifiesta en la
tragedia misma, y no en su reconciliación. 2. Psicología, voluntad y arte 2.1.
De las necesidades psíquicas a la voluntad artística A
partir del análisis que realiza Worringer del goticismo, y teniendo en
cuenta algunos problemas que ya salían a relucir en la lectura de Abstracción
y naturaleza, lo primero que parece tener que resolverse es la
pregunta por qué es la voluntad de forma y cuál es su relación, por un
lado, con lo que Worringer describe como las necesidades psíquicas de un
pueblo, y por el otro, con lo que en el seminario hemos estudiado como
voluntad artística. Aunque Worringer no resuelve explícitamente este
problema, propondré aquí, esquemáticamente, cuál es el orden de
“causalidad” que conduce desde lo psicológico hasta las
manifestaciones artísticas concretas, pasando por la voluntad de forma y
la voluntad artística. “Todo
fenómeno artístico permanece para nosotros incomprensible, hasta que
hemos logrado penetrar en la necesidad y regularidad de su formación”
(EG 13). Esa es una de las primeras afirmaciones de Worringer, comenzando
su estudio sobre el gótico, a través del que aprovecha, como se verá,
para exponer su visión de la historia del arte y la metodología con la
que considera que debe ser abordada. Pronto se hace comprensible que tales
necesidades hacen referencia a la “constitución psico-espiritual” de
un pueblo (EG 19), a las “necesidades psíquicas” que, por un lado, determinan de antemano
todo intento del hombre para expresarse en el mundo que lo rodea, y por el
otro, están determinadas por las condiciones históricas y climáticas a
las que dicho pueblo ha debido enfrentarse desde sus orígenes. Así, por
ejemplo, y como queda claro desde Abstracción
y naturaleza, el espíritu de los pueblos nórdicos busca en sus
creaciones formales “la vivificación de lo orgánico, que es la expresión
más elocuente de la falta de claridad, de la inarmonía de esos pueblos
muy anteriores al conocimiento, condenados a vivir en medio de una
naturaleza áspera y dura” (AN 84, AE 87). La
historia de un pueblo, y por lo tanto, la historia de sus expresiones artísticas,
puede entenderse así como una fase más del “encuentro que se ha
realizado entre el hombre y el mundo exterior” (AN 130). Esta relación
del hombre con su entorno determina en cada pueblo un “sentimiento de
vida” (EG 86), una comprensión general de sí mismo y del mundo que se
expresa en una voluntad general a priori, en un querer existente antes de
cualquier manifestación exterior, y que determina a su vez las
“posibilidades ideales” de esta manifestación. Esto es lo que
Worringer denomina la “voluntad absoluta de forma”, o “voluntad de forma a priori”: “la expresión adecuada de la
relación con el mundo circundante” (EG 60), “aquella latente
exigencia interior que existe por sí sola, por completo independiente de
los objetos y del modo de crear” (AN 23, AE 21). Worringer
relaciona esta concepción con la justificación que proporciona para su
negativa del comienzo de la producción artística de un pueblo a partir
de la imitación de la realidad. El proceso, dice, es el inverso: no es
que el hombre observe el mundo, intente imitarlo, y a partir de ahí
inicie un camino hacia el refinamiento de las formas de expresión. Al
contrario, la imitación de la realidad sólo viene después de un proceso
a priori de configuración de los elementos idiomáticos apropiados para
la expresión de la propia voluntad: “para que la imitación de objetos
fuese arte, era preciso unir estas impresiones de la realidad a aquellos
complejos de expresión espiritual sublimada” (EG 55). El artista no
imita la realidad, la traduce a un idioma formal que ha configurado de
antemano. Y este idioma formal es lo que Worringer denomina, aludiendo a
Kant, “categorías morfogenéticas”
de la voluntad: los hechos artísticos son productos de “ciertas categorías
apriorísticas, de ciertas inclinaciones primarias de la sensibilidad artística
y, aún mejor, de la sensibilidad en general” (EG 20). Estas categorías,
que determinarían a priori la creación, no son, sin embargo, como en
Kant, invariables, sino históricas, y responden a las condiciones
particulares de cada pueblo y/o cultura.
Así,
la psicología del estilo, dice Worringer, comienza con esta comprensión
de que todo valor formal no es otra cosa que la expresión externa de un
valor interno (EG 14). No es posible, por lo tanto, separar la forma del
contenido: la historia de la forma es, en últimas, la historia de un
contenido, de una necesidad interna que busca expresarse y materializarse
en la realidad. Por ello, dice Worringer, la historia de la forma es, en
últimas, la historia del alma humana (EG 19), y termina siendo, como se
puede ver justamente en La esencia del estilo gótico, historia de la cultura (si es que a
casi mil años de historia del pueblo nórdico se le puede atribuir una
sola cultura, pero eso será discutido más adelante). No se puede hacer
por lo tanto, como en Riegl, una distinción entre voluntad de forma y
cosmovisión (aunque veíamos que esto en Riegl también tiene sus
matices). La voluntad de forma no es exclusivamente voluntad de arte, sino
que se refiere a todo aquello que el hombre utiliza para expresar sus
necesidades psíquicas. Worringer incluye aquí la filosofía, la religión,
la mitología e incluso la ciencia (las intuiciones del universo) (EG 19),
y lo pone en práctica cuando en su análisis del goticismo no incluye únicamente
la historia de la ornamentación y la arquitectura, sino el desarrollo de
la religión, la escolástica y el misticismo. Las primeras son
propiamente manifestaciones de la “voluntad
artística de forma” (Kunstwollen),
mientras que las segundas son expresiones de una “voluntad
espiritual de forma” (EG 134).
Así
se llega finalmente a la voluntad
artística, después de una larga cadena que comienza con la
estructura psíquica de un pueblo, resultado de sus relaciones con el
mundo, a partir de la cual se conforma un lenguaje a priori, que responde
a una determinada sensibilidad general frente al mundo. Este proceso
configura la voluntad que imprime de antemano una forma a las creaciones
humanas, creaciones que incluyen todo aquello mediante lo que el hombre
expresa lo que el mundo representa para él. Esta voluntad artística era
definida por Worringer, en Abstracción
y naturaleza, como un ansia de enajenación, que se manifiesta en dos
tendencias principales a lo largo de la historia del arte: “el impulso
de enajenarse del propio yo [Selbstentäusserungstrieb],
que se extiende a la vitalidad orgánica en general”, es decir, el afán
de abstracción, que se contrapone, “en antagonismo absoluto, al
impulso de enajenación referido sólo a la existencia individual, tal y
como se manifiesta en el afán de proyección” (AN 39, AE
37). En La esencia del estilo
gótico queda claro que, al contrario de lo que una primera lectura de
Abstracción y naturaleza pueda
insinuar, estas dos tendencias no se presentan separadas y aisladas una de
la otra a lo largo de la historia del arte, sino que representan
justamente dos inclinaciones en el alma humana, dos tendencias en
permanente tensión, que algunas veces logran conciliarse (como en el arte
griego clásico), otras veces la una opaca completamente a la otra (como
en el arte egipcio, donde lo que domina es el afán de abstracción), y
otras se muestran mezcladas creando fenómenos híbridos (como el arte nórdico).
La historia del arte no es, así, sino un “incesante encuentro de estas
dos tendencias” (AN 57, AE 57). 2.2.
La historia de la voluntad como historia de un pueblo Queda
aún, y suponiendo que este intento de esquematizar el orden causal de la
teoría de Worringer sea válido, un problema más por resolver, y es la
pregunta por cuál es el sujeto de la voluntad de forma. Este problema ya
había sido discutido en Riegl, pero en Worringer adquiere matices
diferentes. Tal vez en este último sea mucho más fácil decidir, en
primer lugar, de manera definitiva, que el sujeto de la voluntad no es una
época: si en Riegl esto quedaba
en duda en la medida en que se intentaba abarcar, bajo la definición de
un mismo objetivo formal, toda la producción artística de la antigüedad,
en Worringer, y sobre todo a partir de la lectura de La
esencia del estilo gótico, queda claro que la voluntad nórdica no se
refiere sólo a una época, como podría ser la Edad Media, sino que
sobrevive bajo formas ajenas en el Renacimiento, y vuelve a expresarse en
el Barroco. Incluso, al final de su estudio, Worringer deja abierta la
posibilidad de poder seguir rastreando la voluntad nórdica a lo largo de
toda la historia del arte hasta la época contemporánea (EG 147-8). Así,
la voluntad de forma para Worringer trasciende a una época y puede llegar
a ocupar, desde su nacimiento, y bajo diferentes formas (diferentes
estilos), toda la historia. Este
es justamente el segundo elemento que puede descartarse. En Abstracción
y naturaleza Worringer propone una definición de “estilo” que relaciona a este concepto directamente con el afán de
abstracción, y describe al goticismo como el último de los estilos (AN 124, AE 131). Siguiendo esta definición del concepto,
podría haber todavía una confusión con respecto a la relación
existente entre una voluntad de forma y el estilo que determina. Sin
embargo, esta confusión se diluye a partir de los procesos que Worringer
describe en La esencia del estilo gótico (y suponiendo que aquí el problema no
es de traducción, pues no se tiene, para comprobarlo, la versión en alemán).
La voluntad nórdica sufre una evolución en sus manifestaciones externas
a lo largo de diferentes estilos, pasando desde el arte romano de las
invasiones, por el merovingio y el románico, hasta el gótico. La
voluntad, a pesar de estos cambios en apariencia, que al menos en la
traducción aparecen como cambios de estilo,
sigue siendo la misma, según la insistencia de Worringer (Cf. EG 46 y 66
entre otros). Por lo tanto, no habría una relación directa entre
voluntad de forma y estilo, sino que, tal y como sucede con una época,
una voluntad de forma puede trascenderlo. Finalmente
está el problema de la relación de la voluntad de forma con un pueblo,
concepto que Worringer parece relacionar indistintamente con el de raza
y cultura. Si bien desde el principio de su estudio Worringer aclara
que la voluntad de forma nórdica es propia de los pueblos nórdicos en general, que comparten entre sí unas
condiciones de desarrollo psíquico (EG 40), también queda claro que la conditio
sine qua non del goticismo como voluntad (no sólo como estilo gótico)
es el pueblo germánico. No obstante, esta concepción de “pueblo” aún
no es del todo clara, en la medida en que, en primer lugar, parece estar
relacionada también con la “raza”. Así, a lo largo de su estudio, Worringer analiza, por
ejemplo, en el arte griego, el encuentro de un estilo “ario” que se
contrapone a una tendencia estilística “mediterránea” (teñida de
orientalismo) (EG 39). Desde esta perspectiva, una sola raza podría, según
los pueblos que la componen, dar como resultado diferentes voluntades: la
voluntad clásica griega, combinación de este encuentro de razas, o la
voluntad nórdica, participante sólo de la raza aria europea. Sin
embargo, en otros lugares, la voluntad nórdica parece ella misma
identificarse con una sola raza o “cualidad racial”, la del pueblo o
“humanidad nórdica” (EG 147). En segundo lugar, el sujeto de la
voluntad parece relacionarse, a la vez, y a través de las descripciones
de Worringer, con una especie de “cultura”
nórdica, que sobreviviría a lo largo de cientos de años y bajo muy
diferentes condiciones históricas y estilos artísticos. Sin embargo, si
es posible, al menos, que una “raza” permanezca a lo largo de toda la
historia de una voluntad, como historia de un pueblo, es más difícil
entender cómo puede hablarse de una misma “cultura nórdica” al
referirse a situaciones históricas tan distantes como lo son el arte
merovingio y el barroco nórdico europeo. Así,
aunque algunas de las confusiones que aún se tenían con Riegl pueden
descartarse, aún no queda claro del todo a qué se refiere Worringer,
concretamente, cuando habla de “pueblos nórdicos”, o de la “raza nórdica”,
queriendo rescatar, a través de la reivindicación del arte de estos
pueblos, el “espíritu alemán” o germánico. El sujeto de la voluntad
queda, por un lado, y en comparación con Riegl, más delimitado
conceptual y espacialmente, pero en la medida en que trasciende toda
limitación temporal, es aún problemático.
3.
Historia del arte como historia de las voluntades En
La esencia del estilo gótico
queda claro, como ya se mencionaba antes, que la historiografía del arte,
para Worringer, debe entenderse como la historia de una determinada
voluntad detrás de sus manifestaciones concretas (artísticas o
espirituales). El estudio del gótico recorre, así, la historia y los
procesos por los que debe atravesar la voluntad de forma nórdica para
encontrar una expresión definitiva y completa en el estilo gótico y en
sus correspondientes espirituales, la escolástica y el misticismo. La
preocupación de Worringer por mostrar las continuidades internas de esta
evolución, y su insistencia en que los cambios en las manifestaciones artísticas
son los momentos externos de una y la misma voluntad de forma, contrastan,
sin embargo, con la visión que se presenta, por el otro lado, de la
historia del arte en su totalidad. Esta manera de ver la historia, que lo
aleja ya de Riegl, al menos del Riegl de El arte industrial tardorromano, lleva a plantearse algunos
problemas alrededor de la visión que Worringer tiene de la historia, y de
la metodología que de ello resulta para una historiografía del arte, que
en Worringer se transforma en una psicología del estilo. En
primer lugar, está el problema de la continuidad
o discontinuidad en la historia, y más concretamente, en la historia
de las formas. En El arte industrial
tardorromano de Riegl quedaba claro que la visión de la historia del
arte era la de un proceso evolutivo continuo, en el que cada momento era
resultado del anterior y predecesor del siguiente, en la medida en que
cada nuevo estilo artístico, o período en la historia del arte,
solucionaba para Riegl, de alguna manera, las contradicciones del
anterior, dejando a la vez nuevas contradicciones que tendrían que ser
solucionados por una nueva manera de darle forma al objeto[2]. De esta manera, la historia podría ser entendida como
historia universal, y el arte de cada época tendría que ser
comprendido como el resultado de todas las épocas anteriores. La
historiografía del arte estaría encargada, entonces, de sacar a la luz
estas reglas o leyes inmanentes a la evolución artística, que permitirían
entender cada período de la historia del arte como el resultado de un
proceso continuo, y no, por ejemplo, como un alejamiento de un ideal, o
como una incapacidad técnica, es decir, como períodos de decadencia. En
Worringer, sin embargo, y aunque su intención también es la de negar la
teoría materialista y la comprensión de algunos períodos como períodos
de decadencia, la visión de la historia se aleja de la de Riegl. Es
cierto que en algunos lugares, tanto en Abstracción y naturaleza, como en La esencia del estilo gótico, presenta a la historia del arte a
partir de algo así como los tres “estadios” principales de una
evolución: el arte primitivo, el arte clásico, y el arte oriental. Pero
pronto queda claro, tal y como él mismo lo hace explícito, que tales
estadios son sólo “tipos ideales” y “paradigmáticos” que
permiten, por comparación, entender otros estadios
diferentes dentro de la historia, y que no son los tres momentos
principales de un proceso continuo. La historia, para Worringer, no es un
proceso universal continuo, en el que puedan rastrearse, sin saltos y
alteraciones, todas las producciones artísticas, bajo un mismo hilo
conductor. Es, más bien, un proceso que cobija las historias de
diferentes voluntades, que pueden llegar a cruzarse y mezclarse en
diferentes períodos, pero que, desde un punto de vista formal, son cada
una resultado de sus propias condiciones históricas y psicológicas, y
mantienen su autonomía frente a las demás, llegando raramente a alcanzar
una conciliación. La
voluntad nórdica de forma es absolutamente autónoma, y responde de lleno
y únicamente a las condiciones históricas y psicológicas de los pueblos
en cuestión. Tal es el énfasis que Worringer hace en la autonomía de la
voluntad, que prefiere hablar de estilos más o menos autóctonos (EG 58),
más o menos representativos de una voluntad, y de estilos que resultan
ser simplemente mezcla de voluntades en pugna, antes que sacrificar la
independencia de una voluntad con respecto a otras. Así, las influencias
de una voluntad sobre otra quedan reducidas en Worringer básicamente a
tres posibilidades (ninguna de las cuales atenta contra la autonomía de
ninguna de las voluntades en cuestión): o dos voluntades entran en pugna,
hasta que una termina dominando sobre la otra (como sucede con el arte de
las invasiones, pugna de la voluntad clásica frente al afán nórdico de
expresión en lo abstracto, en la que termina dominando el segundo, como
puede verse en la ornamentación animal del arte merovingio), o una
voluntad es capaz de acomodar ciertos elementos ajenos a su propia
necesidad de expresión (como sucede con el Renacimiento nórdico, o con
la asimilación de los elementos cristianos por parte de la voluntad gótica
de forma), o, finalmente, una voluntad permanece pasiva y oculta por un
tiempo, esperando volver a encontrar un espacio para su expresión (lo que
para Worringer, seguramente, explica el corte entre el Renacimiento y el
Barroco). Toda continuidad en la historia del arte responde, así, a la
historia de una misma voluntad; todo puente aparente entre voluntades
diferentes termina siendo sólo la muestra de que, por ejemplo, bajo una
voluntad tan diferente a la nórdica como la del Renacimiento, vive aún,
en las manifestaciones de un renacimiento septentrional, la voluntad nórdica
de forma expresada en el misticismo. Este misticismo, explica Worringer,
da origen a la individualidad
del hombre nórdico, elemento diferente, aunque confundible, con la personalidad a la que da origen la nueva voluntad renacentista
mediterránea (EG 142-147). La individualidad no se muestra así, al
final, como un puente hacia el renacimiento mediterráneo, lo que implicaría
algo así como una continuidad entre voluntades diferentes, sino más bien
como un elemento nórdico que sobrevive bajo el arte renacentista en el
norte, como una muestra de que, bajo un nuevo estilo, sobrevive la
voluntad gótica de forma.
Esta
visión de la historia trae consigo, en segundo lugar, una propuesta
metodológica concreta, a la que Worringer se refiere siempre como
“psicología del estilo”, y a partir de la cual pueden extraerse
ciertas diferencias básicas frente a Riegl. En primer lugar, la historia
de las producciones artísticas de un pueblo puede, según esto,
estudiarse por sí misma, desligada de todo proceso histórico que la
preceda; puede lograrse una comprensión sin incluirla en un proceso mayor
que la contenga. Riegl, por el contrario, como puede verse en su estudio
del arte industrial tardorromano, considera que la reivindicación de este
último, y la demostración de que éste no debe considerarse como un período
de decadencia, van ligadas a la necesidad de mostrar su pertenencia a un
proceso histórico mayor, al proceso de la antigüedad clásica, en la
medida en que así se comprenderá que, al contrario de ser un alejamiento
de los criterios clásicos del arte, el arte tardorromano es la última de
las soluciones propuestas a los retos que, desde el arte egipcio, se había
propuesto solucionar la voluntad de arte antigua. Habría,
en segundo lugar, otra diferencia básica en la metodología de ambos
autores. Riegl se preocupa por mostrar con ejemplos concretos, y a partir
de las obras de arte mismas, la manera como éstas solucionan los
problemas de expresión impuestos por la voluntad. Sólo rastreando las
obras pueden destacarse las continuidades, resultado de esas leyes
inmanentes a la historia de las formas. Por el contrario, y esto puede ser
problemático, Worringer trabaja sin ejemplos concretos: es suficiente
intentar entender, desde sus primeras manifestaciones, las necesidades psíquicas
detrás de las expresiones formales de un pueblo, para poder reconstruir,
de ahí en adelante, la historia completa de su voluntad y de los
elementos idiomáticos a priori que determinarán sus creaciones:
“Premeditadamente hemos procurado no citar como ejemplo ningún edificio
determinado de la época gótica. Tampoco hemos hablado de los períodos
en los que se divide el gótico propiamente dicho. Una investigación que
se refiere puramente a la psicología del estilo no puede tener a la vista
más que el tipo ideal, que quizá no haya sido nunca realizado, pero que
es como el fin o propósito inmanente de todos los esfuerzos reales. No se
trata, pues, aquí, de este o aquel movimiento gótico, sino de la idea
del goticismo, que, merced a nuestro conocimiento de la voluntad característica
gótica, podemos extraer y como destilar de los muchos ejemplares en que
se realiza esa voluntad con sinnúmero de variaciones y matices” (EG
132). Lo que le
interesa a Worringer es entender y comprender la voluntad de forma detrás
de las obras, realizar una historia de las voluntades y no específicamente
del arte y sus producciones. A Riegl, por el contrario, parece importarle
más la historia de las producciones artísticas mismas, antes que, o al
menos tanto como la de la voluntad que les dio vida. Esto,
por supuesto, conduce al tercer elemento metodológico problemático en
Worringer: la única manera de comprender, al menos hipotéticamente, una
obra de arte, es remontándose a los valores interiores que la configuran,
que le han dado originariamente su forma. Y, sin embargo, la pregunta
acerca de la posibilidad de acceder a esos valores, a esas necesidades psíquicas,
es ella misma problemática. Este es justamente, como se ha discutido ya
en otras clases, y haciendo referencia tanto a Riegl como a Worringer, el
problema de la comunicabilidad. 4.
La comprensión del arte de otras culturas y de otros tiempos La
defensa radical de la autonomía de la voluntad de forma, autonomía que
Riegl se ve obligado a sacrificar, al menos en lo que se refiere a las
relaciones entre las voluntades artísticas de diferentes pueblos, lleva a
la teoría y metodología de Worringer a enfrentarse al problema de la
comunicabilidad. En
primer lugar, el arte se muestra así única y exclusivamente como el
resultado de las condiciones históricas, psíquicas e incluso raciales de
un pueblo o pueblos determinados. Esto, por supuesto, puede servir para explicar algo que en
Riegl era problemático: “los cambios de voluntad que, según nuestra
opinión, se reflejan en las variaciones de los estilos, en la historia
del arte, no pueden ser caprichosos ni accidentales: han de hallarse en
conexión regular con los cambios que se verifican en la constitución
psico-espiritual de la humanidad” (EG 19). Mientras se veía cómo la
teoría de Riegl puede tener problemas en el momento en el que se ve
obligada a explicar el origen del impulso que imprime movimiento a una
determinada voluntad de arte, Worringer puede aludir fácilmente a las
condiciones históricas del pueblo que la constituye. Y sin embargo, esto
aleja aún más al hombre del presente de poder entender el arte del
pasado, o de otras culturas diferentes a la suya. Para hacerlo, según la
teoría de Worringer, tendría que penetrar en los supuestos psicológicos
que le dieron origen, pero estos, a su vez, no pueden ser conocidos con
certeza. Esto
es así por dos razones, principalmente. Por un lado, la historia ya no
es, como en Riegl, un proceso continuo. Esta continuidad de la historia se
presenta en la teoría de Riegl como un elemento útil para explicar la
posibilidad de comunicabilidad con el pasado: existe la posibilidad de
plantear un método retrospectivo, en el que, por ejemplo, el hombre del
presente pudiera iniciar un proceso de deconstrucción de sus prejuicios
que lo remontara a la comprensión de las culturas y las voluntades que lo
preceden (este método tendría sus propios problemas metodológicos, pero
la continuidad sigue mostrándose como un elemento posibilitador de la
comprensión). En Worringer, por el contrario, el hombre del presente no
tiene ninguna conexión, desde un punto de vista de esta continuidad, con
el arte pasado de otras culturas (con el de su propia cultura habría aún
conexiones que le harían posible la comprensión), por lo que todo
intento de penetrar en la psiquis de otros pueblos carece de certeza. Por
otro lado, y unido con lo anterior, ya desde el principio Worringer ha señalado
este tipo de dificultades en la metodología histórica: la objetividad en
el estudio de la historia es imposible; el hombre del presente no puede
desprenderse de su propia subjetividad, y siempre se acercará al pasado
desde ella, por lo que a lo máximo que puede llegar es a hacer consciente
esta inevitable subjetividad, y construir hipotéticamente, completando
los datos que la historia le ha legado, lo que podría haber llegado a ser
la voluntad de un pueblo en el pasado: “nunca conseguiremos despojarnos
de los supuestos esenciales que cimientan nuestro pensar y sentir
presente; nunca conseguiremos apropiarnos las modalidades internas de las
épocas pasadas hasta el punto de pensar con su espíritu y sentir con su
alma” (EG 9). Sin
embargo, algunas afirmaciones de Worringer parecen afirmar la posibilidad
de cierta comprensión de las voluntades del pasado (Cf. EG, por ejemplo,
73, 115 y 124). Su mismo análisis del goticismo parecería, justamente,
apoyar esta posibilidad. Así, lo que Worringer parece estar diciendo, y a
lo que su teoría del arte y su visión de la historia conducen, es a
concluir que, a partir de las manifestaciones artísticas y espirituales
de los pueblos, es posible llegar a una comprensión bastante completa de
su psiquis, pero nunca se llega,
a través de ella, a compartir el mismo pathos.
Podemos imaginar lo que un
hombre medieval sentía frente a una catedral gótica –e incluso, a través
de esta construcción mental, comprender
el arte gótico en general– pero
nunca podremos llegar a sentir,
frente a ella, lo mismo que él. El camino a la comunicabilidad, desde
este punto de vista, parece quedar para siempre cerrado. Sólo
de esta manera queda a salvo la completa autonomía de la voluntad de
forma, y con ella, la reivindicación de la cultura y el espíritu alemán,
que encontró alguna vez su expresión más adecuada en el gótico
medieval, pero que, aparentemente, sigue buscando, a través de la
historia, y en contraposición al espíritu clásico mediterráneo, un
espacio propio para manifestarse. Podría entenderse aquí por qué se
considera a Worringer como uno de los teóricos inspiradores de
movimientos artísticos del siglo pasado como “Die Brücke”,
reivindicadores de un estilo propio alemán. Los
intereses de Worringer, sin embargo, contradicen la teoría de Podro
acerca de los objetivos de la historiografía crítica. Según este último,
“dos son los intereses fundamentales que marcaron el sentido de los
escritos de la historia crítica: en primer lugar, mostrar cómo se
manifestaba en el arte la libertad del espíritu, al igual que se
experimentaba en el pensamiento discursivo o en la conducta serena y
sosegada, y, en segundo lugar, mostrar cómo el arte de las culturas de
otros lugares o del pasado pueden llegar a formar parte de la vida
espiritual del presente” (24). Mientras Riegl, como veíamos en el
seminario, sí cumple con estas dos condiciones, Worringer parece optar
por la primera, a costa de abandonar la segunda: el arte es la expresión
absoluta de la libertad de un pueblo, de sus necesidades psíquicas y de
la manera como el hombre, en determinado momento de la historia, y de
acuerdo a sus condiciones y cultura particulares, quiere ver y representar el mundo. Pero esto conduce en Worringer a
la imposibilidad de compartir, desde el presente, ese espíritu del
pasado. La comprensión de la historia del arte queda limitada a
construcciones teóricas hipotéticas, excluyendo toda posibilidad de
identificación. Bibliografía
HEGEL,
G.W.F. Lecciones sobe la estética.
Tr. Alfredo Brotóns Muñoz. Ed. Akal, Madrid, 1989. PODRO,
Michael. Los historiadores del arte
críticos. Ed. Visor, Madrid, 2001. RIEGL,
Aloïs. El arte industrial
tardorromano. Tr. ana Pérez López y Julio Linares Pérez. Ed. Visor,
Madrid, 1992. WORRINGER,
Wilhelm. Abstracción y naturaleza
[AN]. Tr. Mariana Frenk. FCE, México, 1983. Abstraktion
und Einfühlung
[AE]. R Piper und Co. Verlag,
München, 1948. [1]
Para una definición de lo sublime en este sentido ver HEGEL. Lecciones sobre la estética. Segunda Parte: “El simbolismo de la
sublimidad”: “Lo sublime en general es el intento de expresar lo
infinito sin hallar en el ámbito de los fenómenos un objeto que se
muestre apropiado para esta representación. Lo infinito, precisamente
por ser expulsado de todo el complejo de la objetualidad para sí como
significado invisible, carente de contenido e interiorizado, permanece
inefable en su infinitud y sublime por encima de toda expresión
mediante lo finito” (268) [2]
Esta visión de la historia, en la que una determinada época se
sentiría, por lo tanto, resultado de todas las épocas anteriores de
la historia universal, es atribuida por Riegl, en El
culto moderno a lo monumentos, a la mentalidad del hombre moderno,
aquel que, a la vez, pretende poder acercarse al pasado dejando de
lado su propia subjetividad. Riegl parecería aquí estar ejerciendo
una crítica a esta manera de entender la historia, lo que no niega,
sin embargo, que sea justamente esa la visión de la historia que
aplica en su estudio del arte de la antigüedad. Cf. RIEGL, El arte industrial tradorromano, 89-90 (nota a pie). |
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